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Camino de tinieblas – en las creencias de diferentes culturas, estos reinos de los muertos o inframundos han representado un papel de suma importancia porque se piensa que aminoran el temor a lo desconocido. Para el Imperio egipcio, por ejemplo, morir era un importante acontecimiento, una etapa de transición a una vida eterna; sin embargo, el camino en el “valle” de los no vivos presentaba pruebas difíciles, donde fuego y seres terribles debían enfrentarse. Por tal motivo se crearon manuales de sortilegios como el conocido Libro de los muertos (o libro para salir al día, utilizado hacia 1550 a. C.). Una vez superado este reto, seguía un juicio en el que la deidad superior Osiris, pesaba los corazones en una balanza. Si los pecados no eran relevantes, se podía acceder al “Campo de los Juncos”, sitio donde se disfrutaba de la eternidad e incluso se podía renacer. Por el contrario, las mentiras, asesinatos o el robo, daban más peso a los corazones, por lo que sus dueños eran ofrecidos a Ammit, la Devoradora, que “mataba por segunda vez” y eliminaba para siempre a los indignos.

Este enfoque sombrío corresponde también a la visión que los sumerios y babiloneos tenían sobre la muerte. Para ellos se trataba de un lugar tenebroso del que no se vuelve jamas; ni siquiera los dioses más poderosos, como Inanna, eran capaces de regresar por sí mismos de esa oscura región. Ahí, los rangos sociales, los pecados o las virtudes no tenían cabida, pues todos se volvían iguales ante la pareja del inframundo, Nergal y Ereshkigal.

Gritos bajo la tierra – El Hades, el inframundo de los mitos griegos, tenía reservados sitios de descanso y retribución como los egipcios: por una parte, las almas de los héroes y las personas virtuosas podían alcanzar los Campos Eliseos y las islas de los Bienaventurados; por otra parte, aquellos que encendían la ira de los dioses o cometían grandes crímenes iban al Tartaro, la zona más profunda de aquel submundo, un sitio de dolor y sufrimiento sin límites. Personajes como el mentiroso y asesino Sísifo, o Ixión, el mortal que intentó seducir a Hera, convivía con monstruos como los Titanes y los Hecatónquiros, gigantes con 50 cabezas y un centenar de brazos. Las almas que no correspondían a uno u otro sitio – que era la mayoría – habitaban en alguna de las regiones del Hades, a través de las cuales surcaban cinco ríos que llegaban hasta las fronteras con la tierra de los vivos y que sólo Caronte, el barquero espectral, podía cruzar. Hades reinaba sobre aquel lugar junto con Perséfone, su esposa, en tanto Radamantis, Éaco y Minos dictaba con justicia el destino de los muertos. Una regla reinaba por sobre las demás: todos entraban al Hades, pero nadie salía, y el guardián Cerbero se encargaba de cumplir la consigna. Normas similares existieron en otras culturas, pues es aceptado que nadie vuelve de la muerte – aunque se pueden contar unas cuantas excepciones, por lo general héroes o personajes semidivinos -.

Terror aquí – Pese a las marcadas diferencias culturales y temporales, los inframundos, sobre todo en lo referente al infierno, muestran características similares, como su naturaleza ígnea y el que han sido ubicados al interior de la tierra. Varios pueblos han creído que el reino de los muertos existió de verdad, y que ciertos cráteres o cuevas servían como sus entradas. Una de las más famosas fue la localizada en el cráter Averno, al sur de Italia, por el cual, según la leyenda, Heracles ingresó para atrapar a Cerbero, la última de sus legendarias pruebas o “doce trabajos”. Otro sitio es la cueva (o pozo) de la isla Lough Derg, en Irlanda del Norte, donde se supone que Jesucristo mostró a San Patricio la puerta del purgatorio. Los conquistadores españoles, por su parte, creyeron encontrar en Centroamérica un acceso más, pues los indígenas que habitaban cerca del volcán Masaya, en Nicaragua, les habían dicho que ahí residían los muertos. Para mantener tranquilos a los habitantes de ese otro mundo, se hacían sacrificios lanzando hombres, mujeres y niños al cráter.

Hasta ahora no se han conseguido evidencias científicas de que exista la vida después de la muerte, y por tanto es improbable que las visiones terroríficas y sublimes de ese plano existencial tengan un dejo de realidad. Como menciona el filósofo inglés Francis Bacon (1561 – 1626), el miedo natural que se experimenta ante la muerte quizá sea aumentando precisamente por las historias que se cuentan sobre ella.

Bibliografía

Extractos sacados de Muy Interesante (2016). Mitos y Leyendas.  Editorial GyJ Televisa S.A. DE C.V.