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Dicen que allá en los tiem­pos en que los mapuches eran dueños y señores de la hermosa tierra chilena, vivía en las inmediaciones de una selva, un viejo cacique, llamado Latrapay.

Era muy rico este ulmen y su ruca era grande y provista de todos los utensilios propios de una

Buta-ruca, casa principal. La sala amplia tenía el piso cubierto con una estera de ñocha, al
centro una fogata siempre ardiendo; un hueco en el techo para el escape del humo; trelques, o cueros de animales, puestos sobre troncos de árboles a manera de asientos y dos grandes telares— huitral — en donde las dos hermosas hijas de Latrapay tejen, afanosas, lamas, pon‑
chos, choapinos, chamales y todas las prendas de vestir necesarias para los mapuches de ambos sexos.

A pesar de ser tan rico, el viejo Latrapay era avaro. Un día, dicen que dijo a sus hijas Liurayen y Carihualle:

—Ya es tiempo de que toméis marido y de que vengan yernos a ayudarme a trabajar.

Las jóvenes alzaron la cabeza y sonrieron al padre.

—Haremos lo que mandes, taita — repuso Liurayen, sonrojándose.

Partieron mensajeros a los rehues vecinos anunciando que las hijas del cacique Latrapay estaban en edad de contraer matrimonio y que el cacique aguardaba a los futuros yernos para probar sus habilidades.

Entre muchos otros, presentáronse dos mocetones de apuesta figura. Eran hijos del cacique Runquil y llamábanse Conquel y Pedún.

—Mis hijas son muy bellas y trabajadoras — díjoles el viejo Latrapay — por eso, antes de consentir en el matrimonio, quiero proba vuestro valor.

—Estamos dispuestos a obedecerte — respondieron a una voz los fornidos y valiente mapuches. — ¿Qué debemos hacer?

—Iréis a la selva y cortaréis mis viejos robles dicen que respondió Latrapay. Si no lo hacéis, mal os ha de ir.

Y el viejo mezquino entregó a los mocetones dos hachas melladas. Eran de piedra las hachas que los mapuches llaman toqui, y que les servían como arma terrible en la guerra, y en la ruca como utensilio casero.

Pero las hachas que Latrapay dió a los mo­zos habían servido a muchas generaciones y tenían el filo en forma de dentadura mala.

—No se llevarán tan fácilmente a mis dos hijas — masculló el viejo entre dientes. Y agregó en voz alta: — De un solo golpe derribareis un roble y, si no lo hacéis, caro os costará.

Las tejedoras al oír estas palabras estu­vieron a punto de llorar. Sabían que aquellos arrogantes mocetones no llegarían a cumplir las órdenes de su padre.

Conquel y Pedún se fueron al bosque y, como era de suponerlo, al primer hachazo se rompieron las hachas. Cual buenos mapuches, eran leales, a su palabra; recogieron los trozos de sus respectivas hachas y regresaron a la ruca.

Durmiendo la siesta, dicen que estaba el ca­cique y no sintió llegar a los mocetones. Liura­yen y Carihualle abandonaron en puntillas la ruca y se acercaron a ellos.

—No to aflijas, Conquel, — dijo Liurayen — vuelve a la selva y llama al pillañ-toqui.
Lo mismo dijo Carihualle a Pedúm.

Volvieron los mocetones a la selva y, acercándose al roble más alto y más viejo comen­zaron a gritar:

—Bajate, pues, pillañ-toqui, hacha del pillañ.

¡Bájate, pues, hacha del trueno! ¡Bájate, pues, hacha del trueno! ¡Favorécenos, Nguechen!, Do­minador de los hombres! ¡Mándanos las hachas que corten el roble de un solo hachazo!

Inmediatamente repercutió un trueno. Los mapuches se miraron temblando. Pero eran va­lientes, como todos los de su raza, y continuaron su clamor:

¡Bájate, pues, hacha del trueno! ¡Bájate, pues, hacha del trueno! ¡Favorécenos, Nguechen! ¡Cabeza de Oro! ¡Bajate pillañ-toqui!

El trueno repercutió con mayor fuerza y la copa del alto roble se estremeció. Los mapuches se miraron de nuevo y en esa mirada varonil encontraron nueva fuerza. Con mayores bríos gritaron:

—Bajate, pues, hacha del trueno. ¡Bajate pillañ-toqui! ¡Favorécenos dominador de los Hombres! i Baja nuestras hachas!

Entonces el ruido se hizo ensordecedor. Dos hachas, que brillaban como una llama, se entrechocaron en la copa del roble y comenzaron bajar sin tocar las ramas.

  • ¡Ya vienen! ¡Gracias, Nguechen! dicen que dijeron ambos mapuches.

Tomaron las hachas con respeto, alzaron el brazo y, simultáneamente, descargaron ambos un golpe. Cayeron dos robles centenarios. Y siguieron derribando robles hasta que todo el terreno quedo cubierto de troncos y la luz del sol baño por primera vez aquel suelo húmedo de la montaña.

Contentos volvieron los mapuches a la ruca del cacique Latrapay.

—Todos los árboles los hemos cortado, chau Latrapay, — dijeron.

—Me alegro — respondió el viejo. — Ahora me haréis un nuevo trabajo.

—Haremos lo que nos ordenes, chau Latra­pay, — respondieron los mocetones.

—Me mataréis al toro Chupei.

–¡El chupei que se come a la gente! — ex­clamaron los huainas.

Las hermosas ulchas miraron a sus novios con los ojos arrasados en lágrimas. Iban a morir los valientes mocetones; no podían escapar del monstruo que aterraba a los mapuches.

—Iremos, chau Latrapay, — respondieron ellos y sonrieron a sus novias.

Partieron los aventureros y las doncellas volvieron a sus respectivos telares.

—Se los comerá el chupei murmuró Liurayen.

—Nunca encontraremos novios como ello sollozo Carihualle.

Entre tanto los mocetones iban por montes y valles en busca del monstruo tan temido. De pronto, Pedún detuvo su cabalgadura.

  • ¡Mira el chukao, Conquil! — dijo.

Una gallareta, posada sobre la rama de un arrayán sacudía sus alas.

  • ¡Ahí estás, chucao! — dijo Conquel —si me irá bien o si no me irá bien me has de decir hoy, Chucao.
  • ¡Chu — sil! — silbo la gallareta.
  • Nos irá bien, hermano exclamó jubi­loso Pedún. — Sino habría dicho: ¡tro! ¡trotro! ¡trotro!

—Si hermano, nos ira bien, ha dicho ¡Chu­sil ! — dijo Conquel.

Y siguieron su camino por montes y valles en busca del toro de seis astas que se come a los mapuches.

Llegaron a un llano angosto; de pronto los caballos se encabritaron y no querían seguir ade­lante. Había muchas piedras en ese valle, dicen, y las piedras eran verdes, del color de las cule­bras. Caricura se llamaba aquel lugar.

—Anda, piche cahuallo, — las piedras nos favorecen — dijo Conquel.

Pero los caballos seguían encabritados. En­tonces vieron los hermanos que; entre las pie­dras verdes, había un montón de culebras vivas. Era esto lo que aterraba a los animales. Un chinifilu lo llaman los mapuches.

— ¡Un Chinifilu! — exclamó Pedún. — Nos ira bien, hermanito. Buen encuentro hemos te­nido, hermano.

Apeáronse los dos mapuches y cortaron unas ramas de canelo. Luego se fueron acercando lentamente y con paso suave al montón de culebras.

—Favorécenos, Chinifilu, — decían e iban arrojando al suelo ramitas de canelo.

El montón de culebras comenzó a desha­cerse y los reptiles salían arrastrándose en dirección al norte. Solo quedaba una, la más grande de todas.

–¡Filu, cumei filu! ¡Dejanos pasar ! ¡que no se espanten nuestros caballos! ¡que nos vaya bien!

La última culebra salió también en dirección al norte, dejando al descubierto una piedra horadada, negra, llamada pimuntuhe.

¡Un Pimuntuhe! exclamaron ambos mapuches. — Lo llevaremos y el chupei no nos hará ningún daño. ¡Lo mataremos!

Contentos siguieron su camino los dos hermanos. Todos los augurios les favorecían y esas, almas primitivas, ajenas a los adelantos de la civilización, y que no conocían nuestra religión, tenían confianza en un Ser Superior que los protegía y se servía de sus criaturas para hacerles ver que les acompañaba.

Conquel, por ser el mayor, llevaba el pimun­tuhe en su alforja. Después de recorrer el valle de Caricura cruzaron una montaña muy tupida y, al salir de ella, escucharon el pavoroso rugido del chupei.

Era éste un animal parecido a un toro, pero de enormes dimensiones. Tenía seis astas caracoleadas y sus ojos despedían fuego. Cuatro filar de dientes llenaban sus enormes fauces y dicen que de una mascada devoraba a un mapuche en­tero.

Conquel sacó la piedra horadada de la al­forja, colocó la abertura central frente a su boca, y después de soplar cuatro veces en dirección al chupei, dijo:

¡Que no nos haga daño el chupei! ¡Que nuestro brazo tenga firmeza! ¡Que muera el chupei! y sopló otra vez cuatro veces.

Le paso la piedra a su hermano quien repitió el mismo conjuro.

Después de esto, con la lanza de colihue en alto y profiriendo gritos de guerra, arremetieron contra la fiera y, de un solo golpe, se entrecruzaron las lanzas en el testuz del monstruo. Alzaron entonces el hacha pillañ y cercenaron su cabeza.

Cuando llegaron los mocetones con el trofeo a la ruca del viejo Latrapay no le quedó otra cosa a este que consentir en el matrimonio de sus hijas.

Verificóse la boda, según la costumbre de la tierra y cada matrimonio tuvo su ruca en donde por muchos arios vivieron felices en compañía de sus hijos que fueron también valientes y fornidos representantes de la raza araucana.

 

Bibliografía

Santa Cruz Ossa, B. (1938). Leyendas y Cuentos Araucanos. Chile: Universo – Valparaiso.