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Fatigados los nervios y cansado el cuerpo por el excesivo trabajo cotidiano, dispuse ir a restaurar unos y a reponer el otro dándome unas vacaciones de descanso en una finca de la costa sur. Allí trabé conocimiento con la simpática persona del doctor Alexis Frank, quien prestaba sus servicios en calidad de Médico-Jefe en la oficina que en ese lugar tiene instalada la Institución Rockefeller para combatir la malaria, la uncinariasis y las demás enfermedades tropicales que en las tierras bajas de Guatemala son una verdadera plaga.

En las calurosas tardes nos tendíamos los dos en sendas hamacas, y, fumando un delicioso y rico habano, cuyas volutas espantaban el je-jén y al zancudo, nos enfrascábamos en las más amenas y variadas charlas. Charlando con él, que era un conversador maravilloso, nos sorprendía la caída de la tarde, a la que seguía la hora de comer las sabrosas tortillas de maíz que preparaba, como ninguna mujer las prepara, el ama de la finca. Muchas y variadas fueron, como vuelvo a repetir, mis conversaciones con el doctor Frank, pero hay una de ellas que no la he olvidado jamás y que es la que voy a trasladar a mis lectores procurando hacerlo con las mismas palabras –hasta donde en esta labor de reconstrucción me acompañe la memoria- con que la escuché de sus labios:

“De las muchas enfermedades tropicales –me dijo en esa ocasión el doctor Frank- que hay, una de las más peligrosas, aunque a simple vista no lo parezca, es el paludismo o malaria. En el individuo atacado por ese mal, que, como usted sabe, se contagia por el piquete del anofeles maculipenis, se llegan a producir, afortunadamente en muy contados casos, a más de los escalofríos intensos y de las altas fiebres o calenturas –como se las llama vulgarmente -, “Impulsiones homicidas o suicidas” de origen específicamente palúdico. Estas “impulsiones”, mi amigo, se presentan, como un síntoma grave, a la misma hora del ataque terciario palúdico y en el curso de un delirio febril malárico; o bien, aparecen en medio de una psicosis verdadera y más o menos oculta hasta entonces. En este último caso, obedecen a ideas de persecución o a una actitud paranoide, soliendo ser también una reacción motivada por la angustia, el miedo del paciente acosado por alucinaciones, por una inquietud vaga, por una sensación del peligro inminente del que trata de librarse mediante el homicidio o el suicidio, lo que, a la postre, si el mal no es conocido y atacado a tiempo, convierte al sujeto, o en un criminal, o en un loco peligroso. Caso típico de esa impulsión homicida o suicida, como consecuencia de un delirio febril palúdico, es el ocurrido a uno de los mozos de esta finca y el cual me tocó constatar personalmente, después de ocurrido, cuando me hice cargo de nuevo, tras unas cortas vacaciones de descanso, del Servicio que atiendo en esta finca. Vehementes son mis deseos de dárselo a conocer; pero pongo resistencia a ellos por temor a robarle a usted las horas que ha decidido dedicar al descanso y no a escuchar la relación de fastidiosos temas médicos que, a la postre, tal vez sólo tiene interés para nosotros…”

-De ninguna manera, doctor –le interrumpí-, haría usted tal cosa. Al contrario, quien saldría ganando sería yo, pues el conocimiento de esos casos patológicos viene a aumentar mi pobre caudal de conocimientos de índole científica. Por favor, relátemelo usted, soy todo oídos.

-Siendo así, mi amigo, se lo referiré lo más escuetamente posible:

-El caso a que me vengo refiriendo tuvo lugar en una época cercana a cuando el Servicio a mi cargo cumplía un año de haberse establecido. Nos tocaba entonces, pues la gente ya se había dado cuenta con un año de experiencia de la importancia de él, observar a diario los más interesantes y complicados casos. Sin embargo, el que más llamó mi atención como médico y como hombre, por los alarmantes caracteres que revistió, fue el del indígena mozo de esta finca, Juan Xacur. Conocí a este buen sujeto a mi llegada a estas tierras –el mismo fue nada menos que el encargado de ir a llevarme el caballo hasta Escuintla-, y era un magnífico hombre, que vivía dedicado solamente a su trabajo y  que tenía la rarísima cualidad por estas tierras, de no beber. Para pintárselo bien, le diré que era de esos seres a quien la vox populi califica de “incapaces de matar ni a una mosca”.

Durante las vacaciones de este año me ausenté de la finca por espacio de un mes. Volví al cabo de este tiempo, y cuando me hube encarrilado nuevamente en mi trabajo, tuve la sorpresa de enterarme de que Juan Xacur no sólo ya no era colono de la finca, sino que se encontraba en calidad de reo en la cárcel pública del departamento de Escuintla. Grandes fueron mi sorpresa y mi asombro al conocer tal noticia; e inmediatamente inquirí las causas por las cuales se había tomado tal medida con él. Lo único que pude sacar como fruto de mis investigaciones fue que todos me dieron esta contestación:

-“Juan Xacur está preso por haber degollado a una culebra…”.

Y esta respuesta venía siempre seguida de una sonrisa socarrona y enigmática. Ante tales respuestas mi asombro subía como sube el mercurio en un termómetro, pues hasta entonces no había yo sabido que en ningún país del mundo se encarcelara a un hombre por haber dado muerte a un bicho tan asqueroso y tan dañino como lo es una culebra.

Debo advertir a usted que la tenacidad hasta averiguar algo por mí desconocido y que me interesa, ha sido una de las modalidades de mi temperamento; la cual esta vez se vio acicateada, a su vez, por la natural simpatía que siempre me había inspirado aquel pobre sujeto, que tal vez en esta ocasión era víctima de alguna injusticia. Así, pues, decidí trasladarme a Escuintla e ir en persona a la cárcel en donde obtendría, estaba yo seguro, los datos verídicos que necesitaba.

Los servicios que desde mi puesto he prestado a los empleados de ella fueron llave suficiente para abrirme las puertas de la cárcel y poder ponerme en contacto con Juan Xacur, a quien encontré confundido entre un verdadero hacinamiento de reos como él, tomando el sol en el patio de la cárcel. Pero el Juan Xacur que encontré, ya no era el mismo Juan Xacur de otros tiempos. Era un Juan Xacur melancólico, pálido, mudo y herático, que más bien parecía un monolito de Quiriguá que un ser viviente. Le hablé una, dos, tres y más veces, siempre con el mismo resultado negativo de su silencio absoluto. Iba ya a retirarme, dándome por vencido ante un mutismo tan grande, cuando la circunstancia de haber sacado mi cortaplumas para pelar un mango, operó el milagro que no pudieron hacer operar mis cariñosas frases:

-Por favor, doctor –me dijo-, esconda esa arma… no quiero volver a degollar a la culebra…

-A qué culebra te refieres –le respondí asustado-, cuando aquí no hay ninguna.

-¡Es verdad que el doctor no sabe que aquí m’han traído por haber degollado una animala d’esas!

-Cómo es eso, Juan, cuéntamelo, para que yo interponga mis buenos oficios, te saque de la cárcel y te lleve de nuevo a la finca.

Y, entonces, me contó en su media lengua lo siguiente:

-Un día cuando yo regresaba de darle vuelta a mis terrenitos para sembrar en ellos la milpa, vide frente a la quebrada del Sanjón, parada, como esperándome, a la más grande de las culebras que haya visto cristiano alguno en su vida. Como soy valiente no mi’asusté, le di un planazo con mi vizcaíno y me juí corriendo pa’mi rancho a darle su pozol a la cocha parida. A los tres días justos de haberme encontrado con la culebra en la quebrada, se me volvió a aparecer la maldita animala. Estos mesmos ojos que si’han de comer los gusanos la veían, doctor. No sé por qué me’afiguró que algunos envidiosos mi’habían ojiado y se lo dije al mesmo patrón, que, por precaución, me dijo que yo no juera a trabajar a ese lugar, sino qui’a otro, al potrero de los Jocotes. Sin embargo, a animala, por diosito se lo juro qu’es cierto, me seguía y me seguía fregando la paciencia cada tres días.

“Una noche llegué molido por el trabajo a mi rancho. Llegué tan molido y tan retarde que ni siquiera me comí el totopoxte que mi’había dejado la mujer, y me tiré al tapexco… No’harían dos segundos que mi’había acostado cuando sentí que mi cuerpo era rozado por una cosa fría como la mesma muerte. Tiré pa’run lado la chara y, ¿sabe qué jué lo que vida?, la mesma culebra que ahora me tenía abrazado y que con su boca mi’hablaba. Como pude me desprendí de la animala. Como alma que se lleva el diablo me juí a buscar mi corvo y di’un solo machetazo me la degollé, doctor. Vos no te podés imaginar, doctor, lo alegre que me puse cuando le vide la cabeza colgando y chorriando sangre….

-Realmente, doctor Frank –interrumpí-, que el caso es muy interesante. Pero no alcanzo a darme cuenta por qué llevaron a este infeliz a la cárcel y no a la casa de orates o a una clínica de enfermedades nerviosas, como debían haberlo hecho.

-Paciencia, amigo, paciencia. No me ha dejado usted terminar el relato. La culebra que aquel desgraciado veía en sus alucinaciones producidas por el delirio febril palúdico, no era tal culebra: era nada menos que su desgraciada mujer, a quien el delirio hizo ver en forma de tal, y quién, a la hora en que el delirio le sobrevenía, llevaba el bastimento, y la que esa noche estaba acostado a lado del infeliz Xacur, el cual, después de un tratamiento racional, está ahora bueno y sano, sin acordarse siquiera del acontecimiento que lo hizo criminal sin querer serlo”.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa