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Mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles, había en México un reino floreciente y poderoso: el de los zapotecas.

Los guerreros zapotecas, belicosos y disciplinados, habían obtenido numerosas victorias sobre sus reinos vecinos, y ello había fortalecido su poder, hasta el punto de que en muchas leguas a la redonda su imperio era por todos temido y respetado.

El rey de aquel poderosísimo reino tenía un hijo hermoso y fuerte, que era además muy diestro en la caza y en el manejo de todas las armas.

Un día, varios palaciegos, unidos a un regimiento de soldados, tramaron un levantamiento contra el monar­ca. Pero la confabulación llego a oídos del príncipe, quien decidió inmediatamente poner remedio a tal insurrección de un modo implacable.

Para ello espió la marcha del movimiento subversivo, y cuando los jefes traidores menos lo esperaban, el príncipe y sus servidores les atacaron con sus espadas en alto, y tras una brevísima y desesperada resistencia, exterminaron sin piedad a los confabulados

A partir de este día, el príncipe se convirtió en el verdadero caudillo del reino zapoteca, siendo designado por el rey, ya muy anciano, como heredero del trono.

Como es natural, todas las doncellas del país suspi­raban por el aguerrido y apuesto príncipe. Desde la más humilde muchacha hasta la más alta princesa, to­das las mujeres estaban enamoradas de él. Pero el príncipe no hacía caso de ninguna seducción y se mostraba inconmovible ante cualquier mujer, por hermosa y atrac­tiva que fuese.

Y ocurrió un día que en el celestial reino de las es­trellas —hasta donde había llegado también la fama del príncipe—, la más linda de aquellas criaturas se ena­moró de tal modo del heredero zapoteca, que decidió bajar a la tierra para conocerlo personalmente.

La hermosa estrella esperó una ocasión en que nadie la vigilaba. Y cuando sus hermanas estaban dormidas, tomó la forma humana de una bellísima doncella y descendió a la Tierra, en territorio mejicano.

Cierto día cabalgaba el príncipe de regreso de una cacería cuando se encontró en el camino con una bella muchacha vestida de campesina. El joven, sorprendido y admirado por su hermosura, detuvo el corcel, y des­cendiendo de él le preguntó:

  • ¿Cómo os llamáis?

—Oyomal —respondió la joven.

Y tras breves momentos de charla, el príncipe regre­so a su palacio. Pero al día siguiente volvió a cazar y de nuevo se halló con la preciosa muchacha.

Aquellos encuentros se produjeron varias veces. Al fin, como era de esperar, los dos jóvenes quedaron pren­didos en las redes del amor.

Una mañana, el príncipe propuso a Oyomal: — ¿Quieres ser mi esposa?

Y como no dudara la joven ni un momento en acep­tarle, la tomó en sus brazos, y montándola sobre la grupa de su caballo, la llevó a palacio. Seguidamente la presentó a su anciano padre el rey, y a los ministros y consejeros, al tiempo que les anunciaba:

—Quiero casarme con ella.

El monarca, admirado de la extraordinaria belleza de la muchacha, no opuso ningún reparo a los deseos de su hijo, y la fecha de la boda quedó señalada para una semana más tarde.

Mientras tanto, en el reino de las estrellas, la consternación por la misteriosa ausencia de la más hermosa de ellas, era grande. Se hacían cábalas sobre su desaparición, y al fin se decidió que alguien bajase a la Tie­rra para averiguar su paradero.

En el cielo no tardó en saberse la noticia de la próxima boda entre la joven estrella y el príncipe. Ante la gravedad de la situación, se reunieron todas las estre­llas, presididas, excepcionalmente, por el dios Sol, quien, tras conocer los hechos, pronunció esta sentencia:

—Para evitar la boda de la estrella con ese mortal, debe advertírsele que si se une con el príncipe, quedara convertida en una flor para el resto de sus días. Si se casa, nada podrá salvarla de este destino.

En la noche de vísperas de sus bodas, cuando la hermosa Oyomal estaba ya acostada en su lujoso lecho, por el ventanal de la habitación penetró una suave brisa, se hizo un resplandor, y se le apareció una de sus her­manas, en forma de espíritu. Y, ante el asombro de la novia, le notificó la suprema decisión del padre Sol.

—Puedes casarte con el príncipe —le dijo—; pero serás su esposa solo por un día y una noche. Luego te convertirás para siempre en una flor.

Al desaparecer su compañera, Oyomal quedo sumida en la inquietud y la duda. Sin duda era grande el temor de la estrella hacia el dios Sol, pero el amor por el príncipe era más intenso aún, y la ilusión por el feliz instante de la boda, la dominaba por completo.

—Quizá el padre Sol solo haya querido amedrentar­me —se dijo—. Sea lo que fuere, me casare con mi que­rido príncipe.

La boda se celebró con gran esplendor. De todos los países circundantes acudieron al reino zapoteca para presenciar los festejos nupciales.

Oyomal estaba bellísima con sus ropas de novia. Y a su lado, el príncipe, ataviado con su traje guerrero, mostraba su gallardía y apostura. Eran una pareja ad­mirable.

Parecía que todo se desarrollaba felizmente. Pero a la mañana siguiente de la boda, cuando el príncipe des­pertó de su sumo, descubrió con sorpresa que su espo­sa Oyomal había desaparecido. Y fue inútil su búsqueda, ya que nadie logro encontrar a la joven princesa.

El príncipe no hacía más que llorar amargamente la ausencia de Oyomal. En uno de estos momentos de consternación, se le apareció un espíritu celestial que le revelo el verdadero origen de su esposa, y todo lo sucedido.

—Oyomal —le dijo el espíritu— reposa ahora en las aguas del lago Oaxaca, junto al palacio, convertida en una hermosa flor de color rosáceo y de tallo delicado y suave.

Tan terrible revelación desesperó de tal modo al príncipe, que su dolor conmovió al espíritu celeste. El joven heredero hincó sus rodillas en el suelo a los pies de la aparición y le rogó: …..Úneme a mi amada, aunque para ello tenga qua convertirme también en flor.

—Te prometo consultar con el dios Sol tu deseo —dijo el espíritu.

Y tras desaparecer, el príncipe quedó sumido en la inquietud, pero igualmente en la esperanza de volverse a unir a su amada Oyomal.

¿Qué pasó? Nadie lo sabe. El hecho es que a la mañana siguiente los criados del príncipe no encontraron rastros del heredero en la habitación. Y por más que se le buscó por todas partes, nadie consiguió encon­trarle.

Pero alguien notó que en el lago Oaxaca había apa­recido una nueva flor de color rojo y tallo esbelto. Y estaba junto a otra rosa delicada, la cual ahora tenga abiertos sus sedosos y húmedos pétalos.

El padre Sol había accedido a los deseos del enamorado príncipe.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.