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Los indios de una tribu del Ecuador refieren cómo dos hermanos se salvaron de perecer en el diluvio, refugiándose en la cumbre de un altísimo monte, dotado de la maravillosa particularidad de que, a medida que las temibles aguas iban subiendo, se elevaba también la cima del monte.

Pero cuando llegó, al fin, el ansiado descenso del agua, las provisiones que se habían llevado consigo los dos hermanos estaban agotadas. Y al no poder bajar a un valle donde se construyeron una cabaña, tenían que alimentarse únicamente con hierbas y raíces.

Ocurrió un día, cuando regresaban extenuados de fatiga de una infructuosa exploración en busca de más agradables alimentos, se quedaron pasmados al ver que cuanto pudieran desear estaba ya servido sobre su mesa, sin que ellos fueran capaces de imaginar quien podía ser el donador de aquel esplendido regalo.

Se repitió, durante varios días seguidos, el mismo caso, hasta que ellos decidieron esconderse para estar al acecho de a quién era debido tal prodigio.

Sin embargo, no contaban con que su curiosidad fuera castigada cesando ya, por unos días, el misterioso servicio. Luego, por compasión tal vez, renovóse cuan­do menos lo esperaban.

Lo único que pudieron averiguar, al fin, es que unos grandes loros o guacamayos, disfrazados con el traje de los criados del país, eran quienes tan misericordisamente les prestaban el servicio de mesa, colmándola de apetitosas viandas.

Un día, con gran enojo suyo, fue aprisionado uno de aquellos loros que al instante se metamorfoseó en per­sona viviente, mejor dicho, en esposa que regaló a los dos hermanos toda una serie de hijos e hijas de quie­nes desciende toda una raza, orgullosa de ello.

Por eso aquellos indios ecuatorianos veneran a sus enormes y vistosos loros, y en sus fiestas se adornan con plumas de aquellas misteriosas aves quo no en to­das partes existen… ni se metamorfosean con tanta facilidad.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A