Tag: espantos

En todos los trabajos donde he estado siempre existe una niña o niño fantasma, ese espíritu que todos juran haber visto, como repito, regularmente es la representación de una figura infantil…te relatan historias, te hacen bromas, te juran haberla visto…

Bueno, pues dentro de tanta historia, me sucede lo siguiente –

Entro a la oficina por la mañana, una casa antigua y pintoresca de una de las zonas residenciales de donde vivo, son las 5:00 am, teníamos una entrega que hacer, así que nos juntamos muy temprano para afinar unos últimos detalles…llego a mi oficina, sin necesidad de prender la luz, se sentía delicioso tener una luz tenue, hasta una pequeña oscuridad cálida, coloque un poco de música, y cuando estaba iniciando la computadora…escucho afuera de mi puerta unos pequeños pasos correr, que suben las gradas al segundo nivel y sentí haber escuchado una pequeña sonrisa…sin embargo no le puse atención, pensé en un momento que era algún animal y mi cabeza me estaba jugando una mala broma…

Comienzo a revisar el reporte final, dándole unos últimos ajustes, cuando escucho la risa de un bebe, a lo que pensé que me habían llegado a visitar, usualmente, me llevan de visita a mi hija de 6 meses al trabajo, pero cuando me di cuenta de la hora, 5:46 am, honestamente, a cualquiera le hubiera parecido un poco extraño que te visiten a esa hora…así que me levanté, y seguí las risas…

…estas venían del piso de arriba, lo que me intrigo aún más, subí poco a poco y todas las puertas de las oficinas de arriba estaban cerradas, probé cada una de ellas y permanecían con llave, cuando escuche de nuevo las risas de un bebe, dentro de la sala de reuniones…como puedo, bajo corriendo a buscar las llaves dentro de mi mochila, después de tanta lucha al final las encuentro…subo de nuevo…escucho de nuevo las risas, y un balbuceo repitiendo una y otra vez “pa, pa, pa, pa»…

…luego de buscar desesperadamente la llave y encontrarla, logro abrir la puerta…la sala de reuniones esta oscura, las cortinas cerradas…una mesa de vidrio en el centro y atreves de ella, veo la silueta de un bebe sentado en el piso, lo que sin duda causo mucha curiosidad y hasta cierto punto un malestar exagerado…”quien en su sano juicio deja un bebe aquí”….comienzo a caminar a él, pero mis movimientos son cada vez más lentos, cuanto llego a casi un metro del infante, este me voltea a ver, con un brillo inexplicable en sus ojos, podría jurar que a veces se le miraban como rojos, se le comienza a dibujar una pequeña sonrisa en su rostro, este sin ninguna ayuda se levanta…y me señala…el muy lindo “pa, pa, pa, pa…”…cambio por un “serás mío” …mi corazón se disparó de un temor incontrolable…trate de retroceder y buscar la puerta, no podía moverme…no sabía que hacer…no podía pensar con claridad…un olor muy extraño lleno el lugar…
Tome valor…corrí contra el bebe, cerré los ojos, y con lágrimas en ellos…lo abrace con todas mis fuerzas… sentí como me comenzaba a morder…a gritar…las únicas palabras que pude pronunciar fueron, “mi amor lindo, ¡te amo!!…

…abrí los ojos llenos de lágrimas y recostado sobre mi escritorio, voltee a ver el reloj…5:47 am…no fue precisamente una niña…fuiste tù, mi niño, mi angel…

Compartida y escrita por: Mr. J

Lo que me han contado se remonta a tiempos antañosos. El escenario, un sitio que todos conocemos y que siempre luce tan romántico como legendario, el Cerrito del Carmen. Juan Corz, el religioso ermitaño fue el que con su templo complementó la belleza sin par que ostenta y que a pesar de los años da la impresión que el tiempo allí se detuvo; nada ha cambiado, sólo la ciudad que principia en sus faldas y se extiende hacia los cuatro puntos cardinales. Varias leyendas me han narrado del Cerrito del Carmen, pero hay una que me ha puesto en que pensar; una que yo dejo a la estimable consideración de ustedes para que saquen conclusiones. Son estas leyendas que han pasado de abuelos a nietos; de padres a hijos y así sucesivamente, flotan en nuestro ambiente que a pesar del modernismo y de la poca creencia en algunos acontecimientos, hechos y demás consejas, persisten y aún se comentan con mucho interés. Nuestra leyenda se inicia en un año perdido en el almanaque, cuando las miserables rancherías circunvalaban la llamada Ermita del Carmen y en lo que con el tiempo fuera el Potrero de Corona el ganado pastaba silencioso y los pastorcillos con sus manadas de cabras se perdían en la lejanía verde del amplio valle.

El balar de algunas ovejas y el rebuzno del burro rompía la monotonía del apacible lugar. Había cierto malestar entre los indígenas y mestizos porque, según comentaban en voz baja, uno de los miembros de la cofradía, ya con sus tragos, había blasfemado contra la Virgen del Carmen en vísperas de su celebración. Aquel campesino lanzaba oprobios contra la imagen que inerte recibía las andadas de palabrotas, y todo porque no le había salvado a su hijo de una enfermedad que le consumió poco a poco.

Todos habían quedado pasmados ante la actitud de José María Aqzín Coyoc; sabían de su religiosidad y respeto y no creían en lo que decía.

-Algo grave va a pasar, causa del Chema Aqzín- decían los humildes artesanos. Unos sólo se persignaban y le encomendaban a Dios por sus desacatos. Aquello sí que era grave. Años antes las sequías y el cólera se había ensañado con los habitantes de otras pequeñas provincias por las mismas cosas y algo sucedería; quizá no tardaría mucho.

Las fiestas de la Virgen del Carmen se celebraron con la pompa que los pocos vecinos le daban; la campana sonaba y aquellos humildes hombres con sus mujeres, niños y perros concurrieron al templo a escuchar la misa; aquellas celebraciones fueron solemnes y al final todos guardaron sus mejores galas para el año entrante.

Siempre se seguía pensando en lo que el Chema había hecho y el castigo que sobrevendría de un momento a otro. Algunos de aquellos hombres cegados más por el fanatismo que por la realidad, habían pensado incluso linchar al pobre indígena. Uno de los religiosos hubo de intervenir a fin de que no se cometiera un crimen con aquel infeliz.

Una tarde cuando ya se había realizado la oración, ante la expectación de ladinos e indígenas vieron cómo una luz potente salía justamente del centro del templo de los ermitaños en la parte superior del Cerrito del Carmen. La deducción fue colectiva todos pensaron que el castigo ya estaba en marcha. Los gritos de “¡Santo Dios! ¡Santo Fuerte!”, se escucharon en la pequeña ranchería de las faldas del Cerrito del Carmen.

El acabóse fue cuando la bola de fuego sobrevoló los alrededores del cerro y con su flúido incendió algunos de los ranchos colindantes del sitio; aquello quemaba el pasto reseco. Religiosos y vecinos salieron corriendo buscando los montes cercanos para guarecerse del peligro, viendo desde esos escondites cómo la luz rojiza se alejaba y se perdía en el espacio obscuro y silencioso.

En la mentalidad de nuestras gentes sencillas todo se debió a un castigo de la Virgen por las blasfemias de José María Aqzín Coyoc.

Cuentan las leyendas que el pobre indígena arrepentido de las ofensas no cesó en su intento de desagraviar ala virgencita, hasta que según él obtuvo el perdón deseado. De generación en generación el caso de Chema fue comentado en una y otra forma. El año de 1620 no se olvidaría fácilmente, los padres seguirían contando a sus hijos lo acontecido después de las fiestas de la Virgen del Carmen.

29 años más tarde, nuevamente el fenómeno extraño regresa al mismo sitio y el pánico cunde otra vez en las rancherías; era el 14 de abril de 1649, aún se pensaba en las blasfemias de Chema, pero algunos se resistían a creer en el castigo ya que había muerto hacía algunos años. Pero aún no salían de su asombro a pesar de los años. El caso seguía comentando y el 25 de marzo de 1680 el fenómeno vuelve al mismo sitio y siembra el temor nuevamente entre el vecindario. Una vez más fue desapareciendo poco a poco sin dejar huella; sólo el fluido había quemado el pasto seco y algunos ranchos en los sitios aledaños al Cerro del Carmen.

Con el tiempo todo se fue olvidando y algunos menos ingenuos ya no creían en la leyenda de los abuelos; aquel viejo cuento de las blasfemias de Chema había quedado como eso, como un cuento que se narraba por las tardes o por las noches, cuando la abuela era el centro de atracción de los nietos.

Aquello tomó proporciones alarmantes cuando el fenómeno fue visto otra vez el 20 de enero de 1681. Siempre el mismo susto, las mismas formas de pensar en relación con un hecho que no se explicaban cómo llegaba y se iba flotando en el espacio. Todos vieron alarmados en la noche fría de enero cómo el fenómeno se alejaba en la obscuridad de la noche solitaria.

La noche el 18 de septiembre del año 1691 aparece otra vez más la luz en el infinito y se va acercando poco a poco, hasta posarse en la parte superior del Cerro del Carmen. Una vez más arrasa con todo, con las rancherías y con los pastizales húmedos. Por espacio de unas horas los asustados habitantes vieron todo sin poder hacer absolutamente nada por defenderse y sin comprender el porqué del fenómeno. Finalmente, y como siempre se fue perdiendo en el espacio hasta desaparecer completamente en las sombras de la noche. Mientras tanto los campesinos fueron saliendo de sus escondites dando infinitas gracias a Dios que ya todo había pasado.

Al otro día los sacerdotes de la Ermita del Cerro del Carmen hicieron construir una cruz de Caravaca, que los antiguos exorcistas usaban contra los demonios y demás espíritus malignos.

Fue la última vez que nuestros paisanos vieron aquel extraño cuerpo en el espacio; la fecha quedó grabada en los archivos de la Iglesia, y marcaba el día 18 de septiembre del año de 1691. A 297 años de distancia y leyendo estos valiosos documentos que se asocian con las leyendas que nuestro pueblo ha mantenido, creemos que en Guatemala el comentario de los objetos voladores no identificados es tan viejo como las leyendas que las abuelas han narrado. ¿Ahora bien, fueron éstos en realidad platillos voladores o alucinaciones de nuestros pacíficos paisanos? Como se dice comúnmente en nuestro medio, a ese respecto hay mucha tela que cortar, y consecuentemente dejamos a su criterio el comentario de lo escrito.

Bibliografía

Gaitán, Héctor. La calle donde tu vives. Guatemala: Librería Artemis y Edinter.

Los años anteriores a que tuviera lugar el terremoto que en el año de 1917 destruyó casi por completo la ciudad de Guatemala de la Asunción, no se dibujaba en ella ni el más ligero esbozo de vida nocturna.

Tras el toque de ánimas que lanzaban al viento las lenguas de bronce de sus cien historiadas iglesias, y del toque de queda que rasgaba los aires de los clarines de los Castillos de Matamoros y de San José —que fueron construidos durante la época colonial—, sus tranquilos y pacíficos moradores, que seguían al pie de la letra el refrán de «mejor machete estate en tu vaina», se encerraban en sus casonas coloniales, que nos hacían recordar las españolas de grandes patios y de balcones enrejados. Ellos sabían, muchos por experiencia y otros de oídas, que el salir a la calle podría costarles más de un dolor de cabeza que les haría pasar las «rondas» de don Meme, que la recorrían de un confín a otro.

Las personas mayores, entre sorbo y sorbo de delicioso chocolate, servido en india jícara, hacían vida social en los salones, pelando al prójimo o hablando del chisme del día; y a la gente menuda, tras el habitual rezo del Rosario y el recitar de las preces del «bendito» y el «ángel mío de mi guarda», nos enviaban a la cama.

Yo siempre fui un niño flaco, enfermizo, tímido y miedoso —una síntesis del niño consentido—, que me asustaba ante la contemplación de un rincón obscuro o al escuchar el crujir de una puerta mal cerrada. Sin embargo, era muy dado a que me contaran «casos» de ánimas en pena y aparecidos, que solían relatarnos las criadas indias traídas a la capital de la finca de mi abuelo. Jamás me enviaban a acostar solo; siempre me acompañaba la Andrea, mi china, una india imaginativa, buena y leal, que sabía miles de historietas, a cuales más interesantes, y que vivía al lado de mi familia desde el casamiento de mi madre. Ella había recibido la orden de no separarse de mi lado, sino hasta que estuviese profundamente dormido.

Todas las noches, a la hora precisa en que me acostaba, escuchaba pasar frente a mi cuarto, que estaba situado al lado del de mi madre, y en el ala de la casa que daba a la calle, el ruido del arrastrarse raudo de un carruaje cuyos caballos, percherones negros me lo imaginaba yo, golpeaban con sus cascos herrados los embaldosados de las calles que vieron pasar por encima de ellas a muchos capitanes generales ya esbozados caballeros españoles de la época pre independencia.

La primera vez que lo sentí pasar, apenas si le di importancia. Pero como seguí sintiendo que lo hacia todas las noches, a la misma hora, principie a inquietarme y a bordar en mi infantil y enfermiza imaginación las más extrañas conjeturas. Una noche, por fin, decidí salir de dudas y; preguntarle a la Andrea lo que hacia ese carruaje a esas horas. ¡Cómo no lo va a saber ella —pensé­ que sabe tantas cosas?

  • ¿Que qué hace ese carruaje cuyos caballos pasan todas las noches a la misma hora haciendo pelenguén… pelenguén…? —me respondió. Pues, es el de Sixto Pérez. Si me ofreces quedarte dormido y no decirle a la «señora» que te lo he contado, te relato su historia.
  • Te lo prometo, pero cuéntamela…

—Todo esto —dijo— sucedió después de la Revolución de 1871, que derrocó al gobierno de los «cachurecos», llamado de los 30 años, y cuando hacía poco que había subido a «la guayaba» el general don Justo Rufino Barrios, don Rufo, como lo llamaban todos, y quien quería mucho a los humildes y odiaba a los aristócratas. Este señor, al no más subir al poder, dispuso que salieran de Guatemala, para bien de ella, los frailes, monjas y padres que había en los conventos. Como el mismo no podía ejecutar sus órdenes, comisionó para que las llevara a cabo a Sixto Perez, a quien, por su color, llamaban Sixto Negro, personaje en quien había depositado mucha confianza. Este no solo las cumplió, sino que dicen que se excedió en ellas; pero esto no viene al caso, y sigamos con la historia.

«Un Viernes Santo, llevada en hombros por los «cucuruchos» de la Hermandad de Jesús Sepultado de Santo Domingo, salió de ese templo la procesión del Santo Entierro. Esa misma procesión que sale ahora a las tres de la tarde y que recorre media Guatemala.

«Cuando la urna del Señor, adornada de flores y zahumada de incienso, venia por la esquina de esta misma calle (nuestra casa se hallaba situada en la 11 avenida norte y quinta calle), frente al atrio de la Merced, cuyas matracas imponían majestad a la procesión, se dejó venir sobre ella, como un huracán, un carruaje tirado por dos briosos caballos negros, adentro del cual iba gritando y cantando don Sixto Negro, a quien acompañaban varias «mujeres malas» que rompían el tradicional silencio de ese día con sus risotadas y cantos.

«Los «cucuruchos», ante el inesperado atropello, dejaron caer al suelo la anda, rodando por él la imagen, que si no se hizo trizas fue por un puro milagro… Sixto y sus acompañantes se perdieron entre la polvazón que se levantó y las maldiciones y candelazos que alcanzaron a tirarles algunos «cucuruchos».

«No habían pasado dos semanas de que esto sucediera, cuando se supo en Guatemala, que Sixto había desaparecido. Lo buscaron por todas partes; y nada: en su cuarto solo encontraron un fuerte y penetrante olor a azufre. Mi nanita, que Dios la tenga en su santa gloria, contaba que se lo llevó el «Cachudo», con ropa y todo, dejando pa’recuerdo, de que había estado por allí, la jediondez en el cuarto.

«Desde entonces, m’hijo, a esta hora, qu’es la hora en que salen las ánimas a cumplir sus penitencias por el mundo, la de él sale a pasearse por las mesmas calles en que cometió su desacato; y hace en el mesmo carruaje, que va tirado por dos caballotes negros, que van echando chispas por boca y haciendo sobre los empedrados pelenguén…pelenguén… Si no me crees lo que te cuento, abre la ventana mañana a esta mesma hora y lo vas a ver…

«Mi finada nanita, que según ella jamás dijo una mentira, me contó, como yo te lo cuento a ti, este «caso», y ella me aseguraba que una noche que la mandaron a comprar un manojo de cigarros de tuza a la tienda de la esquina, alcanzó a ver cuándo el carruajón, echando chispas por todos lados, doblaba la esquina de la quinta calle».

Raudos, como el carruaje de Sixto Perez, los años han pasado por mi vida. Me hallo lejos de mi Guatemala embrujada y llena de consejas, y siempre que por las noches oigo sobre los embaldosados el pelenguén…, pelenguén…, de algún coche, llega a mi imaginación el recuerdo del carruaje de don Sixto Perez, que, entre chispas y tirado por negros percherones, tal vez esté pasando por las calles de mi barrio de la Merced…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

Mi amigo Juan Luis, el más querido de mis amigos y compañeros de la infancia, y colega mío de correrías en los dorados y desgraciadamente ya idos tiempos en que pintos seguimos nuestros estudios en el Instituto Nacional Central de Varones de Guatemala, hecho ya todo un hombre, como yo, vino a visitarme un día de tantos. Se arrellanó en uno de los amplios sillones Chesterfield que hay en mi sala de escritorio, encendió un cigarrillo «Tigre» y, sin decirme agua va, se le desató la lengua, contándome la siguiente historia:

—Vos debes recordar, sin duda, pues la parranda con que me despediste te costó serios regaños de tu viejo, que allá por el año 1921, tras múltiples veces que me aplazaron en Algebra, me fui a trabajar a la finca «Heredia», que tiene tu tío Nacho en el departamento de Santa Rosa… ¿Te acordas, viejito?

¡Claro que me acuerdo! ¡Si hasta estuve dos domingos sin salida por causa tuya…!

—Pues bien; allá me sucedieron hechos tan extraordinarios, que no me he atrevido a contar a nadie porque vos sabes cómo son de águilas los
muchachos para dar coba. Si ahora me atrevo a contártelos a vos, es porque considero que sos persona sincera y «traslas» mío, y, como te ha dado por escribir, quizás podás sacarle algún partido a esto que te voy a contar.

—Veras lo que pasó. Al no más llegar a la finca —vos te debes acordar bien de la casa, pues has ido a pasar muchas vacaciones allá—, una de mis primeras preocupaciones fue buscarme la mejor pieza. ¡No faltaba más! ¿Crees vos que yo iba a dormir igual que el administrador? ¡Seré pajuil! Para lograr tal fin, recorrí el viejo caserón de extremo a extremo, hasta que en el segundo piso, frente al corredor que tiene vista al potrero de las vacas paridas, encontré lo que buscaba: una pieza «de a petate», la misma en que dormía to abuelito Chema.

Hice saber al mayordomo mi decisión de alojarme en ella, y le ordene que trasladara a ese lugar todos mis bártulos, entre los cuales iban mi Mauser y un revólver Smith y Wesson, legitimo, tan legítimo que cuando se le jalaba el gatillo hacia «tric».

— ¿A esa pieza, patrón? —me dijo el Chus, más asustado que si lo hubiera picado la cazampulga—. ¡Usted está loco! ¿No sabe, pues, que en ella se murió el finado patrón viejo, el tata de don Nacho, y que cuando alguno se va a dormir allí; se le aparece el Cadejo? Meterse alló patrón, es lo mesmo que puyar el hormiguero.

— ¿El Cadejo? ¿Que patrañas son esas, Chus? —le respondí.

—Adiós, pues, ¿conque el patrón no sabe lo que es el Cadejo? Es verdad que el patroncito es «chanclecito» que viene de la capital y que por allá tal vez no si’aparece; pero yo que soy más costeño que el «palo jiote», ¡vaya si lo conozco! Con estos mesmos ojos que si’han de comer los gusanos lo vide una vez: es ansina de grande, tiene el cuerpo peludo como de chivo, con cachos de toro, ojos que echan chispas como los de los gatos de monte, cola de lión, echa espumarajos por la boca y lo sigue a uno con el pensamiento…Cuando anda nu’hace ruido, parece que si’arrastra.

Ante tan peregrina como exótica descripción, yo, espíritu cuya mentalidad está plena del mas puro positivismo compteano, no pude hacer menos que sonreír y reiterar la orden de que se me instalara en esa pieza. ¡Tú tío Nacho, viejito, me había dado poderes de señor de horca y cuchillo!

—Bueno, patrón —fue la respuesta—. Usté sabe lo qui’hace. Pero, por aquello de las dudas, li’aconsejo que se merque una daga de cruz, pues ese fierro es con lo único que se puede ahuyentar al Cadejo. ¡No ve qu’es el mesmo ‘achudo (hizo la señal de la cruz) desfrazado!

Por la noche, después de darle cuerda a mi Longines, de acondicionar mis vestimentas en la silla y percatarme de si habían dejado agua suficiente en la garrafa, me acosté. A la luz del quinqué, que despedía un penetrante olor a gas, me enfrasque en la lectura de una novela de don Pepe Milla. «Los Nazarenos» eran, hermano.

Iniciaba la lectura del capítulo en que don Silvestre de Alarcón enseña a los iniciados el Santo aquel de «malo Mori», al cual responden, “Quan Phoedari», cuando, no se por qué extraña asociación de ideas —la lectura del bien escrito pasaje, tal vez—, vino a mi mente el recuerdo del Cadejo. Un intenso calofrío recorrió todo mi cuerpo, hermano. Mas, al instante, sobreponiéndome a mis nervios excitados, continúe la lectura.

«Don Silvestre exhortaba a los Nazarenos a ser fieles a su juramento», tal el pasaje que leía en ese instante, cuando escuche, nítido en el silencio de la noche, un ruido semejante al que hace un cuerpo pesado al arrastrarse sobre un entarimado. ¡Deben ser ratas! , pensé. Pero el ruido se hizo más fuerte, dándome la sensación de que se iba acercando. (¿Para qué te voy a engañar, viejito? Ya el susto me iba entrando en ese instante.) Decidí, haciendo un gran esfuerzo de voluntad, levantarme e inquirir, como era natural hacerlo, la causa que lo motivaba. Antes de hacerlo introduje la mano bajo la almohada para sacar mi «cuete», e iba a incorporarme cuando, al volver la vista hacia la puerta, en ella, ocupándola en toda su totalidad, estaba un cuerpo extraño y feroz, semejante al de un chivo grande y peludo, con cachos de toro y cola de león, echando espumarajos por la trompa y cuyos ojos, que eran dos brasas que echaban chispas, me miraban en una forma penetrante y aguda que no la olvidare jamás. ¡El Cadejo auténtico, similar al del retrato que del mismo me había hecho el Chus, estaba frente a mí! ¡Tuve aún alientos para intentar ponerme «las de hule» por la ventana, pero, no bien lo hube pensado, el Cadejo, que lo sigue a uno con el pensamiento, estaba frente a ella obstruyéndome el camino…!

¡No supe más de mí! ¡Sólo recuerdo que sentí los pies como de plomo y que di un grito feroz, salvaje! Cuando volví en mí, estaba rodeado por los mozos que, como vos sabes, duermen «jateados» y envueltos en sus «chamarras», en los corredores del primer piso. Uno de ellos, creo que fue el Chon Almendarez, el mismo que nos enseñó a montar a caballo, contemplaba el potrero de las vacas paridas y les decía a los otros:

—¡mírenlo, Muchá, allá va tu’avia el Cadejo! ¡El susto que le metió al patroncito…! ¡Bueno que les pase eso a estos «chanclecitos» por meterse a faroleros y creer que con el «cachudo» se puede jugar…!

—¡En efecto, viejito, en el potrero se divisaba una masa informe blanca, que caminaba lentamente…!

—¿Entonces, Juan Luis, la daga de cruz no te sirvió de nada?

—Vaya si no, viejo, más tarde supe que con ella fue con lo que lo logró espantar el Chon Almendárez.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

En los páramos de la baja costa, donde la tierra se da plena de pujanza, donde todo es vida, reverbera el sol en lontananza y llena el ambiente el rico olor donde se con­jugan los aromas del jaraguá, del calinguero y, en fin, de todas las plantas que saludan el paso del viajero con su regalo aromático en afanes de bienvenida.

Vaqueros sentados de medio lado en mon­turas rechinantes, realizan las faenas de la vaquería con singular destreza. En las labores de los arreos y las curas, caballo y ji­nete armonizan en un todo para dominar a los astados. El sol parece respetar la exis­tencia de los hombres de estas tierras.

Los días en la costa, cuando no llueve, son bien largos. El alba es coronada con los tri­nos de los pájaros mañaneros que saludan al sol con himnos gloriosos. A las nueve de la mañana ya el sol esta fuerte. Al mediodía un pesado sopor envuelve a todos los seres, hasta que la brisa de la tarde, insinuándose tímidamente, anticipa el frescor de la noche, unas veces estrellada, otras, tenebrosa. Cuando el manto de estrellas tachonan el firmamento, los hombres del campo se dan a la tarea de reconocer figuras dibujadas en el pabellón infinito del cielo. Cuando la no­che es oscura, todos se recogen temprano, parece que se dedicaran a oir el zumbido del silencio. Cuando hay luna llena florecen los amores, se preparan los cazadores y se largan a «lucear» venados; los pescadores se van a las riberas a camaronear o a pescar con fis­gas, anzuelos o atarrayas.

Así trascurre la vida de los hombres del campo, raras veces acontecen hechos que con­mueven las rutinas de sus vidas. Cuando algo sucede, por lo general es algo serio: o se ac­cidenta alguien perdiendo la vida en trágica forma, o bien los filos de los corvos salen a relucir agitando la noche con chasquidos de muerte, bien por viejas pendencias o por cobrar recientes agravios.

Por la zona de la Gomera había una ha­cienda, de cuyo nombre prefiero no acordar­me. Patrón y vaqueros vivían al ritmo del trabajo y en la comunidad que formaban jamás la discordia había arañado sus puertas, todo era cooperación y tranquilidad.

El dueño de la finca no sabía a ciencia cierta la extensión de las tierras que poseía, menos la cantidad de reses que, pastaban en sus vastas sabanas. Había regiones dentro de la misma finca que eran desconocidas, en ellas solo las reses cimarronas vivían; pasa­ban muchos meses sin ver seres humanos y cuando llegaban a ver a un hombre, la embes­tida rabiosa era la rápida respuesta.

Por lo menos una vez al año se hacían arria­das de cimarrones para ponerles el fierro. Cuentan los vaqueros que daba lástima ver a los animales cuyos cuernos habían crecido en forma viciosa y algunos llegaban con la cuenca de un ojo vacía y la punta del asta incrustada hasta el tondo de la órbita; el propio cuerno había dejado ciega a la bestia que no tenía el auxilio del hombre para de­tener su propia agresión. Las gusaneras en algunos novillos dejaban rastros enormes ha­biendo sido pasto de los gusanos, pagando en esa forma el tributo de su libertad cerril.

Daba gusto ver la forma bravía coma los cimarrones se comportaban cuando eran arria­dos, su recia figura y sus briosas contorsiones para devolverse al corazón del monte, hacían que los vaqueros pusieran todo su empeño y sus mejores artes para dominarlos.

Lo simpático era que en unos caulotales existentes en el medio del camino hacia la casa de la hacienda, vivía un mico que ayu­daba a los vaqueros en sus afanes con los ci­marrones. En cuanto el simio divisaba el tropel de vaqueros y reses, se aprestaba a subirse a un arbusto y al pasar debajo saltaba sobre los lomos de los cimarrones. Era de verse la respuesta de los cornúpetas salvajes al sentir sobre el espaldar las garras del cuadrumano; algunos se estremecían en muecas espantosas, pero el mico gozaba con aquellas cabriolas. Caminaba unos cuantos metros molestando a las reses y se regresaba al caulotal. Ya los va­queros le conocían y se entretenían tirándole ramitas que a veces el mico devolvía con fuer­za y certera puntería.

En una ocasión, unos vecinos regalaron al patrón de la finca un brioso y semisalvaje ejemplar equino de prieto y reluciente pelaje, que parecía tener al diablo metido. El día que lo llevaron fue puesto en un corral hecho con rieles; a pesar de su solidez temblaba toda la instalación con las embestidas de aquel animal.

Los mejores vaqueros fallaron en su intento de domarlo. Hubo quienes hilvanaron leyen­das fantásticas sobre la procedencia del garañón. Lo cierto es que los más diestros no pu­dieron imponerse con las mañas infernales de aquel cerril. Por fin al patrón se le ocurrió una idea: llevar al potro, a como diera lugar, al caulotal y dejarlo amarrado una noche en­tre los dominios del mico.

No podría relatar los esfuerzos y peripecias de los vaqueros para trasladar al fiero ani­mal; fueron muchas las cabriolas y patadas del potro en su denodada resistencia, por fin, se quedó fuertemente amarrado y con los bel­fos temblorosos y espumantes.

No sabemos que paso; quienes vivían cerca del caulotal percibieron un lejano retumbar de tierra y lastimeros relinchos. Pujidos y patadas formaron una mezcla de protesta y entrega. Al clarear el día y desdibujarse las sombras de la noche, todos corrieron a ver la obra del cuadrumano. Efectivamente encon­traron al potro completamente desfigurado y en una traza que daba pena. De su fiero comportamiento no le quedaba ni el recuer­do, se notaba que su lomo había recibido las gracias de las garras del mico y casi no podía tenerse parado. Cuando lo desataron siguió mansamente a quien le jalaba de la saga. A duras penas pudimos descubrir una fina y simétrica trenza que manos diestras habían te­jido con las crines de la frente del animal.

La fiera había sido domesticada, pero no sirvió jamás para nada; de aquel potro vo­luntarioso y rebelde, solo quedó un pobre ja­melgo taciturno e inservible.

Goyo Morales era el mayordomo de aque­lla hacienda, buen vaquero y buen hombre; trascurría su vida entre el trabajo y la feli­cidad de su hogar. Hasta que un día, la Tina, su hija casadera, a duras penas le relato que debía casarse con uno de los vaqueros de la finca vecina. Al terminar su hija la última frase, la cara de Goyo se desfiguró en un ric­tus de ira. Sin decir palabra, descolgó una manea de la pared del rancho y agarró con furia a su hija, asiéndola por las trenzas con sus enormes manazas. Casi a rastras la llevó al caulotal del mico y allí la dejó fuertemen­te atada. La joven no articuló ni un gemido, a pesar del daño que aquellas enormes tena­zas le inferían y del miedo que le infundía la oscuridad y el lugar.

La noche vino con su luto. Los que vivían cerca del caulotal se acercaron al lugar donde el padre había dejado a la Tina. Vieron horrorizados que alrededor de la muchacha, el mico bailo por varias horas en una lúgubre mezcla de rito y frenesí gimnástico. Al llegar la medianoche, la figura del mico se trasformó en la de un perro de ojos llameantes que daba humanos alaridos.

Cuando amaneció, desataron a la Tina, quien con una carcajada tenebrosa erizó los pelos de los presentes… ¡A la Tina se la había ganado el Cadejo…!

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Sabanas de la costa baja, calor aletargan­te, olor en el ambiente que conjuga la pu­janza de las tierras prodigiosas con el sudor de sus habitantes. En el horizonte reverbera el aire y el silencio del mediodía hace que todo se tome pastoso, sus moradores se cu­bren con una tenue y persistente pereza que también abarca a los animales.

A lo lejos el murmullo de un río se hace interminable a cada momento y solo vuelan, de vez en cuando, despaciosos zopilotes, cu­yos cuerpos enlutados y nefastos se balancean llevados por las corrientes de aire en tétricos planeos. El vuelo de estos rapaces parece un lúgubre reconocimiento aéreo; semejan sus alas al vistazo de la muerte para llevarse a prisa a los seres moribundos.

El cuerpo de los habitantes de estas zonas es magro, sus brazos languidecen en ade­manes lentos, abarcando remotas esperanzas. Únicamente su vientre voluminoso denotaría que están satisfechos por una copiosa comida, pero desgraciadamente no es así; en esos vientres hinchados, con ombligos saltones, se abri­gan millares de parásitos.

Cierta vez que pregunte quien asistía a los enfermos, o a las mujeres en trance de ser madres, un campesino me contestó: «Aquí no hay nada de eso, estos lugares están olvi­dados de la mano de Dios…».

Yo solo mascullé: vaya si no hay Dios, en estos parajes es donde más pura se manifiesta la voluntad de Dios, pues solo así se explica cómo sobreviven esos macilentos campesinos que a veces nacen, crecen y, sobre todo, mueren…

Bien, nos encontrábamos en esas intrinca­das lejanías por razones de negocios ganade­ros de mi padre; como yo estaba de vacacio­nes, le acompañaba; forzado por una parte, por mi padre quien se empeñaba en que co­nociera las artes de la vaquería. Por otra parte, mi propia curiosidad.

Ese día habíamos madrugado para poder ver unas reses que formaban parte del ne­gocio. Los dueños nos habían dado un capo­ral y las señas del camino, pues era más su pereza que el interés del negocio. Desgracia­damente el caporal perdió el sendero y se desorientó. Pasadas algunas horas creímos que sería fácil desandar el camino y volver a donde habíamos partido, pero no fue así.

Al principio no tomamos en serio nuestra condición de perdidos, nos dedicamos a ca­minar y caminar creyendo que retornábamos… En esas caminatas inútiles se nos pasó la mañana.

Bajo la sombra de un palojiote hicimos un alto para comer lo que llevábamos de al­muerzo. Gotas de sudor nos corrían por la frente y a veces al alzar la mirada entre las cejas se divisaba el horizonte. En silencio nos comimos las tortillas con huevos duros y frijoles volteados, esto repuso en parte nues­tra fuerza perdida. El calor y los vapores de la tierra a la hora del mediodía hacían que nuestra humanidad nos pesara aún más. En esos instantes el saber que estábamos perdi­dos nos produjo terror.

La situación era más o menos desesperante, pues con el rumbo perdido corríamos el ries­go de llegar al mar, si bien nos iba, o bien, quedarnos en uno de esos pantanos que cu­biertos de vegetación son trampas arteras para jinetes y cabalgaduras.

El refrigerio y el calor aumentaron nuestra modorra, apenas si cabeceamos un sueñito, cuando mi padre dijo que había que seguir y así se hizo.

De vuelta a los caballos, el monótono son acompasado del trote, nos aletargaba a cada instante, hasta tornarnos casi insensibles.

Las zarzas saludaban nuestro paso, a veces arrancando jirones de camisa, otras, hiriendo telegráficamente nuestra piel. Algo teníamos que dejar en pago por la acción de profanar las feraces tierras que forman las sabanas costeñas.

No podría decir cuantas horas trotamos, ni relatar las veces que creímos haber encon­trado el camino. Pero si podría asegurar que varias veces pasamos por el mismo lugar y que nadie dijo nada en voz alta por no des­corazonar a sus compañeros.

Poco a poco el sol fue poniéndose naranja y haciéndose más grande. Tímidamente aso­maron unos celajes rojizos por el lado del mar. Los aires se hicieron más pronunciados y simulaban que de afligidos se dedicaban a soplar el sendero de nuestro paso. Otras ve­ces, las hojas secas burlonamente jugaban rondas detrás de nosotros, como si se alegra­ran de vernos perdidos.

—Yo creo patrón, que luego va a caer la noche —dijo el caporal con una voz que era el anuncio de un chillido mal contenido. Mi padre se limitó a dar un pujido que no supe cómo interpretar. Por mi parte, la sola idea de la noche me produjo más miedo del que ya tenía.

Y fue así como el cielo, de un color na­ranja se tornó violáceo y poco a poco se fue poniendo gris. El día no quería morirse y aun en agonía se esforzaba en persistir. Una suave brisa vino a refrescar los cuerpos su­dados de las cabalgaduras, cuya traspiración dejaba marcas de espuma salobre. Sobre la piel de los jinetes el sudor dejaba surcos mu­grosos.

El olor de la tierra fecunda, su humus pro­digioso, venia hacia nuestro olfato con recie­dumbre. Era el olor de la hembra infecunda que busca consuelo para su libido. Así son las tierras de Guatemala: están desde hace siglos devanando su pasión por producir, es­perando que manos viriles las hagan dar toda la fuerza de su poder germinativo, pero ellas son solo el refugio de campesinos paliduchos que languidecen enfermizos y olvidados.

Por fin, es una de las tantas vueltas de aquel camino interminable, cuando la colum­na encabezada por mi padre y que remataba yo, así, al filito de la noche, se apareció la figura de un hombre que al principio fue bo­rrosa, delineándose poco a poco, hasta ha­cerse francamente visible.

El encuentro con el personaje produjo dis­tintas emociones: a mi padre le causó alegría encontrarse en tan amargo trance con un vie­jo amigo. A mí me produjo alegría, pues era la seguridad de salir del entrevero y lle­gar esa noche a dormir y comer bajo techo.

Al caporal el encuentro le produjo una mal disimulada carraspera y a veces tos…

Mi padre saludó al recién llegado con muestras de gran camaradería; igual cosa hizo éste y después de darse la mano, tomándose las puntitas de los dedos, como hacen los campesinos, se hicieron mutuos hallazgos en sus respectivas humanidades: «Que bien esta don fulano, lo veo más gordo».

«Y usted don mengano, no se diga, por su cara no pasan los años».

Después de preguntarse por las familias se acercaron al grano con una sola pregun­ta: ¿Qué anda haciendo por estos andurria­les?», dijo mi padre; y el otro contesto: «Yo por acá nomasito tengo mi rancho». A todo esto, el caporal tosía y la necia carras­pera llegaba a hacerlo impertinente…

Mi padre no esperó más y dijo al encon­tradizo que estábamos perdidos, este, sin de­cir palabra, tomó por la gamarra el caballo que montaba mi padre y se dispuso a enseñamos el camino. La tos del caporal demos­traba que quería hacerse notorio, pero no lo lograba.

Caminamos por espacio de una hora. La noche cerró su cúpula negra y profunda. Sus crespones de luto nos envolvían por completo y los arboles del camino tomaban formas fantasmagóricas y a veces parecían retorcerse en cómicos devaneos. De todos modos era de noche y nosotros éramos conducidos al cami­no real por un ser bondadoso que intempes­tivamente se apareció a nuestro paso. Cuan­do a lo lejos se oyó el latir de unos perros, el encontradizo paró, dijo que estábamos en terrenos conocidos y que siguiendo recto llegaríamos hasta unas casuchas. Dio a mi pa­dre la mano y muchos recuerdos para su familia, a mí me pareció que en vez de es­trecharme la mano me puso algo frio entre los dedos a guisa de despedida. Al caporal simplemente lo ignoró.

Desapareció entre las sombras de la noche y no tardó en confundirse con los pliegues de la oscuridad. A todo esto, el caporal adelanto atropelladamente su cabalgadura y en un tro­te desordenado alcanzó a mi padre, el pobre hombre tartamudeaba; sus palabras se agol­paban en sus labios propugnando por salírse­ en bloque, a duras penas se hizo entender y casi de un tiro dijo: «Dios santo, Dios fuerte… ¡Ay! patrón, por Dios, esa alma no es de esta vida, pertenece al reino de los difuntos… hace dos meses que se murió y lo enterraron en la aldea…».

Mi padre le dijo que se callara, pues lo había visto tan vivo como a cualquiera de noso­tros, pero cortó su respuesta, pues en ese mo­mento llegábamos a los ranchos y la bulla de los perros llenaba la escena. A la luz de unos candiles notamos que el caporal estaba pálido y que sus labios tenían un ligero tem­blor que delataba su miedo.

Cansados como estábamos, mordisqueamos unos tamales remojados con caldo de frijo­les y calmamos nuestra sed con café endul­zado con rapadura, después, caímos como fardos sobre los petates.

No sé cuántas horas dormiríamos, pero al clarear el día, con la diana de los gallos y los pájaros, mi padre me dijo en voz baja. «Vamos a pasar por el cementerio. …”.

El trote de los caballos hacía retumbar le­vemente la tierra: pasamos un cerco de sil­vinias que demarcaba los mojones del ce­menterio; después de caminar entre cruces tostadas por el sol y entre sepulcros semide­rruidos, mi padre se detuvo frente a una cruz recién pintada. Con voz a medio tono leímos la inscripción con el nombre del muerto y la fecha reciente que había sido la última en su vida… era el mismo del guía que nos había sacado la noche anterior de nuestro labe­rinto de zarzas… maleza y calor.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Con sus desgarradores lamentos interrumpe el silencio nocturno, en los más apartados pueblos de Venezuela. Cuenta la leyenda más conocida que La Llorona era una mujer española. Vivió durante la Colonia en un pueblo y tuvo varios hijos con un indígena. Sus hermanos se enfurecieron al descubrir tal aberración. Debemos recordar que para ese entonces se decía que los indígenas no poseían alma. Eran considerados animales, seres inferiores, de origen diabólico.

Los hermanos de aquella dama mataron a sus hijos y la casaron con un español. Pero la pobre mujer enloqueció y se escapaba en las noches de su casa. Vagaba por los campos suelto de largo pelo, en una amplia bata de noche, llorando lamentándose tristemente por la muerte de sus hijos. Los campesinos se angustiaban al oírla. Al poco tiempo murió de pena, pero los campesinos aún la escuchan. Algunos hasta la han visto arrastrando el peso de su tristeza por los campos de Venezuela.

Bibliografía

Franco, M (2007). Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Publicado por Los Libros de El Nacional.

La tranquilidad del parque de Barberena era a veces quebrada por el fuerte ruido de los pasos del señor comandante local. La sombra de unos almendros, recortados como sombrillas, era profanada por la tímida y escurridiza carrera de unos cuantos patojos escolares, que en plan de capearse, atravesa­ban el parque rumbo a los cafetales, cañales y a las guaridas que solo ellos conocían.

El señor comandante local era un hombre fornido, de fiera mirada, crispeantes mosta­chos, al estilo de los militares franceses de la época. En diversas fiestas de la Pa­tria, nuestro comandante sacaba a relucir un uniforme de lujo, lleno de abotonaduras abri­llantadas, con el correaje bien lustrado. Pei­nados sus bigotes, mientras la charpa cuida­dosamente pulida colgaba al cinto.

El fiero semblante del militar, represen­tante de la ley en algunas ocasiones, no tenía nada que ver con la bondad de su carácter; a diferencia de otros militares, el personaje de nuestra historia sabia ser amigo, departía con sus gobernados y cuando podía hacer un
favor no era necesario pedírselo dos veces.

La vida del pueblo no tenía nada de no­vedoso, salvo en la época de la fiesta reli­giosa, se atronaba el ambiente con las bombas voladoras, los cohetes de vara y el necio repicar de las campanas. En la puerta de la iglesia se apostaba una pareja de músicos, un tamborón y un pito se desgañitaban con su monótono y tristón ritmo que día y no­che se hacía presente con interminables notas.

Pasada la feria del pueblo volvía la calma, se vaciaba la cárcel de los bolitos que caían por escandalosos durante la fiesta y otra vez la macilenta vida de pueblo chiquito.

Gran distracción era ver el paso de la ca­mioneta de pasajeros. Una vez al día tosía y estornudaba el motor del polvoriento ar­matoste que lleno de pasajeros y tanates recorría el largo camino entre la capital, la frontera y puntos intermedios.

Por unos instantes revoloteaban los vende­dores de refrescos y tortillas con gallina, los huevos duros y las enchiladas. A veces algún pasajero barbereño llegaba o se iba del pue­blo. Pero una vez zarpada la camioneta, todo volvía a su tranquilo vivir.

Una vez que se fugaron unos presos de la penitenciaria central de Guatemala, vibró el telégrafo dando órdenes de alerta a todas las policías, se sabía que por el lado de Barbe­rena huían los bandidos y nuestro comandan­te local se puso en campaña. Hizo algunas batidas por los alrededores, pero no dio con los fugitivos. En una de sus salidas «en comisión», pasó por un paraje donde calmó su cansada humanidad con unos tragos de atol.

Era ya conocido por los dueños del paraje y eso motivó, su retraso, después de los salu­dos de rigor, fue invitado a descansar; una butaca de cuero de res recibió la humanidad del señor comandante y cuando le llevaron el refresco de masa de maíz, sintió un cos­quilleo en todo el cuerpo. En una bandeja astillada, con ligero temblor en las manos, una muchacha fresca y linda le hizo el pre­sente de la tradicional bebida del campo bar­bereño.

Un poco de reojo, el comandante midió las gracias de quien le ofrecía el atol. La mirada de la muchacha dirigida tímidamente hacia el suelo, denunciaba aún más sus po­bladas pestañas. El señor comandante tosió cuando vio que a pesar de la amplia falda se dibujan acentuadas las rumbeantes cade­ras de la criolla samaritana. El atol tenía sabor a gloria, mitad por el cansancio, mitad por quien se lo ofrecía.

A guisa de piropo, el comandante dijo al dueño de la casa: » ¡Que flores más bellas se dan en su patio, es bueno que las cuide!». Toda la concurrencia se rio de buena gana, solo a la muchacha se le encendieron las me­jillas con un rubor que la hizo más atractiva.

La plática giró hacia el tema de los fugi­tivos y después de hacer comentarios sobre las lluvias y el tiempo, el comandante se des­pidió.

En el caminillo polvoriento se perdieron bestias y jinetes.

A partir de aquel día no le faltaron pre­textos al señor comandante para visitar esos lugares. Hasta que pasados algunos meses era ostensible el romance entre el militar y la be­lla hija de los dueños del paraje.

La calma del pueblo se hacía insoportable al representante de la ley y no despreciaba motivo para encaminarse a la casa de su ena­morada. En un atardecer cuando ya el deber estaba cumplido, se encaminó por el sendero tantas veces recorrido, y al rato la noche se hizo presente con sus negros telones. Su ca­balgadura ya conocía la ruta y el a veces, fu­maba un cigarrillo o tarareaba canciones de moda.

Llegado a una vuelta del atajo, la bestia se puso cosquillosa, paró las orejas y agitó los belfos. Un fuetazo del jinete paso inad­vertido para el animal, quien a medida que se le obligaba a seguir para adelante más se encabritaba. Entrando a la vuelta del camino, diviso una figura humana que sentada a la orilla, mal contenía un llanto leve. La bes­tia se resistía a acercarse a la figura, pero el jinete la obligó. ¡Cuál sería su sorpresa al identificar a la dueña de sus amores con su tanate de ropa al lado y en actitud descon­soladora!

Paró al quisquilloso animal frente a la mu­chacha y esta levantó la cara denotando las huellas del llanto reciente en sus ojos y me­jillas. Todo fue acercarse y ésta romper a llorar con más fuerza, para contarle entre so­llozos, que su padre al enterarse de sus amo­res consumados, la había echado de la casa. El comandante la colmó de caricias y le dio la seguridad de que no la abandonaría en tan difícil trance. La alzo en vilo, la sentó a la grupa de la bestia y regreso a su proce­dencia.

En el camino la bestia demostraba incon­formidad. El comandante aprovechaba la proximidad de los cuerpos para encender las llamas del deseo y con palabras amorosas y caricias tentadoras, consolaba las lágrimas de la amada castigada. Esta asegurábase a la cabalgadura abrazando la cintura de su ena­morado.

Asomaron a las primeras luces del pueblo; las manos que asían la cintura del jinete pronunciaron su fuerza al grado que comenzaron a hacerle daño. La presión pasó inadvertida para el jinete, pero la cabalgadura a cada momento se hacía más incontrolable. Unos minutos más y aquellos brazos comenzaron a lastimar el vientre del jinete; ya no eran fi­nas manos, llenas de amor, sino lacerantes tendones que se hincaban en la piel del ena­morado, quien al tratar de aflojar aquella presión, notó que de suaves y cariñosos lazos se habían trasformado en nervudos y duros, cubiertos de pelos hirsutos, que le aprisiona­ban hasta hacerle daño. La bestia estaba in­vadida de un pánico cerril. Al sentirse así oprimido, el comandante se desembarazó de aquel ser nefasto propinándole un par de gol­pes desesperados.

Era la burla de los enamorados, quien había engañado al provinciano jefe. Al día si­guiente volvió al paraje y comprobó que todo era falso, que su amada seguía en el seno fa­miliar y que todo estaba en paz.

La Burla, es un ser que engaña a los ena­morados y a veces hasta los enloquece.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Este es uno de los más espeluznante espantos del que se tenga noticias, tiene como finalidad el hacer daño por efecto psíquico u otros medios de manipulación de terceros, el Anima Sola se presenta en forma de mujer de largos cabellos y atractivo rostro y tiene la finalidad de cobrar las velas de las Ánimas Benditas, pues en estos pueblos la gente acostumbra a pedir favores a las Ánimas y estas casi siempre le conceden los favores a cambio de que se tengan prendidas cierta cantidad de velas durante un tiempo antes prometido, de no cumplirse con esta contra prestación de los devotos, hace su entrada el Anima Sola; para recordar la deuda de una manera tenebrosa.

En Guatire, sector  las Flores del Ingenio; se cuenta que una señora devota de las ánimas, en una ocasión olvidó prender la prometida vela a pago de favores de éstas, esa noche tocaron a su puerta y resultó ser una amiga de la cual tenía tiempo no veía, para su desdicha e ingenuidad la invitó a pasar, al momento y una vez dentro la visita se convirtió en un celaje que recorrió –cual inmensa sombra negra– toda la sala, tomando a su víctima por los cabellos en repetidas ocasiones causándole grandes moretones, la señora aterrada se arrastró como pudo hasta el altar y prendió temblorosa un cabito de vela a la vez que pedía perdón por el olvidó, al momento la gran sombra abandonó la casa; dejando privada a la olvidadiza señora, quien desde entonces prende a diario gran cantidad de velas, aunque no haya nuca más pedido un favor ni dejado pasar a su casa visita alguna.

 

Bibliografía

Franco, M (2007). Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Publicado por Los Libros de El Nacional.

Después de asesinar a su padre, el hombre fue castigado con un mandador de pescuezo (típico del llano), al tratar de huir fue mordido por un perro tureko, para concluir el castigo su abuelo regó sobre sus heridas gran cantidad de ají picante. El recuerdo y mención de lo sucedido libra a las personas de ser atacadas por este espíritu errante conocido como el silbón.

El Silbón se presenta a los borrachos en forma sombrío. Otros llaneros le dan forma de hombre alto y flaco, usa sombrero y ataca a los hombres parranderos y borrachos, a los cuales chupa el ombligo para tomarles el aguardiente.

La tradición explica que al llegar el silbón a una casa en las horas nocturnas, descarga el saco y cuenta uno a uno los huesos; si no hay quien pueda escucharlo, un miembro de la familia muere al amanecer.

Otra versión dice que fue un hijo que mato a su padre para comerle sus «asaduras». El muchacho fue criado toñeco (mimado), no respetaba a nadie. Un día le dijo a su padre que quería comer vísceras de venado. Su padre se fue de cacería para complacerlo pero tardaba en regresar. En vista de esto el muchacho se fue a buscarlo y al ver que no traía nada, no había podido cazar el venado, lo mato, le saco las vísceras y se las llevó a su madre para que las cocinara. Como no se ablandaban, la madre sospechó que eran las «asaduras» de su marido, preguntándole al muchacho, quien confesó la verdad.

De inmediato lo maldijo para toda la vida. Su hermano Juan lo persiguió con un «mandador», le sonó una tapara de ají y le azuzó el perro «tureco» que hasta el fin del mundo lo persigue y le muerde los talones.

 

Bibliografía

Franco, M (2007). Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Publicado por Los Libros de El Nacional.