Tag: Gilgamesh

Kanachyuvé, el gran héroe de los carayas del Bra­sil, su Hércules, su Gilgamesh, se había casado y tenía un suegro muy viejo. En aquel tiempo no había otra luz en torno a los hombres que la de los hogares que ardían en cada casa. Fuera era la oscuridad total, la noche completa.

Y ocurrió que un día, un día de aquella noche eter­na, el pobre viejo tuvo que salir a buscar leña para echar al fuego. Pero habiendo tropezado y caído, empezó a deshacerse en lamentaciones y hasta en denuestos contra su yerno, qua consentía que él, viejo como era, tuviera que trabajar.

— ¿Por qué no haces algo verdaderamente bueno? —le dijo irritado—¿Por qué no buscas y traes la luz?

Y como la suegra, más elocuente que su marido, se unió a éste en su petición, e incluso su mujer se ani­ma a gritar siguiendo el ejemplo de su madre el po­bre Kanachyuvé, que, como suele ocurrir a muchos barbianes, sólo era héroe fuera de su casa, se decidió a ir en busca de la reclamada luz.

Después de mucho pensar, tuvo una excelente idea, que puso en práctica inmediatamente. Cogió una hoja de imbahuba, la peló, dejando solo el nervio central, metió uno de sus extremos en su boca, cual si se la hubiese clavado sin querer, y se echó por tierra, con los brazos abiertos, como si estuviera muerto.

Momentos más tarde, un enjambre de moscas le rodeaba.

  • ¡Un muerto! ¡Un muerto! ¡Ataquémosle! —dijeron
  • ¡Esperad! —aconsejo la más prudente—. Conviene esperar a que vengan los urubúes.

Los urubúes, buitres negros que viven de la carroña, no tardaron en llegar. Y muchos, describiendo grandes círculos en torno de Kanachyuvé antes de caer sobre él, decían:

  • ¡Está muerto y bueno para ser comido en seguida! Pero uno de ellos, más prudente, objetó:

—Hay que esperar al urubú-rey, puesto que ya sabéis que a él le corresponde el mejor pedazo.

El urubú-rey llegó poco después. Y solemnemente, como tenía por costumbre. Se trataba de un urubú blan­co, ave excepcionalmente rara, y a causa de ello objeto de veneración, pues se suele estimar de preferencia lo raro que lo bueno.

Llegar y posarse sobre el pecho del falso cadáver fue todo uno y lo mismo. Pero apenas lo habia hecho, Kanachyuvé lo cogió por las patas con ambas manos y se levantó triunfante.

—Ahora que te tengo —dijo al pajarraco—, no te soltaré sin que me entregues la luz.

— ¿La luz? ¿Y de dónde sacare yo la luz? ¡No la tengo! —respondió el urubú-rey, debatiéndose inútilmente, sin conseguir otra cosa que desplumarse.

— ¡Mientes! Tú tienes la luz —insistió Kanachyuvé. —No, no. Te aseguro que solo tengo una lucecita que no vale nada.

—Muéstramela.

Entonces, allá lejos, en el cielo, apareció, en efecto, una minúscula lucecita dorada. Era Takiná, la estrella.

Como iba muy deprisa, Kanachyuvé le hizo una sangría en la pantorrilla, y al empezar a perder sangre dismi­nuyó su marcha.

Pero su luz no le bastó al héroe, que, por supuesto, no había soltado a su presa.

—Necesito otra luz más potente —le dijo.

—No tengo más —contestó el urubú-rey.

—Más luz o estás perdido —amenazo el héroe. —Tengo, si, otra lucecita, pero muy pequeña… —Enséñamela.

Por encima de los árboles, allá en lo alto del cielo, se mostró pronto un enorme disco plateado. Como lle­gaba raudo, como la estrella, Kanachyuvé le hizo la co­rrespondiente sangría. Arandú, la Luna, pues ella era, acortó el paso.

— ¡No me basta! ¡Quiero más luz! —dijo el héroe.

El urubú-rey empezó a protestar: no tenía más luz. Pero al ver que su opresor le empezaba a apretar el gaznate, hizo aparecer por sobre los arboles una nueva claridad, roja está al principio, pero cuyo resplandor, creciendo al punto, se extendió luminoso encendiendo maravillosamente árboles, ríos, montañas, Tierra y Cielo.

Aquella claridad era Diyu-ú, el Sol. Y como también corría mucho, Kanachyuvé le sangro sin compasión. He­rido en una pantorrilla, el astro siguió corriendo a la pata coja; pero una nueva sangría le hizo entrar en ra­zón.

Por esta razón, desde entonces, el Sol va despacio. El héroe le había dejado cojo.

Sólo entonces Kanachyuvé soltó al urubú-rey. Y ni que decir tiene que, al regresar el héroe a su tribu, fue recibido con vítores y aclamaciones, incluso hasta por su mujer y sus suegros.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

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Al despertar de su sueño Gilgamesh, escuchó de la­bios de su bisabuelo Utnapishtim el relato del Diluvio Universal.

Sucedió que un día, viéndose los dioses incapaces de soportar a sus hijos, los hombres, decidieron que pe­recieran, inundando la Tierra. Pero la diosa Ea, me­diante sus suspiros, hizo partícipe de sus generosos sen­timientos a un seto de cañas. Y éste, a su vez, merced a sus movimientos al ser mecido por el viento, informó a Utnapishtim, hombre inteligentísimo que sabía desci­frar los murmullos de las plantas.

Utnapishtim contó a Gilgamesh cómo vivía antes en Shuruppak, la antigua ciudad situada a orillas del Eu­frates, y era tan fiel adorador de Ea, la diosa del Océano.

Cierto día, los dioses Bel Marduk, Anú y otros, deci­dieron destruir el mundo por medio de un diluvio, pero Ea previno a su adorador y le ordenó:

“Hombre de Shuruppak, hijo de Ubaratutu, / des­truye tu casa / y construye un navío de ciento veinte codos de alto (unos ochenta y seis metros y medio). / Abandona las riquezas, / ¡busca la vida! / Desprecia los bienes, / ¡salva la vida! / Mete toda simiente de vida dentro del navío. / El navío que debes construir… / las medidas estén (bien) proporcionadas”

Utnapishtim, de acuerdo con las órdenes recibidas de Ea, construyó el navío, lo que explica de la siguiente forma:

“El quinto día tracé su estructura. / Su superficie era de doce iku (unos tres mil metros cuadrados). / Las paredes eran de diez gar de altura (sesenta metros, aproxi­madamente). / Los recubrí con seis pisos; repartí su anchura siete veces. / Su interior lo repartí nueve ve­ces. Seis sar (medida desconocida) de brea eché en el horno”

Una vez que Utnapishtim hubo finalizado la construcción del navío celebro una gran fiesta. Sacrificó bueyes y ovejas para que comieran los que le ayudaron y les obsequió con “mosto, cerveza, aceite, vino y miel con la misma profusión que si se tratara de agua corriente”.

Luego prosiguió diciendo a Gilgamesh:

“Todo lo que tenía lo cargue con toda clase de si­miente de vida. / Metí en el navío a toda mi familia y parentela. / Ganados del campo, animales del campo, artesanos… a todos los metí. / Entre en el navío y cerré mi puerta. / Cuando brilló la luz matutina, de los fundamentos del cielo se alzó una nube negra: Adad rugía allí dentro. / El furor de Adad llegaba hasta el cielo; y toda claridad se trastoco en tinieblas.”

Hasta los mismos dioses, horrorizados ante aquella terrible inundación, se refugiaron en los cielos superio­res, en el cielo del dios Anú, y allí “se acurrucaron como perros” y, temblando de miedo por tan horrible catástrofe, protestaban cabizbajos y lloraban la destrucción de los hombres.

Entretanto, continuaba el Diluvio con vientos hura­canados, truenos espantosos y temblores de tierra.

«Seis días y seis noches corre el viento, el Diluvio; la tempestad devasta la región. / Cuando llego el séptimo día, la tempestad, el Diluvio, fue vencido en la batalla que, como ejército, había librado. / Se amansó el mar, calló el huracán, cesó el Diluvio. / Y todo el género humano se había convertido en fango. / La campiña se había convertido en algo semejante a una te­chumbrea>

Gilgamesh escuchaba muy impresionado la descripción que Utnapishtim le había de lo que sucedió al ce­sar la tempestad:

«Abrí la ventana y la luz resbalo por mis mejillas. / La nave seguía la dirección de Nisir (país situado al NE de Babilonia que corresponde al moderno Kur­distán). / El navío se posó en el monte Nisir. / El mon­te Nisir retuvo el barco y no lo dejó bogar más. / Pa­saron seis días. / El séptimo día solté una paloma: la paloma volvió. / Solté un cuervo: el cuervo no volvió. / Entonces salí de la nave y ofrecí un sacrificio en la cumbre de la montaña.”

Como se ve, son muy evidentes los puntos de contacto entre esta leyenda babilónica de Gilgamesh y la narración mosaica. Pero esta afinidad no resta nada de autenticidad histórica al texto bíblico.

Después de dar gracias al cielo por su salvación, Utnapishtim fue elevado por Bel Marduk a la categoría de dios inmortal en la tierra de los bienaventurados que él ocupaba.

Seguidamente, Utnapishtim hizo que su biznieto Gil­gamesh recobrara la salud y el vigor acostumbrado, y a este no le quedó más remedio que conformarse con su condición de mortal.

Sin embargo, antes de emprender el viaje de retor­no, Utnapishtim, a ruegos de su mujer, le reveló que en el fondo del océano había una planta espinosa que tenía la virtud de tornar joven al viejo.

—Cómela —le dijo— y, al menos, volverás a gozar de la juventud.

Dueño de este precioso secreto, Gilgamesh se em­barcó de nuevo con Urubel. Y cuando estuvo en alta mar, ató a sus piernas piedras muy pesadas y se arrojó al agua, se hundió en ella, llegó a donde crecía la plan­ta que buscaba, la cogió, pese a que le atravesaba la mano con sus espinas, se quitó las piedras y feliz vol­vió a la barca de Urubel.

Satisfecho con su tesoro, emprendió el regreso a Erech. Pero un día, cerca ya de la ciudad, mientras Gil­gamesh se bañaba en una fuente, llego una serpiente atraída por el fragante olor de la maravillosa planta espinosa, ¡y se la robó!

Y así fue como, profundamente triste, el héroe re­gresó a su ciudad perseguido siempre por el temor a la muerte y apenado por la falta de un buen amigo.

Al entrar en el templo de Bel Marduk para dar gra­cias a los dioses por su viaje, preguntó a estos por su amigo Ea-bani. La diosa Ea le oyó y seguidamente en­vió a su hijo Mirridug, para sacar de la región de las sombras el espíritu de Ea-bani, el cual fue trasladado a la tierra del paraíso.

Y allí vivirá eternamente, reclinado en blando lecho y bebiendo agua de puros manantiales.

Aquí terminan las aventuras de Gilgamesh, la epope­ya de Nemrod, el más grande y famoso de los héroes caldeo-asirios.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

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La ciudad de Uruk o Erech estaba regida por Dumuzi, de origen divino, cuya esposa era la casquivana dio­sa Istar.

El amado Dumuzi pereció trágicamente, y su esposa, que recogió el cetro de la Caldea, no pudo contener la invasión de los enemigos elamitas.

La ciudad sufría bajo los tiranos invasores, pero en ella vivía el héroe Gish-Dubarra o Izdubar, más cono­cido por Gilgamesh, al que los hebreos llamaron Nem­rod, «masa de fuego…, fuerte y valeroso cazador», des­cendiente directo del último rey antediluviano, Hasisa­dra, Xisuthros o también Utnapishtim, «que fue como el Noé del diluvio mosaico».

Gilgamesh o Izdubar, que recorría la tierra, tenía sus monteros, a las órdenes de su fiel servidor Zaidu o Said, al que encargo que matase al monstruo marino que obligaba a los habitantes del país a entregarle her­mosas jóvenes que devoraba.

Cierto día, Gilgamesh tuvo el extraño sueño de que le caían encima las estrellas y un monstruo con garras de león, que lo arrojó al suelo y lo llenó de miedo. El valeroso cazador, preocupado, llamó a los más famosos adivinos y les ofreció grandes recompensas si descifra­ban su sueño. Ninguno lo consiguió.

Entonces supo Gilgamesh que existía un sabio ex­traordinario, llamado Ea-bani, «a la criatura de Ea», que vivía alejado de los hombres en una cueva, como una fiera, que tenía el cuerpo inferior de toro y dos cuernos en la cabeza, y que, ajeno a toda ambición, no quería abandonar su retiro, aunque conocía hasta las cosas más ocultas.

Gilgamesh envió a su servidor Zaidu para que lo trajera; pero Zaidu sintió un miedo terrible al acercar­se a la cueva del sabio hombre-toro, y regresó sin él. Gilgamesh envió entonces a Shamatu, «la gracia», y a Harintu, «la persuasión», dos servidoras de Isthar, es­coltadas por Zaidu, La segunda consiguió convencer a Ea-bani.

—Iré —dijo este— con la condición de llevar un Ieón del desierto para que Gilgamesh pruebe su valor matándolo.

Cuando el sabio hombre-toro llego a la ciudad fue recibido con grandes honores. Poco después, el valien­te Gilgamesh luchó con el león y lo mató, con lo que consiguió la estimación de Ea-bani o Enkidú, haciéndose amigos inseparables.

Los nuevos amigos marcharon inmediatamente con­tra el tirano elamita Kumbaba o Combabus, al que ma­taron, dejando su cuerpo abandonado a las aves de rapiña, y saquearon su palacio, que se alzaba en un mon­te oscurecido por cedros y cipreses.

Al regresar Gilgamesh a la libertada Erech fue pro­clamado rey, según predijera Ea-bani. Tras su victoria y para purificarse, Gilgamesh se desnudó totalmente para cambiar la ropa que había llevado durante el com­bate por otra distinta. Entonces Isthar, que le contem­plaba admirada, al ver la hermosura del héroe le pro­puso qua fuese su amante. Y además de ofrecerle su amor le prometió grandes honores y riquezas.

Pero el amor de la inconstante diosa era mortal; sus amantes habían muerto en sus brazos, por lo que el orgulloso Gilgamesh, aunque lamentándolo profunda­mente, pues era muy apasionado con las mujeres her­mosas, rechazó el amor de Isthar y le reprochó su exis­tencia prostituida por haber querido a otros antes que a él, especialmente al divino Dumuzi, a quien aún se lloraba.

La diosa, ofendida y encolerizada, subió al Cielo y pidió a su padre Anú que enviase contra el impruden­te un animal terrible. Entonces Anú creó un monstruo­so toro alado y lo lanzó contra el héroe. Pero Ea-bani o Enkidú acudió en socorro de su amigo y sujetó al toro celeste, mientras Gilgamesh le asestaba un golpe mortal en la nuca.

Isthar, desde la muralla de Erech, rodeada de las cortesanas sagradas, maldijo a Gilgamesh y se lamentó por la muerte del animal divino. Al verle, Enkidú des­pellejo el lado derecho del monstruo que hablan ma­tado y lo arrojó a la cara de la diosa.

-¡Y si pudiese haría lo mismo contigo! —le dijo burlonamente.

Después de llevar el toro muerto en holocausto al altar de Shamash o el Sol, ambos amigos se lavaron las manos en el Eufrates y entraron en la ciudad de Erech donde, entre las aclamaciones del pueblo, cele­braron grandes fiestas.

Sin embargo, Isthar ardía en deseos de venganza, por lo que su madre Anatú la satisfizo, haciendo mo­rir a Ea-bani, víctima de una terrible enfermedad con­tra la que luchó en vano durante doce días, muriendo al decimotercero, y angustiando a Gilgamesh con su horrorosa y repugnante lepra.

El héroe, sin su mejor amigo, sufriendo grandes dolores y careciendo de consuelo, empezó a temer la muerte. Y, acosado por este terror, se decidió a consultar con su inmortal antepasado Hasisadra o Utnapish­tim, el hombre afortunado, que por haber escapado del diluvio, había recibido de los dioses el privilegio de la inmortalidad.

Utnapishtim vivía muy lejos, en el paraíso, en la desembocadura de los ríos, y para llegar hasta allí había que recorrer un camino largo y peligroso.

Gilgamesh no se arredró y se puso en marcha. Salió solo y pronto llego a tierra extranjera, alcanzando el monte Mashú, donde el Sol se refugia todas las tardes para descansar tras su carrera diurna. Allí habitaban los terribles guardianes del Sol, gigantes con el medio cuerpo inferior de alacrán. Gilgamesh les dijo quién era y ellos, después de dejarle el paso expedito, le indicaron el camino del paraíso, largo y escabroso.

Durante once dobles horas, el héroe atravesó un de­sierto de arena en medio de la más completa oscuri­dad. A la doceava, la luz brilló, al fin, y Gilgamesh se encontró en un jardín maravilloso, a orillas del mar. Ante él se levantaba el «Árbol de los dioses» cuyos magníficos frutos eran sostenidos por ramas de lapislázuli y piedras preciosas formaban el suelo.

Aquel lugar de ensueño era la morada de la diosa Siduri Sabitú, que habitaba en las extremidades del mar. La diosa, al ver al viajero lleno de lepra y ves­tido simplemente con una piel de animal, tuvo miedo y se encerró en su palacio, ordenando a sus hermosas guardianas que cerraran la puerta.

Después de vencer innumerables peligros, Gilgamesh llegó a la orilla de las aguas de la Muerte, donde contó sus desdichas y manifestó sus deseos al barquero Uru­bel, Ur-Ea o Urshanabi, que estaba al servicio de Utna­pishtim y era el único que podría guiar al héroe duran­te la arriesgada navegación que tendría que empren­der.

Cuando Gilgamesh rogó, al barquero que le llevase a la otra orilla donde moraban los muertos, bienaven­turados e inmortales, Urubel se compadeció y le dijo:

—Te llevare, pero antes debes cortar en el bosque ciento veinte pértigas de sesenta codos cada una.

Una vez hechas y colocadas en la barca, Urubel hizo entrar también en ella al héroe y durante cuarenta y cinco días ambos hombres navegaron por el océano.

Al fin, alcanzaron la tierra de los muertos bienaven­turados en la desembocadura de los ríos. Estas aguas de la Muerte rodeaban el paraíso de Utnapishtim, e impedían que se llegase hasta él. Porque, ¡ay de quien tocaba aquellas aguas malditas!

Pero gracias a la previsión del barquero Umbel, Gil­gamesh pudo evitar el contacto mortal. Y para cruzar a través de las fatales aguas se sirvió de las pértigas, arrojando una tras otra, cuando se gastaban. Al tirar la última quedó franqueado el difícil paso y, poco después, el héroe estaba en presencia de su inmortal antepasa­do Hasisadra o Utnapishtim, a quien pidió su auxilio y manifestó su deseo de alcanzar la inmortalidad que el gozaba.

—No puedo darte el secreto que deseas —le contes­to Utnapishtim—. Si yo he conseguido la inmortalidad ha sido gracias a la benevolencia de los dioses.

Y para probarle que no se podía luchar contra el Destino, le propuso que durante seis días y seis noches no se acostase.

—Huye del sueño, imagen de la muerte —añadió. Pero Gilgamesh, apenas sentado, ¡se durmió!

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.