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Sabanas de la costa baja, calor aletargan­te, olor en el ambiente que conjuga la pu­janza de las tierras prodigiosas con el sudor de sus habitantes. En el horizonte reverbera el aire y el silencio del mediodía hace que todo se tome pastoso, sus moradores se cu­bren con una tenue y persistente pereza que también abarca a los animales.

A lo lejos el murmullo de un río se hace interminable a cada momento y solo vuelan, de vez en cuando, despaciosos zopilotes, cu­yos cuerpos enlutados y nefastos se balancean llevados por las corrientes de aire en tétricos planeos. El vuelo de estos rapaces parece un lúgubre reconocimiento aéreo; semejan sus alas al vistazo de la muerte para llevarse a prisa a los seres moribundos.

El cuerpo de los habitantes de estas zonas es magro, sus brazos languidecen en ade­manes lentos, abarcando remotas esperanzas. Únicamente su vientre voluminoso denotaría que están satisfechos por una copiosa comida, pero desgraciadamente no es así; en esos vientres hinchados, con ombligos saltones, se abri­gan millares de parásitos.

Cierta vez que pregunte quien asistía a los enfermos, o a las mujeres en trance de ser madres, un campesino me contestó: «Aquí no hay nada de eso, estos lugares están olvi­dados de la mano de Dios…».

Yo solo mascullé: vaya si no hay Dios, en estos parajes es donde más pura se manifiesta la voluntad de Dios, pues solo así se explica cómo sobreviven esos macilentos campesinos que a veces nacen, crecen y, sobre todo, mueren…

Bien, nos encontrábamos en esas intrinca­das lejanías por razones de negocios ganade­ros de mi padre; como yo estaba de vacacio­nes, le acompañaba; forzado por una parte, por mi padre quien se empeñaba en que co­nociera las artes de la vaquería. Por otra parte, mi propia curiosidad.

Ese día habíamos madrugado para poder ver unas reses que formaban parte del ne­gocio. Los dueños nos habían dado un capo­ral y las señas del camino, pues era más su pereza que el interés del negocio. Desgracia­damente el caporal perdió el sendero y se desorientó. Pasadas algunas horas creímos que sería fácil desandar el camino y volver a donde habíamos partido, pero no fue así.

Al principio no tomamos en serio nuestra condición de perdidos, nos dedicamos a ca­minar y caminar creyendo que retornábamos… En esas caminatas inútiles se nos pasó la mañana.

Bajo la sombra de un palojiote hicimos un alto para comer lo que llevábamos de al­muerzo. Gotas de sudor nos corrían por la frente y a veces al alzar la mirada entre las cejas se divisaba el horizonte. En silencio nos comimos las tortillas con huevos duros y frijoles volteados, esto repuso en parte nues­tra fuerza perdida. El calor y los vapores de la tierra a la hora del mediodía hacían que nuestra humanidad nos pesara aún más. En esos instantes el saber que estábamos perdi­dos nos produjo terror.

La situación era más o menos desesperante, pues con el rumbo perdido corríamos el ries­go de llegar al mar, si bien nos iba, o bien, quedarnos en uno de esos pantanos que cu­biertos de vegetación son trampas arteras para jinetes y cabalgaduras.

El refrigerio y el calor aumentaron nuestra modorra, apenas si cabeceamos un sueñito, cuando mi padre dijo que había que seguir y así se hizo.

De vuelta a los caballos, el monótono son acompasado del trote, nos aletargaba a cada instante, hasta tornarnos casi insensibles.

Las zarzas saludaban nuestro paso, a veces arrancando jirones de camisa, otras, hiriendo telegráficamente nuestra piel. Algo teníamos que dejar en pago por la acción de profanar las feraces tierras que forman las sabanas costeñas.

No podría decir cuantas horas trotamos, ni relatar las veces que creímos haber encon­trado el camino. Pero si podría asegurar que varias veces pasamos por el mismo lugar y que nadie dijo nada en voz alta por no des­corazonar a sus compañeros.

Poco a poco el sol fue poniéndose naranja y haciéndose más grande. Tímidamente aso­maron unos celajes rojizos por el lado del mar. Los aires se hicieron más pronunciados y simulaban que de afligidos se dedicaban a soplar el sendero de nuestro paso. Otras ve­ces, las hojas secas burlonamente jugaban rondas detrás de nosotros, como si se alegra­ran de vernos perdidos.

—Yo creo patrón, que luego va a caer la noche —dijo el caporal con una voz que era el anuncio de un chillido mal contenido. Mi padre se limitó a dar un pujido que no supe cómo interpretar. Por mi parte, la sola idea de la noche me produjo más miedo del que ya tenía.

Y fue así como el cielo, de un color na­ranja se tornó violáceo y poco a poco se fue poniendo gris. El día no quería morirse y aun en agonía se esforzaba en persistir. Una suave brisa vino a refrescar los cuerpos su­dados de las cabalgaduras, cuya traspiración dejaba marcas de espuma salobre. Sobre la piel de los jinetes el sudor dejaba surcos mu­grosos.

El olor de la tierra fecunda, su humus pro­digioso, venia hacia nuestro olfato con recie­dumbre. Era el olor de la hembra infecunda que busca consuelo para su libido. Así son las tierras de Guatemala: están desde hace siglos devanando su pasión por producir, es­perando que manos viriles las hagan dar toda la fuerza de su poder germinativo, pero ellas son solo el refugio de campesinos paliduchos que languidecen enfermizos y olvidados.

Por fin, es una de las tantas vueltas de aquel camino interminable, cuando la colum­na encabezada por mi padre y que remataba yo, así, al filito de la noche, se apareció la figura de un hombre que al principio fue bo­rrosa, delineándose poco a poco, hasta ha­cerse francamente visible.

El encuentro con el personaje produjo dis­tintas emociones: a mi padre le causó alegría encontrarse en tan amargo trance con un vie­jo amigo. A mí me produjo alegría, pues era la seguridad de salir del entrevero y lle­gar esa noche a dormir y comer bajo techo.

Al caporal el encuentro le produjo una mal disimulada carraspera y a veces tos…

Mi padre saludó al recién llegado con muestras de gran camaradería; igual cosa hizo éste y después de darse la mano, tomándose las puntitas de los dedos, como hacen los campesinos, se hicieron mutuos hallazgos en sus respectivas humanidades: «Que bien esta don fulano, lo veo más gordo».

«Y usted don mengano, no se diga, por su cara no pasan los años».

Después de preguntarse por las familias se acercaron al grano con una sola pregun­ta: ¿Qué anda haciendo por estos andurria­les?», dijo mi padre; y el otro contesto: «Yo por acá nomasito tengo mi rancho». A todo esto, el caporal tosía y la necia carras­pera llegaba a hacerlo impertinente…

Mi padre no esperó más y dijo al encon­tradizo que estábamos perdidos, este, sin de­cir palabra, tomó por la gamarra el caballo que montaba mi padre y se dispuso a enseñamos el camino. La tos del caporal demos­traba que quería hacerse notorio, pero no lo lograba.

Caminamos por espacio de una hora. La noche cerró su cúpula negra y profunda. Sus crespones de luto nos envolvían por completo y los arboles del camino tomaban formas fantasmagóricas y a veces parecían retorcerse en cómicos devaneos. De todos modos era de noche y nosotros éramos conducidos al cami­no real por un ser bondadoso que intempes­tivamente se apareció a nuestro paso. Cuan­do a lo lejos se oyó el latir de unos perros, el encontradizo paró, dijo que estábamos en terrenos conocidos y que siguiendo recto llegaríamos hasta unas casuchas. Dio a mi pa­dre la mano y muchos recuerdos para su familia, a mí me pareció que en vez de es­trecharme la mano me puso algo frio entre los dedos a guisa de despedida. Al caporal simplemente lo ignoró.

Desapareció entre las sombras de la noche y no tardó en confundirse con los pliegues de la oscuridad. A todo esto, el caporal adelanto atropelladamente su cabalgadura y en un tro­te desordenado alcanzó a mi padre, el pobre hombre tartamudeaba; sus palabras se agol­paban en sus labios propugnando por salírse­ en bloque, a duras penas se hizo entender y casi de un tiro dijo: «Dios santo, Dios fuerte… ¡Ay! patrón, por Dios, esa alma no es de esta vida, pertenece al reino de los difuntos… hace dos meses que se murió y lo enterraron en la aldea…».

Mi padre le dijo que se callara, pues lo había visto tan vivo como a cualquiera de noso­tros, pero cortó su respuesta, pues en ese mo­mento llegábamos a los ranchos y la bulla de los perros llenaba la escena. A la luz de unos candiles notamos que el caporal estaba pálido y que sus labios tenían un ligero tem­blor que delataba su miedo.

Cansados como estábamos, mordisqueamos unos tamales remojados con caldo de frijo­les y calmamos nuestra sed con café endul­zado con rapadura, después, caímos como fardos sobre los petates.

No sé cuántas horas dormiríamos, pero al clarear el día, con la diana de los gallos y los pájaros, mi padre me dijo en voz baja. «Vamos a pasar por el cementerio. …”.

El trote de los caballos hacía retumbar le­vemente la tierra: pasamos un cerco de sil­vinias que demarcaba los mojones del ce­menterio; después de caminar entre cruces tostadas por el sol y entre sepulcros semide­rruidos, mi padre se detuvo frente a una cruz recién pintada. Con voz a medio tono leímos la inscripción con el nombre del muerto y la fecha reciente que había sido la última en su vida… era el mismo del guía que nos había sacado la noche anterior de nuestro labe­rinto de zarzas… maleza y calor.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.