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Cierto rey de Persia salió un día acompañado de sus nobles a es­paciarse por el campo, y como llevara consigo sus halcones, comenzó a soltarlos dirigiéndolos contra varias aves que por aquel espacio vola­ban. Dentro de poco se divisó un airón, y quiso el rey que uno de sus halcones –que era estimado por el mejor de cuantos se conocían, a causa de su grande aliento, que subía hasta las estrellas— fuese soltado en seguimiento del airón. Se hizo de este modo, y hete al airón remon­tándose y el halcón lanzándose gallardamente tras él. Mas he aquí que en el punto que el halcón estaba pronto, después de mil giros y revuel­tas, a apoderarse del airón, compareció un águila en el horizonte. Así que la distingue el bravo animal cazador, júzgase indigno de seguir combatiendo a la tímida garza, suelta rápidamente su vuelo hacia donde el águila eleva el suyo y comienza a perseguirla con poderoso ahínco. Defiéndese el águila con no menor aliento, pero el halcón no cede de su esfuerzo, quiere aterrarla, le clava por fin el noble animal sus garras en el cuello, híncale el pico en la cabeza y cae el ave vencida y muerta, dando en tierra en medio del corro que formaban los cortesanos con el rey. No quedó entre los primeros uno solo que no se deshiciera en alabanzas del halcón, reputándole el más diestro y valeroso cazador del mundo, y cada cual se expresó en este sentido con las palabras que más propias estimó, de suerte que se produjo un coro de alabanzas que no cesó en un buen espacio. El rey callaba; ni una sola vez unió a las de admiración y lisonja que en torno suyo se repetían, antes parecía reflexionar muy metido en sí, y absorto de esta manera ni elogiaba al halcón ni lo desalababa. Era ya tarde del día, cuando el halcón dio la muerte al águila, motivo por el cual mandó el rey que volvieran todos a la ciudad.

»Al día siguiente fue a palacio un joyero llamado por el rey, re­cibiendo de éste el encargo de hacer una corona de oro de un tamaño apropiado a la cabeza del halcón, y cuando estimó el rey que era ocasión oportuna, dispuso que en medio de la plaza de la ciudad se mon­tase un catafalco cubierto de patios, tapices y otros ornamentos, como es costumbre exornar un palco real. A este tablado hizo conducir el halcón, llamando concurso de gentes a trompa tañida; allí por manda­miento del rey, un barón principal colocó la corona en la cabeza del ave, en premio de su soberbio combate con el águila. Mas no bien se concluía esta ceremonia, cuando por otro lado aparecía el verdugo, el cual, llegándose al coronado halcón, le quitó la corona y en seguida con la segur le degolló. Asombrados quedaban de tan contrarios efectos todos cuantos al espectáculo concurrían, y se promovieron en la plaza animados coloquios en comento de tal sucedido. El rey, que todo lo presenciaba desde una ventana del palacio, se asomó e impuso silencio, y de modo que pudiera de todos los asistentes ser oído, así como sigue se expresó:

»Nadie se entregue a murmurar de lo que acaba de hacerse con el halcón, puesto que todo se ajusta a perfecto derecho y equidad. Abrigo yo en mi ánimo firme convencimiento de que es misión forzosa de todo príncipe magnánimo conocer la virtud y el vicio, a fin de que pueda premiar las obras virtuosas y laudables y castigar las culpadas; de otro modo, no le corresponde el título de rey o príncipe, sino el de pérfido tirano. He aquí por qué, reconociendo yo en el degollado halcón, gran generosidad y aliento de ánimo, acompañados de una fiera bizarría, con la corona de oro he querido honrarle y galardonar su hazaña, que hazaña fue la de haber muerto tan valientemente al águila, y digna re­compensa por lo animosa y arrojada. Empero venía después el conside­rar que el halcón obró con audacia, y aun mejor con temeridad, per­siguiendo y matando a un águila, que reina es de las aves y reina, por lo tanto, del atrevido halcón, lo cual me ponía en el trance de impo­nerle justa pena correspondiente a la maldad de tal fechoría; que nunca al súbdito es lícito ensangrentar sus manos con sangre de su señor. Habiendo, pues, el halcón asesinado a la que era reina suya y de todas las otras aves, ¿quién habrá que en buena razón pueda reprocharme por haber mandado cortarle la cabeza? En mi conciencia digo que no lo espero.»

Curiosa es la simbólica tradición, marcada con el sello de la más remota antigüedad; pero lo peor es que tan viva estaba, según Bandel­lo, en la memoria de los persas y tanto significaba para ellos, que cons­tituía una especie de sapientísima ley en la cual apoyaron su severo fallo unos jueces de aquel país que condenaron a un infeliz y harto presuntuoso caballero a ser decapitado, pero después de coronarlo, por el gravísimo delito de haber querido vencer continuamente al rey Ar­tajerjes en generosidad, en liberalidad, en astucia, en talento, sin dejar de ser un buen vasallo. Tanto llegó a molestar la vanidad del rey, que se Rego al fallo de los jueces, ya citado, para darse el gusto el monarca de poder decir que solo a su generoso indulto debía la vida el caballe­ro. Pero ni aun asi logró quedar como perfecto vencedor aquel rey, en su lucha verdaderamente pueril con su vasallo, de inverosímil terque­dad: solo uniéndose a él por lazos de familia y convirtiéndolo en su consejero y ministro pudo llegar a vivir en paz remedio harto cono­cido, por otra parte, desde que hubo en el mundo quien mandara atri­buyéndose el derecho de disponer de la vida y hacienda ajenas.

La selección hecha por Felíu y Codina termina con un verdadero cuento de hadas que deja buena impresión en el lector y le lleva a imaginar que ha vivido un rato en la corte del rey don Pedro de Aragón en Sicilia.

 

Bibliografía

Perés, R. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. España: Editorial Ramon Sopena, S.A.