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Heneitekakara era una mujer muy hermosa. Ni en Australia ni en ninguna de las islas de los alrededores había otra que se le pudiera comparar siquiera. Su ma­rido era Waihuka.

El hermano mayor de este, llamado Tuteamoamo, tuvo envidia y pensó darle muerte.

Un día, Tuteamoamo invitó a su hermano a ir con él a pescar. Pero al ver que la piedra que servía de ancla no volvía a subir, el hermano mayor dijo al menor:

—Anda, zambúllete y mira a ver que es lo que ocurre Cuando Waihuka ya se había perdido de vista bajo el agua, Tuteamoamo cortó la cuerda y se alejó en la barca de vela.

Los gritos y las suplicas de su hermano, al salir a la superficie, no lograron conmoverle, y riendo burlona­mente le arrojó las cosas que había en la barca y le pertenecían, diciendo:

—Toma, utiliza esto como embarcación.

Waihuka iba nadando y nadie oía sus llamadas ni sus gritos pidiendo socorro. Por último, la ballena, su antepasada, le cogió, lo puso sobre su espalda y lo llevó a la orilla.

Cuando el hermano mayor llegó a tierra, le preguntó la hermosa Heneitekakara:

—¿Dónde está mi marido?

—En otra barca —respondió Tuteamoamo.

Pero la mujer, ante la tardanza, empezó a inquietar­se y entristecerse. Pensó que su esposo había muerto. Al atardecer vino el cuñado a su puerta y gritó:

  • ¡Oye, Heneitekakara, abre la puerta!
  • ¡Oh, déjame llorar! —respondió ella—. Déjame expresar mis querellas a causa de tu hermano más joven,

Mientras tanto, cavó un hoyo para escapar por de­bajo de la pared de la cabaña. Luego llegó felizmente a la playa, donde pensaba encontrar el cadáver de su marido. Preguntó a las aves, a los peces del mar, pero nadie supo darle noticias de Waihuka, hasta que llegó al lugar donde estaba la ballena, la cual le indicó donde estaba su esposo.

—Volvamos a casa —dijo el hombre después de abra­zar a su mujer.

Fueron a ella sigilosamente para que el perdido her­mano no pudiera oírles. Waihuka se peinó el cabello y lo adornó con plumas, como si fuera a partir para el combate. Luego cogió la mejor lanza que tenía, su maza, su cuchillo y le preguntó a su mujer:

— ¿Tengo así buen aspecto?

—Sí, mucho —respondió ella—. Y si sabes blandir la lanza, tu hermano caerá muerto.

Al anochecer, cuando el aire empezaba a refrescar, acercóse Tuteamoamo a la puerta de la cabaña y dijo: — ¡Heneitekakara, abre! ¡Soy yo!

—Entra, Tuteamoamo —dijo la mujer.

Tuteamoamo entró en la casa, pero su hermano Wai­huka saltó entonces hacia adelante y lo atravesó con la lanza.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

María la Tishuda, hacía días que camina­ba como sonámbula, apenas si probaba bo­cado y las noches las pasaba en claro con los ojos pegados en un lugar remoto del cielo.

Las viejas camanduleras la obligaron a con­fesarse con el cura que llego al pueblo para el día de la fiesta titular, pero este ministro del Señor, dispuso hacer las confesiones después de una serenata copiosa de vinos finos que el principal comerciante del pueblo le brindara sin medida. Parece que por esta ra­zón el buen sacerdote no puso mayor atención en las penas amorosas que la Tishuda le con­fiaba en el confesionario.

De aquel cuerpo, otrora llamativo, solo estaba quedando la estantería; de nada valían los consejos y las sugerencias de los ami­gos y vecinos para resolver aquel mal tan raro que consumía a la Maruca la Tishuda.

Con la ayuda de sus patrones, los padres de la enferma hicieron el viaje hasta tierra fría, para visitar a un médico cuya fama lle­gaba hasta Tapachula; este galeno dijo que el mal estaba en el estómago y que debía tomar unos antiácidos; después de haber extendido la receta y antes de regresar a sus lares costeños, los padres de la Tishuda pa­saron a la farmacia de San Marcos a com­prar unos líquidos blancos que les vendieron en unos frascos de color azul.

Con constancia de monja, la María bebió rigurosamente el líquido lechoso, pero la sa­lud no fue encontrada en el fondo de aquellos azulados vidrios. María la Tishuda se desmejoró en alto grado, el apetito no volvía y los ojos parecían hundírsele en un mar de moradas ojeras.

Las viejas vecinas de la casa de los Tishu­dos llegaron una noche muy sigilosamente, se hicieron acompañar de un chiman de grandes conocimientos en las artes brujeriles; pri­meramente adornaron el cuarto de la enfer­ma, con flores blancos, en las esquinas de la habitación pusieron unos vasos llenos de agua cristalina. El brujo tiro unos frijoles colora­dos en los pies de la cama de la enferma y dijo leer en su colocación, ciertos signos cabalísticos que indicaban que el «daño» era grave, que este se encontraba a tres pasos de un matapalo donde lo habían enterrado con una dedicatoria para la muchacha. Más tarde explicó que en ese lugar se encontraba un muñeco confeccionado con unas prendas de la enferma y que al desenterrarlo la paciente sanaría por completo, de lo contrario la en­ferma moriría sin remedio.

Como recomendación complementaria, el brujo ordenó una serie de sahumerios y baños de agua a la que había de agregar diferentes infusiones de eucalipto y pimienta gorda.

Al salir el sol del día siguiente, los amigos de la familia fueron de prisa al lugar señalado por el brujo y al escarbar al pie del ma­tapalo, encontraron los restos de un muñeco de trapo que en la barriga tenia atravesado un clavo de herradura. Algunos se dieron a la tarea de identificar los restos de la tela de una blusa que la Maruca había estrenado para una Semana Santa.

Yo partí de esos parajes, no supe el desen­lace de la Tishuda, pero hay quienes asegu­ran que un galán no correspondido fue el autor de tan grave maleficio, que por poco se lleva a la tumba a una doncella.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

En el chíripi… chíripi… de la noche ce­rrada, cuando las últimas gotas de la reciente lluvia ponen puntos suspensivos en la oque­dad de la floresta costeña, bultos furtivos se escabullen entre las encrucijadas de aquel 31 de octubre, víspera del día de todos los Santos.

El ojo avizor de cualquier pesquisidor descubriría de inmediato que la profesión de aquellos noctámbulos es precisamente la que recibieron de sus ancestros indígenas; eran brujos que al conjuro de hados infernales bus­caban los arboles de zapote para esperar la medianoche del día de todos los Santos de la corte celestial.

La amistad con uno de los miembros de aquella secta no organizada, pero debidamen­te identificada, me permitió asistir, a pru­dente distancia, al rito correspondiente a la magna fecha de la congregación brujeril.

Al llegar el Chimán Maestro al pie del árbol escogido, desenvolvió sus pertenencias; había algo de letanía en el temblor de los labios de aquel hombre, cuando fue sacando de unos trapos sucios los cuerpos degollados de unos gallos; en ritual nigromante las ayes sa­crificadas fueron colgadas cabeza abajo en las ramas del árbol símbolo. La escena cobró tintes diabólicos cuando entre los gallos sacó el cuerpo de un zopilote igualmente sacrifi­cado. El cuerpo negro y grande del ave ra­paz quedo colgando como una sentencia fu­nesta que amenazadoramente proviniera del más allá.

Las brasas depositadas en unos cacharros comenzaron a ser rociadas con un polvillo que al caer sobre ellas, se trasformaba en densas bocanadas de humo aromático. A todo esto se habían congregado otros miembros de la comunidad de brujos, quienes ocupaban pues­tos determinados por ignorada jerarquía; quizá la antigüedad en el oficio o el poder con­fiado a sus manos, daba la procedencia que cada uno respetaba y acataba para con sus merecedores, fueron formándose unos círculos concéntricos de tenebrosas figuras humanas.

El silencio de la noche lo embargaba todo, solo las volutas de humo ascendían en inter­minable caravana, después, ni un susurro. La sombra del árbol de zapote parecía no tener limite; en el comienzo de aquella noche esa sombra parecía que lo cubría todo: ni un co­cuyo, ni siquiera el paréntesis del canto de la lechuza Las horas de la noche caían de una en una con lentitud pasmosa; en un instante, adver­tido por pocos, el brujo maestro volvió dis­cretamente la cabeza como para percatarse de la presencia de los intrusos y cuando pasó sobre mi persona, sentí que su mirada era un halo frio que me registraba toda la huma­nidad.

Al filo de la medianoche los participantes comenzaron a retomar la adusta actitud del principio. El Chimán Maestro alzó las manos en pagana oración y pasándose el brasero por todo el cuerpo, se quedó estático por va­rios segundos. A una sola vez los circundan­tes alzaron los brazos pronunciando letanías ininteligibles y en coro.

El humo seguía prodigándose en locas bo­canadas, no pasó nada de lo que nuestra imaginación nos anticipó. Al término de las ceremonias de la medianoche, todos volvieron a su estática postura y como ídolos de piedra quedaron inanimados en espera del nuevo día.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Al sur de Kaua, pueblo de la provincia de Vallado­lid, hay unas criptas profundas cuyas galerías subterráneas forman un verdadero laberinto.

Nadie las ha recorrido en su totalidad y se dice que una de ellas alcanza una extensión de veinticuatro kilómetros. Los turistas que las visitan pueden oír como el eco reproduce la voz bajo sus bóvedas hasta lo infinito; pero los viejos indígenas aseguran escuchar con claridad una voz que pregunta en la lengua aborigen: » ¿me quie­res?, y estas palabras como respuesta: «como las plantas del rocío de los cielos, como las aves al primer rayo del sol matinal». He aquí la leyenda que relatan sobre estas criptas:

Vivía una vez en la corte de Chichen el sacerdote H’Kinxoc, padre de una doncella de maravillosa belleza. Se llamaba esta Oyomal, que quiere decir «Timidez». Eran muchos los que la pretendían; pero ella se mostraba amable con todos, sin dar a ninguno su preferencia. Entre sus adoradores se contaron pronto Ac y Cay, los dos príncipes hermanos. La pasión se encendió en sus pechos con tal fuerza que se desencadenaron entre ellos la rivalidad y el odio. El sacerdote H’Kinxoc temía que estallase la guerra civil si Oyomal se inclinaba por uno de los dos jóvenes, y suplicaba continuamente a los dioses que esto no llegase a suceder. Pero Yacunah, el amor, dispuso las cosas de otra manera, y Cay, gallardo, varonil y valiente, rindió con sus poemas el corazón de Oyomal.

Encolerizado Ac por la fortuna de su hermano, envió contra él a sus guerreros, los cuales le sorprendieron cuando juraba amor a la bella Oyomal.

El enamorado príncipe fue aprisionado en la hon­donada de Kaua, mientras su dama era conducida al claustro de las vírgenes de Chichen Itza, y el sacerdote H’Kirococ fue encerrado en el santuario de Mutul. La cólera de Ac era enorme; pero su amor era aún mayor, y siguió cortejando solícitamente a la hermosa Oyomal.

Todas las mañanas acudía al claustro de las vírgenes y le hablaba de su pasión; pero ella permanecía silen­ciosa. Todavía sonaban en sus oídos las apasionadas palabras de Cay: » ¿rne quieres?». Y entretanto Cay, en la hondonada de Kaua, se repetía una y otra vez las palabras que ella le había contestado: «como las plantas al rocío de los cielos, como las aves al primer rayo del sol matinal».

Y un día, inspirado por el amor, Cay tuvo la idea de construir, valiéndose de una mina, un largo e intrincado subterráneo desde su prisión a la de su amada, y el amor, que nunca le abandonaba, le dio fuerzas para realizar su propósito. Oyomal pudo así un día escuchar realmente de los labios de Cay las palabras que incesanternente se repetía en su interior: » ¿me quieres?». Pero su dicha fue corta; se acababan de reunir los dos enamorados, cuando Ac penetró en la estancia y mandó a sus guerreros que prendiesen al fugitivo y diesen muerte a los guardianes que habían permitido su huída. Entonces habló Cay. Dijo que había venido por un camino desconocido, guiado solo por el amor y que al amparo de él marcharía con su prometida. Dicho esto, tomó en brazos a Oyomal y desapareció por el laberinto que lo había traído.

El encolerizado Ac salió en el acto en su persecución con sus guerreros a través de las criptas, y los fugitivos fueron alcanzados, recibiendo muerte y sepultura en el camino subterráneo que el amor había tendido entre ambos. Pero sus frases de amor se pueden escuchar todavía en las noches de enero, cuando la brisa murmura dulcemente.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

En los páramos de la baja costa, donde la tierra se da plena de pujanza, donde todo es vida, reverbera el sol en lontananza y llena el ambiente el rico olor donde se con­jugan los aromas del jaraguá, del calinguero y, en fin, de todas las plantas que saludan el paso del viajero con su regalo aromático en afanes de bienvenida.

Vaqueros sentados de medio lado en mon­turas rechinantes, realizan las faenas de la vaquería con singular destreza. En las labores de los arreos y las curas, caballo y ji­nete armonizan en un todo para dominar a los astados. El sol parece respetar la exis­tencia de los hombres de estas tierras.

Los días en la costa, cuando no llueve, son bien largos. El alba es coronada con los tri­nos de los pájaros mañaneros que saludan al sol con himnos gloriosos. A las nueve de la mañana ya el sol esta fuerte. Al mediodía un pesado sopor envuelve a todos los seres, hasta que la brisa de la tarde, insinuándose tímidamente, anticipa el frescor de la noche, unas veces estrellada, otras, tenebrosa. Cuando el manto de estrellas tachonan el firmamento, los hombres del campo se dan a la tarea de reconocer figuras dibujadas en el pabellón infinito del cielo. Cuando la no­che es oscura, todos se recogen temprano, parece que se dedicaran a oir el zumbido del silencio. Cuando hay luna llena florecen los amores, se preparan los cazadores y se largan a «lucear» venados; los pescadores se van a las riberas a camaronear o a pescar con fis­gas, anzuelos o atarrayas.

Así trascurre la vida de los hombres del campo, raras veces acontecen hechos que con­mueven las rutinas de sus vidas. Cuando algo sucede, por lo general es algo serio: o se ac­cidenta alguien perdiendo la vida en trágica forma, o bien los filos de los corvos salen a relucir agitando la noche con chasquidos de muerte, bien por viejas pendencias o por cobrar recientes agravios.

Por la zona de la Gomera había una ha­cienda, de cuyo nombre prefiero no acordar­me. Patrón y vaqueros vivían al ritmo del trabajo y en la comunidad que formaban jamás la discordia había arañado sus puertas, todo era cooperación y tranquilidad.

El dueño de la finca no sabía a ciencia cierta la extensión de las tierras que poseía, menos la cantidad de reses que, pastaban en sus vastas sabanas. Había regiones dentro de la misma finca que eran desconocidas, en ellas solo las reses cimarronas vivían; pasa­ban muchos meses sin ver seres humanos y cuando llegaban a ver a un hombre, la embes­tida rabiosa era la rápida respuesta.

Por lo menos una vez al año se hacían arria­das de cimarrones para ponerles el fierro. Cuentan los vaqueros que daba lástima ver a los animales cuyos cuernos habían crecido en forma viciosa y algunos llegaban con la cuenca de un ojo vacía y la punta del asta incrustada hasta el tondo de la órbita; el propio cuerno había dejado ciega a la bestia que no tenía el auxilio del hombre para de­tener su propia agresión. Las gusaneras en algunos novillos dejaban rastros enormes ha­biendo sido pasto de los gusanos, pagando en esa forma el tributo de su libertad cerril.

Daba gusto ver la forma bravía coma los cimarrones se comportaban cuando eran arria­dos, su recia figura y sus briosas contorsiones para devolverse al corazón del monte, hacían que los vaqueros pusieran todo su empeño y sus mejores artes para dominarlos.

Lo simpático era que en unos caulotales existentes en el medio del camino hacia la casa de la hacienda, vivía un mico que ayu­daba a los vaqueros en sus afanes con los ci­marrones. En cuanto el simio divisaba el tropel de vaqueros y reses, se aprestaba a subirse a un arbusto y al pasar debajo saltaba sobre los lomos de los cimarrones. Era de verse la respuesta de los cornúpetas salvajes al sentir sobre el espaldar las garras del cuadrumano; algunos se estremecían en muecas espantosas, pero el mico gozaba con aquellas cabriolas. Caminaba unos cuantos metros molestando a las reses y se regresaba al caulotal. Ya los va­queros le conocían y se entretenían tirándole ramitas que a veces el mico devolvía con fuer­za y certera puntería.

En una ocasión, unos vecinos regalaron al patrón de la finca un brioso y semisalvaje ejemplar equino de prieto y reluciente pelaje, que parecía tener al diablo metido. El día que lo llevaron fue puesto en un corral hecho con rieles; a pesar de su solidez temblaba toda la instalación con las embestidas de aquel animal.

Los mejores vaqueros fallaron en su intento de domarlo. Hubo quienes hilvanaron leyen­das fantásticas sobre la procedencia del garañón. Lo cierto es que los más diestros no pu­dieron imponerse con las mañas infernales de aquel cerril. Por fin al patrón se le ocurrió una idea: llevar al potro, a como diera lugar, al caulotal y dejarlo amarrado una noche en­tre los dominios del mico.

No podría relatar los esfuerzos y peripecias de los vaqueros para trasladar al fiero ani­mal; fueron muchas las cabriolas y patadas del potro en su denodada resistencia, por fin, se quedó fuertemente amarrado y con los bel­fos temblorosos y espumantes.

No sabemos que paso; quienes vivían cerca del caulotal percibieron un lejano retumbar de tierra y lastimeros relinchos. Pujidos y patadas formaron una mezcla de protesta y entrega. Al clarear el día y desdibujarse las sombras de la noche, todos corrieron a ver la obra del cuadrumano. Efectivamente encon­traron al potro completamente desfigurado y en una traza que daba pena. De su fiero comportamiento no le quedaba ni el recuer­do, se notaba que su lomo había recibido las gracias de las garras del mico y casi no podía tenerse parado. Cuando lo desataron siguió mansamente a quien le jalaba de la saga. A duras penas pudimos descubrir una fina y simétrica trenza que manos diestras habían te­jido con las crines de la frente del animal.

La fiera había sido domesticada, pero no sirvió jamás para nada; de aquel potro vo­luntarioso y rebelde, solo quedó un pobre ja­melgo taciturno e inservible.

Goyo Morales era el mayordomo de aque­lla hacienda, buen vaquero y buen hombre; trascurría su vida entre el trabajo y la feli­cidad de su hogar. Hasta que un día, la Tina, su hija casadera, a duras penas le relato que debía casarse con uno de los vaqueros de la finca vecina. Al terminar su hija la última frase, la cara de Goyo se desfiguró en un ric­tus de ira. Sin decir palabra, descolgó una manea de la pared del rancho y agarró con furia a su hija, asiéndola por las trenzas con sus enormes manazas. Casi a rastras la llevó al caulotal del mico y allí la dejó fuertemen­te atada. La joven no articuló ni un gemido, a pesar del daño que aquellas enormes tena­zas le inferían y del miedo que le infundía la oscuridad y el lugar.

La noche vino con su luto. Los que vivían cerca del caulotal se acercaron al lugar donde el padre había dejado a la Tina. Vieron horrorizados que alrededor de la muchacha, el mico bailo por varias horas en una lúgubre mezcla de rito y frenesí gimnástico. Al llegar la medianoche, la figura del mico se trasformó en la de un perro de ojos llameantes que daba humanos alaridos.

Cuando amaneció, desataron a la Tina, quien con una carcajada tenebrosa erizó los pelos de los presentes… ¡A la Tina se la había ganado el Cadejo…!

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Sabanas de la costa baja, calor aletargan­te, olor en el ambiente que conjuga la pu­janza de las tierras prodigiosas con el sudor de sus habitantes. En el horizonte reverbera el aire y el silencio del mediodía hace que todo se tome pastoso, sus moradores se cu­bren con una tenue y persistente pereza que también abarca a los animales.

A lo lejos el murmullo de un río se hace interminable a cada momento y solo vuelan, de vez en cuando, despaciosos zopilotes, cu­yos cuerpos enlutados y nefastos se balancean llevados por las corrientes de aire en tétricos planeos. El vuelo de estos rapaces parece un lúgubre reconocimiento aéreo; semejan sus alas al vistazo de la muerte para llevarse a prisa a los seres moribundos.

El cuerpo de los habitantes de estas zonas es magro, sus brazos languidecen en ade­manes lentos, abarcando remotas esperanzas. Únicamente su vientre voluminoso denotaría que están satisfechos por una copiosa comida, pero desgraciadamente no es así; en esos vientres hinchados, con ombligos saltones, se abri­gan millares de parásitos.

Cierta vez que pregunte quien asistía a los enfermos, o a las mujeres en trance de ser madres, un campesino me contestó: «Aquí no hay nada de eso, estos lugares están olvi­dados de la mano de Dios…».

Yo solo mascullé: vaya si no hay Dios, en estos parajes es donde más pura se manifiesta la voluntad de Dios, pues solo así se explica cómo sobreviven esos macilentos campesinos que a veces nacen, crecen y, sobre todo, mueren…

Bien, nos encontrábamos en esas intrinca­das lejanías por razones de negocios ganade­ros de mi padre; como yo estaba de vacacio­nes, le acompañaba; forzado por una parte, por mi padre quien se empeñaba en que co­nociera las artes de la vaquería. Por otra parte, mi propia curiosidad.

Ese día habíamos madrugado para poder ver unas reses que formaban parte del ne­gocio. Los dueños nos habían dado un capo­ral y las señas del camino, pues era más su pereza que el interés del negocio. Desgracia­damente el caporal perdió el sendero y se desorientó. Pasadas algunas horas creímos que sería fácil desandar el camino y volver a donde habíamos partido, pero no fue así.

Al principio no tomamos en serio nuestra condición de perdidos, nos dedicamos a ca­minar y caminar creyendo que retornábamos… En esas caminatas inútiles se nos pasó la mañana.

Bajo la sombra de un palojiote hicimos un alto para comer lo que llevábamos de al­muerzo. Gotas de sudor nos corrían por la frente y a veces al alzar la mirada entre las cejas se divisaba el horizonte. En silencio nos comimos las tortillas con huevos duros y frijoles volteados, esto repuso en parte nues­tra fuerza perdida. El calor y los vapores de la tierra a la hora del mediodía hacían que nuestra humanidad nos pesara aún más. En esos instantes el saber que estábamos perdi­dos nos produjo terror.

La situación era más o menos desesperante, pues con el rumbo perdido corríamos el ries­go de llegar al mar, si bien nos iba, o bien, quedarnos en uno de esos pantanos que cu­biertos de vegetación son trampas arteras para jinetes y cabalgaduras.

El refrigerio y el calor aumentaron nuestra modorra, apenas si cabeceamos un sueñito, cuando mi padre dijo que había que seguir y así se hizo.

De vuelta a los caballos, el monótono son acompasado del trote, nos aletargaba a cada instante, hasta tornarnos casi insensibles.

Las zarzas saludaban nuestro paso, a veces arrancando jirones de camisa, otras, hiriendo telegráficamente nuestra piel. Algo teníamos que dejar en pago por la acción de profanar las feraces tierras que forman las sabanas costeñas.

No podría decir cuantas horas trotamos, ni relatar las veces que creímos haber encon­trado el camino. Pero si podría asegurar que varias veces pasamos por el mismo lugar y que nadie dijo nada en voz alta por no des­corazonar a sus compañeros.

Poco a poco el sol fue poniéndose naranja y haciéndose más grande. Tímidamente aso­maron unos celajes rojizos por el lado del mar. Los aires se hicieron más pronunciados y simulaban que de afligidos se dedicaban a soplar el sendero de nuestro paso. Otras ve­ces, las hojas secas burlonamente jugaban rondas detrás de nosotros, como si se alegra­ran de vernos perdidos.

—Yo creo patrón, que luego va a caer la noche —dijo el caporal con una voz que era el anuncio de un chillido mal contenido. Mi padre se limitó a dar un pujido que no supe cómo interpretar. Por mi parte, la sola idea de la noche me produjo más miedo del que ya tenía.

Y fue así como el cielo, de un color na­ranja se tornó violáceo y poco a poco se fue poniendo gris. El día no quería morirse y aun en agonía se esforzaba en persistir. Una suave brisa vino a refrescar los cuerpos su­dados de las cabalgaduras, cuya traspiración dejaba marcas de espuma salobre. Sobre la piel de los jinetes el sudor dejaba surcos mu­grosos.

El olor de la tierra fecunda, su humus pro­digioso, venia hacia nuestro olfato con recie­dumbre. Era el olor de la hembra infecunda que busca consuelo para su libido. Así son las tierras de Guatemala: están desde hace siglos devanando su pasión por producir, es­perando que manos viriles las hagan dar toda la fuerza de su poder germinativo, pero ellas son solo el refugio de campesinos paliduchos que languidecen enfermizos y olvidados.

Por fin, es una de las tantas vueltas de aquel camino interminable, cuando la colum­na encabezada por mi padre y que remataba yo, así, al filito de la noche, se apareció la figura de un hombre que al principio fue bo­rrosa, delineándose poco a poco, hasta ha­cerse francamente visible.

El encuentro con el personaje produjo dis­tintas emociones: a mi padre le causó alegría encontrarse en tan amargo trance con un vie­jo amigo. A mí me produjo alegría, pues era la seguridad de salir del entrevero y lle­gar esa noche a dormir y comer bajo techo.

Al caporal el encuentro le produjo una mal disimulada carraspera y a veces tos…

Mi padre saludó al recién llegado con muestras de gran camaradería; igual cosa hizo éste y después de darse la mano, tomándose las puntitas de los dedos, como hacen los campesinos, se hicieron mutuos hallazgos en sus respectivas humanidades: «Que bien esta don fulano, lo veo más gordo».

«Y usted don mengano, no se diga, por su cara no pasan los años».

Después de preguntarse por las familias se acercaron al grano con una sola pregun­ta: ¿Qué anda haciendo por estos andurria­les?», dijo mi padre; y el otro contesto: «Yo por acá nomasito tengo mi rancho». A todo esto, el caporal tosía y la necia carras­pera llegaba a hacerlo impertinente…

Mi padre no esperó más y dijo al encon­tradizo que estábamos perdidos, este, sin de­cir palabra, tomó por la gamarra el caballo que montaba mi padre y se dispuso a enseñamos el camino. La tos del caporal demos­traba que quería hacerse notorio, pero no lo lograba.

Caminamos por espacio de una hora. La noche cerró su cúpula negra y profunda. Sus crespones de luto nos envolvían por completo y los arboles del camino tomaban formas fantasmagóricas y a veces parecían retorcerse en cómicos devaneos. De todos modos era de noche y nosotros éramos conducidos al cami­no real por un ser bondadoso que intempes­tivamente se apareció a nuestro paso. Cuan­do a lo lejos se oyó el latir de unos perros, el encontradizo paró, dijo que estábamos en terrenos conocidos y que siguiendo recto llegaríamos hasta unas casuchas. Dio a mi pa­dre la mano y muchos recuerdos para su familia, a mí me pareció que en vez de es­trecharme la mano me puso algo frio entre los dedos a guisa de despedida. Al caporal simplemente lo ignoró.

Desapareció entre las sombras de la noche y no tardó en confundirse con los pliegues de la oscuridad. A todo esto, el caporal adelanto atropelladamente su cabalgadura y en un tro­te desordenado alcanzó a mi padre, el pobre hombre tartamudeaba; sus palabras se agol­paban en sus labios propugnando por salírse­ en bloque, a duras penas se hizo entender y casi de un tiro dijo: «Dios santo, Dios fuerte… ¡Ay! patrón, por Dios, esa alma no es de esta vida, pertenece al reino de los difuntos… hace dos meses que se murió y lo enterraron en la aldea…».

Mi padre le dijo que se callara, pues lo había visto tan vivo como a cualquiera de noso­tros, pero cortó su respuesta, pues en ese mo­mento llegábamos a los ranchos y la bulla de los perros llenaba la escena. A la luz de unos candiles notamos que el caporal estaba pálido y que sus labios tenían un ligero tem­blor que delataba su miedo.

Cansados como estábamos, mordisqueamos unos tamales remojados con caldo de frijo­les y calmamos nuestra sed con café endul­zado con rapadura, después, caímos como fardos sobre los petates.

No sé cuántas horas dormiríamos, pero al clarear el día, con la diana de los gallos y los pájaros, mi padre me dijo en voz baja. «Vamos a pasar por el cementerio. …”.

El trote de los caballos hacía retumbar le­vemente la tierra: pasamos un cerco de sil­vinias que demarcaba los mojones del ce­menterio; después de caminar entre cruces tostadas por el sol y entre sepulcros semide­rruidos, mi padre se detuvo frente a una cruz recién pintada. Con voz a medio tono leímos la inscripción con el nombre del muerto y la fecha reciente que había sido la última en su vida… era el mismo del guía que nos había sacado la noche anterior de nuestro labe­rinto de zarzas… maleza y calor.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Doña Toribia Cristales, tenía fama y de la buena en el Cantón Barrios. Todos le temían por los maleficios que había hecho a varias personas que tenía enfrascadas. Otros que les había fumado el puro y tirado las cartas. Era tan acertada que le rodeaba una aureola de prestigio y su fama había traspasado los linderos del barrio donde habitaba y de lejanos sitios, como por ejemplo las Majadas y El Guarda del Golfo, le visitaban para «encarguitos» especiales, solteronas empedernidas la buscaban afanosamente, al igual que mujeres engañadas y hombres mal correspondidos. Todos desesperadamente requerían los servicios de la nía Toribia, que desde su casona de lepa, machiembre y papeles, manejaba aquel pequeño despacho o «Consultorio».

Pero la verdad era muy otra, a pesar de los viajes constantes que hacía al Cementerio para recoger tierra y floras amarillas de muerto, la tal doña Toribia, no era más que una viva, porque engañaba a todos con sus malabares y hechizos. Aquel había sido su modo de vivir desde hacía muchos años y ya no se podía dedicar a otra cosa; en dicha señora se operaba aquel dicho sabio, que dice: “vivir de los tontos”.

—Dejen lo que seya su voluntá, decía respecto a diezmos, porque el pago era al contado y la cuota por persona no bajaba de un Quetzal en puro billete. Los vecinos le contaban las costillas a la pobre bruja y como consecuencia de aquella contabilidad, no eran menos de 30 personas, las que llegaban diariamente a su casa.

Unos decían que «la vieja de doña Toribia», tenía más que el gobierno, que poseía algunas casas en La Palmita y otras en La Parroquia; a veces se inventaba más de la cuenta, pero algo había de cierto en aquellas bolas, que en la tienda del se echaban a rodar.

Un día lluvioso, llego al consultorio un hombre envejecido solicitando los servicios de doña Toribia para que le dijera lo que tenía, ya que había visto médicos y nadie le adivinaba el mal que cada día minaba más y más su salud.

 

  • Usté está enfrascado, o mejor dicho lo tienen enfrascado —dijo categóricamente doña Toribia.

Aquella respuesta puso en que pensar al pobre hombre que había llegado a consultarle sus males y de sus propios labios había escuchado su veredicto final.

  • Pero dígame doña Toribia, ¿dónde me tienen enfrascado? ¿En qué lugar?

Los ojos de la bruja se pusieron grandes y colorados, y con un ademán, más peliculesco que real, sentenciosamente, le dijo:

  • Eso es lo difícil, ya averiguaré, por de pronto deje un Quetzal para comprar las flores, y regrese dentro de cuatro días —prosiguió—, no vaya a faltar el jueves, porque quiero hacer un trabajo profundo; su caso me interesa mucho.

Los días volaron y el pobre anciano presa de la ignorancia más completa, llegaba el jueves a la hora indicada y con la espe­ranza de curarse del mal que le aquejaba. Cuando entró al pequeño «Consultorio» habían otras personas esperando su turno, con la esperanza puesta en la bruja, de aliviar sus males. Tomo asiento y colocó su sombrero en la mesita del centro, donde había algunas revistas y periódicos viejos.

Después de esperar largos cuarenticinco minutos le llamaron para que pasara adelante. El ambiente apestaba a tabaco barato y a flores amarillas silvestres.

  • Tome asiento, le tengo buenas noticias —dijo la mujer viendo con ojos de víbora al ignorante anciano, que nerviosamente estrujaba su sombrero negro con las dos manos.

—Bien fregado lo tienen… Pero creo que el próximo sábado ya me tienen la dirección exacta de su entierro, yo misma llegare a sacarlo.

  • ¿Pero todavía esperaré otros días mas?, dijo el anciano, como suplicando a la bruja que se valía de la ocasión para sacarle más dinero.

La puerta se cerró. El pobre hombre con su caminar lento y pausado, salió del pequeño recinto despidiéndose de todos con un «buenas tardes», que sonó a despedida fúnebre. La bruja so cercioró de que ya fuera lejos para reírse y comentar con su ayu­dante, la conversación sostenida con el paciente y con una mueca  picara e indecente le mostraba el Quetzal que le había sacado; las dos celebraron la trampa con una sonrisa burlona.

—Que pase el número 10, dijo la mujer gorda y mal vestida, que en la puerta del consultorio hacía de secretaria.

El día anterior al sábado, había llovido a cantaros, y los lodazales hacían intransitables las calles del barrio, al extremo que los desvencijados camiones modelo 1930, se quedaban atascados, y otros automóviles tenían que ser sacados con yuntas de bueyes. La bruja se enojó porque con el pésimo estado de las calles, ningún cliente llegaría a la «consulta».

Y efectivamente, no llegaba nadie ya eran más de las 10 de la mañana, y para colmo de males, nuevamente la lluvia principiaba a azotar con fuerza, sin señales de quitarse. Desde la pequeña ventana la bruja endemoniada miraba hacia la calle y su sonrisa se ilumino cuando vio la efigie del buen anciano que dándose valor evitaba los obstáculos, dando pequeños saltitos entre el fango húmedo de la media calle.

La llegada se la celebraron con unas sonrisitas hipócritas y burlonas. Le quitaron el sombrero y la vieja capa con la que se cubría, hasta le ofrecieron una toalla para que se secara las manos, la bruja y su empleada le dijeron mil cosas y a la vez inventaron qua el entierro ya lo habían sacado y lo que era mejor; lo tenían en su poder y consistía en un muñeco de cera atravesado con alfi­leres.

Posteriormente, la bruja principio a leerle muchas cosas que nadie entendía y que se perdían en el espacio de la pequeña habitación, le sobó el cuerpo con unas yerbas, finalmente le dijo que ya se podía marchar porque estaba completamente sano y salvo de cualquier hechicería.

El anciano, ya para despedirse, le dijo a la bruja, que lamentaba no haber traído dinero, pero que de todas maneras ese mismo día le pagaría el valor de sus servicios. Doña Toribia Cristales, disimulo su disgusto al aceptar el pago en fecha posterior.

— ¿No le es molesto que lleguemos hoy por la tarde por el pisto?, preguntó.

—De ninguna manera— repuso el anciano, manifestando enfáticamente—, allí descansando les estaré esperando.

La lluvia se había quitado por completo y cuando salió el anciano, solo unos patojos jugaban entre los pequeños charcos con sus barquitos de papel periódico, el humo de algunas tortillerías cercanas se hacía patente, con el clásico palmar de las torti­Ileras que preparaban el popular alimento para los del barrio, que ya hacían cola con su servilleta y canasto. Doña Toribia se quedó espiando desde la puerta de la calle, hasta que el anciano cruzó la esquina.

Cuando dieron la tres de la tarde en el viejo reloj despertador, doña Toribia apuraba a la empleada para que le acompañara a rea­lizar el cobro pendiente, la otra mujer se peinaba con parsimonia y ella aprovechó para ver el tarjetero, el nombre del cliente com­pleto y su dirección…

— ¡Aquí está!, dijo la vieja, como cuando se vence un obstáculo, — ¡Dolores, Dolores!—, gritó desde adentro apresurando una vez más a la empleada, revisó nuevamente la mugrosa tarjeta y allí estaba el nombre completo

JOSE BUENAVENTURA SALAZAR

Dirección: Callejón de Pavón No. 7

Edad: 68 años Sexo: Masculino

Jadeantes llegaron a la esquina del Callejón de Pavón y presurosas buscaron el número como desesperadas, no tocaron porque la puerta estaba abierta y numerosas personas entraban y salían con arreglos florales.

—Perdone, ¡aquí vive don José Buenaventura Salazar?, dijo la empleada a un señor que bajaba de un auto viejo, con unos candelabros.

Con el promontorio de velas y candelabros que poco a poco colocó en el suelo le contesto:

—Efectivamente, ¿qué deseaban? Si es por algún cobro del finado, yo soy el primero en suplicarles que vengan dentro de una semana porque hoy se terminaron los nueve días, y ya saben Uds., el problema de atender a los amigos…

Cuentan las malas lenguas, que doña Toribia Cristales fue internada en el manicomio de la capital de Guatemala, después de aquella impresión, y la pobre empleada quedo como idiotizada, y aún deambula por las calles de la ciudad.

 

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

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Esta narración egipcia, que se remonta a más de tres mil años antes de Jesucristo, refiere las aventuras de un príncipe que regresaba de un viaje a Nubia.

Dicho príncipe iba poco satisfecho de sí mismo, de­bido a que, navegando por el Nilo, había pasado más allá de la isla en que pensaba desembarcar. Y ya se proponía terminar el viaje a pie, de cualquier modo, a través del desierto, sin gloria alguna, hasta llegar a su querido Egipto y dar cuenta del fracaso de su mi­sión al rey, cuando uno de los que formaban parte de su séquito, al verle tan alicaído, se aventuró a narrar­le, para levantar su ánimo, lo que a él le ocurrió en un viaje semejante, que se inició con un naufragio, pero que acabó muy felizmente, proporcionándole honra y provecho.

Empezó por citarle las jubilosas palabras de un ex­perto capitán:

— ¡Alégrese tu corazón, señor mío, porque, ved, ya hemos llegado a casa!

Y lo que sigue revela el entusiasmo de un hombre tan buen marino como buen patriota. Pero que era ante todo glorificador de la vida marinera y del orgullo del piloto que llega a puerto sano y salvo, sin haber Per­dido ni uno solo de los tripulantes.

El relato cuenta que, habiendo partido el viajero para trabajar en unas minas que el rey poseía en la península del Sinaí, naufrago la nave en que iba, y de los ciento cincuenta expertos navegantes que constituían la expedición, solo uno quedo vivo, el narrador, a quien una ola del mar Rojo arrojó a una playa desierta.

Allí pasó tres días,  “sin más compañía —dice— que la de su propio corazón”, y durmiendo, al llegar la noche, en un sitio que halló cubierto de césped, “donde no podía abrazar más que a su propia sombra”.

Empezó a divagar por aquellas tierras en busca de alimento, y descubrió higos, uvas, nueces, pájaros, pe­ces, y en holocausto a los dioses encendió un fuego. En­tonces oyó una voz horrenda que hizo temblar hasta los árboles y la tierra, y se encontró ante un enorme dragón recubierto de oro. A pesar de su tremendo as­pecto, el dragón era un dios bondadoso, que le pre­gunto con insistencia:

–¿Cómo tú, tan pequeño, has podido llegar a esta isla desierta?

Y el narrador le contó lo que le había ocurrido con la nave y que una ola le había arrojado allí.

Compadecido de su desgracia, y para darle ánimos, el dragón le refirió que a él también le afligió una vez la desgracia, pues una estrella que cayó del cielo había dado muerte a los setenta y cuatro hijos que tenía. Y, sin embargo, resistió con ánimo firme el dolor de aquella desdicha.

—Esto ha de servirte de ejemplo —añadió el dragón— para que hagas lo mismo, hasta que puedas re­gresar a tu tierra, abrazar a tu esposa y a tus hijos y ver de nuevo tu casa, la mejor del mundo.

Además le predijo que no estaría en aquella isla más de cuatro meses, transcurridos los cuales volvería a par­tir en una nave egipcia y sería feliz, yendo al palacio del rey para informarle de su viaje.

El náufrago, agradecidísimo, le prometió toda clase de presentes cuando llegase a su país e implantar en él su culto; pero el dragón se rió y le dijo que él tenia de todo en abundancia, y que cuando él se marchara, la isla desaparecería tragada por el mar.

Transcurridos los cuatro meses, apareció la nave egip­cia anunciada por el maravilloso dragón. Embarcóse el náufrago, considerándose ya feliz y, al partir, quien le colmó de presentes fue el dragón, que llenó el barco de mirra, aceites, nardos, perfumes, ungüentos, resinas, y, además, jirafas, elefantes, lebreles, monos, etc.

Todo esto fue ofrecido por el náufrago al faraón, dos meses después, que es lo que duro la travesía. Y en pago de ello el rey le otorgo el nombramiento de capitán y le regalo esclavos que estuvieron a su servicio.

Y aquí añade el narrador dirigiéndose al príncipe a quien quiere animar:

—Sírvante de ejemplo todos los trabajos que yo pasé y atiende a mi buen consejo, porque éstos deben ser siempre atendidos por los hombres. Pero no quie­ro cansarte con ellos.

La respuesta del príncipe fue tan pesimista como pintoresca.

—No to preocupes, querido amigo —dijo–, porque ¿quién se entretiene en dar de beber al ganso que ha de ser sacrificado en el acto?

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

La leyenda siguiente quizá quede como un relato más, en el medio guatemalteco, pero para un viejo chofer de ambulancias, no fue eso, es algo más profundo, una rara experiencia que mientras viva jamás olvidara.

Hacía pocos días que había pasado la revolución de Oc­tubre del año 1944 y una destartalada oficina, el casi centenario teléfono, sonaba con poca fuerza, con un Riiiiinnnnn, Rlllllnnnnn, aburrido y monótono. Con desgano lo tomó el guardián y con el clásico —Aló—, se inició una breve charla que daría complementos a una leyenda, que para una persona es la más pura rea­lidad. El grito del guardián sonó fuerte e impotente, despertando de su profundo sueño al piloto que cabezeaba sobre el timón de una vieja ambulancia, en un patio grande tan grande, como las deudas y las penas de nuestro personaje.

— ¿Qué pasa?, dijo el hombre que dormía dentro del arma­toste —yo me siento muy mal y con temperatura—, el hombrón habría la bocona desperezándose, estiraba los brazos y como muerto en agonía, enfatizó: —Allí esta don Tulio, él puede hacer la campaña, y además, está de turno.

Para colmo de males, la lluvia de Octubre, hacia estragos con su temporalito que se quitaba y volvía a aparecer con más fuerza. El guardián tomó un pedazo de hule viejo y echándoselo sobre la espalda, se internó hacia el viejo edificio en busca de quien nunca decía «No» a una emergencia.

Hay que recoger a un baleado, en la Villa de Guadalupe, dijo el guardián desde la puerta del garage. Don Tulio tomó su capona negra y sin esperar más tiempo salió disparado rumbo al sitio indicado corriendo como un demonio y con la sirena a todo volu­men, por las solitarias avenidas de la capital.

Cuando la llanta trasera se metía en un charco, don Tulio, picarescamente, miraba por el espejo hasta donde saltaba el agua con lodo, iba recordando su niñez, porque en esos tiempos de hambre, nunca jugó con una entretención, todo había sido solo «Lazo y Sebo», y de vez en cuando, hacia alguna travesura, aun­que ruborizándose porque ya era un hombre maduro.

El ulular de la sirena, se fue haciendo más notorio al pasar por el relleno de la 12 avenida, rumbo al Barrio de San Pedrito, aquella sirena daba la impresión que era la llorona, viajando por el espacio en busca de su hijo, Juan de la Cruz. La noche era negra, y el viento se dispersaba sobre los techos de las cobachas, queriendo desclavar las láminas oxidadas.

Cuando pasó por la Guardia de Honor, el soldado de turno le dijo adiós, y el contestó el saludo con un apagón de las luces delanteras, que al empapado indígena le parecieron caídas de-ojos de una sirvienta mofletuda de Cobán. La ambulancia siguió su camino con grito fúnebre, pidiendo vía libre en las mojadas calles; allí los charcos eran más grandes y los saltos igual; los escasos cha­lets fueron quedando atrás, uno tras otro, uno tras otro, con todo y sus árboles y predios baldíos, llenos de matas de higuerillo, flores de muerto y guías de güisquil.

Ya había llegado, mejor dicho, estaba entrando al lejano barrio de La Villa, y efectivamente, allí estaba un grupo de curio­sos, haciendo rueda a un hombre caído, lo peor del caso fue que, cuando el bajo de la ambulancia, del grupo aquel no había ni un alma, únicamente el hombre con un uniforme militar, tirado en el suelo, quejándose de una herida en el estómago.

Don Tulio abrió rápidamente la puerta trasera de la ambu­lancia, y cargándolo en peso, lo subió, colocándolo cuidadosa­mente en la camilla, sujetándolo con unos cinchos especiales.

—Por favor, rápido, que me estoy muriendo —dijo el militar al humilde servidor que hubiera querido tener alas para volar y trasladarlo al hospital más cercano.

El viejo vehículo marcaba 100 Km. por hora, ya no daba más, pero don Tulio, parecía ir despacio porque palpablemente miraba que el hombre desangraba más y más, a cada instante; a pesar del ruido del motor, escuchaba sus quejidos claramente.

El aparato parecía que iba a cobrar más fuerza, cuando don Tulio pisaba el acelerador, ahora tomando por la Calle Real de la Villa, para salir al Obelisco, y la Avenida de la Reforma, por fin el motor de mil batallas respondía y allí iba nuevamente como un bólido dejando su estela de humo y sus gotitas de aceite quemado, que en el agua, daban colores al charco, que iba quedando atrás, lejos muy lejos.

De pronto y cuando ya cruzaba por la Calle Mariscal Cruz y 7a. Avenida, noto que los quejidos se fueron eliminando. Don Tulio pensó en un desenlace fatal. Echó un vistazo, y vio el cuerpo inerte que, únicamente lo movía el sangoloteo del vehículo. A los Locos momentos principió nuevamente, el hombre a quejarse, y esto hizo pensar a nuestro hombre que el paciente aún vivía.

Cuando pasó por la esquina de la 18 Calle y 7a. Avenida, tuvo que dar un giro violento, porque un borrachín se le atravezó imprudentemente, pero don Tulio, se jactaba de ser muy buen piloto, tener buen timón, y la emergencia fue salvada con pericia inteligencia.

Cuando llego al crucero de la 10a. calle y 7a. Avenida, un muchacho de la Guardia Cívica, le dio la vía, señalándole con el fusil en la mano, que podía pasar, sin ninguna pena, las llantas chirriaron en el suelo y caminando cuesta arriba en poco tiempo llego a la emergencia del Hospital, donde solicitó ayuda para bajar al herido, pero primero pensó en abrir la portezuela trasera, y después llamar al enfermero de turno. Casi se va de espaldas, cuando vio con sus ojos grandes, que no había nadie, únicamente la camilla, como él la había dejado, atada con fuerza, y en el sitio donde originalmente estaba.

— ¿Qué pasó?, dijo el enfermero, tan flaco y cadavérico, que hizo saltar a don Tulio, que no salía de su asombro, pero que reponiéndose le contesto:

—No es nada, mi querido amigo; chispas del oficio que suelen suceder.

Sin comprender aquellas palabras el enfermero se retiró del lugar, y don Tulio hizo lo mismo con su ambulancia, perdiéndose en las céntricas calles de la capital.

Cuando llegó a la oficina, su jefe superior le esperaba, con una cara de no muy buenos amigos, increpándole su manera de proceder al abandonar sin previo aviso y sin mediar motivo, su trabajo, con todo y la ambulancia.

Don Tulio vio al guardián de pies a cabeza y con mirada in inquisidora, casi temblando de rabia, le dijo:

  • ¡Acaso no fue usted, el que me dijo que recogiera un herido en la Villa de Guadalupe!

Ante las facciones de don Tulio, todos se quedaron espantados, y creyeron lo que el hombre decía. De una de las ambulancias aparcadas en el patio, salió un anciano chofer, que callando a todos les dijo:

  • Aquí nadie tiene la culpa, no es la primera vez que sucede, el llamado a don Tulio por parte del guardián, no fue más que una alucinación, y lo que vio más tarde es el desenlace de algo que nunca olvidara mientras viva, a mí me sucedió hace una semana y me quede callado, ahora le ha tocado a don Tulio, quizá mañana le toque a otro chofer de ambulancia, porque el espíritu ha quedado allí, eternamente.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

  • Juan Reynelas, presente… Agustín Poca Sangre, presen­.. Juan José Najarro, presente…

Había sido el último de la lista, y precisamente esa mañana causaba alta en el primer cuerpo de la Policía Nacional, los es­tudios en la escuela los había ganado con buen punteo y el que llegaba a policía en tiempo de Ubico, no era tan tonto. Juan se afamaba de pertenecer a la Policía Nacional y no cabía de orgullo en su pulcro uniforme, luciendo sus polainas bien lustradas.

Siempre que pasaba por el barrio del Gallito por las noches, cuando los muchachos se reunían en las esquinas, con voz impos­tada y varonil les decía: —ya van a dar las nueve muchachos, es mejor que se vayan a dormir, porque si regreso y los veo donde mismo, me los llevo al cuartel.

La generación de 1930 era sumisa y no contestaba, el pequeño grupo se dispersaba y cada quien para su casa sin chistar palabra.

El policía Juan José Najarro, seguía cumpliendo con su deber en las solitarias calles del Gallito, donde solo su silbato se escuchaba que rompía el silencio y la paz imperante. Los únicos maleducados eran unos perros que a lo lejos aullaban. Juan José imaginaba que estaban viendo espantos, y por eso lo hacían; seguía empujando las puertas para cerciorarse si estaban bien cerradas, al hacer presión en una, la mano se le fue. Tocó para que la cerrarán bien. Cumplida la misión, tomó una de las calles del barrio y volvió a pasar por la misma esquina donde ya ni un alma había.

A lo lejos una mujer con paso apresurado llegaba en sentido contrario.

  • Buenas noches, dijo el policía; enfatizando – ¿le puedo servir en algo?

La mujer buscaba una farmacia y el agente la acompaño hasta la 13 Calle y 6a. Avenida, en una farmacia cercana compró la medicina, el policía la esperó en la esquina, la dama regresó y emprendieron el camino de regreso a lo largo de la 14 calle rumbo al Gallo.

Poco o nada hablaba la enigmática mujer, que él acompañaba cumpliendo un servicio, que distinguió a la policía de aquella época. Juan José rompió el silencio.

— ¿Exactamente en qué lugar vive Ud.?

La mujer se quedó sin responder, pero a los pocos momentos le dijo:

—En el Gallo.

El taconeo en la banqueta se escuchaba a varios metros a la redonda, pero lo peor del caso es que, sólo el taconeo de los relucientes zapatos del policía se notaban. La mujer que el gendarme acompañaba, más parecía que iba caminando en el aire. Juan José, con disimulo le vio las puntas de los zapatos, pero el amplio vestido no se lo permitía. Apresuró el paso, y la mujer como si fuese un globo, seguía caminando a su vera flotando en el espacio.

Por un momento el policía, a pesar de la compañía, se sintió completamente solo en la 14 calle, aquella noche, para colmo de males, ni un alma se miraba, y únicamente los gorgo­ritazos de otros gendarmes sonaban a lo lejos confundidos con el ladrar de perros y el canto lúgubre de los grillos.

Cuando llegaron a las inmediaciones del extinto «Llano de Palomo», el cumplido celador del orden sentía que las piernas le pesaban toneladas y la lengua se le hinchaba como morcilla compuesta.

Todavía caminó como diez metros con la muchacha, cuando de pronto vio que se le adelantaba y poco a poco se fue esfumando en el espacio.

Al gendarme de nuestro cuento lo levantaron otros policías hasta el otro día muy de mañana, siendo arrestado por abando­nar el puesto, y esto que le narró a otro compañero, al cabo de los años me lo contó, para que yo lo publicara en mi programa.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala