Tag: historias de miedo

Estoy seguro de que la vieja señora Sally creía en todo lo que contaba. Claro que nosotros lo tomábamos como cuentos que habían ido formándose con el paso del tiempo; pero siempre, bajo aquellas historias, había un algo de verdad inquietante.

La señorita Rebeca Chattesworth proporciona una relación curiosa sobre los hechos que sucedieron en 1753 en Tilded House.

Yo tenía la intención de hacer imprimir aquella carta íntegra, pero debo contentarme con los extractos más representativos de ella.

En aquel año, en el mes de octubre, había una guerra por el alquiler de Tilded House, entre el señor regidor Harper y Lord Castlemallard, que era el heredero por parentesco.

El señor Harper había acordado un contrato por renta de aquella mansión, para su hija y su esposo, de nombre Prosser. Había hecho gastos considerables en la remodelación general. La hija del regidor había llegado en junio y se había retirado a principios de octubre de la casa, por lo que el señor Harper fue a hablar con Castlemallard y le dijo que renunciaba a la renta por razones imposibles de explicar, que lo único que podía decir es que esa casa estaba encantada, y que por lo tanto debía ser demolida cuanto antes.

Lord Castlemallard presentó una queja en la cual pedía que el regidor cumpliera con el contrato anual de la renta. Pero el señor Harper mostro siete declaraciones juradas y el juez consintió en liberarlo de seguir alquilando aquella casa hechizada.

Los sucesos descritos ante el juez afirmaban que las molestias en la casa de Tilded House habían empezado a finales de agosto. Un atardecer en que la señora Prosser se encontraba sola, vio una mano firmemente apoyada en la parte exterior de la ventana de la cocina, como si alguien la hubiera alzado y escondido el resto del cuerpo. La mano era gorda, blanca y de edad avanzada. La señora Prosser creyó que era la de algún bandido dispuesto a entrar en la casa por la ventana. Lanzando un agudo grito de espanto, logró que la mano se fuera con rapidez.

Se registró el jardín, pero no había ningún indicio de que alguien hubiese estado parado ahí; además, una larga fila de macetas debería haber impedido que un hombre tomara la postura necesaria para alzar la mano como lo había hecho.

Esa misma noche se escuchó un intenso toqueteo en la ventana de la cocina. Un criado bajo mientras las mujeres esperaban asustadas. No vio nada ni a nadie, pero al cerrar la puerta observo como el picaporte se quería abrir solo. Los ruidos no cesaron en toda la noche.

A las seis de la tarde de un sábado, la cocinera estaba sola en la cocina y al alzar la mirada vio la palma de una mano apretada contra el cristal, moviéndose lentamente de arriba hacia abajo, buscando alguna irregularidad en su superficie. La mujer gritó y la mano se quedó todavía unos minutos más apoyada en la ventana.

Después de estas apariciones, comenzó a sonar en la puerta de la entrada, todas las noches, el toque de unos nudillos; primero tranquilo, luego colérico. El criado no abría la puerta y preguntaba insistentemente quien estaba ahí. Nadie le respondía, solo se escuchaban los golpes o un chirriar de uñas contra la puerta.

Siempre que el señor y la señora Prosser descansaban en la sala de estar, un golpeteo en la ventana los turbaba, a veces suave, otras veces con violencia, como queriendo romper el cristal.

Las cosas sobrenaturales siempre habían sucedido en la parte de atrás de la casa. Sin embargo, un martes por la noche sonó la misma llamada en la puerta del recibidor: golpes lentos, firmes y repetitivos. Con gran irritación y miedo escucharon durante dos horas seguidas, pues no se atrevían a asomarse.

Repentinamente las molestias cesaron y los habitantes de la casa creyeron que la mano se había cansado de molestarlos. ¡Que equivocados estaban!

La noche del trece de septiembre, una criada fue a la despensa y casualmente volteo hacia la ventana más pequeña de la cocina. Noto que en el orificio donde iba el cerrojo, un dedo blanco y arrugado metia la punta, luego entraban dos dedos moviéndose desesperados, ¡querían abrir la ventana! La sirvienta se desmayó.

El señor Prosser, que era muy necio, quiso acechar al fantasma, creía que todo era una mala broma y estaba dispuesto a atrapar en plena acción al bandido que había hecho nacer el pánico en la casa de Tilded House. Estaba seguro de que algún criado traidor quería volverlos locos.

Ya no solo eran los sirvientes, sino la misma señora Prosser, los que vivían aterrados, encerrándose rápidamente cuando comenzaba a anochecer.

Los golpes por la ventana habían parado nuevamente desde hacía ya una semana. Pero una noche, la señora Prosser se encontraba arriba escondida, mientras su marido reposaba en el salón de estar en la parte baja de la casa. Sus ojos se posaron en la puerta del vestíbulo, pues había sentido el llamado de la mano, pero esta vez de forma diferente los golpes habían sido muy quedos. Era la primera vez que se escuchaban en la parte superior de la casa.

El señor Prosser, que también había percibido los toquidos, dejó abierta la puerta del recibidor y se encaminó sin hacer ruido hacia aquél sonido infernal hecho con la palma de una mano por detrás de la puerta. Iba a abrirla con brusquedad, pero decidió ir por una pistola para dar una buena lección al fantoche que los estaba asustando.

Llamó a su criado y se presentó con él, los dos armados, caminando silenciosamente hacia el eco maldito que ya era insoportable para los nervios. El asediador de la casa no se asustó y continuó golpeando, cada vez con mayor intensidad, convirtiendo su lento toquido en golpes redoblados y estridentes.

El señor Posser abrió la puerta muy enojado. Nada. No obstante, su brazo fue sacudido de manera muy rara, como si lo hubiera agarrado una mano. El criado no vio ni sintió cosa alguna, y no comprendió por qué su amo miraba hacia atrás apresuradamente mientras la puerta se cerraba en sus narices.

A partir de ese momento la actitud del señor Prosser cambió, se volvió tan miedoso como el resto de los pobladores de la casa. Ni siquiera quería hablar del tema con nadie. Creía que había permitido la entrada de “eso” a la casa.

Prefirió no mencionarle a la señora Prosser lo que había ocurrido; subió más temprano que de costumbre para acostarse y estuvo leyendo la Biblia. No podía conciliar el sueño. Habian sonado las doce de la noche cuando sintió la palma de una mano dando pequeños golpes en la puerta del dormitorio y arañado para arriba y para abajo.

  • ¿Quién anda ahí?

No recibió más respuesta que los manotazos en la puerta.

Por la mañana, la criada estaba aterrorizada por la huella que había dejado una mano sobre el polvo de la mesa. Todos estaban nerviosos casi hasta la locura.

El señor Prosser hizo que entraran uno por uno al saloncito y comprobaran su medida de mano con la marca sobre el polvo. Pero esa huella era completamente distinta a la de todos los habitantes vivos de la casa y parecía corresponder con las descripciones que la señora Prosser había hecho de aquella mano sobre la ventana de la cocina. Sabían que el poseedor de esa mano y no estaba afuera, sino dentro de la casa.

Extraños y horribles sueños amargaban la vida de la señora Prosser, algunos de los cuales, detallados en la carta de la señorita Rebeca, eran pesadillas realmente aterradoras. Una noche, cuando el señor Prosser cerró la puerta del dormitorio, se extrañó de la rara quietud que lo invadía todo, no había sonido alguno, ni siquiera el de la respiración de la señora Prosser, lo cual era muy raro, pues él sabía que su esposa estaba acostada en la cama.

Una vela ardía al pie de la cama, sobre una mesita, y él llevaba otra en la mano. Apartó la cortina del lecho y pensó que la señora Prosser había fallecido, pues la palidez de su cara y la inmovilidad de su cuerpo cubierto por el sudor parecían indicar la muerte; a su lado, sobre la almohada, estaba la mano blanca y vieja extendiendo los dedos hacia la frente de la señora con movimiento lento y ondulante.

Prosser, lleno de pánico, arrojo un libro hacia la mano y esta se retiró inmediatamente; el señor dio una vuelta alrededor de la cama mientras la puerta de la alcoba se cerraba, según le pareció, por la misma mano blanca y estropeada.

Abrió la puerta con violencia y miro frenéticarnente a su alrededor, con los ojos desorbitados por el miedo; no había nada. Cerró bruscamente y puso varios cerrojos para protegerse. Por un instante se sintió «como si estuviera a punto de perder el juicio.» Luego, haciendo sonar la campana, llamó a la servidumbre y entre todos lograron que la señora Prosser saliera de aquel trance maldito en el que había caído. Parecía hacer pasado «por las angustias de la muerte.»

La señorita Rebeca añade en su carta «por lo que ella me ha podido contar de sus visiones; su marido habría agregado: y también del infierno».

Pero el acto que llevó la crisis a su culminación, fue la extraña enfermedad de la pequeña hija de seis meses. Sufría un insomnio que la hacía presa de la enajenación del terror; los médicos que la revisaron dijeron que su cerebro estaba llenándose lentamente de agua. La señora Prosser y la nodriza la cuidaban junto al fuego de la chimenea, preocupadas por su salud.

La cama de la niña estaba pegada a la pared y la cabecera de ésta chocaba contra la puerta del armario, que nunca estaba bien cerrada. Se daban cuenta de que la criatura se quedaba más tranquila cuando la sacaban de la cama y la cargaban. En una ocasión la habían dormido arrullándola, y cuando la colocaron en la cama, no pasó ni un minuto para que comenzara una de sus crisis de terror. Las dos mujeres descubrieron la causa del miedo de la niña.

Vieron claramente, saliendo de la abertura del armario y resguardada por la sombra, la espantosa mano blanca con la palma hacia abajo, justo encima de la cabeza de la niña. La madre y la nodriza salieron gritando del cuarto llevando a la niña en brazos y entraron a la habitación del señor Prosser; apenas llegaban cuando comenzaron a escuchar los enloquecedores golpecitos en la puerta.

Hay mucho más del horror, pero que baste con lo dicho. La singularidad de la narración parece describir una mano fantasma. Jamás apareció la persona a la cual pertenecía.

En una comida de alumnos en 1819, conocí a un anciano llamado Prosser, delgado, grave y parlanchín, que nos contó la historia de su primo Jacques Prosser, el cual, de niño, había dormido en una habitación que su madre decía que estaba hechizada, en una vieja casa cerca de Chapelizod; su primo, cada vez que estaba enfermo, sufría la visión de un caballero pálido, del que tenía fuertemente impresas en su mente la ropa y un rostro maligno y malsano, así como, la falta de la mano derecha.

El señor Prosser mencionó esto como un ejemplo de pesadilla monótona, individualizada y persistente, donde la angustia llegaba a extremos horribles…

 

Bibliografía

Balam, Alaric (2012). Cuentos Clásicos de Fantasmas. México: Editores Mexicanos Unidos.

Joseph Sheridan Le Fanu

Compartida por: Anónimo

Los años anteriores a que tuviera lugar el terremoto que en el año de 1917 destruyó casi por completo la ciudad de Guatemala de la Asunción, no se dibujaba en ella ni el más ligero esbozo de vida nocturna.

Tras el toque de ánimas que lanzaban al viento las lenguas de bronce de sus cien historiadas iglesias, y del toque de queda que rasgaba los aires de los clarines de los Castillos de Matamoros y de San José —que fueron construidos durante la época colonial—, sus tranquilos y pacíficos moradores, que seguían al pie de la letra el refrán de «mejor machete estate en tu vaina», se encerraban en sus casonas coloniales, que nos hacían recordar las españolas de grandes patios y de balcones enrejados. Ellos sabían, muchos por experiencia y otros de oídas, que el salir a la calle podría costarles más de un dolor de cabeza que les haría pasar las «rondas» de don Meme, que la recorrían de un confín a otro.

Las personas mayores, entre sorbo y sorbo de delicioso chocolate, servido en india jícara, hacían vida social en los salones, pelando al prójimo o hablando del chisme del día; y a la gente menuda, tras el habitual rezo del Rosario y el recitar de las preces del «bendito» y el «ángel mío de mi guarda», nos enviaban a la cama.

Yo siempre fui un niño flaco, enfermizo, tímido y miedoso —una síntesis del niño consentido—, que me asustaba ante la contemplación de un rincón obscuro o al escuchar el crujir de una puerta mal cerrada. Sin embargo, era muy dado a que me contaran «casos» de ánimas en pena y aparecidos, que solían relatarnos las criadas indias traídas a la capital de la finca de mi abuelo. Jamás me enviaban a acostar solo; siempre me acompañaba la Andrea, mi china, una india imaginativa, buena y leal, que sabía miles de historietas, a cuales más interesantes, y que vivía al lado de mi familia desde el casamiento de mi madre. Ella había recibido la orden de no separarse de mi lado, sino hasta que estuviese profundamente dormido.

Todas las noches, a la hora precisa en que me acostaba, escuchaba pasar frente a mi cuarto, que estaba situado al lado del de mi madre, y en el ala de la casa que daba a la calle, el ruido del arrastrarse raudo de un carruaje cuyos caballos, percherones negros me lo imaginaba yo, golpeaban con sus cascos herrados los embaldosados de las calles que vieron pasar por encima de ellas a muchos capitanes generales ya esbozados caballeros españoles de la época pre independencia.

La primera vez que lo sentí pasar, apenas si le di importancia. Pero como seguí sintiendo que lo hacia todas las noches, a la misma hora, principie a inquietarme y a bordar en mi infantil y enfermiza imaginación las más extrañas conjeturas. Una noche, por fin, decidí salir de dudas y; preguntarle a la Andrea lo que hacia ese carruaje a esas horas. ¡Cómo no lo va a saber ella —pensé­ que sabe tantas cosas?

  • ¿Que qué hace ese carruaje cuyos caballos pasan todas las noches a la misma hora haciendo pelenguén… pelenguén…? —me respondió. Pues, es el de Sixto Pérez. Si me ofreces quedarte dormido y no decirle a la «señora» que te lo he contado, te relato su historia.
  • Te lo prometo, pero cuéntamela…

—Todo esto —dijo— sucedió después de la Revolución de 1871, que derrocó al gobierno de los «cachurecos», llamado de los 30 años, y cuando hacía poco que había subido a «la guayaba» el general don Justo Rufino Barrios, don Rufo, como lo llamaban todos, y quien quería mucho a los humildes y odiaba a los aristócratas. Este señor, al no más subir al poder, dispuso que salieran de Guatemala, para bien de ella, los frailes, monjas y padres que había en los conventos. Como el mismo no podía ejecutar sus órdenes, comisionó para que las llevara a cabo a Sixto Perez, a quien, por su color, llamaban Sixto Negro, personaje en quien había depositado mucha confianza. Este no solo las cumplió, sino que dicen que se excedió en ellas; pero esto no viene al caso, y sigamos con la historia.

«Un Viernes Santo, llevada en hombros por los «cucuruchos» de la Hermandad de Jesús Sepultado de Santo Domingo, salió de ese templo la procesión del Santo Entierro. Esa misma procesión que sale ahora a las tres de la tarde y que recorre media Guatemala.

«Cuando la urna del Señor, adornada de flores y zahumada de incienso, venia por la esquina de esta misma calle (nuestra casa se hallaba situada en la 11 avenida norte y quinta calle), frente al atrio de la Merced, cuyas matracas imponían majestad a la procesión, se dejó venir sobre ella, como un huracán, un carruaje tirado por dos briosos caballos negros, adentro del cual iba gritando y cantando don Sixto Negro, a quien acompañaban varias «mujeres malas» que rompían el tradicional silencio de ese día con sus risotadas y cantos.

«Los «cucuruchos», ante el inesperado atropello, dejaron caer al suelo la anda, rodando por él la imagen, que si no se hizo trizas fue por un puro milagro… Sixto y sus acompañantes se perdieron entre la polvazón que se levantó y las maldiciones y candelazos que alcanzaron a tirarles algunos «cucuruchos».

«No habían pasado dos semanas de que esto sucediera, cuando se supo en Guatemala, que Sixto había desaparecido. Lo buscaron por todas partes; y nada: en su cuarto solo encontraron un fuerte y penetrante olor a azufre. Mi nanita, que Dios la tenga en su santa gloria, contaba que se lo llevó el «Cachudo», con ropa y todo, dejando pa’recuerdo, de que había estado por allí, la jediondez en el cuarto.

«Desde entonces, m’hijo, a esta hora, qu’es la hora en que salen las ánimas a cumplir sus penitencias por el mundo, la de él sale a pasearse por las mesmas calles en que cometió su desacato; y hace en el mesmo carruaje, que va tirado por dos caballotes negros, que van echando chispas por boca y haciendo sobre los empedrados pelenguén…pelenguén… Si no me crees lo que te cuento, abre la ventana mañana a esta mesma hora y lo vas a ver…

«Mi finada nanita, que según ella jamás dijo una mentira, me contó, como yo te lo cuento a ti, este «caso», y ella me aseguraba que una noche que la mandaron a comprar un manojo de cigarros de tuza a la tienda de la esquina, alcanzó a ver cuándo el carruajón, echando chispas por todos lados, doblaba la esquina de la quinta calle».

Raudos, como el carruaje de Sixto Perez, los años han pasado por mi vida. Me hallo lejos de mi Guatemala embrujada y llena de consejas, y siempre que por las noches oigo sobre los embaldosados el pelenguén…, pelenguén…, de algún coche, llega a mi imaginación el recuerdo del carruaje de don Sixto Perez, que, entre chispas y tirado por negros percherones, tal vez esté pasando por las calles de mi barrio de la Merced…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

María la Tishuda, hacía días que camina­ba como sonámbula, apenas si probaba bo­cado y las noches las pasaba en claro con los ojos pegados en un lugar remoto del cielo.

Las viejas camanduleras la obligaron a con­fesarse con el cura que llego al pueblo para el día de la fiesta titular, pero este ministro del Señor, dispuso hacer las confesiones después de una serenata copiosa de vinos finos que el principal comerciante del pueblo le brindara sin medida. Parece que por esta ra­zón el buen sacerdote no puso mayor atención en las penas amorosas que la Tishuda le con­fiaba en el confesionario.

De aquel cuerpo, otrora llamativo, solo estaba quedando la estantería; de nada valían los consejos y las sugerencias de los ami­gos y vecinos para resolver aquel mal tan raro que consumía a la Maruca la Tishuda.

Con la ayuda de sus patrones, los padres de la enferma hicieron el viaje hasta tierra fría, para visitar a un médico cuya fama lle­gaba hasta Tapachula; este galeno dijo que el mal estaba en el estómago y que debía tomar unos antiácidos; después de haber extendido la receta y antes de regresar a sus lares costeños, los padres de la Tishuda pa­saron a la farmacia de San Marcos a com­prar unos líquidos blancos que les vendieron en unos frascos de color azul.

Con constancia de monja, la María bebió rigurosamente el líquido lechoso, pero la sa­lud no fue encontrada en el fondo de aquellos azulados vidrios. María la Tishuda se desmejoró en alto grado, el apetito no volvía y los ojos parecían hundírsele en un mar de moradas ojeras.

Las viejas vecinas de la casa de los Tishu­dos llegaron una noche muy sigilosamente, se hicieron acompañar de un chiman de grandes conocimientos en las artes brujeriles; pri­meramente adornaron el cuarto de la enfer­ma, con flores blancos, en las esquinas de la habitación pusieron unos vasos llenos de agua cristalina. El brujo tiro unos frijoles colora­dos en los pies de la cama de la enferma y dijo leer en su colocación, ciertos signos cabalísticos que indicaban que el «daño» era grave, que este se encontraba a tres pasos de un matapalo donde lo habían enterrado con una dedicatoria para la muchacha. Más tarde explicó que en ese lugar se encontraba un muñeco confeccionado con unas prendas de la enferma y que al desenterrarlo la paciente sanaría por completo, de lo contrario la en­ferma moriría sin remedio.

Como recomendación complementaria, el brujo ordenó una serie de sahumerios y baños de agua a la que había de agregar diferentes infusiones de eucalipto y pimienta gorda.

Al salir el sol del día siguiente, los amigos de la familia fueron de prisa al lugar señalado por el brujo y al escarbar al pie del ma­tapalo, encontraron los restos de un muñeco de trapo que en la barriga tenia atravesado un clavo de herradura. Algunos se dieron a la tarea de identificar los restos de la tela de una blusa que la Maruca había estrenado para una Semana Santa.

Yo partí de esos parajes, no supe el desen­lace de la Tishuda, pero hay quienes asegu­ran que un galán no correspondido fue el autor de tan grave maleficio, que por poco se lleva a la tumba a una doncella.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

En el chíripi… chíripi… de la noche ce­rrada, cuando las últimas gotas de la reciente lluvia ponen puntos suspensivos en la oque­dad de la floresta costeña, bultos furtivos se escabullen entre las encrucijadas de aquel 31 de octubre, víspera del día de todos los Santos.

El ojo avizor de cualquier pesquisidor descubriría de inmediato que la profesión de aquellos noctámbulos es precisamente la que recibieron de sus ancestros indígenas; eran brujos que al conjuro de hados infernales bus­caban los arboles de zapote para esperar la medianoche del día de todos los Santos de la corte celestial.

La amistad con uno de los miembros de aquella secta no organizada, pero debidamen­te identificada, me permitió asistir, a pru­dente distancia, al rito correspondiente a la magna fecha de la congregación brujeril.

Al llegar el Chimán Maestro al pie del árbol escogido, desenvolvió sus pertenencias; había algo de letanía en el temblor de los labios de aquel hombre, cuando fue sacando de unos trapos sucios los cuerpos degollados de unos gallos; en ritual nigromante las ayes sa­crificadas fueron colgadas cabeza abajo en las ramas del árbol símbolo. La escena cobró tintes diabólicos cuando entre los gallos sacó el cuerpo de un zopilote igualmente sacrifi­cado. El cuerpo negro y grande del ave ra­paz quedo colgando como una sentencia fu­nesta que amenazadoramente proviniera del más allá.

Las brasas depositadas en unos cacharros comenzaron a ser rociadas con un polvillo que al caer sobre ellas, se trasformaba en densas bocanadas de humo aromático. A todo esto se habían congregado otros miembros de la comunidad de brujos, quienes ocupaban pues­tos determinados por ignorada jerarquía; quizá la antigüedad en el oficio o el poder con­fiado a sus manos, daba la procedencia que cada uno respetaba y acataba para con sus merecedores, fueron formándose unos círculos concéntricos de tenebrosas figuras humanas.

El silencio de la noche lo embargaba todo, solo las volutas de humo ascendían en inter­minable caravana, después, ni un susurro. La sombra del árbol de zapote parecía no tener limite; en el comienzo de aquella noche esa sombra parecía que lo cubría todo: ni un co­cuyo, ni siquiera el paréntesis del canto de la lechuza Las horas de la noche caían de una en una con lentitud pasmosa; en un instante, adver­tido por pocos, el brujo maestro volvió dis­cretamente la cabeza como para percatarse de la presencia de los intrusos y cuando pasó sobre mi persona, sentí que su mirada era un halo frio que me registraba toda la huma­nidad.

Al filo de la medianoche los participantes comenzaron a retomar la adusta actitud del principio. El Chimán Maestro alzó las manos en pagana oración y pasándose el brasero por todo el cuerpo, se quedó estático por va­rios segundos. A una sola vez los circundan­tes alzaron los brazos pronunciando letanías ininteligibles y en coro.

El humo seguía prodigándose en locas bo­canadas, no pasó nada de lo que nuestra imaginación nos anticipó. Al término de las ceremonias de la medianoche, todos volvieron a su estática postura y como ídolos de piedra quedaron inanimados en espera del nuevo día.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

El 8 de noviembre de 1576, Elizabeth Dunlop fue acusada de brujería y con la circunstancia agravante de maltratar a la gente con sus encantamientos. Las respuestas que dio en los interrogatorios que le hicieron los jueces tuvieron el siguiente carácter.

Cuando se le preguntó qué arte utilizaba para decirle a las personas dónde se encontraban objetos perdidos o para profetizar enfermedades, contesto que ella no tenía ningún conocimiento ni ciencia en esa materia; Pero que cuando alguien le preguntaba acerca de esas cuestiones, utilizaba a Thome Reid, que había muerto en la guerra de 1547, el cual resolvía cualquier problema que ella le planteara.

Lo describió como un hombre de edad avanzada, muy respetable, con una larga barba blanca y vistiendo una enorme gabardina gris en conjunto con un sombrero negro y una varita blanca que siempre sostenía en la mano. Al interrogarla acerca de su primera entrevista con aquel misterioso hombre, Elizabeth Dunlop dio una explicación patética de los desastres que la aquejaban y de cómo esa suerte había logrado la coincidencia necesaria para que se conocieran… caminaba para llevar a pastar las vacas, llorando amargamente, pues se le había muerto una, esto sumado a que su marido y su hijo estaban gravemente enfermos; ella misma estaba debilitada, pues acababa de parir; fue en esa ocasión en que se encontró por primera vez con Thome Reid.

— ¡Sancta María! Elizabethdijo la aparición — ¿Por qué te angustias y lloras tanto por cosas terrenales?

— ¿Es que no son razones suficientes como para estar desconsolada? le respondió Elizabeth. Mi marido y mi hijo están a punto de morir y acaso yo misma fallezca.

  • Elizabeth–dijo en tono de advertencia el espíritu , has hecho enojar a Dios por pedirle demasiadas cosas. Es recomendable que estés en paz con él. Tengo que decirte que tu hijo morirá antes de que llegues a tu casa; dos vacas más morirán también; pero tu marido se recobrara y se pondrá fuerte y sano.

La mujer se sintió un tanto reconfortada al enterarse de que su hombre sobreviviría a la desgracia, pero un sentimiento de terror la invadió cuando vio alejarse a su fantasmal consejero y pasar por el agujero del muro del jardín, demasiado pequeño como para que un hombre vivo pudiera entrar por él.

La segunda ocasión en que lo vio, él le dijo claramente cuál era su intención y le prometió que, si renegaba de la cristiandad y la fe recibida en el bautismo, la colmaría de objetos bellos y le daría todo lo que quisiera. Ella contesto que prefería morir masacrada bajo las patas de los caballos antes que renegar de la gracia divina. Se conformaría con recibir el consejo del fantasma en asuntos menores. El espíritu se marchó enojado.

Después se le apareció en su hogar en pleno mediodía, cuando ella y su marido convivían con tres sastres del pueblo; sin embargo, nadie, excepto ella, percibía el fantasma del viejo guerrero. El espectro llamó a la mujer hasta un extremo de la casa para mostrarle la imagen de un grupo de ocho mujeres y cuatro hombres. Los espíritus la saludaron y le dijeron:

  • Bienvenida seas, Elizabeth Dunlop, ¿vendrás con nosotros?

Pero ella, siguiendo las instrucciones del viejo fantasma, se mantuvo callada. Esas personas comenzaron a hablar en una lengua extraña, diabólica, y al poco rato se fueron, dando unos aullidos repugnantes.

Thome Reid le explicó que aquellos eran los seres buenos, que habitaban en el país de los duendes y que la estaban invitando a unirse a su corte. Elizabeth respondió que tenía que pensar bien las cosas, pues todo era muy raro.

—- ¡Acaso no me veo yo saludable, bien vestido y alimentado’? pregunto el espíritu.

Si le dijo ella, pero debía reflexionar en que existía una obligación con su marido y los otros hijos que le quedaban.

-¡Si ese es tu sentir, pocos beneficios tendrás de mí! amenazó el espíritu.

Elizabeth Dunlop afirmó a la corte que el fantasma de Thome Reid la visitaba con frecuencia en su casa y en todas partes, ayudándola con sus consejos. Si alguien la consultaba acerca de la enfermedad de otras personas o del ganado, o de cómo recuperar objetos perdidos o robados, ella se lo preguntaba a Thome Reid y este le daba la respuesta exacta.

También le enseñó cómo, observar los efectos de los ungüentos que le daba para presagiar la recuperación o la muerte de los pacientes que la visitaban. Elizabeth dijo que el fantasma le daba hierbas de su propia mano, con las que pudo curar a algunos niños destinados a morir. Asimismo, salvo a una doncella, cuya enfermedad la hacía desmayarse seis o siete veces al día, pues Thome Reid le había dicho que «era la sangre fría que le llegaba al corazón» y le preparó un bálsamo especial con mandrágora, belladona, nuez moscada, alas de murciélago y colas de rata. Con ese asqueroso brebaje se recuperó por completo. Pero otra señora que tenía gangrena en la pierna no se salvaría. Thome Reid había dicho que no se podía hacer nada por ella, pues la médula del hueso estaba muerta y la sangre corrompida. No había hechizo para ese mal, excepto un pacto con el diablo, pero eso tenía que hacerlo ella misma, el no podía hacer nada.

Todas estas consideraciones nos hacen pensar en el buen juicio del fantasma. Cuando dictaminaba algo sobre los objetos robados, se pudieran encontrar o no, siempre aseguraba una buena reputación a la profetisa Elizabeth Dunlop.

La gente la buscaba para preguntarle todo tipo de cosas y pedirle raros medicamentos que ella debía preparar a medianoche y, algunos, a la luz de la luna llena, en el cementerio. Así creció su fama, hasta que la ley puso su dura mirada sobre ella.

Fue sometida a crueles tormentos para que diera más detalles sobre su demoniaca relación con el espíritu. Elizabeth solo atinaba a decir que, mientras vivió, Thome Reid fue conocido en esta tierra como el mayordomo del señor Blair y después como valiente guerrero; murió en una batalla por salvar a su país. Esto lo sabía de cierto, pues Thome Reid le había dado recados para sus hijos y otros parientes junto con pruebas incuestionables, para que ellos supieran que él, desde el mas allá, la mandaba con los mensajes para que se redimieran ante la fuerza de Dios.

Elizabeth dijo que el espíritu siempre se comportó de forma correcta, salvo al insistir en que la acompañara al país de los duendes. Les confió que el fantasma se paseaba por sitios públicos y que se lo habían encontrado en más de una ocasión en el cementerio; que se mezclaba con los vivos sin que nadie, salvo ella, notara su presencia. Thome Reid le dijo que había espíritus que solo ciertas personas podían ver, pero que todos verían alguno antes de morir…

Al preguntar los jueces a Elizabeth Dunlop si podía explicar por qué solo ella podía ver al fantasma, respondió que era por aquello que les había explicado anteriormente; luego recordó que el día de su último parto una mujer maciza envuelta en un aire irreal había entrado en la cabaña y se había sentado al lado de su cama, para decirle con voz de ultratumba que su hijo moriría y que su marido agonizante iba a mejorar.

La visita había sido antes de conocer a Thome Reid, quien después le explico que aquella persona era la reina de los duendes y que él se ocuparía de ella de ahora en adelante por mandato de su majestad.

Thome Reid le pedía constantemente que la acompañara al país de los duendes, pero como ella se negaba, él le advertía que se arrepentiría.

Después, Elizabeth Dunlop hizo una descripción de la horda fantasmal que había conocido en sus visiones inducidas por abominables pócimas…

Los jueces la condenaron por brujería y contacto con el diablo. Anotaron con temblorosas manos en el libro del registro:

«Bruja convicta, condenada a ser quemada viva frente al pueblo.»

 

Bibliografía

Balam, Alaric (2012). Cuentos Clásicos de Fantasmas. México: Editores Mexicanos Unidos.

Sir Walter Scott

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Este es uno de los más espeluznante espantos del que se tenga noticias, tiene como finalidad el hacer daño por efecto psíquico u otros medios de manipulación de terceros, el Anima Sola se presenta en forma de mujer de largos cabellos y atractivo rostro y tiene la finalidad de cobrar las velas de las Ánimas Benditas, pues en estos pueblos la gente acostumbra a pedir favores a las Ánimas y estas casi siempre le conceden los favores a cambio de que se tengan prendidas cierta cantidad de velas durante un tiempo antes prometido, de no cumplirse con esta contra prestación de los devotos, hace su entrada el Anima Sola; para recordar la deuda de una manera tenebrosa.

En Guatire, sector  las Flores del Ingenio; se cuenta que una señora devota de las ánimas, en una ocasión olvidó prender la prometida vela a pago de favores de éstas, esa noche tocaron a su puerta y resultó ser una amiga de la cual tenía tiempo no veía, para su desdicha e ingenuidad la invitó a pasar, al momento y una vez dentro la visita se convirtió en un celaje que recorrió –cual inmensa sombra negra– toda la sala, tomando a su víctima por los cabellos en repetidas ocasiones causándole grandes moretones, la señora aterrada se arrastró como pudo hasta el altar y prendió temblorosa un cabito de vela a la vez que pedía perdón por el olvidó, al momento la gran sombra abandonó la casa; dejando privada a la olvidadiza señora, quien desde entonces prende a diario gran cantidad de velas, aunque no haya nuca más pedido un favor ni dejado pasar a su casa visita alguna.

 

Bibliografía

Franco, M (2007). Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Publicado por Los Libros de El Nacional.

Esta aparición materializada en la figura de una mujer delgada, alta, de uñas largas y muy elegante, es considerada como una señal castigadora y reprobatoria de la mala conducta e infidelidades cometidas por los hombres.

Esta leyenda originaria de Los Llanos, data de la época colonial; sin embargo, hoy en día, todavía se escuchan “cuentos” de personas asegurando que han sido interceptados en algún camino por esta gélida y espantosa mujer.

Un habitante de El Regalo, haciendo referencia a su encuentro con La Sayona, nos contó que una noche cuando su esposa dormía, se escapó para visitar a su amante. En medio de su caminata, se sorprendió al ver que dicha mujer venía a su encuentro, pero caminaba tambaleante y su cabello era muy largo.

El hombre empezó a correr detrás de ella, pero al llegar a la puerta de la casa en donde vivía la mujer, ésta siguió de largo. El hombre extrañado:

“¡Pero bueno!, ¿qué pasa?”

Cuando volteó, se encontró con una mujer blanca y con los dientes como una hacha. El hombre salió corriendo y cuando llegó a la puerta de su casa, se encontró con la aparición nuevamente. Esta le extendió los brazos para estrecharlo, y así lo hizo.

Cuando el hombre logró soltarse, entró a su casa y oyó la voz de su comadre que le preguntaba:

“¿Compadre, y qué le pasó?, y éste le contestó:

– ¡Qué buen susto comadre!, dígame, salí un momentico a orinar afuera y me salió esa mujer…

– “Mire compadre, esa es La Sayona

– ¿No será que usted tiene cosas con otra mujer? Cuídese, yo que le digo…”

El hombre asegura que después de esta experiencia -aunque fue hace mucho tiempo-, nunca más le quedaron ganas de volverle a ser infiel a su mujer…

Otras versiones dicen que la intención de La Sayona es atraer a los hombres hasta el cementerio, sin que estos puedan verle el rostro, con la intención de aterrorizarlos al descubrir que han estado caminando en compañía de una calavera.

La Sayona tiene la particularidad de “desdoblarse”, esto quiere decir que puede presentarse como un perro, un lobo o como la mujer antes descrita.

Así que si eres uno de esos hombres, que disfrutas pensando que puedes tener varias mujeres, no te descuides, porque puede que un día de estos La Sayonadecida hacerte una visita…

 

Bibliografía

Franco, M (2007). Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Publicado por Los Libros de El Nacional.

La leyenda siguiente quizá quede como un relato más, en el medio guatemalteco, pero para un viejo chofer de ambulancias, no fue eso, es algo más profundo, una rara experiencia que mientras viva jamás olvidara.

Hacía pocos días que había pasado la revolución de Oc­tubre del año 1944 y una destartalada oficina, el casi centenario teléfono, sonaba con poca fuerza, con un Riiiiinnnnn, Rlllllnnnnn, aburrido y monótono. Con desgano lo tomó el guardián y con el clásico —Aló—, se inició una breve charla que daría complementos a una leyenda, que para una persona es la más pura rea­lidad. El grito del guardián sonó fuerte e impotente, despertando de su profundo sueño al piloto que cabezeaba sobre el timón de una vieja ambulancia, en un patio grande tan grande, como las deudas y las penas de nuestro personaje.

— ¿Qué pasa?, dijo el hombre que dormía dentro del arma­toste —yo me siento muy mal y con temperatura—, el hombrón habría la bocona desperezándose, estiraba los brazos y como muerto en agonía, enfatizó: —Allí esta don Tulio, él puede hacer la campaña, y además, está de turno.

Para colmo de males, la lluvia de Octubre, hacia estragos con su temporalito que se quitaba y volvía a aparecer con más fuerza. El guardián tomó un pedazo de hule viejo y echándoselo sobre la espalda, se internó hacia el viejo edificio en busca de quien nunca decía «No» a una emergencia.

Hay que recoger a un baleado, en la Villa de Guadalupe, dijo el guardián desde la puerta del garage. Don Tulio tomó su capona negra y sin esperar más tiempo salió disparado rumbo al sitio indicado corriendo como un demonio y con la sirena a todo volu­men, por las solitarias avenidas de la capital.

Cuando la llanta trasera se metía en un charco, don Tulio, picarescamente, miraba por el espejo hasta donde saltaba el agua con lodo, iba recordando su niñez, porque en esos tiempos de hambre, nunca jugó con una entretención, todo había sido solo «Lazo y Sebo», y de vez en cuando, hacia alguna travesura, aun­que ruborizándose porque ya era un hombre maduro.

El ulular de la sirena, se fue haciendo más notorio al pasar por el relleno de la 12 avenida, rumbo al Barrio de San Pedrito, aquella sirena daba la impresión que era la llorona, viajando por el espacio en busca de su hijo, Juan de la Cruz. La noche era negra, y el viento se dispersaba sobre los techos de las cobachas, queriendo desclavar las láminas oxidadas.

Cuando pasó por la Guardia de Honor, el soldado de turno le dijo adiós, y el contestó el saludo con un apagón de las luces delanteras, que al empapado indígena le parecieron caídas de-ojos de una sirvienta mofletuda de Cobán. La ambulancia siguió su camino con grito fúnebre, pidiendo vía libre en las mojadas calles; allí los charcos eran más grandes y los saltos igual; los escasos cha­lets fueron quedando atrás, uno tras otro, uno tras otro, con todo y sus árboles y predios baldíos, llenos de matas de higuerillo, flores de muerto y guías de güisquil.

Ya había llegado, mejor dicho, estaba entrando al lejano barrio de La Villa, y efectivamente, allí estaba un grupo de curio­sos, haciendo rueda a un hombre caído, lo peor del caso fue que, cuando el bajo de la ambulancia, del grupo aquel no había ni un alma, únicamente el hombre con un uniforme militar, tirado en el suelo, quejándose de una herida en el estómago.

Don Tulio abrió rápidamente la puerta trasera de la ambu­lancia, y cargándolo en peso, lo subió, colocándolo cuidadosa­mente en la camilla, sujetándolo con unos cinchos especiales.

—Por favor, rápido, que me estoy muriendo —dijo el militar al humilde servidor que hubiera querido tener alas para volar y trasladarlo al hospital más cercano.

El viejo vehículo marcaba 100 Km. por hora, ya no daba más, pero don Tulio, parecía ir despacio porque palpablemente miraba que el hombre desangraba más y más, a cada instante; a pesar del ruido del motor, escuchaba sus quejidos claramente.

El aparato parecía que iba a cobrar más fuerza, cuando don Tulio pisaba el acelerador, ahora tomando por la Calle Real de la Villa, para salir al Obelisco, y la Avenida de la Reforma, por fin el motor de mil batallas respondía y allí iba nuevamente como un bólido dejando su estela de humo y sus gotitas de aceite quemado, que en el agua, daban colores al charco, que iba quedando atrás, lejos muy lejos.

De pronto y cuando ya cruzaba por la Calle Mariscal Cruz y 7a. Avenida, noto que los quejidos se fueron eliminando. Don Tulio pensó en un desenlace fatal. Echó un vistazo, y vio el cuerpo inerte que, únicamente lo movía el sangoloteo del vehículo. A los Locos momentos principió nuevamente, el hombre a quejarse, y esto hizo pensar a nuestro hombre que el paciente aún vivía.

Cuando pasó por la esquina de la 18 Calle y 7a. Avenida, tuvo que dar un giro violento, porque un borrachín se le atravezó imprudentemente, pero don Tulio, se jactaba de ser muy buen piloto, tener buen timón, y la emergencia fue salvada con pericia inteligencia.

Cuando llego al crucero de la 10a. calle y 7a. Avenida, un muchacho de la Guardia Cívica, le dio la vía, señalándole con el fusil en la mano, que podía pasar, sin ninguna pena, las llantas chirriaron en el suelo y caminando cuesta arriba en poco tiempo llego a la emergencia del Hospital, donde solicitó ayuda para bajar al herido, pero primero pensó en abrir la portezuela trasera, y después llamar al enfermero de turno. Casi se va de espaldas, cuando vio con sus ojos grandes, que no había nadie, únicamente la camilla, como él la había dejado, atada con fuerza, y en el sitio donde originalmente estaba.

— ¿Qué pasó?, dijo el enfermero, tan flaco y cadavérico, que hizo saltar a don Tulio, que no salía de su asombro, pero que reponiéndose le contesto:

—No es nada, mi querido amigo; chispas del oficio que suelen suceder.

Sin comprender aquellas palabras el enfermero se retiró del lugar, y don Tulio hizo lo mismo con su ambulancia, perdiéndose en las céntricas calles de la capital.

Cuando llegó a la oficina, su jefe superior le esperaba, con una cara de no muy buenos amigos, increpándole su manera de proceder al abandonar sin previo aviso y sin mediar motivo, su trabajo, con todo y la ambulancia.

Don Tulio vio al guardián de pies a cabeza y con mirada in inquisidora, casi temblando de rabia, le dijo:

  • ¡Acaso no fue usted, el que me dijo que recogiera un herido en la Villa de Guadalupe!

Ante las facciones de don Tulio, todos se quedaron espantados, y creyeron lo que el hombre decía. De una de las ambulancias aparcadas en el patio, salió un anciano chofer, que callando a todos les dijo:

  • Aquí nadie tiene la culpa, no es la primera vez que sucede, el llamado a don Tulio por parte del guardián, no fue más que una alucinación, y lo que vio más tarde es el desenlace de algo que nunca olvidara mientras viva, a mí me sucedió hace una semana y me quede callado, ahora le ha tocado a don Tulio, quizá mañana le toque a otro chofer de ambulancia, porque el espíritu ha quedado allí, eternamente.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

  • Juan Reynelas, presente… Agustín Poca Sangre, presen­.. Juan José Najarro, presente…

Había sido el último de la lista, y precisamente esa mañana causaba alta en el primer cuerpo de la Policía Nacional, los es­tudios en la escuela los había ganado con buen punteo y el que llegaba a policía en tiempo de Ubico, no era tan tonto. Juan se afamaba de pertenecer a la Policía Nacional y no cabía de orgullo en su pulcro uniforme, luciendo sus polainas bien lustradas.

Siempre que pasaba por el barrio del Gallito por las noches, cuando los muchachos se reunían en las esquinas, con voz impos­tada y varonil les decía: —ya van a dar las nueve muchachos, es mejor que se vayan a dormir, porque si regreso y los veo donde mismo, me los llevo al cuartel.

La generación de 1930 era sumisa y no contestaba, el pequeño grupo se dispersaba y cada quien para su casa sin chistar palabra.

El policía Juan José Najarro, seguía cumpliendo con su deber en las solitarias calles del Gallito, donde solo su silbato se escuchaba que rompía el silencio y la paz imperante. Los únicos maleducados eran unos perros que a lo lejos aullaban. Juan José imaginaba que estaban viendo espantos, y por eso lo hacían; seguía empujando las puertas para cerciorarse si estaban bien cerradas, al hacer presión en una, la mano se le fue. Tocó para que la cerrarán bien. Cumplida la misión, tomó una de las calles del barrio y volvió a pasar por la misma esquina donde ya ni un alma había.

A lo lejos una mujer con paso apresurado llegaba en sentido contrario.

  • Buenas noches, dijo el policía; enfatizando – ¿le puedo servir en algo?

La mujer buscaba una farmacia y el agente la acompaño hasta la 13 Calle y 6a. Avenida, en una farmacia cercana compró la medicina, el policía la esperó en la esquina, la dama regresó y emprendieron el camino de regreso a lo largo de la 14 calle rumbo al Gallo.

Poco o nada hablaba la enigmática mujer, que él acompañaba cumpliendo un servicio, que distinguió a la policía de aquella época. Juan José rompió el silencio.

— ¿Exactamente en qué lugar vive Ud.?

La mujer se quedó sin responder, pero a los pocos momentos le dijo:

—En el Gallo.

El taconeo en la banqueta se escuchaba a varios metros a la redonda, pero lo peor del caso es que, sólo el taconeo de los relucientes zapatos del policía se notaban. La mujer que el gendarme acompañaba, más parecía que iba caminando en el aire. Juan José, con disimulo le vio las puntas de los zapatos, pero el amplio vestido no se lo permitía. Apresuró el paso, y la mujer como si fuese un globo, seguía caminando a su vera flotando en el espacio.

Por un momento el policía, a pesar de la compañía, se sintió completamente solo en la 14 calle, aquella noche, para colmo de males, ni un alma se miraba, y únicamente los gorgo­ritazos de otros gendarmes sonaban a lo lejos confundidos con el ladrar de perros y el canto lúgubre de los grillos.

Cuando llegaron a las inmediaciones del extinto «Llano de Palomo», el cumplido celador del orden sentía que las piernas le pesaban toneladas y la lengua se le hinchaba como morcilla compuesta.

Todavía caminó como diez metros con la muchacha, cuando de pronto vio que se le adelantaba y poco a poco se fue esfumando en el espacio.

Al gendarme de nuestro cuento lo levantaron otros policías hasta el otro día muy de mañana, siendo arrestado por abando­nar el puesto, y esto que le narró a otro compañero, al cabo de los años me lo contó, para que yo lo publicara en mi programa.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Hoy la zona 5 y especialmente el Barrio de San Pedrito, se yergue majestuoso con calles asfaltadas, modernos edificios y colonias residenciales, ¡qué lejos están los días cuando los abuelos celebrando las festividades de San Pedro hacían el viaje hasta la aldea lejana bajando por la Barranquilla, sitio donde hoy está ins­talado el Estadio Mateo Flores, pasando a un lado de la «Palma», sitio que ocupaba la residencia presidencial del licenciado don Manuel Estrada Cabrera, hace más de 60 años!

San Pedrito era una aldea con su iglesia y su tradicional ceiba centenaria. La que aún observamos en el parque, frente al Templo, inmenso árbol que escondió a más de un perseguido por la policía en aquellos tiempos románticos, uno de los fugitivos fue

FROI­LAN JUAREZ, que ante el acoso de la policía cabrerista, durmió muchas noches en dicho árbol legendario.

La aldea de San Pedrito se distinguió por sus ladrilleras y fábricas de adobe, de buen barro resistente, duro e impenetrable, nadie imaginaba en esos dorados tiempos que con el correr de los años, la pacifica aldea sería un barrio más de la gran ciudad. San Pedrito era una aldea, contó con su alcalde, alguaciles y ronderos, también con su cementerio propio que estaba instalado más o menos a la altura de la 31 Calle y 21 Avenida de la zona 5, extendiéndose hasta las inmediaciones de donde hoy está la colonia 20 de Octubre. Frescas en la memoria de algunos abuelos, están las fiestas del patrono de San Pedrito, cuando los platillos típicos de la época alternaban con el guaro de olla, jocote y nance, puestos a la vista del cliente, en limpios petates nuevos, para ser degustados al momento.

Cuentan por allí, que los sampedranos tenían fama de pen­dencieros, que había un decir popular, después de las festividades de la aldea, que más o menos era el siguiente: «Hoy la feria estu­vo triste porque sólo hubo dos matados».

O sea que, como en el viejo Oeste norteamericano —valga la comparación—, el guapo de la Parroquia, ven la directamente con navaja en mano a buscar al guapo de San Pedrito, para tirarse unos puyones.

El menos diestro, salía con los pies por delante, y el otro, derecho a la cárcel, o se esfumaba para siempre. La Avenida de La Barranquilla fue única por su desfile de damas, que a pie, o en carruaje, asistían a las festividades de San Pedrito, con sus enaguas limpias y enyuquilladas, que contrastaban con el lodo que las llu­vias formaban en sus estrechos callejones.

Pues, lo que hoy les cuento, sucedió precisamente para una feria de aquellas, y nuestra leyenda principia en un pequeño es­tanco de licores que abarrotado de personas daba servicio a los enfiestados vecinos.

Jacobo Suchité era un hombre medio indígena, medio la­dino que bebía con un grupo de amigos en el Fondin de referencia. Cada media hora sacaba su reloj del bolsillo del chaleco, para ver la hora, pero no lo hacía tanto por la hora, sino más bien para que vieran que tenía reloj, que esa noche le estrenaba.

Jacobo era un hombre del pueblo campesino, y solo cuando había ocasión se ponía saco y pantalón, de jerga momosteca, azul chillante, camisa blanca y pañuelo colorado atado al cuello, descalzo y con los pies bien limpios. El sombrero también era fino, y se lo echaba por un lado para darse más personalidad. A pesar de que ya era casado, chuleaba a las mozas del estanco que presurosas servían cerveza de barril o guaro blanco.

La recordada música de carreta, que tanto gusto a los abue­los, lanzaba sus notas al aire, y los valses de Strauss iban dejando en el ambiente su complemento de alegría y sabor vienés.

Jacobo seguía viendo la hora y presumiendo con el reloj de bolsillo. Los amigos se dieron cuenta de la presunción de Jacobo, y no dejaron de darle alguna coba por su actitud.

—Bueno señores, me esperan en mi rancho, yo «creyo» que ya es hora de irme a recoger, dijo Jacobo, levantándose de la mesa. Un campesino, viejo, que estaba a su lado, con voz aguardentosa, únicamente alcanzó a decirle:

— ¡Cómo va a ser eso!, la mejor mula se me está echando.

—Lo siento Saturnino —le dijo—, pero me tengo que retirar, porque yo sé hasta dónde mi cuerpo aguanta. A todos les dio la mano y se retiró del estanco, no tan bolo que digamos.

Había caminado como dos metros, cuando Saturnino volvió a la carga y les gritó:

  • ¡Cuidado con la Chuchitera! Las risas de los amigos se confundieron con las notas mal ejecutadas de una marimba vieja, que trataba de sacar El Barreño.

El bullicio de la fiesta se fue quedando atrás y por las vere­das emprendió el regreso, rumbo a su ranchito. En aquellas vere­das, únicamente el croar de las ranas y el canto de los grillos se escuchaba, una que otra zumbadora se le atravesaba, pero Jacobo listo con el corvo, las apartaba de un planazo.

Como a los diez minutos, pasaba la puerta principal del ce­menterio de la aldea, y no habiendo otro camino, por fuerza tenía que atravesarlo, pero él lo había hecho tantas veces que muy acostumbrado estaba, como buen campesino, no sentía miedo para caminar de noche, en medio de un camposanto.

Ya casi salía del cementerio, cuando diviso la silueta de una mujer del campo, con su manto, vestido largo, blanco y el canasto en la cabeza, con la luz de la luna se ayudó a ver la hora y por mo­mentos pensó que el reloj se había parado y la campesina era una de las que madrugaban rumbo al mercado de Guatemala.

Se fue acercando más y más a la mujer del canasto y cuando ya estaba cerca, esta le ofreció algo de lo que en él llevaba.

  • ¿No compra chuchitos? Van calientitos y sabrosos, señor.

Inmediatamente recordó que a su mujer no le llevaba nada y que era buena oportunidad para comprarle algo, y contentarla por llegar tarde.

—Deme cinco de los más grandes, dijo Jacobo a la mujer, que bajó el canasto, y despacho los chuchitos, únicamente se los entrego y se marchó presurosa por la vereda del cementerio, Ja­cobo le gritó dos veces, pero esta se desapareció en las sombras de la noche.

Lo caliente de los chuchitos quemaba las manos de Jacobo, que contento con la ganga, siguió el camino a su rancho.

Cuando llegó, como era lógico suponer, todos dormían y solo su esposa le esperaba impaciente con el jarro de café, entre las brasas del polio.

Por eso no to cambio Chinta, le dijo a su esposa abrazándola y entregándole el pequeño paquete con los chuchitos que aún se notaban calientes. Doña Jacinta, para contemporizar con Jacobo, fue a la cocina a traer una escudilla para colocarlos y comerlos junto a él, pero cuando regreso, vio que con una expresión de asco los sostenía en las manos. Aquellos chuchitos, minu­tos antes, calientes, hoy se tornaban fríos, y en lugar de masa y recado, contenían tierra del camposanto, flores de muerto y hue­secillos humanos.

—Que Dios nos ampare, dijo Jacobo, lanzándoles lejos del rancho, y sosteniendo a su esposa que temblaba como una engo­mada.

El resto de la familia se levantó de sus camas y acudieron a prestarle auxilio a doña Jacinta, faltaba poco para que amane­ciera y los gallos desde su escondite iban saliendo para informar con su canto mañanero, a los cuatro vientos, que otro día princi­piaba.

Un grito lejano se escuchó, más que grito, pareció una risa burlona de mujer loca. Esto basto para que Jacobo recordara las palabras de Saturnino, en la fonda de San Pedrito » ¡Cuidado con la chuchitera!»

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala