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Allá por el año 1180 de la era cristiana, el poderoso monarca inca Mayta-Capac se decidió a invadir el país del joven y arrogante príncipe Huacari.

Era Mayta-Capac el hombre impertérrito para quien no existen obstáculos invencibles. En cierta ocasión, hallándose en una de sus campañas detenido de improviso su ejército por una vasta ciénaga, empleo todos sus sol­dados en construir una calzada de piedra, de tres le­guas de largo y seis varas de ancho, porque el inca creyó un desdoro dar un rodeo para evitar el pantano.

Pero si Mayta-Capac era así, el joven Huacari no le cedía en nada en cuanto a orgullo. No iba el a permitir que invadieran su tierra impunemente, por lo que reu­niendo su escaso ejército, se enfrentó al invasor.

Huacari fue ignominiosamente derrotado. Gran par­te de los suyos huyó, con supersticioso terror, al verle construir a Mayta-Capac, como si fuera un ser sobrena­tural, lo que nadie había visto hasta entonces: un puen­te de mimbres a través de un río, para que, pasando por el todo su inmenso ejército, pudiera atacar con más facilidad.

Ante el inevitable desastre, el indómito Huacari reu­nió, sin embargo, a los principales jefes que le habían permanecido fieles, y unánimemente acordaron, en su desesperación, que era preferible y más honroso ence­rrarse en el palacio real y dejarse morir de hambre, como buenos patriotas, a entregarse al vencedor como unos cobardes.

Y cuéntase que compadecidos los dioses tutelares del país de la inmensa desventura del joven y pundo­noroso Huacari y de la lealtad con que se sacrificaron con él sus capitanes, a fin de que quedara de ellos, cuanto menos, el recuerdo, como en un monumento, los convirtieron a todos en las estalagtitas y estalagmi­tas de la caverna que hoy el pueblo conoce con el nom­bre de “La gruta de las maravillas”.

Porque maravillosas realmente, son las bellísimas y variadas irisaciones que continuamente se producen y reproducen allí.

Y hasta se dice que en una de las galerías que pue­den visitarse, se ve la figura del príncipe Huacari en actitud arrogante, como diciendo: “Antes morir que ren­dir vergonzoso vasallaje”

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A