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Tras unos cuantos “coroneles” que nos tomamos a la hora del aperitivo en el Palace Hotel, tripulando el auto de mi amigo Recaredo Palma, salimos, él, otros amigos y yo, de la Nueva Guatemala de la Asunción, con destino al lago de Amatitlán, una calurosa mañana del estío de mil novecientos veintiuno.

Cuando íbamos por la Majada, nuestro amigo Recaredo que, como buen chapín, siempre ha sido amigo de degustar la rica chicha de jocotes, propuso:

-Oigan, muchá, bajemos a la fonda “Los Tecolotes” a echarnos un trago de chicha de San Antonio Dueñas. Nunca está de más hacer un salto en el camino.

-Encantados –fue la voz general.

Nos bajamos a la fonda y allí pudimos observar que al compás de una primitiva marimba de tecomates un grupo abigarrado de indios bailaban el son.

Pero no fue el grupo de indios bailadores lo que llamó nuestra atención, fue uno sólo de ellos, de perfecto perfil maya, de pómulos salientes y de maciza envergadura, quien nos hizo fijarla con detenimiento. El indígena en cuestión estaba afirmado a un poste, y , teniendo abrazado a otro indígena, lloraba, hablaba, y, entre llanto y llanto, llevaba a sus labios amoratados el tecomate pletórico de chicha.

Siempre he sido un enamorado de conocer las intimidades de los indígenas, tratando de penetrar hasta el fondo de su alma que no la abren jamás ante el ladino. Mi madre dice que esta afición mía se debe a que nosotros los poetas siempre andamos a caza de motivos sentimentales; pero yo creo que ello se debe a una regresión de sangre india que heredé, a Dios gracias, de alguno de mis antepasados. Sea una u otra la razón que me impele, lo cierto es que me acerqué a ellos, sin que se dieran cuenta de mi presencia, y, escondido detrás de unas hojas de pacaya que adornaban el estanco, pude escuchar la siguiente confidencia:

“’.. Yo tenía un mi terrene en Mixque, vos, Juan Diegue, lo conociste; allí sembraba mi milpe; allí teníe mi ranche en el que vivíe el Maríe y mis chirices; allí tenía mis coches, mis gallinas y mi chuche flaque… Vieres qué bonite ere mi terrene, vos, Juan Diegue…

-¿Lo vendiste, José?

-Qué lu’iba a vender…, me lo robaren…, me dejaren sin nade…, fijáte vos… un díe, cuando le estaba preparando el col con los hueves al Maríe pa’que los juere a vender al mercade del pueble, llegó a mi ranche el patruye y me dije: hoy hay elecciones pa´tato presidento…, me sacaren a la juerce y tuve qu’ir. Llegames al pueble, vos, Juan Diegue, y frente al mese en que estaban el tato Jefe Politique y otros tatos más, vestidos de generales, habíe un cole de ishtes, tan grande como cole de masacuate, que estaban esperande dar el vote pa´tato Presidento..,. El primere que lu’hizo jué José Culajay, a quien le dijeren que cuando le preguntaren que por quién votabe, dijere por don julane de tal y a nosotros nos aleucionaron que dijéremos los mesme…

-Otro trague, Juan Diegue.

-Otro trague, José.

-… Cuando me llegó mi turne, yo pensé que por qué ibe a dar mi vote por ese don julane a quien ni siquiere conocíe, quien ni siquiere me comprabe mis hueves, ni mi leñe nunque; y como el del patruye me habíe diche que yo’ere ciudadane libre, despuse dar mi vote por don Lupe Castre, el dueñe de “Los Zacatales” qu’es el que le compre siempre los hueves al Maríe y mi leñe a mí; así es que cuando me preguntaron “¿Por quién votás, vos, José Jolón?”, yo dije que por don Lupe Castre, el dueñe de “Los Zacatales”, qu’es el que le compré los hueves al Maríe y mi leñe a mí…¿Y sabés qué me pasó, vos, Juan Diegue? Que el tato jefo dijo: llévense prese a este ishte brute pa’que rompiendo piegre en el camine aprende a votar…. Y me llevaren prese, vos, Juan Diegue… Y cuando me llevaben, el jefe del patruye decíe: numeráte los hueses, José Jolón, ya te chivaste, porque de allí no vas a salir vive, numerátelos pa’qu’e el Maríe los puede juntar cuando vengue a buscar tus pedaces…

-Otro trague, Juan Diegue.

-Otro trague, José

-‘.. Pero salí vive, Juan Diegue. Me dieren di’alte cuando el indulte del sante del tato Presidento…, pero cuando llegué a Mixque el terrene ya no’ere míe, ere del comisionade que mi’habíe mandade a romper el piegre y ya no estaben ni el chuche flaque, ni el coche, ni los gallines, ni el Maríe, ni los chirices. Pregunté por elles y me dijeres que si’ habíen muerte p’al epidemia del injluence…

-Otro trague, Juan Diegue.

-Otro trague, José…

-…Bebamos por la suerte del chuche en mise que tiene el indie…”

-Venite a tomar la chicha. No estés allí como guanaco viendo esa pareja de ishtos bolos. Parece que nunca hubieras visto indios –me dijo, interrumpiéndome en la captación de aquella confidencia dolorida la voz de mi amigo Zaldívar-. Vos siempre con tus cosas. Está bien hablar del problema del indio, y de formar la nueva raza con él, y reivindicarlo, e incorporarlo a la cultura, y hablar de todas esas cosas, pero cuando se anda de parranda, viejo, hay que dejar esa sociología barata en casa y estar dispuesto a tomarse un trago cuando los amigos se lo ofrecen a uno.

-Está bien, Zaldívar, venga ese trago; me lo voy a beber por tu comprensión,. Similar a la de nuestros gobernantes, frente a un problema de tanta trascendencia para nuestra raza como es éste del indio, alma mater de nuestra economía y de todo cuanto somos y pudiéramos ser.

Y yo, indio también, bebí copa tras copa, hasta quedar borracho como mis hermanos de sangre y de sentimiento, haciéndole confidencias a mi amigo Zaldívar.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa