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Con sus desgarradores lamentos interrumpe el silencio nocturno, en los más apartados pueblos de Venezuela. Cuenta la leyenda más conocida que La Llorona era una mujer española. Vivió durante la Colonia en un pueblo y tuvo varios hijos con un indígena. Sus hermanos se enfurecieron al descubrir tal aberración. Debemos recordar que para ese entonces se decía que los indígenas no poseían alma. Eran considerados animales, seres inferiores, de origen diabólico.

Los hermanos de aquella dama mataron a sus hijos y la casaron con un español. Pero la pobre mujer enloqueció y se escapaba en las noches de su casa. Vagaba por los campos suelto de largo pelo, en una amplia bata de noche, llorando lamentándose tristemente por la muerte de sus hijos. Los campesinos se angustiaban al oírla. Al poco tiempo murió de pena, pero los campesinos aún la escuchan. Algunos hasta la han visto arrastrando el peso de su tristeza por los campos de Venezuela.

Bibliografía

Franco, M (2007). Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Publicado por Los Libros de El Nacional.

Cuando más pegados a la falda de la madre estaban, nueva­mente el grito se escuchó, en las inmediaciones del potrero de Co­rona, «Es ella», —decían las buenas ancianas, que santiguándose, escondían a los patojos y hacían cruces de ceniza, en el suelo de la pieza.

El grito ahora nuevamente, se escuchaba más cerca y más cerca, posteriormente más lejos, lejos como en dirección a la Pe­drera, el grito terrorífico era complementado por el silbar del viento y el aullar de los perros de las vecindades.

—Menos mal que ya se fue la condenada. Ojalá no regrese jamás. Cuando dijo la última palabra, doña Chabela somató con el puño la mesa y por poco lanza al suelo la veladora que le tenían puesta a San Judas Tadeo.

  • ¡No es lo que to digo, pues!

—Lo muy menos, alguna desgracia va a pasar, porque la llorona ya está fregando nuevamente —ésto lo decía la otra anciana que temblando del miedo aun sostenía un cristo en la mano—. A la mañana siguiente en todo el Callejón del Judío, no se hablaba de otra cosa, el tema de La Llorona era la comidilla del día. Unos inventaban más de la cuenta, y hasta llegaban a manifestar que les había tocado la puerta y que en la pilona de su casa tan colonial, como el Cerrito del Carmen, había buscado con sus gritos destem­plados, a su hijo Juan de la Cruz.

  • ¿Dónde estás Juan de la Cruz? iAyyyyy! ¿Dónde estás Juan de la Cruz?

El grito se perdía todas las noches en el potrero de Corona, y se alejaba para volver en breves momentos. Los patojos, del puro miedo, dormían amontonados, y no soltaban el vestido amplio de la abuela, que los ponía a rezar el Rosario, mientras en el espacio, el grito clásico y tradicional, sonaba fúnebre y aterrador.

El único que no creía en tamañas tonteras, era el zapatero remendón del barrio, que atribuía la el grito a un pájaro nocturno.

  • No, don Pancho, no hay que creer ni dejar de creer, le decía Doña Chabela, cuando hacía los comentarios de lo acon­tecido la noche anterior, pero el zapatero, siempre en sus trece, no cedía ni un momento en sus teorías, de que el grito era un pájaro nocturno.

Las noticias del aparecimiento de La Llorona por los linderos del Cerrito del Carmen, cundieron por toda la ciudad y algunos vecinos llegaron hasta desocupar sus cuartos para irse a vivir a otro lado.

Cuando la noche iba cayendo con su manto enlutado, los temerosos vecinos se disponían a descansar. En el solitario Callejón del Judío, sólo el pito destemplado del policía se escuchaba, en la otra cuadra, de vez en cuando se saludaban con los ronde­ros que también cumplían la misión de «velar por el orden».

Con los naipes en la mesa, en medio del cuartucho, oloroso a cueros viejos, el zapatero platicaba con uno de los guapos del barrio de la Recolección, que jugaba con él una partida.

  • Ve vos, yo creo que mejor to vas porque no tarda en salir La Llorona, dijo burlonamente don Pancho al compañero.

El humo de los cigarrillos subía verticalmente y se estrellaba en el cielo de manta, pintado con cal, a cada movimiento que el viejo hacía, la cama rechinaba, como quejándose del peso que cargaba.

Al filo de la media noche terminaron de jugar a los naipes. Don Pancho invito al joven amigo, a tomar una taza de café ca­lientito y aromático, don Pancho seguía gastándole bromas al amigo y, este, sentenciosamente le contestaba:

  • iNo hay que jugar con fuego, ni escupir al cielo!

La carcajada del zapatero resonó como un latigazo burlón, que asusto a los patojos de la vecindad, que ya se habían dormido. Los gallos tristemente cantaban a lo lejos, y los gatos en brama, hacían lo suyo en los tejados, mientras que alguien les lanzaba agua hirviendo para que dejaran de estar haciendo burla.

Llegaron al climax las bromas del zapatero, que el amigo le apostó, a que él, solitario después de las 12 de la noche, no pasaba por el Cerrito del Carmen, mucho menos por las inmediaciones del Potrero de Corona.

  • —¿Qué apostamos?, dijo el zapatero, aceptando el reto y lanzando un escupitajo que aplastó con el pie; con mucha solem­nidad se colocó el saco, la corbata y tomó el sombrero disponiéndose a salir, cuando cambio de idea, y repuso: «Mejor cada quien toma por su lado y nos encontramos en la bóveda que da frente a la Iglesia del Cerrito.

El aceptó de buena gana y tomó por un lado, el otro bajó hacia el extremo para reunirse allá arriba donde juntos esperarían a la Llorona, uno creía en el ser inmaterial y el otro aseguraba que, solamente, era un pájaro nocturno que asustaba a los igno­rantes.

Sólo el sonido de los pasos se escuchaba en el solitario Callejón del Judío, mientras don Pancho proyectaba su ruta hacia el Cerrito del Carmen.

Llegó finalmente a una esquina y allí encendió un cigarrillo haciendo tiempo; con la esperanza de encontrar a los ronderos y jugarle una buena broma al amigo que ya subía por el otro extremo del legendario Cerrito.

Don Pancho aunque un poco viejo era un cantineador empedernido y no dejaba nada cuando de faldas se trataba y la ocasión le daban, vio palpablemente que de la casa de doña Cha­bela, salía una linda mujer, y hasta se había despedido con un adiós romántico y picaresco.

Don Pancho, ni lerdo ni perezoso, abordo a la joven dama que a esas horas, y en semejantes condiciones, ofrecía un blanco perfecto para que el Don Juan del barrio entrara en acción.

  • Buenas noches distinguida señorita, le dijo con voz varonil, el viejo zorro. ¿Cómo es posible que tan elegante dama ande altas horas de la noche, sin que la compañía de un caballero le haga más grato el momento?

La risita de la muchacha le dio más confianza a don Pancho, que se creció, brotándole de los labios mil palabras, que más o menos hilvanaba.

  • ¿Sabe señorita, que uno entre más viejo, más conocedor y respetuoso es con las damas?, amor de viejo es el más seguro. . . un patojo nunca se sacará nada de nada.

La risita de la mujer, seguía la corriente de que don Pancho hablaba como un perico. «Imagínese que esta noche apostamos con un muchacho; el cual puede ser mi hijo, a subir hasta la cima del Cerrito del Carmen y con mi valor, hacerle entender que no existe La Llorona; como quisiera que nos viera juntos para demostrarle que Ud. como mujer, anda a estas horas de la noche, solitaria y sin miedo, a ese ser que solo existe en la mentalidad de los miedosos».

Ahora la risa de la mujer, se tornó en frase de elogio para don Pancho, éste con presunción, ante la dama, solo se retoco el mostacho amarillento y oloroso a tabaco barato.

¿Le gustaría dar una vuelta conmigo?, dijo don Pancho a la mujer guapa, que acompañaba.

—Por supuesto que sí, Francisco, contéstole la muchacha que con sus facciones finas cautivo a primera vista al zapatero remendón.

Don Pancho no perdió oportunidad y le metió el brazo a la muchacha y principiaron a subir las gradas anchas del Cerrito del Carmen, por el final de la 12 Avenida.

El amigo con más miedo que valor, fumaba nerviosamente frente a la bóveda de la Iglesia del Cerrito del Carmen, y don Pan­cho no se asomaba por ningún lado, él había cumplido subiendo, y únicamente el escapulario que su santa madre le obsequiara, pendía de su cuello.

Como a la media hora escuchó abajo, el movimiento y los gritos de los ronderos que corrían de un lado a otro, y a cuatro que en una camilla, cargaban a un hombre inconsciente. Ya no esperó más, y bajo corriendo para ver que sucedía, una corazona­da le decía que a don Pancho, algo le había pasado, y efectiva­mente, su intuición no le engañaba, era don Pancho al que lleva­ban medio muerto y con la cara desfigurada, en una tosca camilla, rumbo al Hospital de San Juan de Dios, un galeno anciano, dudaba de que el hombre llegara vivo al Hospital, y los que cargaban, corrían para ganar tiempo.

Cuando pasaron por la Iglesia de La Merced, el pobre hom­bre solicito la presencia de un sacerdote porque presentía que la muerte ya se lo llevaba a un viaje sin retorno. El cura lo confesó y reconforto en los últimos momentos de su existencia, entre el grupo de gente y ronderos que allí estaba, identificó al amigo, y con voz entrecortada le dijo:

  • Cuánta razón tenías, no hay que creer ni dejar de creer. Fue lo único que alcanzo a decir, y hubo que llamar al juez de turno para que levantara el cadáver.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala