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EL José Cruz Zamora debía cinco ayotes pertenecientes a otros tantos cristianos que había mandado a volar espalda al otro potrero, y, sin embargo, jamás había conocido los rigores de la cárcel. .. ¡Era tan libre como el agua de la toma que baña los pies de mengala en la casa de la finca «El Sapuyul»!

Esta deuda macabra, que a otro que no fuera el José Cruz —hombre de pelo en pecho, como el mismo se llamaba— lo habría avergonzado y llenado de pena y remordimiento, cifraba para este ser montaraz que él era el José Cruz Zamora, oriundo de las tierras calientes de Chiquimulilla, el más grande de sus orgullos.

Recuerdo perfectamente, con caracteres que han quedado estereotipados en mi mente como queda el tinte de nij en las jícaras pintadas por nuestros indígenas, haberlo escuchado una tarde frente al corrillo que formaban los vaqueros delante de la fogata en que calienta la jarrilla de lata con el café, contar como se madrugó al Chon Velázquez, que le quería hacer sombra.

¡Me parece que lo estuviera viendo! Contaba esta aventura con la mayor naturalidad, como si se hubiera tratado de la ejecución de una obra de misericordia. Nos la relato en una de las esporádicas aparecidas que hacía por la finca, tras muchos meses de estarse escondido, como novillo cimarrón, entre los manglares, del Obero, que es un sitio cercano al Estero de Chiquimulilla.

La tarde esa en que lo relato estaba el José Cruz en cuclillas, rodeado por la admiración de todos los vaqueros que con sus gestos seguían el relato. Para ellos, el José Cruz era la personificación de lo que muchos habrían querido ser y que no eran, porque tal vez les faltaban «hígados», como dicen por allá. El José Cruz estaba, como repito, en cuclillas; con su corvo vizcaíno rasgaba la tierra: y con la mano derecha accionaba y daba colorido a su relato. Sus ojos de gato barcino, a ratos me parecía que echaban chispas, dándome la sensación de que tenía frente a mí a un tigrillo relatándoles una aventura a sus cachorros. Sus pómulos salientes se le inflaban, y hacían, entonces, que sus ralos bigotes se movieran agitadamente.

¡Extraño personaje este José Cruz Zamora! Era el vivo retrato del criollo montaraz, pendenciero y de mala entraña que tanto abunda en las tierras del Oriente. Don Nicanor, que era el único letrado que había en la finca, lo definía diciendo que el José Cruz era un «esquizofrénico».

Pero…, volvamos al relato y averigüemos, por sus propios labios, cómo se sopló al Chon Velázquez, que le quería hacer sombra.

«Van ustedes a ver, muchá, cómo jué”.

Estábamos en el estanco de la Lolita, allá en Taxisco, mucha, Lupe Cárcamos, Lolo Alméndarez, Chus Cansinos —todos amigos míos—, y este su «cuero», mucha, cuando llegó el Chon con los de su grupo. ¡Pa qué los vo’a engañar, muchá, hacía días que le llevaba ganas al tal Chon! Y le llevaba ganas, porque mi’habían soplado que se quería enredar con la Chusita, esa que tiene ojitos de «vení acá», la cajera del estanco; ustedes saben que José Cruz Zamora no permite qu’iotro beba en el ojo d’iagua donde él bebe…! ¡Ende hacía días que le quería armar camorra al Chon, y l’ocasión me la pintaron calva ese día! ¡M’ihabían dicho que era re difícil pendenciar con el Chon, pero pa’José Cruz Zamora — y que no se les olvide, mucha— no hay nada difícil, sobre todo si se trata de pelear!

¿Cómo l’arme el pleito? Pues, muy sencillamente: le ofrecí un trago de pura «cushusha», seguro de que no me lo’iba a acectar… y ansina jué… no me lo acectó. . . Entonces, siguiendo la ley de estas tierras, de que el que no le acecta a uno un trago es porque no quiere ser su amigo, le vacié la copa en todita la cara. El Chon se puso como «chichicúa» y sacó su cuete, pero como yo se qu’el que madruga pega dos veces, ya tenía el mío desenfundado, y de cuatro pepitazos de mi 38 me lo mande derechito al «otro potrero». . . Di una barajustada y saliendo de espaldas y apuntándoles con el cuete a los otros pa’que no m’hicieran nada, llegue hasta donde estaba mi bestia; me monte en ella, y, como alma que lleva al diablo, me juí a donde están mis manglares, que solo yo conozco. ¡Eso jue todo! ¡Desde entonces, el Chon ya no le volvió a decir chuladas, ni que lindos tenés los ojos, a la Chusita. ..! Dicen que cuando llegó la escolta con el Juez, a levantar al matado, el jefe dijo, sin que nadie le hubiera dicho nada antes:

—» A éste se lo sopló el José Cruz Zamora, señor juez; tiene los cuatro pepitazos en la frente como solo él los sabe meter…! «.

Claro que había sido yo: ¡pero nadie dijo nada! ¿No se lo estoy yo mesmo contando a ustedes, pues? , y por si lo dudan tuavía les voy a contar qu’en la noche juí al pueblo; y allí, en la «loza», vide al Chon, con la mesma cara de pajuil que tenía cuando vivo. Y que esta historia no se les olvide, mucha. Que les sirva d’ejemplo y que nunca se les vaya a ocurrir beber en el mesmo ojo d’agua donde bebe el José Cruz Zamora, porque les aseguro que se van p’al «otro potrero».

 

Don Lencho Santa Cruz Zamora, Licenciado en Leyes, de la Universidad Nacional, pero más agricultor que licenciado, y ahora dueño y señor de las trescientas y tantas caballerías que constituyen la finca «El Sapuyul», era tío carnal de José Cruz Zamora. Uno de sus mayores dolores de cabeza era este sobrino que le había dado una hermana, al haber tenido el descuido de enredarse con un español aventurero que llego al pueblo de Taxisco, allá por la época de sus mocedades. Don Lencho, que era un hombre de bien y de trabajo, ambicionaba ver a José Cruz hecho un hombre de bien. Vanas fueron las tentativas de don Lencho para lograr su objeto; ni halagos, ni regaños, ni amenazas fueron capaces de cambiar la individualidad tirada al mal de este su sobrino. Lo más que se había logrado era que José Cruz se portara como hombre de bien unos cuantos meses; pero cuando más contentos estaban todos de su buena conducta, hacía una de las suyas.

Hacía varios meses que José Cruz se portaba tan bien como una ovejita, cuando don Lencho, que nunca había ido «por hay», dispuso ir a dar un viajecito a las Uropas, haciendo lo que hacen todos los hacendados de nuestras tierras, que hipotecan la finca y se van a dar un verde al extranjero. Antes de hacerlo, llamó al sobrino, lo regaño, le dio consejos, le regaló unas cuantas bestias, y hasta le dejó una buena cantidad de reales, suplicándole que se portara bien, siquiera en recuerdo de la memoria de su madre. ¡Así se lo ofreció el sobrino!

Tranquilo por esta promesa, se fue don Lencho a su viaje. Su visión se quedó absorta ante la contemplación de los huertos californianos, que lo hicieron pensar que a su vuelta iba a hacer él en su finca unas lindas plantaciones de mangos, así como las hay de manzanas en California. Y no menos absorto se quedó al ver en los Inválidos la tumba de Napoleón. Pero su admiración fue momentánea, pues recordó de la que tiene don Justo Rufino Barrios, en el Cementerio General de Guatemala, y nadie lo sacó de su afirmación de que esta era mejor y más bonita que la del gran Corso. ¡Pobre don Lencho, no es que fuera chauvinista, sino que su acendrado amor a nuestra tierra lo hacía ver mejor todo lo de ella!

Durante su viaje, don Lencho no se olvidó de la parentela. A cada uno le trajo un regalito. En cuenta, al José Cruz, a quien le trajo una linda pistola comprada por el mismo don Lencho en una fábrica norteamericana. ¡Cómo se iba a olvidar don Lencho de su «dolor de cabeza»! ¡Malo puede ser el muchacho, decía don Lencho, pero al fin y al cabo, por sus venas corre sangre de la misma que corre por las mías!

Don Lencho puso en las manos de José Cruz el precioso regalo que dicen tenía pomo de concha nácar. El José Cruz lo tomo entre las suyas, acariciándolo como al hijo más querido de su alma, y dijo:

—Gracias, tió Lencho, por el cuete; está muy lindo. Pero, perdone: ¡uste si qu’es bien papo! ¿No se puso a pensar, cuando lo compró para mí que bien me lo puedo soplar a usté mismo con este cuete?

—Vos siempre con tus «guazas», José Cruz—le respondió.

Y después de darle unas cariñosas palmaditas en la espalda se despidió de él.

José Cruz estuvo ese día y quien sabe cuántos más, viendo y volviendo a ver la preciosa pistola con pomo de concha nácar. ¡Hasta llegaron a decir las malas lenguas que José Cruz ya no quería a la Chusita, su traída, sino que estaba enamorado de su cuete!

Una tarde venia don Lencho con rumbo a su finca, atravesando la montaña llamada del Cobanal, cuando oyó el estampido de un balazo, y sintió que le pasaba un proyectil rozándole la cabeza, por fortuna sin herirlo. Se apió de la bestia y, revolver en mano, se dirigió al lugar de donde aquel había salido. No había caminado cinco pasos, cuando de detrás de unos matorrales, vio salir la figura felina de su sobrino José Cruz, que le decía:

—¡El susto que me lo’hice pasar, tío! ¡Si era pura broma! ¡Tenía la cosquillita en la cabeza de ver qué cara pone un tío cuando uno se lo “venadea” con la mesma pistola qu’el li’ha regalado…!

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa