Tag: leyenda

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Y ahora, como esa complicada y a veces contradictoria mitología, se parece a todas en lo interminable y caprichosa, convendrá que pongamos aquí punto, mas no sin recoger antes una antiquísima leyenda sobre el diluvio, que los Brahmana, o sea, comentarios sobre los Vedas, dan a conocer, y que algunos dicen que es de fuentes semíticas. Tradúcela así G. Prampolini:

“Una mañana le llevaron a Manu (que es una encarnación de manas y por ello está considerado como el caudillo de la humanidad y el primer legislador) el agua que necesitaba para las abluciones. Al lavarse, se le vino a las manos un pececillo que le dijo: – Consérvame vivo y yo te salvare – ¿Y de que me salvaras?, – le pregunto Manu -. A lo que el pez contesto – Nosotros, mientras somos pequeños, estamos con frecuencia en peligro de muerte, porque un pez devora al otro. Al principio me colocas en un vaso; después cuando haya crecido y no quepa en él ya, ponme en un gran hoyo que caves sobre la tierra, y, por fin cuando ni en él quepa, llévame al mar, donde entonces ya estaré seguro de todo peligro”. En efecto, era uno de aquellos peces que creciendo llegan a convertirse en monstruos.

“Después añadió: – En el año tal ocurrirá la gran inundación. Tú entonces construye una nave y espérame: en cuanto empiece la inundación sal en tu barco y yo te salvare.”

“Cuando llego el momento anunciado, Manu siguió exactamente las instrucciones que había recibido: ató una gúmena a la trompa del pez que ya estaba allí presente, y se dejó llevar en su embarcación con rumbo a la montaña septentrional. Al llegar, dijole el pez monstruo: – Ya te he salvado. Ata la nave a un árbol y ten cuidado de que las aguas no se te lleven a ti y a ella a las montañas. Ve bajando después muy despacio, a medida que veas que el agua se retira…”

“Así lo hizo todo exactamente Manu, y he aquí que descubrió, maravillado, que la inundación lo había barrido todo, y que de aquella catástrofe él era el único sobreviviente.”

 

Bibliografía

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A

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Deseaba el emperador ing-Noang poseer la doncella de más perfecta belleza de todo su imperio; pero aunque hacía años que hiciera buscar, no le satisfacía ninguna de las que le recomendaban. Al fin alguien dio con una muchacha muy joven de maravillosa hermosura, que vivía muy retirada con su familia, y se la presento al emperador, quien tan prendado quedó de ella, que ya no quiso separarse más de su lado. Donde iba el emperador iba también su mujercita, y nada deseaba ésta que no lo obtuviera inmediatamente. Su familia fue distinguida con títulos de nobleza, y construyó una casa de oro con ricos miradores de jade para recreo de la afortunada favorita, cuya fama se esparció por todos los países vecinos. Tanto, que movió la envidia de uno de sus reyes, sumamente poderosos, el cual se propuso arrebatarle a la joven Ming-Noang, atacándole para ello con todo su ejército. Acabaronse los placeres de la paz: suenan los tambores; álzase el pueblo en armas; ruedan los carros de combate arrastrados por los caballos; una nuevo de polvo oscurece el horizonte, más allá de las ciudades…

El equipo imperial lleva ya recorridas más de cien leguas…de pronto se para…es que todos los que conducen se niegan a dar un paso más…es que, para ellos, entre la guerra con el extranjero por culpa de la codicia posesión de una favorita, y la muerte de ésta, no cabe duda: lo segundo se impone, en vez de sacrificar al pueblo por ella…y el emperador, acobardado, cede…sobre la tierra están ya esparcidas todas las joyas de la joven que va a morir, mientras aquel se cubro la cara con las manos, avergonzado, y llora desconsoladamente como una mujer, por no haber podido salvar como hombre a la que ama…

Al pie de una montaña, rincón por donde es raro que alguien pase, quedaran los restos mortales de la desdichada víctima, merecedora de mejor suerte y más valeroso enamorado, quien debió morir con ella. Cuando éste regresa a palacio, todo cuanto le rodea parece recriminarle y llorar la muerte de la infeliz joven, desde los tristes servidores hasta la naturaleza misma, que tan sonriente lo vio antes. ¡qué fría soledad reinaba ahora!

Pasan años y aunque el emperador no haya olvidado a la muerta, nunca en sueños ha podido ver su espíritu, según desearía; pero como él cree que los espíritus pueden evocarse, acoge con el mayor gusto el ofrecimiento que para su caso le hace un sacerdote de su religión. Dicele éste que, tras difíciles viajes de indignación, ha descubierto una montaña junto al mar en la que solo habitan inmortales mujeres, en transparentes pabellones que se elevan entre las nubes. Gozan del privilegio de inmortal belleza que aún conservan en su forma corpórea, llevando el mismo nombre que tuvieron en el mundo. Precisamente entre ellas ha hallado a la favorita, que no estaba más que dormida en magnífico lecho con cortinajes de hilos de perlas. Cuando es despertada en su sueño por el que le habla en nombre del emperador, ríe y llora a un tiempo, se interesa vivamente por todo lo concerniente a él, y muéstrase muy agradecida de que aún se acuerde de ella. Desde la separación de ambos, dice, ya no vivía más que en la eternidad. Pero ahora, da al inesperado mensajero, para que se los entregue al emperador, un alfiler y un brazalete de oro diciéndole: – “Si hay tanta pureza en el amor que por mi siente aún el emperador como lo hay en este oro, todavía podremos reunirnos sin que existan para nosotros fronteras entre el cielo y la tierra. Y, como ultimo encargo, decidle que se acuerde de que el séptimo día de la séptima luna, a medianoche, elevamos al cielo nuestro deseo de que nos transformara en él en dos pájaros que volaran siempre juntos, o, en la tierra, en dos entrelazadas ramas de un mismo árbol.”

He aquí lo que el supuesto evocador de espíritus le dice al fantástico emperador de la leyenda…y he aquí también como con ello nos da un símbolo de cuán superior al egoísta amor del hombre es el de una sencilla mujer, que, aún después de muerta, perdona y sigue amando al que permitió le quitaran la vida.

 

Bibliografía

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A.

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Un día de mayo del año 1433 en la época de Concilio Basilea, un grupo de eclesiásticos fue a pasear por un bosque cercano de la ciudad. Formaban aquél prelados, doctores, monjes de toda clase, y y discutían acerca de puntos difíciles teológicos, poniendo distingos, argumentando, acalorándose acerca de las annatas, las expectativas y las restricciones, empeñándose en averiguar si Santo Tomas de Aquino había sido mayor filósofo que San Buenaventura…¡qué sé yo! De pronto, en medio de sus discusiones dogmáticas y abstractas, calláronse, quedando como si hubieran echado raíces bajo un tilo florido en el cual se escondía un ruiseñor que daba al aire sus más melodiosos, sus más suaves, dulces y enamorados trinos. Todos aquellos sapientísimos varones sintiéronse maravillosamente emocionados, sus escolásticos corazones abriéronse a aquellas cálidas emanaciones de la primavera; despertaron de la abstracción glacial en que se hallaban sumidos; se miraron con sorpresa y arrobamiento, hasta que, al fin, uno de ellos hizo observar sutilmente que todo aquello no le parecía muy canónico, que aquel ruiseñor podía ser muy bien un demonio, y que ese demonio había venido a interrumpir y desviar su conversación cristiana por medio de sus seductores cantos, que les arrastraban a la voluptuosidad y al pecado. Entonces uso contra él el exorcismo que se acostumbraba…dícese que el ave contestó al conjuro: “sí, yo soy un espíritu maligno”, y tendió el vuelo sonriendo. En cuanto a los que le habían oído cantar, aquel mismo día enfermaron, no tardaron mucho en morir.

Bibliografía

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A.

Este hilo lleva contigo desde tu nacimiento y te acompañará, tensado en mayor o menor medida, más o menos enredado, a lo largo de toda tu vida. Así es que, el Abuelo de la Luna, cada noche sale a conocer a los recién nacidos y a atarles un hilo rojo a su dedo, un hilo que decidirá su futuro, un hilo que guiará estas almas para que nunca se pierdan…La leyenda versa así:

“Hace mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su presencia.

Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al meñique y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo. Esta búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con un bebé en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: «Aquí termina tu hilo», pero al escuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja, empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran herida en la frente, ordenó a su guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza.

Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor era que desposara a la hija de un general muy poderoso. Aceptó y llegó el día de la boda. Y en el momento de ver por primera vez la cara de su esposa, la cual entró al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente… Al levantárselo, vio que ese hermoso rostro tenía una cicatriz muy peculiar en la frente.”

 

Compartida por: Santiago

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Desde tiempos inmemorables, la ambición por el oro ha desatado las más fuertes pasiones, incontables conquistas y guerras, sueños, fantasías…leyendas. Pero, de todas las historias que han surgido alrededor del preciado metal, una en especial ha durado tanto tiempo y ha sido transmitida con tal recelo a través de tantas generaciones que, de repente, parece fundirse de manera muy sutil con la realidad. Es la leyenda de El Dorado, una tierra fabulosa llena de oro, en donde los rayos del chocaban maravillosamente con gigantescas maquetas oro y rivalizaban con ellas en su esplendor.

Según ha quedado escrito en la historia, cuando Francisco Pizarro llegó al Perú en 1530 a conquistarlo, los incas y emperador Atahualpa, le pidieron que, por favor, no los matara. Prometieron a cambio, llenar el cuarto en el que encontraban (que medía 22 x 17 pies) de oro, y la habitación próxima, de plata. Los incas cumplieron su palabra, pero conquistadores no lo hicieron, y al poco tiempo aniquilaron al emperador inca.

Comenzó a crecer la sed por el oro en el Nuevo Mundo los aventureros que llegaban a las nuevas tierras, organizaban las más arriesgadas expediciones en búsqueda de más y más oro. Atravesaron densas junglas, cruzaron ríos profundos, se adentraron en la selva más espesa, excavaron gigantescas montañas. ¿Por qué? Porque muchos de los indios que tenían cautivos les contaban la misma historia siempre había una tierra en donde el polvo dorado era inagotable. Al preguntarles los recién llegados por las direcciones para dar con aquel lugar, a veces la respuesta era «un poco más allá arriba»; otras: «un trecho más abajo». En ocasiones a izquierda, otras hacia la derecha…

Juan Martín de Albújar fue uno de los valientes hombres que, hechizado por tantas historias, se lanzó en la busque de la tierra maravillosa, junto con otros hombres más. Regresó, al poco tiempo, como único sobreviviente de la frustrada expedición. A su vuelta contó que estuvo cautivo en capital inca secreta, donde lo llenaron con preciosos obsequios de oro. Pero, desafortunadamente, nunca mostró los supuestos regalos ya que «los perdió en el viaje de regreso, donde tuvo que afrontar mil peligros y vicisitudes».

Pero quizás uno de los primeros en escuchar la leyenda preciosa de El Dorado, fue el fundador de Quito, Sebastián de Belalcázar, quien también había estado en la conquista del Perú. Un indio le comentó que había una tierra maravillosa en la que su rey, «El Dorado» —como lo llamó Belalcázar en ese día de 1535—, rociaba su cuerpo con el polvo de oro, antes de sumergirse en el lago sagrado de la montaña. Y de aquí tomó su nombre la historia que daría lugar a cientos de leyendas más, muy similares, con un personaje que todas tienen en común: el misterioso rey llamado El Dorado.

Fue un año después de que Sebastián escuchase la sor­prendente historia, cuando Gonzalo Jiménez de Quesada decidió ser uno de los pioneros en arriesgar su vida y la de 900 hombres más, con el fin de encontrar El Dorado. La expedición comenzó su búsqueda en la costa norteña de Santa Marta, Colombia, y siguieron hacia el sur del rio Magdalena. Aquellos hombres tuvieron que vencer las incle­mencias del tiempo, así como hacerse camino entre densos follajes sin más ayuda que sus machetes. La mitad del viaje lo anduvieron a pie por estas selvas; la otra, intentando cruzar el rio. Se enfrentaron contra animales desconocidos, bestias salvajes, serpientes y lagartos… pero no hallaban el sitio anhelado. Como si fuera poco, los hombres que hasta entonces no habían muerto víctimas de los anteriores obstáculos, afrontaron un enemigo terrible: la malaria.

Al fin alcanzaron la tierra de los chibchas, quizás pensan­do que habían dado con El Dorado, pero recibiendo muy pronto una desilusión. En vez de lingotes de oro y plata, alrededor del pueblo habían cultivos de frijoles y plantas. ¡No era lo que buscaban! Más de 700 hombres habían muerto en la expedición. Pero no serían los últimos que perderían sus vidas en la búsqueda de la codiciada tierra.

A lo largo de la planicie de Cundinamarca, los chibchas habían establecido sus residencias. Tenían impresionantes cantidades de sal, no de oro. Desilusionados, los españoles no sabían que hacer. Hasta que surgió una esperanza: los indios les contaron que, la sal, era igual de preciada para ellos pues la intercambiaban por el oro de El Dorado. La expedición recobro ánimos para seguir adelante. Se dirigie­ron hacia el sur, y encontraron un poco de oro y esmeraldas, pero no en las cantidades que ellos pensaban. Así es que vol­vieron a inquirir de los indios y a preguntarles: «¿Dónde está la ciudad más rica?» Y ahora les dijeron «hacia el norte». Allí encontraron algunas gemas, pero no oro. Finalmente se dirigieron al pueblo de Sogamoso, donde hallaron un tem­plo dedicado al dios Sol. Momias de los antiguos reyes chibchas eran honradas allí, y estaban adornadas con esme­raldas y oro. Cuando se les preguntó a los indios de aquella zona de dónde habían obtenido los preciosos ornamentos respuesta fue, como siempre, ¡de la tierra de El Dorado!

Entonces supieron que esa tierra se llamaba Guatavita, y allí se celebraba una ceremonia anual para honrar a Dorado. También llegaron a conocer que los habitantes esa zona, intercambiaban con los chibchas cuentas preciosas y oro a cambio de sal. Un indio tomó la palabra y, al escucharlo con suma atención, todos enmudecieron al oír deslumbrante historia:

«En Guatavita, la tierra del oro y la riqueza, había un gobernante, era un personaje enigmático que se vestía de ornamentos de oro y rociaba todo su cuerpo con polvo del precioso metal. Un día partió con parte de su sequito desde la costa de un lago, cercano a la zona, en una balsa de oro, a la tierra de siempre jamás. Su despedida fue preciosa, hubo música y grandes honores para despedirlo. Sus amigos y los sacerdotes principales le lanzaban maravillosos ob­sequios desde la orilla. Y él, el Dorado, se durmió en las aguas, mientras éstas deshacían el polvo dorado que le cubría…»

De inmediato, aún sin salir de su asombro ante aquella historia que sonaba tan verídica, se arregló un nuevo viaje. Ahora los españoles no se aventurarían solos: se aseguraron llevando a un indio de guía. «El lago» que éste les señaló era el agua del cráter de un volcán que ya no estaba en actividad. Estaba localizado casi a 9.000 pies sobre el nivel del mar. Luego de una búsqueda inagotable, los españoles tuvieron que claudicar. ¡No habían rastros de aquel personaje! Es cierto, encontraron algunas chozas, pero de los regalos lanzados al rey, de su balsa, de su cuerpo… ¡y del oro!, no había huellas.

Merece la pena hacer notar que Gonzalo Jiménez de Quesada no era un hombre ignorante, como para dejarse deslumbrar simplemente por una leyenda. Quesada era un oficial de mucho prestigio y alto rango; un hombre reconocido por su austeridad y sensatez. Lo que es más, él no fue el único en arriesgar su vida buscando la famosa tierra dorada. Como habíamos mencionado antes, Sebastián de Belalcázar, otro hombre de mucho talento y coraje, lo había hecho de igual manera y, curiosamente, casi al mismo tiempo. Mientras Quesada exploraba la planicie de Bogotá, Sebastián salía de Quito, en Ecuador, para buscar El Dorado, recorriendo el Valle del Cauca, Pasto y Poyotán.

Mientras tanto otra tercera expedición, dirigida por el alemán Nicolaus Federman, salió de Coro, en el Golfo de Venezuela, para explorar esta región. lban 400 hombres y, por más de tres años, merodearon las montañas a lo largo del río Apure, sin encontrar nada. Pero algunas curiosas coincidencias llaman la atención: saliendo de puntos comp­letamente diferentes, luego de vagar por tantos años, las tres expediciones estuvieron a punto de convergir en la planicie de Cundinamarca en 1539. Otro dato asombroso es el siguiente: a pesar de que cada uno de los grupos había afrontado diversos tipos de problemas —siendo el de Belalcázar el más aventajado de todos—, se había enfrentado a condiciones completamente distintas y estaban constituidos por un número diferente de integrantes, en el año en que culminaron las expediciones, quedaban 166 hombres en cada una de ellas.

Después de este suceso, otras expediciones más fueron realizadas en busca de El Dorado. Entre las más memorables se puede mencionar la encabezada por el hermano del Conquistador del Perú Francisco Pizarro, cuyo nombre era Gonzalo. En 1541 partió de Quito en unión de más de 4.000 indios y 350 españoles. A su regreso, decepcionado y con las manos vacías, Gonzalo Pizarro había perdido tres cuartos de sus hombres. En Lima, cerca de veinte años después, Pedro de Ursúa preparaba otro grupo de hombres para emprender Una nueva aventura. No obstante, durante el viaje uno de los integrantes de la expedición, Lope de Aguirre, conspiró contra Ursúa, y contribuyó, directa o indirectamente, a su asesinato. También fue responsable de la muerte de más de 80 de sus compañeros.

EI incansable y empeñado Quesada, no podía olvidar aquella hermosa leyenda, así es que en 1548, con una inversión de 200.000 pesos de oro, y la compañía de 1.500 indios y 1.300 españoles, emprendió un nuevo viaje que duró tres años y no dejó, a cambio, más que la muerte de 1.236 españoles y 1.496 indios.

Por más de cuarenta años, hombres de diversas culturas varios grupos étnicos recorrieron ríos y montañas, perdieron su dinero y, lo que es peor, hasta sus vidas, detrás de mismo ideal: encontrar El Dorado. La furia que desató contagiosa leyenda fue tal que se le llego, a llamar la fiebre del Dorado. Y, ya que muchos de los que le busca murieron muy pronto o terminaron en la ruina, también se llegó a hablar de «la maldición de El Dorado». Desde montañas de los Andes, hasta las riberas del rio Amazonas del Brasil, desde la actual capital de Trinidad y Tobago hasta la actual Lima; desde el Cauca hasta Manaus… Por Colombia, Brasil, Ecuador, Trinidad y Tobago, Perú, y Venezuela hasta las mismas Guyanas, miles de hombres recorrieron los terrenos tras una huella siquiera del misterioso rey del oro. La pregunta es ¿podría solo el esplendor de una leyenda tener un poder tan arrasador?

Los siglos por venir no extinguieron la fiebre desatada por aquella leyenda y, nuevamente, famosos exploradores reco­rrieron nuevas tierras (y, otra vez, las mismas), en el afán de alcanzar su sueño.

En 1780, Alexander von Humboldt estaba interesado científicamente en el Amazonas, así que realizó un viaje hacia esas tierras. Desafortunadamente, tribus salvajes lo desvia­ron de su meta y, sin quererlo, llegó a Cundinamarca, la tierra que dio origen a la famosa leyenda. Acampó en las orillas del lago Guatavita, el cráter del volcán donde los indios habían dicho, siglos antes, que El Dorado había partido. Humboldt vio la brecha que, hacia años, había hecho Sepúlveda, pero él no tenía intenciones de vaciar aquel lago. Pero muchos otros sí, y surgió nuevamente, desde el fondo de aquellas aguas, la fiebre del oro.

Se ha dicho que cientos de indios peregrinaban cada año hasta aquel lago, por casi un siglo completo. Cada uno de ellos llevaba ofrendas de oro a aquel lugar. Cada uno ofrendo, cuando menos cinco alhajas, así es que, si fuera cierta la leyenda, más de 500.000 objetos de oro estarían en el fondo de aquellas aguas. Estas creencias llevaron a una compañía inglesa, en 1912, a invertir más de 150.000 dólares en equipo para secar el lago. Lograron parcialmente su objetivo, sin embargo el oro obtenido en esas expediciones fue tan poco que, apenas si se cubrió una mínima parte de su costo.

Muchos han llegado a la conclusión que, después de todo, El Dorado, no fue más que una majestuosa leyenda que surgió en las preciosas montañas de América del Sur. Quizás un invento de los indios para que los conquistadores los dejaran en paz. Irónicamente, después de siglos de búsqueda y tantos sacrificios, mientras dos granjeros trabajaban en una gruta cerca del Lago Siecha, en Bogotá, encontraron una extraña figura de oro: una balsa muy fina, toda trabajada en oro, al centro su viajero principal: un hombre de oro, ¡quizás El Dorado!  ¿Simple casualidad o prueba de que, en algún lugar de estas tierras, y algún día, realmente existió un hombre que rociaba su piel con polvos dorados? ¿Que inspiró esta escultura, un personaje real o mitológico? Si se contestaran estas preguntas, sabríamos si los perspicaces y valientes conquistadores, así como cientos de exploradores británicos, alemanes, holandeses, franceses, etc., arriesgaron sus vidas (y las dejaron) corriendo tras un ficticio o verdadero.

En Colombia se descubrió plata, platino y esmeraldas, en las Guyanas, oro, bauxita y manganeso; en Venezuela se halló petróleo… Pero la leyenda de El Dorado no se logró descifrar. ¿Serán estas riquezas suficiente paga para todas las vidas que por eras fronteras quedaron perdidas? ¿Serian algunos de esos tesoros a los que se refería la leyenda india?

A veces, en algún precioso amanecer de alguno de lagos o los ríos de estas deslumbrantes tierras sureñas, los reflejos del sol juegan con las nubes y, en el horizonte, unos destellos dorados hacen piruetas en las cristalinas aguas. ¿Habrán sido estas escenas las culpables, las que realmente inspiraron tan legendaria historia? Para la gran mayoría, Dorado ya no es un misterio: fue todo fantasía. Sin embargo a veces un niño en el jardín de una casita de campo, excava con una pequeña pala, jugando a ser el descubridor de tesoro. Y todavía mas de algún turista, al estar cerca alguna de estas tierras, aprovecha un momento de soledad escarba un poco la tierra con la esperanza oculta, pero vibrante, de que no haya sido fantasía, de encontrar por lo menos, ¡un par de lingotes de oro! No cabe duda que El Dorado, mito, realidad, leyenda o lo que sea, sigue despertando sueños, sigue suscitando pasiones, ¡por algo se le considerado una fiebre, por algo es una leyenda latente!

 

Bibliografía

Álvarez, M. (1991). Grandes misterios de todos los tiempos. Colombia: Editorial América, S.A.