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Hacia fines del siglo xvi, ocurrió en América un atrevido episodio del que fue protagonista la famosa «Monja alférez», cuyo verdadero nombre era, en España, Catalina de Erauzo, de vascongado origen y dura como el hierro de aquellas montañas.

Había tomado el hábito de novicia, y estando a punto de profesar huyó del convento, se fue a América, sentó plaza de soldado, se batió bizarramente en Arau­co, alcanzó el grado de alférez con título real, y en los disturbios de Potosí se hizo reconocer por capitán en uno de los bandos.

También sirvió como soldado en los tercios de Chi­le bajo el nombre de don Antonio de Erauzo, pero desertó y, por su fama de camorrista y espadachín temible fue de todas partes expulsada.

Su última y menos conocida hazaña de aquella su turbulenta época, fue que cuando ya el verdugo iba a prepararse para ahorcar a aquel alférez, por numerosos crímenes que él no negó nunca, al confesarse con el cura e ir a comulgar, arrebató de pronto de manos de está la sagrada hostia, y echó a correr gritando:

¡A Iglesia me llamo! ¡A Iglesia me llamo!

Y entro en un próximo templo, dirigióse al altar ma­yor y arrodillándose depositó en el la divina forma, repitiendo lo que ya había dicho y que le otorgaba, según la ley, el derecho de asilo.

Tras ella iba alborotado el pueblo, sin atreverse a cas­tigar con las armas a quien, si bien había cometido un sacrilegio, obligaba a cometer otro mayor a quien qui­siera atacar al que en la mano llevaba la sagrada hostia y con ella penetraba en la iglesia.

El atrevido alférez estaba, pues, a salvo, de momento. Únicamente quedaba sujeto a la jurisdicción del obispo, un fraile agustino, que se dirigió al templo re­suelto a poner en práctica el duro castigo que se apli­caba a los autores de semejantes sacrilegios.

—Oidme antes en confesión —pidió el alférez al obispo.

Y concedida la súplica, la confesión fue tan larga, importante e inesperada, que terminó cogiendo de la mano el prelado al supuesto don Antonio de Erauzo, llevándolo a la portería de las monjas de Santa Clara, y tras una breve y secreta conversación con la abadesa, el desaforado criminal tuvo por cárcel el convento, bien cerrado y vigilado.

El asombro y las habladurías del pueblo fueron enormes; pero cuando los familiares del señor obispo le in­dicaron algo de lo que el pueblo criticaba, llegando a dudar de que estuviera en su sano juicio, el obispo se contentó con sonreír tranquila y seráficamente.

Pasó así algún tiempo, hasta que de Lima le envió el virrey unos pliegos reservados, tras cuya lectura hubo de partir hacia aquella capital del virreinato el supues­to alférez, conducido por una fuerte escolta.

Allí estuvo preso unas semanas, aunque también en un convento de monjas. Y, al fin, en el primer galeón que salió fue enviado a España aquel famoso camorris­ta, acerca del cual ya todo el mundo sabía que era una mujer maravillosamente disfrazada de hombre “en cuerpo y alma».

Por aquel entonces era el alférez un mozo de treinta años. Y, a pesar de lo imberbe de su rostro, habla sabido imponer respeto a los desalmados aventureros que, por estas fechas, pululaban en el Perú.

Al ser detenido vestía con cierto elegante desaliño. Sombrero con pluma y cintillo azul, golilla de encaje de Flandes, jubón carmesí, calzas de igual color con remates de azabache, y cinturón de terciopelo, del que pendía una espada con gavilán dorado.

Parece ser que “la monja alférez” de Esparta regre­só de nuevo a América sin que quisiera renunciar a su traje de hombre. Murió, ya vieja, en un pueblo de Méjico.

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

 

Aquel día su majestad el León salió como todas las mañanas a recorrer la selva.

—Yo soy el rey de los animales decía. — ¡Soy el Pangui que de un boca­do me trago un guanaco! ¡Oh!

–Buenos días, señor Pangui  — dijo en ese instante un grillo.

El León miró despreciativo al insecto.

–¿No me ha oído usted, señor Pangui? —  dijo el Grillo. ¿No conoce al Grillo que hace Kunning-Kuning?

¡Calla que me lastimas los oídos con tu chillido! — respondió el León. — ¿Para qué sirves tu que andas a brincos y saltos  gritando Kuning-Kuning? ¡Ten cuidado que de un piso­tón te deshago!

— ¿Por qué me desprecias, Pangui? ¿Qué te he hecho yo?

— ¿Qué me puedes hacer tu, Kuning-Ku­ning? — rugió el León, comenzando a amosta­zarse.

—Si quieres pelearemos, señor Pangui. Juntaré mis mocetones — dijo el grillo.

¿Tus mocetones? — Dijo el León — ¡Qui­siera verlos al lado de los míos!

—Fija el día de la pelea y los veras — respondió el Grillo, muy altanero.

Convinieron la hora y el sitio del encuentro y cada cual se fue por su lado en busca de mo­cetones.

El León llamó al chingue, al quiqui, al huiña, al huemul, al guanaco, a la nutria y al zorro.

El Grillo llamó al zancudo, la mosca, al moscardón, al tábano y al moscón.

Juntó un ejército de mocetones el Grillo.

En el día señalado, el León mando sus men­sajeros al Grillo; eran el Zorro y el Chingue.

—Aquí venimos de parte del gran Pangui a decirte que ya está listo para la pelea.

—Entiéndete con mis mocetones respondió, el Grillo.

Nombró de parlamentarios al tábano y a la mosca.

  • ¿Cuándo quieres la pelea? — preguntó la mosca.

—Ahora mismo ha de ser — respondió el zorro. — Y prepárense porque los vamos a deshacer.

— ¡Hagamos la prueba! — replicó el tábano.

Y en seguida se abalanzó sobre el zorro lo picó. La mosca no se quedó quieta y persiguió al Chingue. A corcovos, dicen que salieron los parlamentarios del campamento del Grillo y llegaron de una sola carrera donde el León.

  • ¿Qué hay de nuevo? — pregunto el León a sus mensajeros. — ¿Tienen miedo de pelear con nosotros?
  • Dicen que están listos, señor León. El Gri­llo tiene muchos mocetones reunidos y nos,

— ¡En marcha! — ordenó el León.

Y salieron en parejas todos los animales que el León alcanzó a reunir. La cancha para la pelea estaba situada a orilla del rio. Así lo había que­rido el León por si sus mocetones tenían sed.

Llegado el momento del combate, el León dió un rugido que fué coreado por los bramidos

y gritos de sus mocetones. El Grillo respondió con un sonoro: — ¡Kuning-Kuning!

Los demás insectos zumbaron y comenza­ron a revolotear en orden de batalla: la mosca, el zancudo y el moscardón iban al frente; formaban la retaguardia sus mejores mocetones: el moscón y el tábano.

Los animales avanzaron sin temor. ¿Qué iban a poder contra ellos los despreciables mo­cetones del Grillo?

Pero un segundo después comenzó la lamentación:

  • ¡Me pico un ojo! ¡Ay que se me metió a la boca! ¡Que ya no sé dónde estoy!

Mosca, Zancudo y Moscardón no daban tre­gua a los mocetones del León. Cercados por to-dos lados iban retrocediendo hacia el río.

  • ¡Calla, Grillo, que me aturdes! — rugió el León.

–¡Quiero aturdirte! — dijo el Grillo y se acercó tanto al León que lo hizo retroceder.

Pero el Grillo no callaba y, después de dar vueltas y más vueltas, se metió dentro de la oreja del León. Este se agitaba, loco de rabia, daba brincos tan altos e, al caer, se golpeaba

con las piedras y se hacía heridas enormes. Acudía la mosca y el moscardón y lo picotearon, el

zancudo le chupaba la sangre, el tábano lo lan­zeteaba.

Los rugidos del Pangui repercutían la selva; todos los animales abandonaban sus gua­ridas y huían a la montaña en busca de refugio. No hablaremos de los mocetones del León que, uno a uno, habían ido cayendo al rio y solo escaparon con vida los buenos nadadores. Pero a estos los perseguían los mocetones del Grillo.

El Pangui continuaba dando brincos peñas y rocas y, por fin, todo lastimado y ciego cayó al rio y las aguas se lo llevaron lejos, lejos, hasta llegar al mar en donde los peces se dieron un banquete con el cuerpo del orgulloso rey de la selva.

— ¡Eso te pasó por fanfarrón! — dijo Grillo al León. De esta fábula dicen que nació el refrán tan conocido entre los Araucanos:

«Mallma nguelayaimi».

Lo cual significa: «Fanfarrón no serás”.

 

Bibliografía

Santa Cruz Ossa, B. (1938). Leyendas y Cuentos Araucanos. Chile: Universo – Valparaiso.

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Para explicar el místico encanto que rodea esta preciosa isla chilena, poetas y soñadores han tratado de impregnar, en sus versos, lo que ellos piensan pudo ser la vida en ese terruño hace cientos de arios. Así lo explicó Métraux:»Uno se pasea por la cantera como si fuese domingo. Los obreros se han ido a la aldea; mañana volverán y los flancos de la montaña resonaran otra vez, al golpe de los martillos de piedra; se oirán las risas, las discusiones, los cantos rítmicos de los hombres que tiran de las estatuas».

La Isla de Pascua está situada en el Océano Pacífico pertenece a Chile, aunque está a 3.760 kilómetros del continente americano. Unos cuantos siglos atrás, esta isla fue hogar de una prodigiosa cultura, orgullosa de sus hazañas y sus proezas. Su gente se unió en una tremenda campaña de trabajo para sus dioses, y formó una sociedad independiente, en cuya esfera únicamente hubo lugar para ellos: era completamente autosuficientes.

Inexplicablemente, en menos de dos siglos esta sociedad tan organizada y unida se desintegro y la que otrora fuera una civilización compenetrada se convirtió en un caos total. Obras de arte, que tantos años y esfuerzo les costaron fueron destruidas brutalmente, se desataron guerras civiles y el canibalismo prevaleció. Sus cultivos fueron abandonados, su población de casi 10.000 personas pereció y, a dura penas, unos cuantos sobrevivieron. Tras construir el más grandioso complejo de estatuas religiosas (y el mas imponente) en el Pacífico, la gente de la Isla de Pascua comenzó a destruirlas y casi acabaron totalmente con su mundo.

A pesar de los muchos arqueólogos e investigadores que han estudiado el fenómeno que aquí sucedió, la Isla de Pascua sigue guardando sus secretos más caros, con todo rigor. Nadie ha logrado descubrir exactamente quienes fueron sus habitantes; aunque algunos creen que fueron polinesios, otros aseguran que eran indios suramericanos. Quienesquiera que hayan sido, no legaron a las generaciones por venir el secreto de sus estatuas. Se fueron si decirnos con que propósito las construyeron, y por qué lo hicieron en tan impresionantes tamaños; tampoco nos explicaron por qué las demolieron después. Al penetrar en el misterioso mundo de la isla chilena, nos invade una profunda curiosidad que, como el ambiente mismo que la rodea, se hace más intensa, y no nos deja tranquilo el entendimiento.

Esta isla es uno de los lugares más remotos del mundo queda a más de 3.500 kms de Chile, y a 4.750 de Tahiti. Ya que está tan remota, es, como la han descrito muchos «la isla más apartada del mundo», lo que alimenta la intriga que la rodea pues nadie se explica cómo llegó gente hasta allí o quien la descubrió. El Dr. William Mullo, inagotable investigador de la Isla, aseguró que quien haya llegado primero a esta tierra, tuvo que haber estado perdido, y no pudo ya salir de ella. De otra forma no se explica cómo alguien pudo escoger un lugar tan desolado y lejano para habitarlo.

En su apogeo, esta civilización trabajo arduamente con el fin de esculpir gigantescas esfinges para sus dioses. Estos monumentos lucen una plataforma que se cree fue un altar al aire libre, con figuras antropomórficas de sus dioses. Según algunos eruditos, estas imágenes estaban destinadas al culto de los muertos, lo que las convierte en verdaderos mausoleos.

Lo que más llama la atención en este lugar es la gran cantidad de plataformas extensas de piedra que en algunos llegaron a medir hasta 200 metros de largo y 4 ó 5 metros de altura. A estas plataformas se les llama Ahus y estaban destinadas a ser monumentos sepulcrales o plataformas funerarias, otros estaban construidos para tener Moais, las gigantescas estatuas de piedra que rodean la isla. En 1947 se hizo un «inventario» de estos tesoros arqueológicos, se encontraron en ese entonces más de 600 estatuas y 245 Ahus.

Pero los isleños que aquí habitaron no se limitaron construir altares y estatuas religiosas. A lo largo de los caminos de la población se pueden ir descubriendo ruinas prehistóricas construidas en diversas clases de roca. También hay tumbas y crematorios, torres cónicas que servían para marcar los terrenos, cuevas en las que residían, y hasta, incluso, jaulas construidas de roca, para las gallinas.

En el paisaje de la isla se destaca, a lo lejos, el volcán Rano Raraku, que como describiera el escritor Ron Fisher, parece una ballena echada en la playa, pero con una parte de su cuerpo mordisqueada. Generaciones de los antiguos habitantes de la isla, redujeron el volumen del montículo grandemente. Al oeste de él, fueron colocadas más de 55 estatuas, enterradas hasta los hombros, como fieles guardianes del misterioso volcán. Las rodea un aura fantasmal: los que las han tocado aseguran sentir un hormigueo en la mano como si una pequeña corriente eléctrica subsistiese dentro de la roca.

El primero en descubrir la isla fue el explorador holandés Jacob Roggeveen, quien llegó a ella el domingo de Pascua de 1722, y fue en honor a esa fecha que le dio nombre a la isla. Los isleños que allí encontró habitaban en chozas de paja, y a duras penas se ganaban la vida con los escasos cultivos de la tierra. El explorador cuenta que estas personas estaban llenas de tatuajes, los lóbulos de sus orejas estaban agujereados y estas estaban estiradas hasta los hombros.

Cuando un siglo más tarde otros exploradores visitaron el área, encontraron una población dispersa y escasa probablemente debido a los muchos años de anarquía y luchas internas constantes. Solo quedaban ruinas de lo que, alguna vez, fue una gran civilización, con una inolvidable cultura. Los pequeños grupos tribales vivían en constante rivalidad, muchos de los gigantescos monumentos fueron deliberadamente volcados, y los altares desmantelados. Algunos de los monumentos todavía estaban en pie a la llegada de estos exploradores; sin embargo, para el siglo. XIX ya ninguno quedaba erguido, todos habían sido volcados.

Con la llegada de los primeros exploradores, arribaron también a la isla los primeros explotadores, que llevaron cautivos a estos habitantes y los hicieron sus esclavos. Entre los prisioneros se encontraban algunos de los principales jefes de las tribus que, en tierras lejanas, perecieron, llevándose consigo el secreto de su arquitectura primitiva. Los pocos que sobrevivieron en el cautiverio (unos 100), regre­saron a la isla, pero durante el viaje murieron. Solamente 15 lograron llegar vivos, aunque con otra dificultad: habían contraído la viruela y llevaron esta epidemia a los pocos habitantes que quedaron en la isla.

Para el año 1877 la población original de la isla, de 4.000 personas, había sido drásticamente reducida a 111. Vivian en una miseria espantosa, y la grandeza de su civilización no era más que un recuerdo. Poco tiempo después, cuando los primeros chilenos llegaron a la zona y con ellos algunos misioneros, el cuadro era desolador: una generación entera que se había extinguido en menos de un siglo.

No se hizo esperar la llegada de antropólogos, científicos e historiadores que comenzaron a investigar incansablemente los misterios de la isla. Gracias a ellos muchos de los moais fueron restaurados a sus posiciones originales, los altares fueron catalogados y se rescataron muchos de estos tesoros arqueológicos. A pesar de que algunos moais han sido encontrados en varias islas polinesias, en ningún otro sitio estos tienen las dimensiones que alcanzaron los que aquí se construyeron, tampoco en cantidad tan grande.

Cuando los avances de la ciencia llegaron a la Isla de Pascua, encontraron azuelas y picos de piedra que habían sido desechados, aparentemente, de una forma apresurada. Su abandono sugiere que este minucioso trabajo paró, súbitamente. Al grupo de estatuas que fueron erigidas en el volcán Rano Raraku, se les llamó «Gigantes ciegos», porque las cuencas de sus ojos no fueron esculpidas. Algunos eruditos han asegurado que es probable que este detalle era trabajado únicamente después de que los moais fueran erigidos en los altares, «para que no vieran» el trabajo. Pero esto, como todo lo que rodea a la curiosa isla, es únicamente una suposición más.

A la llegada de los primeros exploradores les pudieron preguntar a los habitantes originales de la isla ¿cómo erigieron semejantes estructuras? Y los isleños les dieron respuestas precisas en cuanto al material, la forma de construcción, etc. Pero, cuando los interrogaron sobre el mayor de los misterios, en referencia a cómo hicieron para transportar semejantes moais, ellos simplemente contestaron: «No los transportamos. Ellos caminaron…»

En 1960 William Mulloy y su colega Gonzalo Figueroa, con la cooperación de un grupo de trabajadores, trataron de levantar siete estatuas de estas, cada una con un peso aproximado de 16 toneladas. Se tardaron mas de un mes incorporar la primera; la última, gracias a la experiencia con la que ya contaban, la pudieron levantar en casi una semana. Ellos han calculado que la transportación, construcción incorporación de Paro, uno de los cientos de moais, abarcó 23.000 dias y, quizás, igual número de hombres.

¿Qué motivó a estas personas a realizar tan arduo trabajo? ¿En dónde están las raíces de esta civilización? ¿Por qué un trabajo de gigantes (y quizás también para gigantes) se concentró en esta tierra de liliputienses? ¿Cómo hicieron para transportar semejantes esculturas? La isla chilena Pascua es uno de los misterios más maravillosos del pasado y del presente. Ante los cientos de interrogantes que se mecen en sus costas, al compas de las olas, solamente podemos especular y seguir esperando que, algún día, encontremos por lo menos un par de respuestas.

 

Bibliografía

Álvarez, M. (1991). Grandes misterios de todos los tiempos. Colombia: Editorial América, S.A.

 

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Desde los tiempos más remotos los araucanos dedicaban a sus hijos al alto de ejercicio de las armas; su habilidad en manejar el arco, la lanza, el hacha y la onda – únicas armas que en aquel tiempo conocían – era tan grande que todas las tierras de América fueron admirados y temidos.

Ni los Incas, cuyos Reyes poderosos y osados conquistaron territorios, ni otras tribus más salvajes y feroces lograron jamás someter a los hombres de Arauco. Nunca planta alguna extranjera pisó su noble tierra, nadie logró penetrar en el delicioso valle que era de todos codiciado por sus bellezas naturales, por sus ricos frutos y por sus minas de oro y plata.

Más he aquí que llegaron las huestes españolas. La formaban hombres blancos, que llevaban consigo armas de fuego, iban cubiertos de ricas vestiduras y hablaban en lengua extraña; aparecieron ante los indígenas como seres de un mundo sobrenatural.

  • ¡Son dioses, son dioses! – repetían llevan en la mano el rayo y el trueno, manda a los elementos y viven en el agua y en la tierra. ¡son dioses, son dioses!

Al principio los indígenas respetaron a los invasores como seres superiores.

¡Nada importa que saque en el oro y la plata en nuestro suelo! – decían los caciques.

A nosotros no nos hace falta nuestra tierra produce todo lo que necesitamos para vivir.

Los araucanos eran sobrios y nada ambicionaba. Obedientes, acataron la voluntad de los seres extraordinarios que habían llegado a su tierra en hermosas naves y que gobernaban el trueno y El Relámpago.

Más Los Invasores, ofuscados por el triunfo, la fama y la riqueza dieron en tratar a aquella noble gente con menosprecio y hasta con crueldad. Entonces se conmovió la hermosa tierra de Arauco y de su seno brotaron héroes sin cuento que trabajó en lucha a muerte con Los conquistadores.

¡No son dioses! ¡Son hombres como nosotros! – dijeron los nobles ulmenes. ¡Hemos sido humillados! ¡Levantémonos, hermanos! No habrá para nosotros descanso mientras no arrojamos al intruso de nuestra hermosa tierra.

Al momento partieron mensajeros a todos los rincones de la selva araucana citando a los caciques a una magna reunión. En ella debería ser elegido el Toqui – o sea el general en jefe de las huestes nativas.

Fueron llegando uno a uno los caciques acompañados de sus valientes guerreros y, reunidos todos en una vasta meseta, comenzó la deliberación.

¡Tengo a mis órdenes el mayor número de mocetones y estoy dispuesto a probar mis fuerzas con cualquiera de vosotros! – gritó Lautaro con voz estentórea.

Yo he de ser Toqui. Dispuesto estoy a Morir matando – alegó Purén.

Y a otros siguieron a los primeros hasta que se alzó la voz del anciano Lemolemo diciendo:

¡Valientes caciques, no os canséis hablando! todos sois valientes e iguales en linaje, probad la fuerza de vuestro brazo y aquel que durante más horas sostenga sobre el hombro, sin cansarse, un colosal madero, sea el que tenga derecho a dirigir en la lucha a los demás.

Todos acataron las atinadas razones del anciano.

Entre seis mosquetones fué traído un portentoso roble; tan ancho era su tronco que tres hombres con las manos enlazadas no podían rodearlo.

La prueba comenzó inmediatamente.

Paycabi, apuesto mozo de recia musculatura, fué el primero en entrar en la lid; echó El Roble sobre su hombro derecho y lo sostuvo hasta el mediodía. Le siguió Cayocupil sosteniendo el Madero sin sentir fatiga, por un tiempo inferior al primero. Otros muchos concurrieron y, cual más cual menos, todos demostraron ser resistentes y aguerridos.

Tucapel admiró a sus rivales soportando el peso del sol a sol. Pero hubo otro Lincoyán, que pasó un día entero sin dar muestras de cansancio. Y llegó la noche. Y despuntó la claridad del Alba y Lincoyán seguía con el madero al hombro. Sólo al mediodía, cuando llegaba el sol a la mitad del cielo, cayó el madero al suelo desde la espalda del fornido Araucano.

¡Lincoyán ha vencido! gritaron los presentes, caciques y mosquetones.

El anciano Lemolemo se aprestaba a pasar el hacha de piedra, signo de la primera dignidad militar, a Lincoyán cuando llega corriendo Caupolicán.

Llegaba solo, sin guerreros que lo acompañaran. Alto, fornido, de facciones varoniles, hábil diestro, sagaz y determinado cual ninguno, era Caupolicán de todos temido y a la vez adorado.

Llegas a tiempo para tomar parte en la gran prueba – dijo Lemolemo pero ya es tarde y todos descansaremos esta noche.

Al despuntar el día, comenzó la prueba Caupolicán tomó en sus manos el grueso tronco y se lo echó al hombro. Entró el claro día, el sol llegó a mitad del cielo y se puso detrás de los montes y llegó la noche. Caupolicán iba de un lado a otro y saltaba y corría sin demostrar cansancio. Volvió a salir el sol y pasó otro día largo. Llegó la noche y Caupolicán no soltaba la carga. Al cabo de tres días con sus noches, cuando el sol llega a la mitad de su carrera en el cuarto día, disparó Caupolicán el madero que fue a parar a dos lenguas del campo.

¡Salve, oh Toqui! – gritaron todos los presentes y, Lemolemo depositó el hacha de piedra en manos del vencedor.

Desde el mismo instante profiriendo su grito de guerra, salió la hueste araucana a combatir el extranjero bajo el mando del gran Caupolicán.

Él no conocía las leyes de la guerra, pero hizo sentir su brazo poderoso al enemigo que hubo de admirar su arrogancia y osadía.

Mas, envaleentonado con los triunfos de sus huestes, Caupolicán osó atacar al enemigo en sus propias fortalezas. Traicionado por un cobarde fue vencido por fuerzas superiores.

¡Yo soy Caupolicán, rey y señor de la tierra araucana! – dijo antes de entregarse – Yo amé a mi patria más que a todas las cosas, por ella viví y por ella muero. Mas, no por eso se rendirá Arauco. Muere Caupolicán, pero tras él vendrán otros Caupolicanes que libertaran a mi patria adorada, tierra de gentes nunca vencidas.

En el momento en que el bravo Caupolicán hablaba así, llegó un negro conduciendo una hermosa India que llevaba en sus brazos a un niño.

Traigo una prisionera que merodeaba por nuestro campamento – dijo el negro.

La prisionera se desprende los brazos que le sujetaban y, avanzando entre la multitud se acerca al sitio en donde tenían a Caupolicán atado a un poste.

¡Fresia! – exclama éste, reconociendo su esposas.

Sí, soy tu mujer exclama la brava araucana. – ¿y tú eres acaso el gran capitán que prometía arrojar de nuestro suelo al invasor?

¡He sido engañado, Fresia! Guarda a nuestro hijo, y enséñale a amar la tierra araucana.

No. ¡Toma, tu hijo! no quiero ser madre del hijo de un cobarde. Así habló aquella mujer, arrojando a su hijo a los pies del valiente guerrero.

La tradición nos ha transmitido este acto de crueldad de una madre para con su inocente hijo, pero nos muestra, en cambio, por entero, el amor patrio de la raza que pertenecía.

¡Y Caupolicán murió el tormento cruel ideado por los que no eran salvajes!

 

Bibliografía

Santa Cruz Ossa, B. (1938). Leyendas y Cuentos Araucanos. Chile: Universo – Valparaiso.