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Tras unos cuantos “coroneles” que nos tomamos a la hora del aperitivo en el Palace Hotel, tripulando el auto de mi amigo Recaredo Palma, salimos, él, otros amigos y yo, de la Nueva Guatemala de la Asunción, con destino al lago de Amatitlán, una calurosa mañana del estío de mil novecientos veintiuno.

Cuando íbamos por la Majada, nuestro amigo Recaredo que, como buen chapín, siempre ha sido amigo de degustar la rica chicha de jocotes, propuso:

-Oigan, muchá, bajemos a la fonda “Los Tecolotes” a echarnos un trago de chicha de San Antonio Dueñas. Nunca está de más hacer un salto en el camino.

-Encantados –fue la voz general.

Nos bajamos a la fonda y allí pudimos observar que al compás de una primitiva marimba de tecomates un grupo abigarrado de indios bailaban el son.

Pero no fue el grupo de indios bailadores lo que llamó nuestra atención, fue uno sólo de ellos, de perfecto perfil maya, de pómulos salientes y de maciza envergadura, quien nos hizo fijarla con detenimiento. El indígena en cuestión estaba afirmado a un poste, y , teniendo abrazado a otro indígena, lloraba, hablaba, y, entre llanto y llanto, llevaba a sus labios amoratados el tecomate pletórico de chicha.

Siempre he sido un enamorado de conocer las intimidades de los indígenas, tratando de penetrar hasta el fondo de su alma que no la abren jamás ante el ladino. Mi madre dice que esta afición mía se debe a que nosotros los poetas siempre andamos a caza de motivos sentimentales; pero yo creo que ello se debe a una regresión de sangre india que heredé, a Dios gracias, de alguno de mis antepasados. Sea una u otra la razón que me impele, lo cierto es que me acerqué a ellos, sin que se dieran cuenta de mi presencia, y, escondido detrás de unas hojas de pacaya que adornaban el estanco, pude escuchar la siguiente confidencia:

“’.. Yo tenía un mi terrene en Mixque, vos, Juan Diegue, lo conociste; allí sembraba mi milpe; allí teníe mi ranche en el que vivíe el Maríe y mis chirices; allí tenía mis coches, mis gallinas y mi chuche flaque… Vieres qué bonite ere mi terrene, vos, Juan Diegue…

-¿Lo vendiste, José?

-Qué lu’iba a vender…, me lo robaren…, me dejaren sin nade…, fijáte vos… un díe, cuando le estaba preparando el col con los hueves al Maríe pa’que los juere a vender al mercade del pueble, llegó a mi ranche el patruye y me dije: hoy hay elecciones pa´tato presidento…, me sacaren a la juerce y tuve qu’ir. Llegames al pueble, vos, Juan Diegue, y frente al mese en que estaban el tato Jefe Politique y otros tatos más, vestidos de generales, habíe un cole de ishtes, tan grande como cole de masacuate, que estaban esperande dar el vote pa´tato Presidento..,. El primere que lu’hizo jué José Culajay, a quien le dijeren que cuando le preguntaren que por quién votabe, dijere por don julane de tal y a nosotros nos aleucionaron que dijéremos los mesme…

-Otro trague, Juan Diegue.

-Otro trague, José.

-… Cuando me llegó mi turne, yo pensé que por qué ibe a dar mi vote por ese don julane a quien ni siquiere conocíe, quien ni siquiere me comprabe mis hueves, ni mi leñe nunque; y como el del patruye me habíe diche que yo’ere ciudadane libre, despuse dar mi vote por don Lupe Castre, el dueñe de “Los Zacatales” qu’es el que le compre siempre los hueves al Maríe y mi leñe a mí; así es que cuando me preguntaron “¿Por quién votás, vos, José Jolón?”, yo dije que por don Lupe Castre, el dueñe de “Los Zacatales”, qu’es el que le compré los hueves al Maríe y mi leñe a mí…¿Y sabés qué me pasó, vos, Juan Diegue? Que el tato jefo dijo: llévense prese a este ishte brute pa’que rompiendo piegre en el camine aprende a votar…. Y me llevaren prese, vos, Juan Diegue… Y cuando me llevaben, el jefe del patruye decíe: numeráte los hueses, José Jolón, ya te chivaste, porque de allí no vas a salir vive, numerátelos pa’qu’e el Maríe los puede juntar cuando vengue a buscar tus pedaces…

-Otro trague, Juan Diegue.

-Otro trague, José

-‘.. Pero salí vive, Juan Diegue. Me dieren di’alte cuando el indulte del sante del tato Presidento…, pero cuando llegué a Mixque el terrene ya no’ere míe, ere del comisionade que mi’habíe mandade a romper el piegre y ya no estaben ni el chuche flaque, ni el coche, ni los gallines, ni el Maríe, ni los chirices. Pregunté por elles y me dijeres que si’ habíen muerte p’al epidemia del injluence…

-Otro trague, Juan Diegue.

-Otro trague, José…

-…Bebamos por la suerte del chuche en mise que tiene el indie…”

-Venite a tomar la chicha. No estés allí como guanaco viendo esa pareja de ishtos bolos. Parece que nunca hubieras visto indios –me dijo, interrumpiéndome en la captación de aquella confidencia dolorida la voz de mi amigo Zaldívar-. Vos siempre con tus cosas. Está bien hablar del problema del indio, y de formar la nueva raza con él, y reivindicarlo, e incorporarlo a la cultura, y hablar de todas esas cosas, pero cuando se anda de parranda, viejo, hay que dejar esa sociología barata en casa y estar dispuesto a tomarse un trago cuando los amigos se lo ofrecen a uno.

-Está bien, Zaldívar, venga ese trago; me lo voy a beber por tu comprensión,. Similar a la de nuestros gobernantes, frente a un problema de tanta trascendencia para nuestra raza como es éste del indio, alma mater de nuestra economía y de todo cuanto somos y pudiéramos ser.

Y yo, indio también, bebí copa tras copa, hasta quedar borracho como mis hermanos de sangre y de sentimiento, haciéndole confidencias a mi amigo Zaldívar.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

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Dabale a Juan Mayén –caporal de la hacienda “El Caimito” y, según el decir “tres piedras” de todos los contornos desde Escuintla a Chiquimulilla- las últimas órdenes relativas a las faenas del día, cuando una mariposa negra, grande, de una dimensión aproximada a los veinte centímetros, pasó tan cerca de mí que rozó el ala gacha, como se usa en esas tierras, de mi sombrero tejano. Como un avión que llega al término de su viaje, la mariposa se introdujo a su hangar improvisado, que vino a ser el cuarto de mi abuelo Chema que estaba situado, precisamente, a espaldas mías, en el corredor en que me hallaba.

No di importancia alguna a incidente tan vulgar en nuestras tierras costeñas y seguí dando mis órdenes:

-Vos, Juan Mayén, te vas con tu cuadrilla a la quebrada del Tigrillo y me la hacés trabajar “macizo”, como me gusta a mí, hasta que quede bien limpia. Ya sabés que los trabajos me los hacen aprisa…

No pude continuar, pues al dirigir mi vista a Juan Mayén, observé, con sorpresa, que tiritaba como si fuera presa de los intensos calofríos que preceden siempre la llegada de las calenturas.

-¿Qué te pasa a vos, Juan Mayén? –le dije-. ¿A vos, Juan Mayén, que no temblás ni cuando montás por primera vez a las potrancas cerreras, que ahora estás temblando con sólo haber visto una mariposa negra? ¡Te estás poniendo viejo, Juan Mayén!. ¡Tené cuidado de seguir así, pues te la va  ganar el Pedro Cansinos! ¡Y vaya que le lleva ganas a ganártela…!

-Si nu’es miedo lo que tengo, patrón, es una simple corazonada: quí va’haber dijunto. Cuando la mariposa negra llega, hay dijunto, patrón. La mesma mariposa negra, como la boca del coyote, pasó por aquí cuando pa’las lluvias de otubre murió la segunda mujer del patrón grande, de su abuelito. .,. La mesma, ansina de grande –con sus manos renegridas por el trabajo y por el sol calcinante de los trópicos, me diseñaba las dimensiones-, llegó al rancho de la Tomasa hace ocho’días, y ya ve que en la quebrada de los Tempsiqués le venadearon ese mesmo día al Efraín, su hombre. No son cuentos ni chiles, patrón, es la pura y santa verdad: cuando la mariposa negra llega, hay dijunto… No vo’asaberio yo qui’hacen treinta años vivo en la costa amansando potrancas y potros cimarrones. .,.

-No seás papo, Juan Mayén. Esas son puras sonseras. A ustedes siempre se los engatusan las viejas con sus chiles. Andáte ligero a trabajar hasta que me dejen limpio el potrero grande, y no pensés más en mariposas negras…

Di media vuelta; lancé una estentórea carcajada. Lo dejé con el estribillo en la boca de “aquí v’haber dijunto”, y grité:

-Vos, Lupe –tal el nombre de mi mozo de confianza-, ensilláme a la “Sapuyula” con la silla mexicana; preparáme el bastimento en las alforjas y prepárate vos también para salir, porque vamos a pasar todo el día en los potreros del Zanjón…

Tres breves momentos de espera, salí , jinete en mi yegua “Sapuyula”, en cuyos sudados ijares hincaba con sádica saña mis espuelas de pura plata de Carrera, corriendo como alma que se lleva el diablo, con dirección a los potreros del Zanjón, y en donde me esperaban un día de rudo trabajo y la cuadrilla que me iba a acompañar en éste.

Todo el día lo pasé gritando:

-¡Para acá me van a arrear las vacas paridas! ¡En aquel potrero van a echar a los toretes…! ¡A este cerco hay que cortarle los chiriviscos. .,..! ¡Al potrero de allá, en el que están las bateas de la sal, hay que echar a los novillos que se van a castrar a fin de la semana…!

¡Oh, alegría sublime de sentirse dueño y señor de la inmensa sabana que compone el llano guatemalteco, verde y prolífero! ¡Verde como el verde de mis montañas; verde como el verde de las plumas del Quetzal; verde como la mancha verde que en el cielo ponen las bandadas de loros que hablando un lenguaje sin sentido pasaban sobre mi; verde como las hojas de la milpa…! ¡Y prolífico como los hombres, y como las mujeres, y como las bestias de estas tierras calientes e mi tierra guatemalteca…! ¡Dueño y señor de este llanto que, palmo a palmo, hasta convertirse en las ciento cincuenta caballerías que hoy forman la finca, fue haciendo suyo la constancia y la recia voluntad de mi abuelo don José María Alarcón y Pirir –raro engendro de un castellano aventurero y de una india nata-, que desde niños nos predicaba el evangelio del trabajo, de la honradez y de la bondad con los semejantes!

Un ramalazo de dominio, una sed de posesión, recorrió todo mi ser y, como un centauro de los trópicos, piqué espuelas a mi bestia y recorrí, perdido entre los verdes zacatonales, ¡quién sabe cuanta extensión de los exuberantes potreros de nuestra hacienda! ¡El llano de la costa guatemalteca embruja a los que viven en íntimo contacto con él!

Fatigado, rendido de tanto trabajar, y con el rostro bañado en esa pasta achocolatada que se forma por la mezcla de sudor con nuestra tierra morena, volvía a la casa de la Hacienda, cumplidas ya todas las labores del día. .,. La tarde caía lentamente, en tanto que yo anudaba horizontes y pensaba. .,. (los hombres del campo también solemos pensar). ¿En qué? ¿Pensaba en que iba a llegar a mi patria? ¿A mi patria? Si, a mi patria, Para nosotros, los costeños, nuestra patria es el campo y su capital es la casa de la Hacienda… ¿Qué nos importa a nosotros la otra patria, la de donde están los gobernantes, si nosotros tampoco les importamos a ellos. .,.? ¡Nuestra patria es la casa de la finca en donde están nuestros hombres, los que nos ayudan en las diarias faenas, y donde tenemos nuestras leyes que son las del trabajo y las de una verdadera confraternidad, que sólo la da la constante lucha, uno al lado del otro, por domeñar a nuestra bravía y enfurecida naturaleza…!

Entonando una canción criolla –como siempre lo hacía- y haciendo  caracolear a mi bestia, hice mi entrada triunfal a los patios de la finca. Siempre que llegaba a ellos encontraba la impresión exquisita de sentir la algarabía peculiar de los campos chapines, entre la cual se confunden los cantos de los vaqueros con el mugido de la vacada… ¡Esta vez había en él un silencio espectacular…! ¡Ni siquiera el mastín de mis afectos salió a recibirme y a lamer el polvo de mis polainas…!

Una inquietud muy grande se apoderó de mí. Salté de la bestia y corrí hacia la casa… De un solo tranco subí los escalones que conducen al corredor e iba ya a dar un grito preguntando a qué se debía este inusitado silencia, cuando la Juana, nuestra vieja ama de llaves, me ahorró la pregunta, diciéndome, con frases entrecortadas y llorosas:

-¡Qué gran desgracia niño Guicho! ¡Al patrón grande, a mi señor don Chema, lo han traído muerto en unas parihuelas…! ¡Los mesmos hijos de don Chilo López, el dueño de la “Sabana”, lo encontraron tirado en el camino de Brito, muerto, y lo trajeron p’acá…! ¡Dicen que a ellos se les afiguraba que la bestia se le encabritó, tumbándolo al suelo, y que con la cáida se debe haber descoyuntado y muerto…! Tan bueno qu’era el patrón! ¡Dios lo’haya perdonado y lo tenga en su santa gloria…! ¡Yo tanto le decía que a sus años ya no debía salir solo; pero como él se créiba patojo, hasta que se quedó con la suya de que le pasara algo…!

Intensamente agitado por la noticia llegué hasta el cuarto de mi abuelo. Allí, tendido en su “catre de tijeras”, que no quiso abandonar nunca, estaba el cuerpo largo y macizo de don José María Alarcón y Pirir, cuya cerviz no se agachó jamás ante nadie, y a quien la muerte, por una terrible ironía, o encontró de bruces.

El gimotear de varias rancheras, y cuatro velas de cera, que como ellas también derramaban lágrimas, eran toda su compañía. Una sábana blanca, tan blanca como la nieve sobre alta cumbre, cubría su cuerpo, y sobre ella se posaba, tranquila, como un emblema bordado ex profeso, el escudo de la muerte, la Mariposa Negra.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

¡Pueblos Quiches! ¡Esta es la primera tradición; ésta es la primera y única verdad; la primera leyenda…! ¡Escuchadla…!

¡Pueblos Quiches! : renovad vuestros sacrificios a Tohil e Ixmucané, para que vuestros oídos se hagan dignos de escucharla… ¡Es la primera relación sobre el Quetzal…!

¡Pueblos Quiches! : cesen vuestras concupiscencias…, cesen de llenar el ambiente los ruidos de vuestros atabales, el llamado de los caracoles, los ronquidos del tun y los lamentos de las chirimías… ;Que solo se oiga en la montaña la música quejumbrosa de los zenzontles, de los Pitos reales y de los guardabarrancas…! ¡Quemad pom ante los tabernáculos de vuestros dioses sempiternos, como nuestra raza, para que su aroma, grato a ellos, llegue hasta los propios rostros de Ixbalam e Ixbalamqué…!

¡Pueblos Quiches! : purificaos…, vais a escuchar la primera relación, la única, la verdadera – postraos de hinojos—, de por qué el cuerpo del Quetzal…

¡Pueblos Quiches! por mi boca hablará el espíritu.

…que sólo habita en las enhiestas cumbres de nuestros montes indios, y que jamás puede vivir en cautiverio y que antes de la llegada de los teules era una esmeralda con alas, tiene ahora el pecho rojo como la sangre que brota de los corazones de las víctimas que sacrificamos a Tohil, «el Corazón de la Guerra…».

¡Pueblos Quiches! : escuchad; por mi boca os habla «el Corazón del Cielo», Sacol y Bitol, Alom y Cajolom, Tepeu y Gucumatz… Escuchad:

—Antes —de esto hace miles de   años, la Esmeralda con alas, la Orquídea que vuela, el Quetzal, cubría su cuerpo con un plumaje verde, como el verde de las montañas que hacen eco a su voz. Pero un día, sin que nadie los llamara, vinieron a nuestros dominios quichés los teules. Entonces, Tecún Umán, nuestro gran cacique, a quien ungiera como tal el mismo «corazón de la Guerra», Tohil,’ quien puso en su pecho un pedazo de su mismo corazón, dispuso arrojar a los invasores de nuestro suelo, En este bella empresa acompañaba a Tecún el Sagrado, la Esmeralda con Alas, el Quetzal, que era su Nabual, y el cual entonces era verde, como el verde de las montañas, y que no tenía en su pecho la mancha roja como los labios de la Virgen Maya. Tecún, el valiente; Tecún, el heroico, cuyo espíritu aun vive y vela por nosotros, su pueblo, presentó combate a Toniatiuh, el jefe de los teules, en las riberas mismas del rio Xequijel, cuyas aguas se tiñeron de sangre, tal la cantidad de elle derramada (estos mismos volcanes que se pasan unos a otros, mis palabras fueron testigos del combate). Tecún Umán, valiente como el pueblo que capitaneaba, peleó cuerpo a cuerpo con Tonatiuh. Mientras lo hacía, la Esmeralda con Alas, el Quetzal, revoloteaba sobre su cabeza y sus manes dirigían su lanza. Tecún Umán pensaba que Tonatiuh y su caballo —bestia entonces desconocida y qua jamás debéis montar— formaban un solo cuerpo; por lo cual a este último, por ser más grande, dirigió su lanza sagrada. Aprovechó Tonatiuh este instante para hundir su acero en el pecho de Tecún Umán, en cuyo pecho había puesto un pedazo del suyo, Tohil, «el Corazón de la Guerra», cayendo entonces nuestro gran cacique para no levantarse más…

¡Pueblo Quiche! ¡Pueblo Quiche! Escuchad, escuchad, y al hacerlo, llorad como sólo sabe hacerlo el gato de monte Y gemid como el coyote…

…pero una gota de sangre, que es la misma sangre de nuestra invencible raza Maya, saltó de su pecho manchando el- de la Esmarakla con Alas, el del Quetzal, que desde entonces tiene el pecho rojo…

¡Pueblo Quiche! : Repetid hasta la consumación de los siglos, repetidlo a vuestros hijos, y tened fresca la tradición hasta que vuestro pueblo se levante, que ya sabéis por que la Esmeralda con Alas, la Orquídea que vuela, el Quetzal, tiene ahora en el pecho engastado un rubí…

¡Pueblo Quiche, pueblo amado de Ixbalam e Ixbalamque! ¡Ya no escuchareis más mi voz…!

¡Mi boca, por la cual os ha hablado el mismo Corazón del Cielo, callará para siempre. .! ¡Mi voz, que es la voz de Sacol y Bitol, de Alom y Cajolom, de Tepeu y Guzucmatz, se apagará Echen al viento sus notas tristes vuestros atabales, tunes y chirimías para que entre ellas se pierda. Y quemad pom para que entre su humo, que ha de subir hasta los rostros de nuestros dioses sempiternos, como nuestra raza, suba el cuerpo de vuestro brujo por cuya boca habló el Corazón del… Cie…lo…».

Hay un verdadero concierto de atabales, tunes y chirimías, Las resinas del pom, que tienen olor a tierra indígena, embalsarnan el ambiente. El pueblo quiché, hierático; ora y se pasa de boca en boca las palabras del brujo por cuyos labios hablo el mismo Corazón del Cielo. A través de los cbaajs, qua murmullan, se siente el susurro de la voz- de Dios. En tanto que la Esmeralda con Alas, el Quetzal, Vuela sobre nuestras enhiestas montañas luciendo su larga cola, que es arco iris de paz para su pueblo, mostrando su pecho en el cual lleva engastada para siempre; por los; siglos de los siglos, una gota de la sangre del pecho de Tecún Umán, en el cual puso un pedazo del suyo, Tohil, el «Corazón de la Guerra»…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

Un chispazo de alegría, arco iris tras la lluvia, iluminó los sudorosos y cansados rostros de los “unionistas” –entre los defendían la barricada situada en la esquina del Callejón de Jesús, aquella tarde de la semana comprendida entre el 8 y el 15 de abril de 1920, cuando divisaron a un soldado que, montado en un caballo alazán, se dirigía hacia ellos llevando en la diestra una flamante bandera a la par que gritaba:

-¡En nombre de mi jefe el Coronel Milpas Altas, Jefe del Castillo de Matamoros, vengo a rendirme a las fuerzas unionistas, trayendo en prueba de nuestra rendición esta bandera blanca de paz y la propia espada del Coronel que, por intermedio mío, les envía!

¡Había razón para que la alegría los invadiera! Los esforzados muchachos tenían ya varios días, con sus noches, de estar defendiendo la barricada; y durante ellos habían comido poco y dormido menos, alentados sólo por el general anhelo de ver terminada aquella lucha fratricida que ensangrentaba el suelo patrio.

Además, la calidad del jefe que se rendía, era otro justo motivo de júbilo, así como la del fuerte que mandaba, pues éste era el principal arsenal de pertrechos de guerra con que contaban las gubernamentales, sumando a este valor el de su posición estratégica.

El jefe rendido era uno de los jefes más temidos. ¡Era un raro personaje el Coronel Milpas Altas! ¡Era un raro personaje el Coronel Milpas Altas! Debía su pintoresco mote a la circunstancia de haber nacido en el pueblo cercano al de Pinula que lleva este nombre, con el cual era él más conocido que con su nombre de pila. Pertenecía a la categoría de esos raros engendros que se producen con alguna frecuencia en nuestra América bárbara, incipiente y embrionaria raza no se ha podido encontrar hasta ahora: era el fruto de la mezcla de tres sangres: de español, de mestizo y de indio; sangres éstas que no le habían legado nada de lo bueno de cada una, sino sus taras; lo que hacía el coronel hubiera servido más bien para carne de laboratorio psicopático o de manicomio, que para tener en sus manos la suma de poder, como la tenía siendo Jefe de un Castillo de tanta importancia como era el que mandaba. Su psiquis-paranoica estaba de acuerdo con su físico: era bajo de cuerpo; rechoncho; de tez trigueña, tirando más bien a negra, la cual hacía contraste con sus ojos azules –si lo hubiera descrito un hombre del pueblo habría dicho que era de “cara remendada”-, y con un bigote hirsuto que le cubría todo el labio superior y cuyas puntas caían sobre las comisuras de los labios. El Coronel era un bebedor y un fumador empredernido. Cuando se le pasaba la mano bebiendo aguardiente se volvía más sanguinario que de costumbre y a cada instante se le escuchaba proferir frases y palabras groseras.

Antes de que el enviado de Milpas Altas descendiera del caballo, uno de los soldados de la barricada gritó:

-¿Quién vive?

-Patria Libre –respondió el emisario del Coronel.

Cumplimos estos requisitos que ordena la disciplina militar, y después de haberse percatado de la verdad de lo que decía el emisario, el Jefe de la barricada ordenó que diez de los treinta muchachos que había en ella, al mando de uno que ostentaba los galones de sargento, fueran al Fuerte, en calidad de parlamentarios, que el resto se quedara en ella de guardia, y él dispuso ir a dar cuenta de lo sucedido a la Comandancia General del Cuartel revolucionario.

A los diez muchachos enviados se les reunieron en el camino algunos curiosos que supieron la grata noticia del rendimiento, y juntos todos, penetraron, llenos de júbilo, al Castillo. Pero, cuál no sería su sorpresa al darse cuenta de que al entrar el último de ellos, se subían los puentes del Castillo. “Será alguna precaución” –pensaron, e iluminados por el ideal de ver terminada la lucha, siguieron con paso firme hacia adelante.

Salió a recibirlos la asquerosa figura del Coronel, que, en esa ocasión, vestía la más pintoresca de las vestimentas: pantalones de jerga de mostenango aplomados, guerrera militar de parada, con numerosos entorchados, y en la cabeza un sombrero de petate en el que lucía una cucarda con los colores nacionales desteñidos. Por todo recibimiento lanzó una sarcástica carcajada y las siguientes palabras:

-¿No andaban contando por allí que los unionistas eran tan águilas? Ahora lo vamos a ver, chanclecitos aguacateros que les ha dado por jugar a la revolución. ¡A ver, sargento Cojulún!

-¡A sus órdenes, mi Jefe!

-Registre a estos chancles; métalos para mientras al cepo, y después me los hace bañar, porque esta noche van a ser mis invitados de honor en la comida con que voy a celebrar mi santo.

***

Cuando los clarines del Castillo lanzaron al espacio las tristes notas del toque de queda, salió el Coronel, tambaleándose, del cuarto de Banderas, gritando con voz aguardientosa:

¡Sargento Cojulún!

-¡A sus órdenes, mi Jefe!

-¿Están listos los chancles?

-Están listos, mi Jefe.

-Entonces, tráigamelos y siéntelos a cada uno en el puesto que tienen destinado en la mesa. No se olvide de apagar las luces y ponga bastante “guaro”, porque me gusta que mis invitados estén alegres.

La orden fue cumplida con militar precisión. Los otros invitados –los amigos del Coronel- fueron ocupando, a tientas, su puesto, debido a la obscuridad reinante. El Coronel se sentó en el sitio de honor y así, sin verse unos a otros las caras, principiaron a comer y a libar copiosas copas que iban haciendo poco a poco su malévolo efecto. Nadie se atrevía a protestar ni a inquirir por este capricho del Coronel de comer a obscuras, temerosos de despertar sus hasta entonces dormidas iras.

Llegada la hora de los brindis –refinamiento que el Coronel había aprendido en sus visitas a Palacio-, el Coronel, tambaleante por el abuso del alcohol y con los ojos inyectados que relumbraban con la obscuridad, se paró sobre su asiento, llenó una copa hasta rebalsarse de aguardiente, y dijo:

-Voy a beber este trago a la salud de ustedes, mis buenos amigos, por mis nuevos galones de General de Brigada que me llegarán mañana, y porque a estos chanclecitos rejijos de la chin… les vaya bien en el viajecito que van a emprender al otro potrero… A ver, asistente, llénele su copa a ese chanclecito que parece gallina comprada y préndeme las luches, porque quiero ver qué cara ponen estos chancles cando toman olla legítima de San Chomo…

De un tirón arrancaron los asbirros de sus asientos a cuatro de los pobres cuchachos; los amarraron de un poste a cada uno, y sus cuerpos, regados previamente con gasolina, fueron encendidos con un fósforo, siendo las luces que iluminaron la báquica orgía con que el Coronel Milpas Altas celebró sus santo en aquella semana de abril de 1920..

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa

El Maestro Almendro tiene la barba rosada, fue uno de los sacerdotes que los hombres blancos tocaron creyéndoles de oro, tanta riqueza vestían, y sabe el secreto de las plantas que lo curan todo, el vocabulario de la obsidiana —piedra que habla — y leer los jeroglíficos de las constelaciones.

Es el árbol que amaneció un día en el bosque donde esta plantado, sin que ninguno lo sembrara, como si lo hubieran llevado los fantasmas. El árbol que anda… El árbol que cuenta los años de cuatrocientos días por las lunas que ha visto, que ha visto muchas lunas, como todos los árboles, y que vino ya viejo del Lugar de la Abundancia.

Al llenar la luna del Búho-Pescador (nombre de uno de los veinte meses del año de cuatrocientos días), el Maestro Almendro repartió el alma entre los caminos. Cuatro eran los caminos y se marcharon por opuestas direcciones hacia las cuatro extremidades del cielo. La negra extremidad: Noche sortílega. La verde extremidad: Tormenta primaveral. La roja extremidad: Guacamayo o éxtasis de trópico.

La blanca extremidad: Promesa de tierras nuevas. Cuatro eran los caminos.

  • ¡Caminín! ¡Caminito!… —dijo al Camino Blanco una paloma blanca, pero el Caminito Blanco no la oyó. Quería que le dieran el alma del Maestro, que cura de sueños. Las palomas y los niños padecen de ese mal.
  • ¡Caminin! ¡Caminito! — dijo al Camino Rojo un corazón rojo; pero el Camino Rojo no lo oyó. Quería distraerlo para que olvidara el alma del Maestro. Los corazones, como los ladrones, no devuelven las osas olvidadas.
  • ¡Caminin! ¡Caminito!… —dijo al Camino Verde un emparrado verde, pero el Camino Verde no lo oyó. Quería que con el alma del Maestro le desquitase algo de su deuda de hojas y de sombra.

¿Cuantas lunas pasaron andando los caminos?

¿Cuantas lunas pasaron andando los caminos?

El más veloz, el Camino Negro, el camino al que ninguno hablo en el camino, se detuvo en la ciudad, atravesó la plaza y en el barrio de los mercaderes, por un ratito de descanso, dio el alma del Maestro al mercader de joyas sin precio.

Era la hora de los gatos blancos. lban de un lado a otro. ¡Admiración de los rosales! Las nubes parecían ropas en los tendederos del cielo.

Al saber el Maestro lo que el Camino Negro había hecho, tomó naturaleza humana nuevamente, desnudándose de la forma vegetal de un riachuelo que nacía bajo la luna ruboroso como una flor de almerdro, y encaminóse a la ciudad.

Llegó al valle después de una jornada, en el primer dibujo de la tarde, a la hora en que volvían los rebaños, conversando a los pastores, que contestaban monosilábicamente a sus preguntas, extrañados, como ante una aparición, de su túnica verde y su barba rosada.

En la ciudad se dirigió a Poniente. Hombres y mujeres rodeaban las pilas públicas. El agua sonaba a besos al ir llenando los cántaros. Y guiado por las sombras, en el barrio de los mercaderes encontró la parte de su alma vendida por el Camino Negro al Mercader de Joyas sin precio. La guardaba en el tondo de una caja de cristal con cerradores de oro.

Sin perder tiempo se acercó al Mercader, que en un rincón fumaba, a ofrecerle por ella cien arrobas de perlas.

El Mercader sonrió de la locura del Maestro. ¿Cien arrobas de perlas? ¡No, sus joyas no tenían precio!

El Maestro aumentó la oferta. Los mercaderes se niegan hasta llenar su tanto. Le daría esmeraldas, grandes como maíces, de cien en cien almudes, hasta formar un lago de esmeraldas.

El Mercader sonrió de la locura del Maestro. ¡Un lago de esmeraldas? ¡No, sus joyas no tenían precio!

Le daría amuletos, ojos de namik para llamar el agua, plumas contra la tempestad, marihuana para su tabaco…

El Mercader se negó.

¡Le daría piedras preciosas para construir, a medio lago de esmeraldas, un palacio de cuento!

El Mercader se negó. Sus joyas no tenían precio, y, además, ¿a qué seguir hablando?, ese pedacito de alma lo quería para cambiarlo, en un mercado de esclavas, por la esclava más bella.

Y todo fue inútil, inútil que el Maestro ofreciera y dijera, tanto como lo dijo, su deseo de recobrar el alma. Los mercaderes no tienen corazón.

Una hebra de humo de tabaco separaba la realidad del sueño, los gatos negros de los gatos blancos y al Mercader del extraño comprador, que al salir sacudió sus sandalias en el quicio de la puerta. El polvo tiene maldición.

Después de un año de cuatrocientos días — sigue la leyenda — cruzaba los caminos de la cordillera el Mercader. Volvía de países lejanos, acompañado de la esclava comprada con el alma del Maestro, del pájaro flor, cuyo pico trocaba en jacintos las gotitas de miel, y de un séquito de treinta servidores montados.

¡No sabes — decía el Mercader a la esclava, arrendando su caballería – como vas a vivir en la ciudad! ¡Tu casa será un palacio y a ordenes estarán todos mis criados, yo el último, si así lo mandas tú!

— Allá — continuaba con la cara a mitad bañada por el Sol — todo será tuyo. ¡Eres una joya, y yo soy el Mercader de joyas sin precio! ¡Vales un pedacito de alma que no cambie por un lago de esmeraldas! … En una hamaca, juntos veremos caer el sol y levantarse el día, sin hacer nada, oyendo los cuentos de una vieja mañosa que sabe mi destino. Mi destino, dice, está en los dedos de una mano gigante, y sabrá el tuyo, si lo pides así lo pides tú.

La esclava se volvía al paisaje de colores diluidos en azules que la distancia iba diluyendo a la vez. Los arboles tejían a los lados del camino una caprichosa decoración de güipil. Las aves daban la impresión de volar dormidas, sin alas, en la tranquilidad del cielo, y en el silencio de granito, el jadeo de las bestias, cuesta arriba, cobraba acento humano. La esclava iba desnuda. Sobre sus senos, hasta sus piernas, rodaba su cabellera negra envuelta en un solo manojo, como una serpiente. El mercader iba vestido de oro, abrigadas las espaldas con una Manta de lana de chivo. Palúdico y enamorado, al frio de su enfermedad se unía el temblor de su corazón. Y los treinta servidores montados llegaban a la retina como las figuras de un sueño.

Repentinamente, aislados goterones rociaron el camino percibiéndose muy lejos, en los abajaderos, el grito de los pastores que recogían los ganados, temerosos de la tempestad. Las cabalgaduras apuraron el paso para ganar un refugio, pero no tuvieron tiempo: tras los goterones, el viento azoto las nubes, violentando selvas hasta llegar valle, que a la carrera se echaba encima las mantas mojadas de la bruma y los primeros relámpagos iluminaron el paisaje, como los fogonazos de un fotógrafo loco que tomase instantáneas de tormenta.

Entre las caballerías que huían como asombros, rotas las riendas, agiles las piernas, grifa la crin al viento y las orejas vueltas hacia atrás, un tropezón del caballo hizo rodar al Mercader al pie de un árbol, que fulminado por el rayo en ese instante, le tomó con las raíces como mano que recoge una piedra, y le arrojo al abismo.

En tanto, el Maestro Almendro, que se había quedado en la ciudad perdido, deambulaba como loco por las calles, asustando a los niño recogiendo basuras y dirigiéndose de palabra a los asnos, a los bueyes a los perros sin dueño, que para el formaban con el hombre la colección de bestias de mirada triste.

  • ¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos? — preguntaba puerta en puerta a las gentes, que cerraban sin responderle, extrañadas, como ante una aparición, de su túnica verde y su barba rosada.

Y pasado mucho tiempo, interrogando a todos, se detuvo a puerta del Mercader de Joyas sin precio a preguntar a la esclava, única sobreviviente de aquella tempestad:

  • ¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos?

El sol, que iba sacando la cabeza de la camisa blanca del día, borra en la puerta, claveteada de oro y plata, la espalda del Maestro y la c morena de la que era un pedacito de su alma, joya que no compró en un lago de esmeraldas.

— ¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos?..

Entre los labios de la esclava se acurrucó, la respuesta y endureció como sus dientes. El Maestro callaba con insistencia de piedra misteriosa. Llenaba la luna del Búho-Pescador. En silencio se lavaron la cara con los ojos, al mismo tiempo, como dos amantes que han estado ausentes y encuentran de pronto.

La escena fue turbada por ruidos insolentes. Venían a prenderles en nombre de Dios y el Rey; por brujo a él y por endemoniada a ella. Entre cruces y espadas bajaron a la cárcel, el Maestro con la barba rosada y túnica verde, y la esclava luciendo las carnes que de tan firmes parecían de oro.

Siete meses después, se les condeno a morir quemados en la Plaza Mayor. La víspera de la ejecución, el Maestro acercóse a la esclava y con la uña le tatúo un barquito en el brazo, diciéndole:

—Por virtud de este tatuaje, Tatuana, vas a huir siempre que te halles en peligro, como vas a huir hoy. Mi voluntad es que seas libre como mi pensamiento; traza este barquito en el muro, en el suelo, en el aire, donde quieras, cierra los ojos, entra en él y vete…

¡Vete, pues mi pensamiento es más fuerte que ídolo de barro amasado con cebollón!

¡Pues mi pensamiento es más dulce que la miel de las abejas que liban la flor del suquinay!

¡Pues mi pensamiento es el que se torna invisible!

Sin perder un segundo la Tatuana hizo lo que el Maestro dijo: trazo el barquito, cerró los ojos y entrando en él — el barquito se puso en movimiento—, escapó, de la prisión y de la muerte.

Y a la mañana siguiente, la mañana de la ejecución, los alguaciles encontraron en la cárcel un árbol seco que tenía entre las ramas dos o tres florecitas de almendro, rosadas todavía.

 

Bibliografía

Asturias, M. A. (2006).  Leyendas de Guatemala. Guatemala.

Compartida por: Fernando

País: Guatemala

Madre Elvira de San Francisco, prelada del monasterio de Santa Catalina, sería con el tiempo la novicia que recortaba las hostias en el convento de la Concepción, doncella de loada hermosura y habla tan candorosa que la palabra parecía en sus labios flor de suavidad y de cariño.

Desde una ventana amplia y sin cristales miraba la novicia volar las hojas secas por el abraso del verano, vestirse los arboles de flores y , caer las frutas maduras en las huertas vecinas al convento, por la parte derruida, donde los follajes, ocultando las paredes heridas y los abiertos lechos, transformaban las celdas y los claustros en paraísos olorosos a búcaro y a rosal silvestre; enramadas de fiesta, al decir de los cronistas, donde a las monjas sustituían las palomas de patas de color de rosa, y a sus cánticos los trinos del cenzontle cimarrón.

Fuera de su ventana, en los hundidos aposentos, se unía la penumbra calientita, en la que las mariposas asedaban el polvo de sus alas, al silencio del patio turbado por el ir y venir de las lagartijas y al blando perfume de las hojas que multiplicaban el cariño de los troncos enraizados en las vetustas paredes.

Y dentro, en la dulce compañía de Dios, quitando la corteza a la fruta de los Ángeles para descubrir la pulpa y la semilla que es el Cuerpo de Cristo, largo como la medula de la naranja — ¡veré tu es Deus Absconditus!—, Elvira de San Francisco unía su espíritu y su carne a la casa de su infancia, de pesadas aldabas y levísimas rosas, de puertas que partían sollozos en el hilván del viento, de muros reflejados en el agua de las pilas a manera de huelgo en vidrio limpio.

Las voces de la ciudad turbaban la paz de su ventana, melancolía de viajera que oye moverse el puerto antes de levar anclas; la risa de un hombre al concluir la carrera de un caballo o el rodar de un carro, o el llorar de un niño. Por sus ojos pasaban el caballo, el carro, el hombre, el niño, evocados en paisajes aldeanos, bajo cielos que con su semblante placido hechizaban la sabia mirada de las pilas sentadas al redor del agua con el aire sufrido de las sirvientas viejas.

Y el olor acompañaba a las imágenes. El cielo olía a cielo, el niño a niño, el campo a campo, el carro a heno, el caballo a rosal viejo, el hombre a santo, las pilas a sombras, las sombras a reposo dominical y el reposo del Señor a ropa limpia…

Oscurecía. Las sombras borraban su pensamiento, relación luminosa de partículas de polvo que nadan en un rayo de sol. Las campanas acercaban a la copa vesperal los labios sin murmullo. ¿Quién habla de besos? El viento sacudía los heliotropos. ¿Heliotropos o hipocampos? Y en los chorros de flores mitigaban su deseo de Dios los colibríes. ¿Quién habla de besos?

Un taconeo presuroso la sobrecogió. Los flecos del eco tamborileaban en el corredor…

¿Habría oído mal? ¿No sería el señor pestañudo que pasaba los viernes a última hora por las hostias para llevarlas a nueve lugares de allí, al Valle de la Virgen, donde en una colina alzábase dichosa ermita?

Le llamaban el hombre-adormidera. El viento andaba por sus pies. Como fantasma se iba apareciendo al cesar sus pasos de cabrito: el sombrero en la mano, los botines pequeñines, algo así como dorados, envuelto en un gabán azul, y esperaba los hostearios en el umbral de la puerta.

Sí que era; pero esta vez venía alarmadísimo y a las volandas, como a evitar una catástrofe.

¡Niña, niña! — entro dando voces—, ¡le cortaran la trenza, le cortaran la trenza, le cortaran la trenza!

Lívida y elástica, la novicia se puso en pie para ganar la puerta al verle entrar; más calzada de caridad con los zapatos que en vida usaba una monja paralítica, al oírle gritar sintió que le ponía los pies la monja que pasó la vida inmóvil, y no pudo dar paso…

Un sollozo, como estrella, la titilaba en la garganta. Los pájaros tijereteaban el crepúsculo entre las ruinas pardas e impedidas. Dos eucaliptos gigantes rezaban salmos penitenciales.

Atada a los pies de un cadáver, sin poder moverse, lloró desconsoladamente, tragándose las lágrimas en silencio como los enfermos a quienes se les secan y enfrían los órganos por partes. Se sentía muerta, se sentía aterrada, sentía que en su tumba —el vestido huérfana que ella llenaba de tierra con su ser— florecían rosales de abras blancas, y poco a poco su congoja se hizo alegría de sosegado acento… Las monjas —rosales ambulantes— cortábanse las rosas unas a otras para adornar los altares de la Virgen, y de las rosas brotaba el mes mayo, telaraña de aromas en la que Nuestra Señora caía prisionera blando como una mosca de luz.

Pero el sentimiento de su cuerpo florecido después de la muerte fue dicha pasajera.

Como a una cometa que de pronto le falta hilo entre las nubes, la hizo caer de cabeza, con todo y trapos al infierno, el peso de su trenza. En su trenza estaba el misterio. Suma de instantes angustiosos. Perdió el trio en sus suspiros y hasta cerca del hervidero donde burbujearan los diablos torno a sentirse en la tierra. Un abanico de realidades posibles se abría en torno suyo: la noche con azucares de hojaldre, los pinos olorosos a altar, el polen de la vida en el pelo del aire, gato sin forma ni que araña las aguas de las pilas y desasosiega los papeles viejos.

La ventana y ella se llenaban de cielo…

¡Nina, Dios sabe a sus manos cuando comulgo! — murmuró del gabán, alargando sobre las brasas de sus ojos la parrilla de sus pestañas.

La novicia retiró las manos de las hostias al oír la blasfemia ¡No, no era un sueño! Luego palpose los brazos, los hombros, el cuello, la cara, la trenza…
Detuvo la respiración un momento, largo como un siglo al sentirse trenza. ¡No, no era un sueño, bajo el manojo tibio de su pelo revivía dándose cuenta de sus adornos de mujer, acompañada en sus diabólicas del hombre-adormidera y de una candela encendida extremo de la habitación, oblonga como ataúd! ¡La luz sostenía la imposible realidad del enamorado, que alargaba los brazos como un Cristo que en un viático se hubiese vuelto murciélago, y era su propia carne!
Cerró los ojos para huir, envuelta en su ceguera, de aquella visión de infierno, del hombre que con sólo ser hombre la acariciaba hasta donde ella era mujer — ¡La más abominable de las concupiscencias! —; pero fue bajar sus redondos párpados pálidos como levantarse de sus zapatos, empapada en llanto, la monja paralítica, y más corriendo los abrió… Rasgó la sombra, abrió los ojos, salióse de sus adentros hondos con las pupilas sin quietud, como ratones en la trampa, caótica, sorda, desemblantadas las mejillas — alfileteros de lágrimas,              sacudiéndose entre el estertor de una agonía ajena que llevaba en los pies y el chorro de carbón vivo de su trenza retorcida en invisible llama que llevaba a espalda…

Y no supo más de ella. Entre un cadáver y un hombre, con su sollozo de embrujada indesatable en la lengua, que sentía ponzoñosa como su corazón, medio loca, regando las hostias, arrebatóse en busca de sus tijeras, y al encontrarlas se cortó la trenza y, libre de su hechizo huyó en busca del refugio seguro de la madre superiora, sin sentir más sobre sus pies los de la monja…

Pero, al caer su trenza, ya no era trenza: se movía, ondulaba sobre colchoncito de las hostias regadas en el piso.

El hombre-adormidera buscó hacia la luz. En las pestañas temblábanle las lágrimas como las ultimas llamitas en el carbón de la cerilla que se apaga. Resbalaba por el haz del muro con el resuello sepultado, sin mover las sombras, sin hacer ruido, anhelando llegar la llama que creía su salvación. Pronto su paso mesurado se deshizo en fuga espantosa. El reptil sin cabeza dejaba la hojarasca sagrada las hostias y enfilaba hacia él. Reptó bajo sus pies como la sangre negra de un animal muerto, y de pronto, cuando iba a tomar la luz, saltó con cascabeles de agua que fluye libre y ligera a enroscarse como látigo en candela, que hizo llorar hasta consumirse, por el alma del que con ella apagaba para siempre. Y así llego a la eternidad el hombre-adormidera por quien lloran los cactus lágrimas blancas todavía.

El demonio había pasado como un soplo por la trenza que, al extinguirse la llama de la vela, cayó en piso inerte.

Y a la medianoche, convertido en un animal largo — dos veces un carnero por luna llena, del tamaño de un sauce llorón por la luna nueva —, con cascos de cabro, orejas de conejo y cara de murciélago, hombre-adormidera arrastro al infierno la trenza negra de la novicia que con el tiempo seria madre Elvira de San Francisco — así nace el cadejo mientras ella soñaba entre sonrisas de ángeles, arrodillada en su celda con la azucena y el cordero místico.

 

Bibliografía

Asturias, M. A. (2006).  Leyendas de Guatemala. Guatemala.

Compartida por: Fernando

País: Guatemala

Recién fundada la Nueva Guatemala de la Asunción, cuentan los viejos de la Parroquia que vivió allá por la calle de las congregaciones un joven de nombre Cecilio Flores al que todos conocían como artista, porque pintaba grandes cuadros de Santos y vírgenes para los templos de la ciudad y para los señores de las casas grandes. Cecilio se complacía caminando por Jocotenango y el Cerro del Carmen en busca de motivos para sus pinturas. Le gustaba deambular en las tardes por el Cerrito, cuando ya el sol se estaba despenicando en celajes sobre las tejas de la ciudad y las campanas de las mil iglesias se quedaban roncas de tanto llamar a la hora santa. Siempre llevaba consigo un cuadernillo de papel de manila, un carboncillo y un borrador de migajón. Se detenía donde creía encontrar Tema de inspiración: un paisaje, un rostro de mujer.

Era Cecilio un pintor muy especial: le deslumbraban los rostros de las mujeres, se enamoraba de ellos y expresaba su profundo sentimiento, pintándolos. Siempre en silencio, escondido en su soledad, copiaba las facciones reales y las plasmaba luego en el lienzo, y una vez concluidas, las colgaba en la pared de su sencilla habitación, las vendía en algún almacén de la ciudad.

Así también cuentan por el Barrio de la Candelaria, que en verdad Cecilio Flores no era tan mal pintor, a pesar de no haber estudiado nunca.

Algunas de sus obras se encuentran hoy perdidas en iglesias la ciudad y del interior del país. Cecilio se colmaba íntimamente pintando una virgen del Carmen o una del Rosario. Su estilo peculiar consistía en dibujar por rostro de la imagen el de la mujer que más le asombraba.

No pocos problemas le causo esa práctica, como que en cierta oportunidad, cuando pinto con el rostro de Nancy Candiales, a la Virgen de la Asunción, venerada hoy en la Catedral, al padre de esa joven, un rico comerciante de Chiapas, no agrado del todo el gesto del artista, y casi lo mata a golpes.

Cecilio Flores era, pues, un pobre enamorado de la belleza abstracta. Su vida se llenaba pintando y por la devoción a su arte recordaba ya cuantas veces se había quedado sin comer ni dormir.

Diariamente se recluía en su taller repasando bocetos haciendo nuevos lienzos y, según dicen, nunca tuvo un amigo. Siempre estuvo solo, hasta que un día, caminando por el Paseo de los Naranjalitos, encontró a un hombre joven escribiendo versos bajo enorme sauce.

Cecilio se acercó y le hab1ó, vinculándose ambos, desde entonces, con una profunda amistad.

Aquél único amigo de Cecilio Flores era poeta y se llama Miguel Ricardo de la Fuente. Componía versos y crónicas para diario “La República», que circulaba por esos años en la Nueva Guatemala de la Asunción.

Ambos jóvenes tenían una sensibilidad un poco común. Salían a caminar por la ciudad para discutir con amplitud problemas relacionados con su respectivo arte.

Y se compenetraron tanto en intereses y motivaciones que decidieron trabajar juntos, cantando y pintando sueños e ilusión para ellos irrealizables, intangibles. Mundo que jamás se concretaría pero que daba luz a sus existencias fugaces pletóricas de espiritualidad.

En busca de fantasías los dos artistas recorrían los parajes donde se reunían los vecinos de la ciudad. Muy a menudo caminaban por el Acueducto de los Arcos, que en aquel tiempo se encontraba fuera del perímetro urbano. Este paseo era sumamente agradable, pues el silencio del lugar les permitía encontrarse con la lejanía de sus sueños.

Una espléndida tarde de noviembre, de esas tardes frías que vuelven cristal el espíritu, tan propias de la Nueva Guatemala, de es tardes en las que el sol parece más radiante y corre el viento con fuerza para arrastrar los barriletes de los niños, los dos amigos se hallaban paseando por el acueducto, cerca de la toma de agua, cuando dieron con un grupo de mujeres jóvenes que charlaban a la sombra de un árbol.

Ávidos de belleza se colocaron en un lugar conveniente para poderles observar con detenimiento y deleite. Estudiaban con cuidado la faz de cada una de ellas, buscando la que fuera digna del pincel y la pluma.

Ambos artistas se quedaron asombrados al dar con el rostro de una de estas jóvenes: el cabello de un oscuro color negro, sin brillo. Los ojos almendrados. Grandes. Brillantes. Casi negros, casi cafés y una pincelada de ilusión. Su nariz muy fina y su boca delicada. Todo dispuesto en una grata armonía sobre la línea del rostro. Era un encanto admirar aquella cara hermosa.

Según cuentan los viejos de La Parroquia aquella muchacha llamaba Celina Ibáñez Guerra, y cuando la conocieron los artistas allá en la plenitud de su esplendor.

Al momento de verla tomaron la decisión de cantar y pintar su hermosura. Bajo la sombra del árbol, sin que nadie los pudiese ver, iniciaron su tarea.

El carboncillo de Cecilio copiaba con rapidez las facciones finas, en tanto Miguel luchaba por combinar las palabras adecuadas pudiesen rimar en la oda que componía.

Y así la tarde se convirtió en noche y los celajes incendiaron volcanes.

El corrillo de mujeres se disolvió cuando un landó tirado por tres caballos negros se acercó a ellas. Aunque Cecilio y Miguel trataron de no perder de vista a Celina, se les diluyo en el polvoriento camino que conducía a la ciudad.

Los dos amigos quedaron solos con sus emociones e ilusiones, y emprendieron a pie el regreso a la Nueva Guatemala.

Llegaron a la plaza de armas bien entrada la noche. En la Calle de Concepción se despidieron, ya que Miguel vivía por el Barrio de la Merced. Acordaron reunirse al día siguiente.

Cecilio entró a su cuarto. Sentía tal embeleso por la mujer que había bosquejado, que sin esperar más trasladó al lienzo el boceto que tenía en el cuadernillo de papel de manila. Cecilio pintaba aquel rostro con una fuerza increíble; con una pasión hasta entonces desconocida en el, trabajaba como si estuviese enfermo. Al rayar el amanecer el retrato estaba completamente terminado y Cecilio totalmente exhausto. No cabía duda que Celina había penetrado en su alma muchos más que las mujeres dibujadas anteriormente. Ahora sentía la necesidad de identificarse con ella.

Los que me contaron esta historia aseguran que Cecilio, el pintor, se había enamorado, y por eso estaba así…

En tanto el pintor se afanaba en el retrato de la mujer que tan grande impresión le había causado, el poeta Miguel de la Fuente soñaba con el donaire de la desconocida.

Su mente bullía en imágenes en las cuales Celina se hacía pasión y éter, y su pluma corría sobre el papel plasmado en versos al ansia que le quemaban las sienes y el corazón. Con cada letra la evocaba. Con cada estrofa la sentía. Miguel de la Fuente se había enamorado.

Al nacer el sol tras la cúpula de la Merced, el poeta salió a indagar por la identidad de la mujer que había encontrado con su amigo.

Se dirigió al diario La República y consiguió, entre sus compañeros, que alguien le asegurara que aquella muchacha era la hija del oidor, don Juan Ibáñez de la Roca, quien vivía en la Calle del Seminario, a una cuadra de la Plaza Vieja.

Henchido de felicidad se dirigió presuroso a la casa de su amigo, el pintor.

Pensando en vos andaba – le dijo al verlo -. He averiguado ya, quién es la patoja del Paseo de los Arcos. Se llama Celina Ibáñez Guerra. Es la hija del oidor don Juan Antonio Ibáñez. ¿Conocés acaso al padre?

Dejá ver….sí…sí creo conocerlo. Recuerdo que una vez estaba en la Catedral y un personaje se interesó mucho por mi cuadro de la Virgen de Concepción y me pidió que llegara a su casa, pero nunca lo hice. Hoy es oportuno que lo visitemos porque observá como quedó el retrato.

¡Ah! – exclamó el poeta – es lo más hermoso que has hecho desde hace muchísimo tiempo. Verdaderamente la has captado en toda su magnitud…Vení, no perdamos más tiempo, vamos a entregar el cuadro.

Y salieron apresuradamente rumbo al Barrio del Sagrario en busca del oidor don Juan Antonio Ibáñez. Llegaron a la casa y conversaron con el magistrado, que quedó sorprendido por la perfección y armonía del retrato de su hija. Estaba dispuesto a quedarse con él.

Luego de haber concretado su valor y cuando ya se retiraban caminando por el hermoso jardín, apareció de improviso Celina, la hija del oidor, quien se conmovió tanto por la habilidad del pincel de Cecilio y los versos de Miguel, que la amistad surgida ese día entre los tres se hizo cada vez más estrecha. Cecilio se agotaba pintando una y otra vez la silueta de Celina y cada una le parecía superior a la anterior.

Sin sentirlo dicen los viejos sabios, se había prendado perdidamente de Celina. y por ello la pintaba con tanta vehemencia. Por su parte el poeta Miguel también pasaba las noches en claro componiendo versos a Celina y sentía que su alma desfallecía cuando no estaba cerca de ella.

Ambos se habían enamorado de la misma mujer.

Y los dos jóvenes entraron en abierta competencia por lograr el corazón de la amada. Surgió la discordia entre ellos, hasta que un un día, sentados en un banco piedra de la alameda de Santo Domingo, hablaron con franqueza, como siempre lo habían hecho. -Cada uno reconoció que amaba a Celina Ibáñez Guerra. Razonando acertadamente llegaron a la conclusión de que ambos no podían ser dueños del mismo ser, por lo que Miguel dijo a su amigo el pintor: – no peleemos más. Es cierto que adoro a Celina, con todas mis fuerzas, pero no siento que ella me corresponda; en cambio a vos sí. Se diluye cuando te ve. Yo me retiro. Quédate con ella, y que seas feliz. Creo que eso es lo importante para mí. ¡Adelante mi querido Chilo! —Dicen que le dijo—, adelante y que tus anhelos sean realidad por  lo menos una vez.

Y en esa forma aquella amistad tan estrecha siguió vigente.

– IV –

Desde entonces Cecilio sólo existía para soñar con Celina.

Se veían furtivamente después de la misa del Sagrario a la que ella asistía. Ya en el Teatro Carrera, ya en el palco alto, ya en la salida de una función de Opera.

Refieren los viejos que el pintor por primera vez en su vida

se sintió plenamente satisfecho. Pero su felicidad fue breve. Don Juan Antonio Ibáñez, cuando advirtió lo que pasaba en el corazón de

su hija, se negó a casarla con un pobre mestizo sin ningún porvenir, que no podía darle jamás el bienestar que le correspondía. La envió entonces a México con familiares que vivían allá, impidiendo de esa manera que su amor se afianzara. Tan solo encontraron el tiempo necesario para despedirse a escondidas. Ambos comprendieron que nunca más se volverían a ver.

No obstante, cada uno llevaba la imagen del ser amado grabada en lo más hondo de sus entrañas.

Cecilio estaba triste, profundamente triste. Su angustia se hacía más densa al no poder referir a nadie la pena que atenazaba su espíritu, porque Miguel había viajado a la Ciudad de Quetzaltenango sin comunicarla nada.

Y refieren los viejos de la ciudad que Cecilio, en su desolación, camino sin rumbo fijo en aquella oportunidad. El crepúsculo manchaba la ciudad y la noche borraba con su sombra la claridad de los rincones. Era noviembre. Cecilio recordaba haber conocido a Celina ese día, en el Paseo de los Arcos. Un año inmenso había transcurrido desde entonces. Y sin sentirlo, hacia allá se encaminó.

Caminó y camino hasta llegar al acueducto, apenas iluminado por la claridad de la noche. Reconoció el lugar donde por primera vez había encontrado a su amada. Siguió vagando por los alrededores, encaminándose luego por las tortuosas calles de la Villa de Guadalupe, oscuras, silenciosas y polvorientas.

De pronto, al llegar a la Calle Real de la Villa de Guadalupe, distinguió cerca del tanque de lavar ropa, una figura que le pareció conocida. Aguzó la vista y se sorprendió lleno de emoción: ¡era Celina!, que al parecer se bañaba a la orilla del tanque.

Su estupor fue tan grande que no pudo correr. Cecilio veía recortada en la oscuridad la figura de su amada: vestía un camisón transparente que insinuaba el cuerpo casi en su plenitud. Una cabellera un tanto larga, color negro azabache corría por su espalda, la cual peinaba voluptuosamente con un peine de oro. Cerca de ella un guacal, también de oro. Cosa extraña, pero por más esfuerzos que Cecilio realizaba no podía ver aquel rostro que tanto le gustaba. Lo tenía vuelto hacia la oscuridad de la noche. Sin embargo, ella le hacia señas con la mano para que se aproximara. El pintor no percibió la atmósfera pesada que invadía el ambiente.

La alegría de encontrarse nuevamente con Celina fue tan profunda, que, sin meditar, acudió a su llamado. Cuando Cecilio se acercó, la silueta femenina emprendió la marcha rumbo al infinito…

La mujer caminaba y caminaba con tanta rapidez, que costaba mucho seguirla. Cecilio, en pos de ella, gritaba desesperado: ¡Celina, Celina, por amor de Dios detente!

La blanca figura, en fuga precipitada, se desdibujaba en la noche. Recorriendo cuadras y más cuadras se acercaban a los linderos de la Villa de Guadalupe.

Cecilio iba tras ella sin sentir cansancio. Parecía hechizado poder coordinar sus pensamientos. No escuchaba el aullar de los perros que se hacía sentir por donde pasaban.

En esa forma se asomaron al campo. Después de recorrer los montes iluminados por la luna, llegaron a la orilla de un barranco. Allí la transparente mujer se detuvo. Cecilio pudo por fin alcanzarla. Se volvió entonces, intempestivamente, y el pintor, en lugar del bello rostro que amaba, se estrelló con una horrible cabeza de caballo que lanzaba fuego por los ojos.

La mujer se arrojó sobre él, las descarnadas manos le dieron un abrazo glacial y Cecilio ya sin saber nada, envuelto en una vorágine espanto, no pudo librarse. Sin esperar más la mujer con cara de caballo, lanzando un grito horrible, se precipitó al abismo llevándose en su caída el alma y el cuerpo del artista…

Esa noche la gente de la Villa de Guadalupe escuchó aullar a perros con terror crispante y el tétrico canto de las lechuzas se prendió de los árboles, de las estrechas y del miedo de todos los habitantes de la Villa.

Dijeron los viejos después, que esa noche la Siguanaba había caminado por sus venas.

—VI –

Desde entonces nadie supo más de Cecilio Flores, el pintor la Calle de las Congregaciones. No se le volvió a ver con su cuadernillo de papel de Manila y su carboncillo, haciendo bocetos de mujeres bellas.

Nadie dio importancia a su desaparición; era tan solo un artista.

Pero cuando Miguel Ricardo de la Fuente, el poeta amigo, se enteró de la ausencia del compañero entrañable, regreso afligido a la ciudad de Guatemala y se dio a la tarea de buscarlo. Recorrió calles, plazas, iglesias, paseos, sin dar con él.

Una tarde, triste y cansado, acertó a pasar cerca del tanque de agua de la Calle de Guadalupe. Un carretero descansaba con sus bueyes a la vera del mismo.

Miguel se acurrucó desolado junto a él. El carretero, al sentir tal aflicción, le hablo con afecto. Miguel confesó su pena —; ¡sentía necesidad de comunicarse con alguien!— y el viejo desconocido
respondió: -es inútil que lo sigas buscando. ; ¡La Siguanaba se lo gano! Hace unos días encontraron en el barranco de allí enfrente el cadáver de un hombre joven, todo arañado y desfigurado. En su bolsa llevaba un cuadernillo de papel de Manila y un pedacito carbón para dibujar. La gente dice que despeñó, pero yo estoy seguro que se lo ganó la Siguanaba, porque ella sale todas las noches por las calles de la ciudad a perseguir a los enamorados.

Con frecuencia toma la forma de la novia de uno, y se hace seguir y seguir hasta que lo embarranca. Eso fue, de plano, lo que pasó a tu amigo. ¡Si yo te contará!… He visto muchas veces a esa mujer, pero me he salvado porque he jalado a tiempo una mata de escubilla, que es la única forma de librarse de ella. ¡Pobre amigo! La Siguanaba se ganó a tu compañero y lo enterró en el barranco. Tené cuidado: no te vayas a tropezar con ella. Mira que está oscureciendo.

Después de oirlo, el poeta sintió más desolada su alma. Sin saber por qué tuvo la certeza de que el viejo carretero decía la verdad. Como si su voz fuera el eco de otra lejana que venía hacia él, cargada de sabiduría y de siglos. Era la voz de su pueblo que le hablaba, a manera, de miedos y alegrías. Y se fue lentamente, cada vez triste por su amigo y su extraña muerte.

La noche, cayéndose de estrellas, lo encontró caminan rumbo a la ciudad. Desde entonces, el poeta Miguel evita caminar las noches por donde hay agua, porque teme que se le aparezca la Siguanaba en la figura de la inolvidable Celina Ibáñez Guerra. Y bella Celina, mujer fascinante, jamás supo de la muerte de su amado y jamás volvió a la Nueva Guatemala de la Asunción.

 

Bibliografía

Lara Figueroa, Celso A. (2005). Por los Viejos Barrios de la Ciudad de Guatemala. Guatemala: Artemis Edinter.

Los Güegüechos de gracia José y Agustina, conocidos en el pueblo con los diminutivos de Don Chepe y la Nina Tina hacen la cuenta de mis años con granos de maíz, sumando de uno en uno de izquierda derecha, como los antepasados los puntos que señalan los siglos en las piedras. El cuento de los años es triste. Mi edad les hace entristecer.

— El influjo hechicero del chipilín — habla la Nina Tina— me privó de la conciencia del tiempo, comprendido como sucesión de días y de años. El chipilín, arbolito de parpados con sumo, destruye la acción del tiempo y bajo su virtud se llega al estado en que enterraron a los caciques, los viejos sacerdotes del reino.

—Oí cantar — habla Don Chepe— a un guardabarranca bajo la luna llena, y su trino me goteó de mielita hasta dejarme lindo y transparente. El sol no me vido y los días pasaron sin tocarme. Para prolongar mi vida para toda la vida, alcancé el estado de la transparencia bajo el hechizo del guardabarranca.

—Es verdad —hablé el último —, les deje una mañana de abril pare salir al bosque a caza de venados y palomas, y, ahora que me acuerdo, estaban como están y tenían cien años. Son eternos. Son el alma sin edad de las piedras y la tierra sin vejez de los campos. Salí del pueblo
muy temprano, cuando por el camino amanecía sobre las cabalgatas. Aurora de agua y miel. Blanca respiración de los ganados. Entre los liquidámbares cantaban los cenzontles. La flor de las verbenas quería reventar.

Entré al bosque y seguí bajo los árboles como en una procesión de patriarcas. Detrás de los follajes clareaba el horizonte con oro y colores de vitral. Los cardenales parecían las lenguas del Espíritu Santo. Yo iba viendo el cielo. Primitivo, inhumano e infantil, en ese tiempo me llamaban Cuero de Oro, y mi casa era asilo de viejos cazadores. Sus estancias contarían, si hablasen, las historian que oyeron contar. De sus paredes colgaban cueros, cornamentas, armas, y la sala tenía en marcos negros estampas de cazadores rubios y anima les perseguidos por galgos. Cuando yo era niño, encontraba en aquellas estampas que los venados heridos se parecían a San Sebastián.

Dentro de la selva, el bosque va cerrando caminos. Los árboles caen como moscas en la telaraña de las malezas infranqueables. Y a cada paso, las liebres ágiles del eco saltan, corren, vuelan. En la amorosa profundidad de la penumbra: el tuteo de las palomas, el aullido del coyote, la carrera de la danta, el paso del jaguar, el vuelo del milano y mi paso despertaron el eco de las tribus errantes que vinieron del mar. Aquí fue donde comenzó su canto. Aquí fue donde comenzó su vida. Comenzaron la vida con el alma en la mano. Entre el sol, el aire y la tierra bailaron al compás de sus lágrimas cuando iba a salir la luna. Aquí, bajo los árboles de anona. Aquí, sobre la flor de capulí…

Y bailaban cantando:

“¡Salud, oh constructores, oh formadores! Vosotros veis. Vosotros escucháis. , ¡Vosotros! No nos abandonéis, no nos dejéis, ¡oh, dioses!, en el cielo, sobre la tierra, Espíritu del cielo, Espíritu de la tierra. Dadnos nuestra descendencia, nuestra posteridad, mientras haya días, mientras haya albas. Que la germinación se haga. Que el alba se haga. Que numerosos sean los verdes caminos, las verdes sendas que vosotros nos dais. Que tranquilas, muy tranquilas estén las tribus. Que perfectas, muy perfectas sean las tribus. Que perfecta sea la vida, la existencia que nos dais. ¡Oh, maestro gigante. Huella del relámpago, Esplendor del relámpago, Huella del Muy Sabio, Esplendor del Muy Sabio, Gavilán, Maestros-magos, Dominadores, Poderosos del cielo, Procreadores, Engendradores, Antiguo secreto, Antigua ocultadora, Abuela del día, Abuela del alba!…

¡Qué la germinación se haga, que el alba se haga!»

Y bailaban, cantando…

» ¡Salve, Bellezas del Día, Maestros gigantes, Espíritus del Cielo, de la tierra, Dadores del Amarillo, del Verde, Dadores de Hijas, de Hijos! ¡Volveos hacia nosotros, esparcid el verde, el amarillo, dad la vida, la existencia a mis hijos, a mi prole! ¡Que sean engendrados, que nazcan vuestros sostenes, vuestros nutridores, que os invoquen en el camino, en la senda, al borde de los ríos, en los barrancos, bajo los árboles, bajo los bejucos! ¡Dadles hijas, hijos! ¡Que no haya desgracia ni infortunio! ¡Que la mentira no entre detrás de ellos, delante de ellos! ¡Que no caigan, que no se hieran, que no se desgarren, que no se quemen! ¡Que no caigan ni hacia arriba del camino, ni hacia abajo del camino! ¡Que no haya obstáculo, peligro, detrás de ellos, delante de ellos! ¡Dadles verdes caminos, verdes sendas! ¡Que no hagan ni su desgracia ni su infortunio vuestra potencia, vuestra hechicería! ¡Que sea buena la vida vuestros sostenes, de vuestros nutridores ante vuestras bocas ante, vuestros rostros, oh Espíritus del Cielo, oh Espíritus de la Tierra, oh fuerza Envuelta, oh Pluvioso, Volcán, en el Cielo, en la Tierra, en los cuatro ángulos, en las cuatro extremidades, en tanto exista el alba, en tanto exista la tribu, oh dioses!»

Y bailaban cantando.

Oscurece sin crepúsculo, corren hilos de sangre entre los troncos, delgado rubor aclara los ojos de las ranas y el bosque se convierte en una  masa maleable, tierna, sin huesos, con ondulaciones de cabellera olorosa a estoraque y a hojas de limón.

Noche delirante. En la copa de los árboles cantan los corazones le los lobos. Un dios macho está violando en cada flor una virgen. La lengua del viento lame las ortigas. Bailes en las frondas. No hay estrellas, cielo, ni camino. Bajo el amor de los almendros el barro huele a carne de mujer.

Noche delirante. Al rumor sucede el silencio, al mar el desierto. En la sombra del bosque me burlan los sentidos: oigo voces de arrieros, marimbas, campanas, caballerías galopando por calles empedradas; veo luces,  chispas de fraguas volcánicas, faros, tempestades, llamas, estrellas: me siento atado a una cruz de hierro como un mal ladrón; mis narices se llenan de un olor casero de pólvora, trapos y sartenes. Al rumor sucede el silencio, al mar el desierto. Noche delirante. En la oscuridad no existe nada. En la oscuridad no existe nada…

Agarrándome una mano con otra, bailo al compás de las vocales de un grito ¡A-e-i-o-u! ¡A-e-i-o-u! Y al compás monótono de los grillos.

¡A-e-i-o-u! ¡Más ligero! ¡A-e-i-o-u! ¡Más ligero! ¡No existe nada! ¡No existo yo, que estoy bailando en un pie! ¡A-e-i-o-u! ¡Más ligero! ¡U-o-i-e-a! ¡Más! ¡Criiii-criiii! ¡Más! Que mi mano derecha tire de mi izquierda hasta partirme en dos —aeiou — para seguir bailando —uoiea — partido por la mitad —aeiou—, pero cogido de las manos — ¡criiii… criiii!

Los güegüechos oyen mi relato sin moverse, así como los santos de mezcla embutidos en los nichos de las iglesias, y sin decir palabra.
Bailando como loco tope el camino negro donde la sombra dice:

“ ¡Camino rey es éste y quien lo siga el rey será!» Allí vide a mi espalda el camino verde, a mi derecha el rojo y a mi izquierda el blanco. Cuatro caminos se cruzan antes de Xibalbá. Sin rumbo, los cuatro caminos éranme vedados; después de consultar con mi corazón, me detuve a esperar la aurora llorando de fatiga y de sueño.

En la oscuridad fueron surgiendo imágenes fantásticas y absurdas: ojos, manos, estómagos, quijadas. Numerosas generaciones de hombres se arrancaron la piel para enfundar la selva. Inesperadamente me encontré en un bosque de árboles humanos: veían las piedras, hablaban las hojas, reían las agas y movíanse con voluntad propia el sol, la luna, las estrellas, el cielo y la tierra.

Los caminos se enroscaron y el paisaje fue apareciendo en la claridad de las distancias enigmáticas y tristes, como una mano que se descalza el guante. Líquenes espesos acorazaban los troncos de las ceibas. Los robles más altos ofrecían orquídeas a las nubes que el sol acababa de violar y ensangrentar en el crepúsculo. El culantrillo simulaba una lluvia de esmeraldas en el cuello carnoso de los cocos. Los pinos estaban hechos de pestañas de mujeres románticas.

Cuando los caminos habían desaparecido por opuestas direcciones –opuestas estan las cuatro extremidades del cielo -, la oscuridad volvió a esponjar las cosas, colándolas en la penumbra hasta hacerlas polvo, nada, sombra.

Noche delirante. El tigre de la Luna, el tigre de la noche y el tigre de la dulce sonrisa vinieron a disputar mi vida. Caída el ala de la lechuza, lanzáronse al asalto; pero en el momento de ir garra y comillo a destrozar la imagen de Dios —yo era en ese tiempo la imagen de Dios —, la medianoche se enroscó a mis pies y los follajes por donde habían pasado reptando los caminos, desanilláronse en culebras de cuatro colores subiendo el camino de mi epidermis blando y tibio para el frio raspón de sus escamas. Las negras frotaron mis cabellos hasta dormirse de contentas, como hembras con sus machos. Las blancas ciñiéronme la frente. Las verdes me cubrieron los pies con plumas kukul. Y las rojas los órganos sagrados…

— ¡Titilganabáh! iTitilgartabáh!    — gritan los güegüechos —. Les callo para seguir contando.

— Aislado en mil anillos de culebra, concupiscente, torpe, tuve la sexual agonía de sentir que me nacían raíces. La noche era tan oscura que el agua de los ríos se golpeaba en las piedras de los montes, y más allá de los montes, Dios, que hace a veces de dentista loco, arrancaba los árboles de cuajo con la mano del viento.

— ¡Noche delirante! ¡Bailes en las frondas! Los encinales se perseguían bajo las nubes negras, sacudiéndose el roció como caballerías sueltas. ¡Bailes en las frondas! ¡Noche delirante! Mis raíces crecieron y ramificáronse estimuladas por su afán geocéntrico. Taladré cráneos y ciudades, y pensé y sentí con las raíces añorando la movilidad de cuando no era viento, ni sangre, ni espíritu, ni éter en el éter que llena la cabeza de Dios.

¡Titilganabáh! ¡Titilganabáh!

A lo largo de mis raíces, innumerables y sin nombres, destilóse mi palidez centrina (Cuero de Oro), el betún de mis ojos, mis ojeras y mi villa  sin principio ni fin.

— ¡Titilganabáh!

Y después… — concluí fatigado —, sus personas me oyen, sus personas me tienen, sus personas me ven…

¡A medida que taladro más hondo, más hondo me duele el corazón!

Pero acuérdeseme ahora que he venido a oír contar leyendas de Guatemala y no me cuadra que sus mercedes callen de una pieza, como se Ies hubiesen comido la lengua los ratones…

La tarde cansa con su mirar de bestia maltratada. En la tienda hace noche, flota el aroma de las especias, vuelan las moscas turbando el ritmo de la destiladera, y por las pajas del techo la luz alarga pajaritas de papel sobre los muros de adobe.

¡Los ciegos ven el camino con los ojos de los perros!… — concluye Don Chepe.

¡Las alas son cadenas que nos atan al cielo! — concluye la Niña Tina.

Y se corta la conversación.

 

Bibliografía

Asturias, M. A. (2006).  Leyendas de Guatemala. Guatemala.

Compartida por: Fernando

País: Guatemala

Los años anteriores a que tuviera lugar el terremoto que en el año de 1917 destruyó casi por completo la ciudad de Guatemala de la Asunción, no se dibujaba en ella ni el más ligero esbozo de vida nocturna.

Tras el toque de ánimas que lanzaban al viento las lenguas de bronce de sus cien historiadas iglesias, y del toque de queda que rasgaba los aires de los clarines de los Castillos de Matamoros y de San José —que fueron construidos durante la época colonial—, sus tranquilos y pacíficos moradores, que seguían al pie de la letra el refrán de «mejor machete estate en tu vaina», se encerraban en sus casonas coloniales, que nos hacían recordar las españolas de grandes patios y de balcones enrejados. Ellos sabían, muchos por experiencia y otros de oídas, que el salir a la calle podría costarles más de un dolor de cabeza que les haría pasar las «rondas» de don Meme, que la recorrían de un confín a otro.

Las personas mayores, entre sorbo y sorbo de delicioso chocolate, servido en india jícara, hacían vida social en los salones, pelando al prójimo o hablando del chisme del día; y a la gente menuda, tras el habitual rezo del Rosario y el recitar de las preces del «bendito» y el «ángel mío de mi guarda», nos enviaban a la cama.

Yo siempre fui un niño flaco, enfermizo, tímido y miedoso —una síntesis del niño consentido—, que me asustaba ante la contemplación de un rincón obscuro o al escuchar el crujir de una puerta mal cerrada. Sin embargo, era muy dado a que me contaran «casos» de ánimas en pena y aparecidos, que solían relatarnos las criadas indias traídas a la capital de la finca de mi abuelo. Jamás me enviaban a acostar solo; siempre me acompañaba la Andrea, mi china, una india imaginativa, buena y leal, que sabía miles de historietas, a cuales más interesantes, y que vivía al lado de mi familia desde el casamiento de mi madre. Ella había recibido la orden de no separarse de mi lado, sino hasta que estuviese profundamente dormido.

Todas las noches, a la hora precisa en que me acostaba, escuchaba pasar frente a mi cuarto, que estaba situado al lado del de mi madre, y en el ala de la casa que daba a la calle, el ruido del arrastrarse raudo de un carruaje cuyos caballos, percherones negros me lo imaginaba yo, golpeaban con sus cascos herrados los embaldosados de las calles que vieron pasar por encima de ellas a muchos capitanes generales ya esbozados caballeros españoles de la época pre independencia.

La primera vez que lo sentí pasar, apenas si le di importancia. Pero como seguí sintiendo que lo hacia todas las noches, a la misma hora, principie a inquietarme y a bordar en mi infantil y enfermiza imaginación las más extrañas conjeturas. Una noche, por fin, decidí salir de dudas y; preguntarle a la Andrea lo que hacia ese carruaje a esas horas. ¡Cómo no lo va a saber ella —pensé­ que sabe tantas cosas?

  • ¿Que qué hace ese carruaje cuyos caballos pasan todas las noches a la misma hora haciendo pelenguén… pelenguén…? —me respondió. Pues, es el de Sixto Pérez. Si me ofreces quedarte dormido y no decirle a la «señora» que te lo he contado, te relato su historia.
  • Te lo prometo, pero cuéntamela…

—Todo esto —dijo— sucedió después de la Revolución de 1871, que derrocó al gobierno de los «cachurecos», llamado de los 30 años, y cuando hacía poco que había subido a «la guayaba» el general don Justo Rufino Barrios, don Rufo, como lo llamaban todos, y quien quería mucho a los humildes y odiaba a los aristócratas. Este señor, al no más subir al poder, dispuso que salieran de Guatemala, para bien de ella, los frailes, monjas y padres que había en los conventos. Como el mismo no podía ejecutar sus órdenes, comisionó para que las llevara a cabo a Sixto Perez, a quien, por su color, llamaban Sixto Negro, personaje en quien había depositado mucha confianza. Este no solo las cumplió, sino que dicen que se excedió en ellas; pero esto no viene al caso, y sigamos con la historia.

«Un Viernes Santo, llevada en hombros por los «cucuruchos» de la Hermandad de Jesús Sepultado de Santo Domingo, salió de ese templo la procesión del Santo Entierro. Esa misma procesión que sale ahora a las tres de la tarde y que recorre media Guatemala.

«Cuando la urna del Señor, adornada de flores y zahumada de incienso, venia por la esquina de esta misma calle (nuestra casa se hallaba situada en la 11 avenida norte y quinta calle), frente al atrio de la Merced, cuyas matracas imponían majestad a la procesión, se dejó venir sobre ella, como un huracán, un carruaje tirado por dos briosos caballos negros, adentro del cual iba gritando y cantando don Sixto Negro, a quien acompañaban varias «mujeres malas» que rompían el tradicional silencio de ese día con sus risotadas y cantos.

«Los «cucuruchos», ante el inesperado atropello, dejaron caer al suelo la anda, rodando por él la imagen, que si no se hizo trizas fue por un puro milagro… Sixto y sus acompañantes se perdieron entre la polvazón que se levantó y las maldiciones y candelazos que alcanzaron a tirarles algunos «cucuruchos».

«No habían pasado dos semanas de que esto sucediera, cuando se supo en Guatemala, que Sixto había desaparecido. Lo buscaron por todas partes; y nada: en su cuarto solo encontraron un fuerte y penetrante olor a azufre. Mi nanita, que Dios la tenga en su santa gloria, contaba que se lo llevó el «Cachudo», con ropa y todo, dejando pa’recuerdo, de que había estado por allí, la jediondez en el cuarto.

«Desde entonces, m’hijo, a esta hora, qu’es la hora en que salen las ánimas a cumplir sus penitencias por el mundo, la de él sale a pasearse por las mesmas calles en que cometió su desacato; y hace en el mesmo carruaje, que va tirado por dos caballotes negros, que van echando chispas por boca y haciendo sobre los empedrados pelenguén…pelenguén… Si no me crees lo que te cuento, abre la ventana mañana a esta mesma hora y lo vas a ver…

«Mi finada nanita, que según ella jamás dijo una mentira, me contó, como yo te lo cuento a ti, este «caso», y ella me aseguraba que una noche que la mandaron a comprar un manojo de cigarros de tuza a la tienda de la esquina, alcanzó a ver cuándo el carruajón, echando chispas por todos lados, doblaba la esquina de la quinta calle».

Raudos, como el carruaje de Sixto Perez, los años han pasado por mi vida. Me hallo lejos de mi Guatemala embrujada y llena de consejas, y siempre que por las noches oigo sobre los embaldosados el pelenguén…, pelenguén…, de algún coche, llega a mi imaginación el recuerdo del carruaje de don Sixto Perez, que, entre chispas y tirado por negros percherones, tal vez esté pasando por las calles de mi barrio de la Merced…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.

EL José Cruz Zamora debía cinco ayotes pertenecientes a otros tantos cristianos que había mandado a volar espalda al otro potrero, y, sin embargo, jamás había conocido los rigores de la cárcel. .. ¡Era tan libre como el agua de la toma que baña los pies de mengala en la casa de la finca «El Sapuyul»!

Esta deuda macabra, que a otro que no fuera el José Cruz —hombre de pelo en pecho, como el mismo se llamaba— lo habría avergonzado y llenado de pena y remordimiento, cifraba para este ser montaraz que él era el José Cruz Zamora, oriundo de las tierras calientes de Chiquimulilla, el más grande de sus orgullos.

Recuerdo perfectamente, con caracteres que han quedado estereotipados en mi mente como queda el tinte de nij en las jícaras pintadas por nuestros indígenas, haberlo escuchado una tarde frente al corrillo que formaban los vaqueros delante de la fogata en que calienta la jarrilla de lata con el café, contar como se madrugó al Chon Velázquez, que le quería hacer sombra.

¡Me parece que lo estuviera viendo! Contaba esta aventura con la mayor naturalidad, como si se hubiera tratado de la ejecución de una obra de misericordia. Nos la relato en una de las esporádicas aparecidas que hacía por la finca, tras muchos meses de estarse escondido, como novillo cimarrón, entre los manglares, del Obero, que es un sitio cercano al Estero de Chiquimulilla.

La tarde esa en que lo relato estaba el José Cruz en cuclillas, rodeado por la admiración de todos los vaqueros que con sus gestos seguían el relato. Para ellos, el José Cruz era la personificación de lo que muchos habrían querido ser y que no eran, porque tal vez les faltaban «hígados», como dicen por allá. El José Cruz estaba, como repito, en cuclillas; con su corvo vizcaíno rasgaba la tierra: y con la mano derecha accionaba y daba colorido a su relato. Sus ojos de gato barcino, a ratos me parecía que echaban chispas, dándome la sensación de que tenía frente a mí a un tigrillo relatándoles una aventura a sus cachorros. Sus pómulos salientes se le inflaban, y hacían, entonces, que sus ralos bigotes se movieran agitadamente.

¡Extraño personaje este José Cruz Zamora! Era el vivo retrato del criollo montaraz, pendenciero y de mala entraña que tanto abunda en las tierras del Oriente. Don Nicanor, que era el único letrado que había en la finca, lo definía diciendo que el José Cruz era un «esquizofrénico».

Pero…, volvamos al relato y averigüemos, por sus propios labios, cómo se sopló al Chon Velázquez, que le quería hacer sombra.

«Van ustedes a ver, muchá, cómo jué”.

Estábamos en el estanco de la Lolita, allá en Taxisco, mucha, Lupe Cárcamos, Lolo Alméndarez, Chus Cansinos —todos amigos míos—, y este su «cuero», mucha, cuando llegó el Chon con los de su grupo. ¡Pa qué los vo’a engañar, muchá, hacía días que le llevaba ganas al tal Chon! Y le llevaba ganas, porque mi’habían soplado que se quería enredar con la Chusita, esa que tiene ojitos de «vení acá», la cajera del estanco; ustedes saben que José Cruz Zamora no permite qu’iotro beba en el ojo d’iagua donde él bebe…! ¡Ende hacía días que le quería armar camorra al Chon, y l’ocasión me la pintaron calva ese día! ¡M’ihabían dicho que era re difícil pendenciar con el Chon, pero pa’José Cruz Zamora — y que no se les olvide, mucha— no hay nada difícil, sobre todo si se trata de pelear!

¿Cómo l’arme el pleito? Pues, muy sencillamente: le ofrecí un trago de pura «cushusha», seguro de que no me lo’iba a acectar… y ansina jué… no me lo acectó. . . Entonces, siguiendo la ley de estas tierras, de que el que no le acecta a uno un trago es porque no quiere ser su amigo, le vacié la copa en todita la cara. El Chon se puso como «chichicúa» y sacó su cuete, pero como yo se qu’el que madruga pega dos veces, ya tenía el mío desenfundado, y de cuatro pepitazos de mi 38 me lo mande derechito al «otro potrero». . . Di una barajustada y saliendo de espaldas y apuntándoles con el cuete a los otros pa’que no m’hicieran nada, llegue hasta donde estaba mi bestia; me monte en ella, y, como alma que lleva al diablo, me juí a donde están mis manglares, que solo yo conozco. ¡Eso jue todo! ¡Desde entonces, el Chon ya no le volvió a decir chuladas, ni que lindos tenés los ojos, a la Chusita. ..! Dicen que cuando llegó la escolta con el Juez, a levantar al matado, el jefe dijo, sin que nadie le hubiera dicho nada antes:

—» A éste se lo sopló el José Cruz Zamora, señor juez; tiene los cuatro pepitazos en la frente como solo él los sabe meter…! «.

Claro que había sido yo: ¡pero nadie dijo nada! ¿No se lo estoy yo mesmo contando a ustedes, pues? , y por si lo dudan tuavía les voy a contar qu’en la noche juí al pueblo; y allí, en la «loza», vide al Chon, con la mesma cara de pajuil que tenía cuando vivo. Y que esta historia no se les olvide, mucha. Que les sirva d’ejemplo y que nunca se les vaya a ocurrir beber en el mesmo ojo d’agua donde bebe el José Cruz Zamora, porque les aseguro que se van p’al «otro potrero».

 

Don Lencho Santa Cruz Zamora, Licenciado en Leyes, de la Universidad Nacional, pero más agricultor que licenciado, y ahora dueño y señor de las trescientas y tantas caballerías que constituyen la finca «El Sapuyul», era tío carnal de José Cruz Zamora. Uno de sus mayores dolores de cabeza era este sobrino que le había dado una hermana, al haber tenido el descuido de enredarse con un español aventurero que llego al pueblo de Taxisco, allá por la época de sus mocedades. Don Lencho, que era un hombre de bien y de trabajo, ambicionaba ver a José Cruz hecho un hombre de bien. Vanas fueron las tentativas de don Lencho para lograr su objeto; ni halagos, ni regaños, ni amenazas fueron capaces de cambiar la individualidad tirada al mal de este su sobrino. Lo más que se había logrado era que José Cruz se portara como hombre de bien unos cuantos meses; pero cuando más contentos estaban todos de su buena conducta, hacía una de las suyas.

Hacía varios meses que José Cruz se portaba tan bien como una ovejita, cuando don Lencho, que nunca había ido «por hay», dispuso ir a dar un viajecito a las Uropas, haciendo lo que hacen todos los hacendados de nuestras tierras, que hipotecan la finca y se van a dar un verde al extranjero. Antes de hacerlo, llamó al sobrino, lo regaño, le dio consejos, le regaló unas cuantas bestias, y hasta le dejó una buena cantidad de reales, suplicándole que se portara bien, siquiera en recuerdo de la memoria de su madre. ¡Así se lo ofreció el sobrino!

Tranquilo por esta promesa, se fue don Lencho a su viaje. Su visión se quedó absorta ante la contemplación de los huertos californianos, que lo hicieron pensar que a su vuelta iba a hacer él en su finca unas lindas plantaciones de mangos, así como las hay de manzanas en California. Y no menos absorto se quedó al ver en los Inválidos la tumba de Napoleón. Pero su admiración fue momentánea, pues recordó de la que tiene don Justo Rufino Barrios, en el Cementerio General de Guatemala, y nadie lo sacó de su afirmación de que esta era mejor y más bonita que la del gran Corso. ¡Pobre don Lencho, no es que fuera chauvinista, sino que su acendrado amor a nuestra tierra lo hacía ver mejor todo lo de ella!

Durante su viaje, don Lencho no se olvidó de la parentela. A cada uno le trajo un regalito. En cuenta, al José Cruz, a quien le trajo una linda pistola comprada por el mismo don Lencho en una fábrica norteamericana. ¡Cómo se iba a olvidar don Lencho de su «dolor de cabeza»! ¡Malo puede ser el muchacho, decía don Lencho, pero al fin y al cabo, por sus venas corre sangre de la misma que corre por las mías!

Don Lencho puso en las manos de José Cruz el precioso regalo que dicen tenía pomo de concha nácar. El José Cruz lo tomo entre las suyas, acariciándolo como al hijo más querido de su alma, y dijo:

—Gracias, tió Lencho, por el cuete; está muy lindo. Pero, perdone: ¡uste si qu’es bien papo! ¿No se puso a pensar, cuando lo compró para mí que bien me lo puedo soplar a usté mismo con este cuete?

—Vos siempre con tus «guazas», José Cruz—le respondió.

Y después de darle unas cariñosas palmaditas en la espalda se despidió de él.

José Cruz estuvo ese día y quien sabe cuántos más, viendo y volviendo a ver la preciosa pistola con pomo de concha nácar. ¡Hasta llegaron a decir las malas lenguas que José Cruz ya no quería a la Chusita, su traída, sino que estaba enamorado de su cuete!

Una tarde venia don Lencho con rumbo a su finca, atravesando la montaña llamada del Cobanal, cuando oyó el estampido de un balazo, y sintió que le pasaba un proyectil rozándole la cabeza, por fortuna sin herirlo. Se apió de la bestia y, revolver en mano, se dirigió al lugar de donde aquel había salido. No había caminado cinco pasos, cuando de detrás de unos matorrales, vio salir la figura felina de su sobrino José Cruz, que le decía:

—¡El susto que me lo’hice pasar, tío! ¡Si era pura broma! ¡Tenía la cosquillita en la cabeza de ver qué cara pone un tío cuando uno se lo “venadea” con la mesma pistola qu’el li’ha regalado…!

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa