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La traducción de Leger, que lleva en sí la garantía de ser debida a un especialista, dice así, puesta en castellano:

Había una vez un rey y una reina que llevaban tres años de matri­monio sin tener hijos, lo que era objeto para ellos de constante pesa­dumbre. Cierto día se vio el rey obligado a emprender un viaje de inspección a través de su reino. Despidiéndose de su esposa y estuvo ausente de su compañía más de ocho meses. Había llegado el noveno cuando regresó a su corte; pero antes de entrar en ella, hubo de atravesar una árida campiña, precisamente en los más calurosos días del verano, y sintiéndose agobiado por ardiente sed, mandó a sus sirvientes que le buscaran agua por aquellos alrededores. Salieron ellos en diversas direc­ciones para cumplir la orden, mas después de estar durante más de una hora buscando y rebuscando, regresaron sin haber hallado el más mínimo indicio que pudiera complacer al rey.

Impaciente éste, fue entonces él mismo a realizar la ansiada bús­queda, con la esperanza de que en un sitio u otro hallaría señales de un manantial, y, en efecto, en cierta llanura donde nunca había habido agua descubrió un pozo.

El brocal de madera parecía nuevecito; hasta él llegaba el agua y sobre ésta flotaba una taza de plata con asa de oro. Se apeó el rey del caballo en que iba montado, apoyó la mano izquierda sobre el brocal y tendió la derecha para coger la taza; pero no parecía sino que estu­viera viva y dotada de un buen par de ojos, porque al ver aquel movi­miento saltó a un lado y volvió a flotar tranquilamente sobre el agua. El rey, ya un poco azorado, siguió intentando cogerla, ora con una mano, ora con la otra o, al fin, con ambas a la vez; pero la maldita taza dio un chapuzón, como si en vez de un objeto fuera un pez, y vol­vió a aparecer sobre el agua un poco más lejos.

¡Diablo! —Pensó el rey—, es inútil querer apoderarse de esa taza. Pues bien: prescindiré de ella. Y entonces echóse de bruces sobre el brocal del pozo, y bebió, bebió aquella agua cristalina, fresca co­mo el hielo. Entretanto su larga barba, que le llegaba hasta la cintura, se hundía en el agua. Una vez calmada su ardiente sed, quiso el rey in­corporarse, pero algo, un no sé qué, se había agarrado a aquella barba y no soltaba su presa a pesar de todos los esfuerzos del monarca, el cual gritó furioso:

— ¿Quién está ahí? Que me suelte de una vez.

—Soy yo —le contestaron—, el rey de los países subterráneos, Kos­tiei, el inmortal. No to soltaré hasta que me hayas dado lo que has dejado tú en tu casa —sin saber que lo tuvieras—, lo que tú no espe­rabas encontrar a tu regreso.

Miró el rey hacia el fondo del pozo, y vio una cabeza enorme con dos ojos verdes y una boca abierta hasta tocar con las orejas. Kostiei tenía al rey aprisionado entre sus uñas, tan fuertes y macizas como las pinzas de un cangrejo, y reía, reía con malvada risa. En cuanto al rey, pensó éste que el objeto que él mismo ignoraba que tuviera antes de su partida y que no esperaba encontrar a su regreso, no podía ser muy importante. Así, contestó al monstruo: —Te doy lo que me pides.

Lanzó aquel una carcajada, soltó su presa, arrojó un chorro de luz y desapareció. Junto con él desaparecieron también el agua, el brocal del pozo y la taza. El rey se encontró agachado sobre arena. Se levantó persignóse, montó a caballo, fue a unirse a su escolta real y siguió su camino.

Al cabo de una o dos semanas, llegó, por fin, a la capital de su reino. El pueblo en masa salió a su encuentro y lo llevó en triunfo has­ta la entrada del palacio. En el umbral le esperaba ya la reina apretan­do contra el pecho un almohadón bordado, sobre el cual dormía, en­vuelto en pañales, un niño recién nacido. Adivinó entonces el rey la conexión que esto tenía con lo que le había ocurrido, gimió tristemente y pensó “¡He aquí el objeto que yo ignoraba que tuviera antes de mi partida y que encuentro ahora inesperadamente!” Y ante el asombro de todos prorrumpió en amargo llanto, sin que nadie se atreviera a pre­guntarle la causa de ello. Después cogió entre sus brazos al niño contempló con amor su inocente carita, y quiso llevarlo él mismo al inte­rior del palacio y colocarlo en su cama. Con gran esfuerzo de voluntad logró hacerse superior a su honda pena, y volvió a ocuparse de los asuntos de su gobierno. Pero ya no se le vio más tan alegre y tranquilo como antes. Una idea fija le torturaba siempre: qué día vendría en que Kostiei le reclamaría la entrega de su hijo.

Sin embargo, las semanas, los meses, los años iban transcurriendo y nadie se presentaba reclamando al niño. El príncipe Inesperado, que éste era el nombre que le dieron, fue creciendo y llegó a ser un hermo­so doncel. El rey fue olvidando lo pasado y recobró su carácter alegre pero… ¡ay! … no todo el mundo olvidó lo pasado.

Cierto día, cazando el príncipe en un bosque, se separó de su séquito, y, perdido el rumbo, fue a parar al más intrincado rincón completa­mente cubierto de maleza. De pronto, apareció ante él un viejo mons­truo de ojos verdes.

–¿Qué tal, como estás, príncipe Inesperado? —le dijo—. ¡Cuán largo tiempo te has hecho esperar!

¿Y quién eres tú? —contestó el príncipe.

—Ya lo sabrás más tarde. Cuando hayas vuelto al hogar paterno, transmítele a tu padre mis saludos y dile que yo deseo que arreglemos nuestras cuentas pendientes; y que si deja de hacerlo, tendrá que arre­pentirse de ello amargamente.

Dicho esto, desapareció el monstruoso viejo. Volvió el joven las riendas buscando la salida de aquel mal paso, y en cuanto llegó a palacio contó a su padre lo que le había acontecido.

Palideció el rey al oír el horrible mensaje, y al punto, con lágrimas en los ojos, reveló a su hijo el espantoso misterio que hasta entonces le había ocultado.

—No llores, padre mío —le dijo el príncipe—. No es tan grave el mal como te figuras. Ya hallaré yo el medio de obligar a Kostiei a re­nunciar a los derechos que con engaño te hizo otorgarle sobre mí. Si dentro del plazo de un año no has vuelto a verme, será ello serial de que ya nunca más volveremos a vernos.

Y dicho esto, empezó el príncipe los preparativos para el viaje que iba a emprender. Le dio su padre una armadura de acero, un sable y un caballo. La reina púsole pendiente del cuello una cruz de oro purísimo, y al llegar el momento supremo de la despedida, besáronse tiernamen­te, lloraron un mar de lágrimas y el valiente príncipe se puso en ca­mino.

Tres días seguidos cabalgó. Al cuarto, hacia la puesta de sol, llegó a orillas del mar. Vio sobre la arena de la playa doce vestiduras de mujer, blancas como la nieve y que por su estilo hacían suponer que pertenecían a otras tantas doncellas que estaban bañándose; pero lo raro era que por muy lejos que mirara el joven no podía ver en el mar ni rastro de persona viviente. Movido de la curiosidad de saber qué misterio era aquél, se apoderó de una de las vestiduras, dejó pacer en libertad a su caballo en un prado vecino, y él se escondió entre unos juncales. Una manada de ánsares que había estado jugueteando sobre las olas saltó a la playa, y once de aquellas aves se cubrieron con las blancas vestiduras allí extendidas; después de lo cual, dando un golpe­cito con los pies en el suelo, convirtiéronse en hermosas doncellas. Una vez vestidas, se fueron volando las once por los aires. Pero la que completaba la docena, que era la más joven de ellas, no se decidía a salir del agua. Tendía el cuello mirando hacia todos lados. De pronto, des­cubrió al príncipe y le gritó:

i Príncipe Inesperado, devuélveme mi vestidura! j Te lo agrade­ceré mucho!

Inmediatamente fue obedecida. El hijo del rey colocó el vestido sobre el césped, donde pudiera darle alcance sin dificultad, y retiróse casta, prudentemente. Una vez verificada la metamorfosis de ánsar en doncella, fue ésta entonces al encuentro del joven, quien quedó asombra­do de su belleza. Era tal que ni ojos humanos habían visto otra seme­jante, ni oído alguno pudo escuchar la descripción de otra que rivalizara con ella. Ruborizándose, le tendió la mano al doncel y, bajos los ojos y con melodiosa voz, le dijo:

—Mil gracias te doy, noble príncipe, de haber atendido a mí ruego. Soy la hija menor de Kostiei, el inmortal. Doce hijas tiene y reina en el imperio de los países subterráneos. Mucho tiempo ha que te está esperando mi padre, y muy encolerizado se halla por ello. Sin embargo, no te aflijas ni nada temas, mientras hagas todo lo que yo te diga. En cuanto estés en presencia del rey Kostiei, te echas de rodillas, y sin hacer caso de sus gritos, pataleos y amenazas, acércate así valerosamente a él.

Lo que ha de suceder después, ya lo sabrás mas tarde. Por de pronto, ¡vámonos!

Al decir esto, dio con su piececito en el suelo, y Ia tierra abrió, y ambos descendieron al imperio subterráneo. Llegaron precisamente ante el palacio de Kostiei, que con su resplandor con ilumina más clara­mente que nuestro Sol todo aquel mundo desconocido. Atrevidamente, sin vacilar, entró el príncipe en el gran salón central.

Kostiei, coronado con una brillantísima diadema, estaba sentado en su trono de oro; relucían sus ojos como dos cristales glaucos y sus manos parecían dos pinzas de cangrejo. En cuanto le vio el príncipe, se echó de rodillas. Kostiei prorrumpió en espantosos gritos que hacían temblar las bóvedas de todo aquel imperio subterráneo. Pero el príncipe avanzo audazmente, siempre de rodillas, hasta llegar a pocos pasos del trono. Y he aquí que, al verle de aquel modo, todo el malhumor del rey se trueca en grandes carcajadas.

—Buena suerte has tenido —le dice entonces— al lograr hacerme reír: quédate, en pago, en nuestro imperio subterráneo; pero antes de que en el adquieras el derecho de ciudadanía, tendrás que cumplir tres órdenes que te daré. Hoy ya es demasiado tarde para empezar. Lo de­jaremos para mañana; entretanto, vete a descansar.

Durmió el príncipe muy bien en el aposento que le prepararon, y al dia siguiente lo mando a llamar Kostiei.

— ¡Bueno! —le dijo—. Veamos, príncipe, que es lo que tú sabes hacer. Esta noche tienes que edificarme un palacio de mármol. Las ventanas serán todas de cristal y el techo de oro. Sobre todo dónde no falte alrededor un parque magnífico, con sus fuentes y estanques. Si lo cons­truyes bien serás amigo mío. De lo contrario, te hare decapitar.

Oídas estas raras palabras, volvióse el príncipe a su habitación y se puso a reflexionar acerca de la inevitable muerte que le esperaba. Su­mido estaba en sus cavilaciones, cuando de pronto oyó que una abeja revoloteaba dando golpecitos en su ventana: “Déjame en­trar”. Abrió, pues, entró la abeja, y quien en su lugar vio el príncipe parada ante él fue la hija menor de Kostiei.

  • ¿En qué estás pensando, príncipe Inesperado? —le dijo. —Estoy pensando en que tu padre quiere hacerme morir. —Nada de eso temas. Duerme tranquilo, y mañana a la hora en que te levantes tu palacio estará listo.

Tal como ella dijo fue lo que ocurrió. Al día siguiente, por la mañana, al salir de su habitación el príncipe, lo primero que vio fue un palacio tan hermoso  como jamás había visto otro semejante. Al mismo Kostiei le parecía mentira lo que estaba contemplando muy pensativo.

—iBien!—dijo—.Esta vez tú has ganado la partida, pero otro trabajo he de encomendarte. Mañana hare venir aquí mis doce hijas; las veras juntas y si no adivinas cuál de ellas es la menor la equivocación te costará la cabeza.

Y entonces sí que el príncipe pensó: ¿Cómo? ¿Y si es posible que yo no reconozca a la menor? j Vaya! ¡Cosa más fácil! … Y diciendo esto entre sí, volvió a su cuarto.

—Pues para que lo sepas, tan difícil es la nueva prueba, que si yo no acudo en tu auxilio no eres tú capaz de salir triunfante de ella—le dijo la abeja que acaba de entrar también—. Tanto nos parece­mos las doce hermanas, que nuestro propio padre no se guía más que por el vestido para distinguirnos una de otra.

— ¿Que he de hacer, pues? —preguntó el joven.

—Fíjate bien en este detalle: la más joven, la menor, será la que lleve adherida a la ceja derecha una diminuta mariquita. Acuérdate y adiós, hasta la vista.

Al día siguiente, llamó de nuevo el rey Kostiei al príncipe Inespera­do, presentándole, puestas en fila, sus doce hijas, vestidas con trajes perfectamente iguales y fija la vista en el suelo. Dos veces pasó ante ellas el joven y en ninguna distinguió la convenida señal. Al fin, al pasar por tercera vez, vio la mariquita sobre la ceja de una de ellas.

— ¡Esta es la menor! —gritó.

— ¿Y cómo diablo lo has adivinado? —le pregunto furioso Kos­tiei—. Aquí ha de haber algo de sortilegio. Pero ahora voy a someterte a otra prueba de bien distinta clase. Dentro de tres horas has de estar aquí de nuevo en mi presencia y me demostraras hasta donde llega tu talento. Cogeré yo un puñadito de paja, le pegaré fuego y antes que se haya consumido del todo me tendrás hechas botas. De no estar listas a tiempo, ten por segura tu muerte.

Bien poco satisfecho volvió a su habitación el príncipe. Ya le estaba esperando la abeja.

— ¿Por qué te veo con ese aire tan apesadumbrado? — fue la acostumbrada pregunta.

— ¿Cómo quieres que no lo esté si a tu padre se le ha antojado ahora que le haga un par de botas? ¿Es que soy yo algún zapatero? — ¿Y que piensas hacer?

— ¡Ah, las botas no, de ningún modo! jPuedes estar seguro de ello! Yo no le tengo miedo a la muerte: al fin y al cabo, no se muere más que una vez.

—No, príncipe: no morirás. Yo intentare salvarte: o huiremos juntos, o juntos moriremos.

En cuanto hubo pronunciado estas palabras, escupió varias veces en el suelo. Después salió del cuarto con el príncipe, cerró tras sí Ia puerta y tiro lejos la llave. Cogidos de las manos, se elevaron rápidamente ambos por los aires, y salieron de aquellos abismos precisamente por el sitio en que no hacía mucho que habían bajado. Allí estaba el mismo mar ; la misma orilla llena de cañahejas y junqueras ; el mismo prado, por el cual correteaba el caballo del príncipe y que, al ver a su amo, relinchó gozoso y corrió hacia él. Sin perder un momento, montó el príncipe, sentó en la grupa a la princesa, a él abrazada, y partieron con la rapidez de una flecha…

Mas el rey Kostiei, al llegar la hora que había señalado, viendo que el príncipe no se presentaba, mandó a preguntarle qué motivo tenía para hacerle esperar. Salieron en su busca los criados, y hallando cerrada la puerta, golpeáronla con todas sus fuerzas. «Dentro de un momento”. Les contestó una voz. ¡Era uno de los escupitazos que, por magia, imitaba la voz del príncipe!

Aquella respuesta fue llevada a Kostiei, que siguió esperando. Pero el príncipe no llegaba. Nuevo recado de los mismos criados, y la misma contestación: «Dentro de un momento».

— ¡Es que se está burlando de mí! —Exclamó furioso ya Kostiei—. Id otra vez, derribad la puerta, y traédmelo aquí.

Van los criados, derriban la puerta, entran… Nadie. Sólo el escupi­tazo que hay en el suelo lanza una carcajada.

Al verse así burlado, monta en horrible cólera Kostiei y manda a sus servidores que vuelen en persecución del fugitivo. Si no se lo traen, ya saben la muerte que les espera. Y salen disparados todos en sendos caballos.

Sin embargo, el príncipe Inesperado y la princesa, que iban en el suyo tragando leguas a más y mejor, oyeron de pronto detrás de ellos, un ruidoso galopar. Se apeó de un salto el príncipe y, oído en tierra, dijo: —“Ya están ahí nuestros perseguidores”.

—Bien: no hay tiempo que perder. Y en un instante se transforma ella en río, luego al príncipe en puente, al caballo en cuervo, y el ancho camino que está más allá del puente lo divide en tres divergentes. Al llegar los corceles de los perseguidores al puente, sus jinetes se que­dan como petrificados ante ellos se presentan tres caminos y en nin­guno de ellos hay la menor huella de que alguien haya pasado para huir. ¿Qué van a hacer, pues? No hay más remedio que volverse con las manos vacías, sin prisionero alguno.

Otro arrebato de cólera de Kostiei. —«Pero, torpes —exclamó—, ¿cómo no se os ha ocurrido pensar que el puente y el río eran ellos? Volved allí inmediatamente». Y la patrulla emprende de nuevo su des­enfrenada carrera.

Sin embargo, también, salvado de momento el peligro, habían vuelto a emprender la suya el príncipe y la princesa fugitivos.

—Oigo galopar otra vez —exclamó de pronto la princesa.

Y cerciorándose de ello el príncipe por el mismo procedimiento de antes, lo confirmó.

En un instante, princesa y príncipe se metamorfosean en espeso bosque en el que los innumerables caminos y senderos se entrelazan. En uno de ellos parece oírse el galope de uno o dos caballos. Los mensajeros de Kostiei se precipitan hacia el bosque continuando la persecución. Por más que galopen ven siempre delante de ellos la espe­sura del bosque, el ancho camino y la pareja que huye. i Van a alcan­zarla ya! Y, de repente, pareja, bosque, todo, en fin, desaparece. En cuanto a ellos mismos, los perseguidores, se encuentran en el mismísimo lugar donde se inició su loca carrera. Han de confesarse vergonzosa­mente fracasados al presentarse de nuevo ante Kostiei.

Un caballo! i Dadme un caballo! —Grita éste echando espuma­rajos de rabia—. ¡Ya iré yo mismo en su busca! ¡Lo que es esta vez no se me escapan!

Y a poco, vuelve a decir la fugitiva princesa:

—Me parece que vuelven a perseguirnos. Y esta vez es Kostiei en persona. Pero, mira: la primera iglesia con que él se encuentre marca el límite de todo su poderío, y de allí no puede pasar. Dame la cruz de oro que llevas puesta.

Se quita del cuello el príncipe la cruz que le había dado su madre como protección, y la cruz se metamorfosea en una iglesia; el mismo príncipe en sacerdote, y el caballo en campanario. Unos momentos después llega Kostiei y pregunta:

— ¿No has visto, monje, unos viajeros que iban a caballo?

  • Sí: el príncipe Inesperado y la hija del rey Kostiei han pasado por aquí no hace mucho. Han entrado en la iglesia, han rezado un rato, han encargado una misa en sufragio tuyo y me han dicho que te saludara en su nombre si por azar pasabas por aquí.

Y Kostiei tuvo que volverse, mohíno, y confesando su fracaso, a su vez. En cuanto al príncipe Inesperado y la princesa, continuaron su camino libres ya de todo temor.

De pronto se hallaron frente a una ciudad, y se le antojó al príncipe visitarla.

—No vayas —díjole la princesa—; me está anunciando el corazón alguna desgracia.

—Es no más cuestión de un momento. Una vez vista por dentro la ciudad, seguiremos nuestro camino.

—El ir es fácil, pero ¿quién sabe si volverás? Si tanto te empeñas, ve. Yo me quedaré aquí, esperando tú regreso transformada en piedra blanca. Y oye mi consejo fijate bien en lo que te digo. El rey, la reina y su hija, irán a verte y acompañarán un hermoso niño. Guárdate bien de besarlo. Si lo hicieras, te olvidarías de todo lo pasado y no me verías más en este mundo, porque me moriría de desesperación. Te esperaré aquí, al borde del camino, durante tres días. Si transcurre el tercero y no has regresado, acuérdate de que me moriré, y tú habrás sido causa de mi muerte.

Se despidió de ella el príncipe y partió. La princesa convirtióse en piedra quedándose al borde del camino.

Pasan los tres días. ¡El Inesperado no vuelve! iPobre princesa! No había él hecho caso de los consejos de su amiga. El rey, la reina y la hija de entrambos habían ido a recibirle llevando con eIlos al precioso nifto, de ondulados cabellos, de ojos brillantes como dos estrellas. En cuanto vio al príncipe se arrojó en sus brazos, y tan lindo le pareció a aquél que, olvidándose de la advertencia consabida, le dio un beso. En el mismo instante oscurecióse su memoria y olvidó por completo a la pobre princesa hija de Kostiei.

Y ésta, convertida en piedra blanca, estuvo esperando los tres días a verle pasar por el camino, y al comprender que era inútil toda su esperanza, dando un desgarrador suspiro transformóse en silvestre flo­recilla de aciano y fue a ocultarse en un trigal lindante con el camino. —«Aquf me quedaré ya —dijo—. “Tal vez algún transeúnte me haga el favor de arrancarme o me deje sepultada bajo sus pies”. Y mientras tales palabras decía iban cayendo sus lágrimas, como perlas de rocío, sobre los pétalos de la azul florecilla.

Ocurrió entonces que quien acertó a pasar por allí fue un viejecito que al ver la deliciosa flor de azulejo quedó prendado de su belleza. Fue y la arrancó, sí, pero con el mayor cuidado e inteligencia para no dañarla; y llevándosela a su casa, la trasplantó a un tiesto, la regó y desde aquel día siguió cuidándola con el mayor esmero. Mas… i oh pro­digio! En cuanto la florecilla entró en la casa, ésta se convirtió en teatro de continuos milagros. Todas las mañanas, en cuanto el viejecito se levantaba del lecho, hallábase con que la limpieza de las habita­ciones había sido hecha con insuperable perfección. Ni el menor rastro de polvo quedaba en parte alguna. Al mediodía, al regresar a su hogar, se encontraba con la mesa puesta y preparada la comida. No tenía que hacer más que sentarse a comer. Su asombro ante lo que le sucedía acabó por convertirse en miedo, y éste le hizo decidirse a ir a consultar el extraño caso con una maga que gozaba de gran popularidad en el país. Su consejo fue el siguiente:

—Levántate al rayar el alba, antes de que cante el gallo, y fíjate en el primer objeto que se mueva en la casa. Échale entonces encima un pañuelo y verás lo que después sucede.

No durmió en toda la noche el pobre viejo. En cuanto apuntó la aurora, púsose a vigilar, y de pronto vio que la florecilla saltaba de su tiesto y empezaba a moverse por todos lados en la habitación. Inmedia­tamente los muebles se retiran y vuelven a colocarse en su sitio espontáneamente; el polvo desaparece sin más esfuerzo que el suyo propio, y la estufa se enciende por sí sola. Salta rápidamente el viejo de la cama, echa el pañuelo sobre la flor… y ésta se transforma en una hermosa doncella, la hija del rey Kostiei.

— ¿Qué has hecho? —Exclamó la princesa—. ¿Por qué me has vuelto a la vida? Esta se me ha hecho ya odiosa desde que mi prome­tido, el príncipe Inesperado, me tiene olvidada.

¡Cómo! ¿Tú prometido es el príncipe Inesperado? Pero si hoy se casa. Preparado está ya todo para la boda, y ya empiezan a llegar los invitados.

Prorrumpió en amargo llanto la princesa, pero, a poco, sobrepo­niéndose a la pena, seco sus lágrimas, apareció vestida pobremente como una rústica aldeana y se dirigió al centro de la ciudad. Penetró allí en la cocina del palacio real, en la que todo era febril actividad. Acercóse humildemente al jefe de los cocineros y con dulce voz le dijo:

—Honorable señor, concededme una gracia que vengo a pediros: permitidme que sea yo quien se encargue de cocer el pastel de la boda.

A todos los diablos del infierno la hubiera mandado de buena gana el atareadísimo cocinero, que para semejantes caprichos estaba; pero al volverse en redondo para contestar a la impertinente, vio que ésta era tan joven y tan bella que la repulsa no llegó a salir de su boca, sino que se trocó en esta respuesta:

—Hermosa entre las más hermosas, voy a complacerte. Haz lo que tanto deseas. Yo mismo me encargo de presentar tu pastel al rey.

¡Bien! Ya está cocido el pastel y todos los invitados ocupan en la mesa los lugares que les corresponden. El jefe de los cocineros presenta al príncipe un verdaderamente monumental pastel en una fuente de plata; pero apenas empieza a cortarlo el príncipe… ¡qué milagro! de él salen un palomo gris y una paloma blanca, y aquél se pasea por la mesa mientras la paloma se pone a arrullar este cantarcillo:

No huyas de mí, palomito, yo voy pegada a tus pasos. ¿Es que vas a serme infiel, como ejemplo te está dando el príncipe que a su amada hoy traiciona con sus actos?

En cuanto tal arrullo hubo oído, recobró de pronto el príncipe la perdida memoria. Se levantó bruscamente de la mesa corrió a la puerta y i oh! ¿Qué vio? Allí estaba la hija de Kostiei. Gogióle ella la mano y así, cogidos ambos, corrieron al umbral del palacio, donde les espe­raba ya un caballo enjaezado.

¿Qué he de deciros ya que no hayáis adivinado? Montaron el príncipe y la princesa, partieron a galope, y con toda felicidad llegaron al palacio de los padres del príncipe, donde con indescriptible jubilo los abrazaron éstos. No se hizo esperar mucho la celebración de la boda, que fue tal que ni humanos ojos vieron otra como aquélla, ni oídos llegaron a escuchar la descripción de alguna que pudiera comparár­sele.

 

Bibliografía

Perés, R. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. España: Editorial Ramon Sopena, S.A.