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Pleione, hija del Océano, casó con Atlas, hijo de Uranos, que fue rey de Mauritana y gran astrónomo. Inventó la esfera, por lo cual se le representaba llevando el globo sobre los hombros y agobiado bajo su peso.

Otros dicen, en cambio, que fue un castigo que Zeus impuso a Atlas por haber ayudado a los Titanes en la guerra que emprendieron contra él.

El matrimonio Pleione-Atlas tuvo siete hijas, que se llamaron Pléyades, y son las estrellas que forman la constelación de este nombre, menos una de ellas, Electra, que se ausentó para no ver la destrucción de Troya, que había fundado su hijo Dárdano.

Desde aquel entonces Electra no volvió a parecer entre sus hermanas como un cometa pasajero.

Una de estas Pléyades, llamada Maia, había de hacerse más famosa que sus hermanas, porque embarazada por Zeus daría a luz un hijo llamado Hermes, que significa «mensajero». En efecto, su augusto padre le hizo mensajero de los dioses. Para ello, le puso alas a los pies y en su tocado, que es una especie de gorro, con el que se le ve siempre representado.

Además, su padre le hizo también dios de la elocuencia, del comercio y de los ladrones.

Hermes nació en la Arkadia, siendo concebido en un gruta del monte Killene, hoy llamado Ziria, pues su madre, la hermosa Maia, «no gustaba del trato de los bienaventurados dioses». Por eso Zeus iba a reunirse con ella a medianoche, «mientras el sueño envolvía a su esposa Hera, la de los níveos brazos».

Hermes nació extraordinariamente precoz e incomparablemente audaz, cualidades que sin duda heredó de su astuto padre. El himno lo representa de esta forma: «Un hijo de multiforme ingenio, sagaz, astuto, ladrón, cuatrero de bueyes, príncipe de los sueños, espía nocturno, vigía y guardián de todas las puertas y que muy pronto había de hacer alarde de gloriosas hazañas ante los inmortales dioses».

Efectivamente, «nacido al alba, a mediodía pulsaba la cítara y por la tarde robaba las vacas del flechador Apolo; y todo esto ocurría el día cuarto del mes, en el cual le había dado a luz la venerada Maia».

Sorprende realmente la sagacidad y la precocidad admirables de Hermes, ya que el mismo día de su nacimiento hizo dos cosas verdaderamente extraordinarias: inventar y construir una cítara, y robar un rebaño de vacas; y esto, nada menos que a Apolo.

A poco de nacer, Hermes salió de la cuna, salió de la gruta y se encontró con una tortuga «que pacía la jugosa hierba delante de la morada». Dichoso al verla, le saludó contento con estas palabras:

«Salve, criatura naturalmente amable, reguladora de la danza, compañera del festín, en feliz momento te has aparecido gratamente… Tú serás, mientras vivas, quien preserva de los dañinos sortilegios; y luego, cuando hayas muerto, cantarás dulcemente».

Y para que la pobre tortuga pudiera hacer todo cuanto el recién nacido Hermes le decía, éste la cogió, entró con ella en la gruta, la vació «con un buril de blanquecino acero», cortó cañas, cogió una tripa seca, cuerdas hechas asimismo de tripas y cuanto era necesario, y fabricó la primera cítara.

Entonces – dice el himno a Hermes -, cogiendo el amable juguete que acababa de construir, ensayó cada nota con el arco, y bajo sus manos sonó un sorprendente sonido.

Despues de haber ensayado la cítara, la dejo en la cuna, y «ávido de carne» corrió hacia las montañas de Pieria, adonde llegó «cuando el sol se hundía con su carro y sus corceles debajo de la tierra», dispuesto a robar parte del rebaño de los dioses.

Seguidamente robó cincuenta vacas y las llevó de un sitio a otro, protegido por las sombras de la noche. Y para confundir sus huellas se valió de toda suerte de tretas. Por ejemplo, «haciendo que las pezuñas de delante marchasen hacia atrás y las de atrás hacia adelante y andando él mismo, al guiarlas, de espaldas», ademas de ponerles ramas en las colas para hacer las huellas más confusas.

Cuando clareaba el día llegó al borde del Alfeios, el mayor de los ríos Peloponeso, inventó el fuego, inmoló dos vacas en honor de los dioses, escondió luego los animales en una caverna, hizo desaparecer los rastros del sacrificio, tiró sus sandalias al río y escapó a todo correr hacia la cueva donde había nacido pocas horas antes.

Amanecía cuando llegó al monte Killene y se metió en su gruta por el ojo de la cerradura «empequeñeciéndose cual hubiera podido hacerlo la neblina o el aura otoñal», llegó a la cuna sin hacer ruido, se coló en ella, se fajó «y se puso a juguetear, como un niño, con el lienzo que le envolvía, pero asiendo a su amada tortuga con la mano izquierda».

Como era de esperar, Apolo no tardó en presentarse, pues su arte y pericia en adivinar le hizo descubrir rápidamente dónde se escondía el ladrón.

– Devuélveme las vacas. ¿Dónde están? – dijo Apolo. Pero Hermes negó con la mayor audacia, por lo que acabaron recurriendo a Zeus, quien pese a mostrarse muy satisfecho de la precocidad y astucia de su nuevo hijo, le obligó a devolver lo robado. Mejor dicho lo sustraído, ya que los fuertes no roban: conquistan o sustraen.

– Faltan dos vacas – se quejó Apolo.

Eran las que Hermes había sacrificado a los dioses. Mas para calmar la cólera de su hermano, el ladronzuelo hizo sonar la lira «tocando con el plectro todas y cada una de las cuerdas. Y al vibrar éstas armoniosamente, llenóse de gozo Apolo, pues su grato sonido le embelesó y le hizo sentir al punto vivísimo el deseo de apoderarse de ella».

Viendo Hermes que su hermoso hermano, el dios músico, el que dirigía el coro de las Musas, envidiaba su nuevo instrumento, se lo regaló en el acto.

Sintiéndose feliz Apolo y olvidando sus rencores le dio a cambio su látigo de vaquero hecho de un rayo de sol y hasta le instó:

– Ocúpate de ahora en adelante de las vacas.

Y así fue como hecha la paz y sellada con promesas solemnes de no perjudicarse mutuamente, en lo sucesivo su amistad fue imperecedera.

Apolo sería el dios de la lira y Hermes el divino protector de los rebaños.

No debe extrañar que un dios tan particularmente sagaz, útil y astuto, fuera muy afortunado en amores. Con Afrodita tuvo a Hermafroditos; con Antianeira, otros dos hijos, gemelos: Eritos y Echión, que figuraron entre los Argonautas. Otro vástago de Hermes fue Abderos, joven que fue amado por Herakles y muerto por las yeguas de Diomedes.

La leyenda atribuye también a Hermes la paternidad de Autólicos, el más desvergonzado de los ladrones mitológicos, y asimismo el más afortunado de ellos, puesto que su padre le había concedido el don de no ser sorprendido jamás. Igualmente se dice que Kefalos era hijo de Hermes, habido con Herse, una de las hijas de Kekrops. Y, por último, hay algunos que aseguran que Hermes se unió a la fiel Penélope, la mujer de Ulises, con la que tuvo el dios Pan.

Cierto día, Hermes encontró dos serpientes peleando y las separó con la varita o látigo que le dio Apolo, alrededor de la cual se encroscaron. Este es el Caduceo, que tiene el poder de acabar con todas las disensiones.

De las preciosas cualidades del inquieto y veloz Hermes o Mercurio se aprovechó su padre Zeus o Júpiter para encomendarle toda clase de comisiones, desde las nobles hasta las innobles, que desempeñaba con gran rapidez y solicitud.

Pero no solamente era el «correveidile» de los dioses, como se le ha llamado, sino también el dios de la elocuencia, por sus dotes de persuasión; el de la prudencia, la astucia y aun las raterías; el protector de los viajeros y caminantes; el que difundía los grandes inventos; el que protegía toda clase de trabajos y ejercicios físicos, especialmente aquellos en los que se empleaba la fuerza y la agilidad.

Y finalmente, y ésta es de todas sus representaciones la que ha triunfado modernamente, casi como única: era el dios del comercio y de la suerte, incluso en el juego.

Ocurrió un día que Zeus, al que como es sabido le entusiasmaban las aventuras amorosas, pretendió a Yuturna, hija de Dáceno, que era muy hermosa. Pero como a la joven no le agradaba el casquivano dios, huyó y se tiró al río Tíber, suplicando a sus Náyades que la ocultasen, a lo que éstas accedieron gustosamente.

Una de ellas, sin embargo, llamada Lara, indignada, participó a la diosa Juno lo que pasaba y ésta, celosa como siempre, convirtió a la bella Yuturna en fuente. Pero Júpiter, irritado contra la chismosa Lara, le ordenó que se cortara la lengua y dijo a Hermes o Mercurio:

– Anda, llévala al infierno, donde yo no la vea.

Pero Mercurio, conmovido por su desgracia y seducido por su belleza, se casó con ella. Tuvieron por hijos a los dioses Lares, genios buenos de las casas y custodios de las familias, como lo eran también los Penates.

Otra versión latina dice que los Lares descendían de Vulcano y de la diosa Maia, encarnación de la Tierra Madre.

Como es sabido, Mercurio era la divinidad romana que en la época clásica se identificó con el Hermes griego.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

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En Novgorod la Grande, ciudad de la Santa Rusia, había un hombre llamado Sadko que era muy hábil en el manejo de la guzla. Todo el mundo apreciaba a Sad­ko porque decían que les alegraba el corazón con su música o conseguía, por lo menos, que sus lágrimas fue­ran como un bálsamo.

Esto le permitía al músico ganar buenas monedas de oro y plata, que le proporcionaban los mercaderes deseosos de procurarse el placer de escuchar sus canciones.

Pero como ya se sabe que los hombres somos tor­nadizos e ingratos, un buen día llegaron otros juglares, y aunque eran menos valiosos que Sadko, éste se que­dó sin nadie que quisiera oírle tañer su guzla, por lo que regresaba a su hogar un día y otro con la bolsa vacía.

Cada vez más triste y melancólico, Sadko acabó por no ir al lugar donde se reunían los mercaderes y con su instrumento bajo el brazo se iba hasta el lago Illmen. Y allí, sin más testigo que las tranquilas aguas, el Corazón se le desbordaba en sones que jamás había alcan­zado no sólo ningún jugar, sino ni él mismo.

—Tengo la impresión —se decía Sadko— de que mi música alcanza cimas nunca logradas.

Un día, cuando ya había ido cuatro o cinco veces al lago y el juglar estaba más entusiasmado tocando su instrumento, las aguas comenzaron a agitarse de mane­ra furiosa. En unos segundos, aquel lago tranquilo se convirtió en un mar embravecido con olas que remon­taban los más altos arboles de la ribera.

–¿Qué ocurre aquí? —dijo Sadko, huyendo despavo­rido.

Y aunque estuvo varios días sin aparecer por el lago, al fin lo hizo nuevamente llevado por una extraña atracción. Mira receloso las aguas y vio que estas se halla­ban en calma. Todo parecía normal. Entonces Sadko, ya tranquilo, sentóse en la roca de siempre y comenzó a tocar la guzla lo mejor que sabía.

Pero no bien sonaron los primeros acordes, cuando las aguas se agitaron nuevamente y unas olas gigantes se alzaron en la superficie del lago. Sadko salió corrien­do para internarse en el bosque cercano, pero una voz potente que procedía del lago le gritó:

— ¡Detente, Sadko, no temas! Mira, las aguas ya se han calmado.

El aterrado músico volvió la cabeza y vio estupefacto asomar sobre las aguas medio cuerpo de un enorme gigante. Era como un hombre extraordinariamente alto, tanto como la torre de una catedral.

—Ven, Sadko —le dijo—, acércate sin miedo. ¿No me conoces, verdad? Soy el dios de estas aguas y habito en el fondo de este lago. Desde allí he oído uno y otro día la música divina de tu guzla. Y como tañes tan bien, te has ganado mi afecto y, por tanto, quiero favore­certe.

— ¿Cómo me ayudaras? —se atrevió a preguntar Sadko.

—Mira, ya sé que ahora eres muy pobre —dijo el gigante—, pero yo te daré la solución para que remedies tu pobreza.

Y a continuación ordenó al asombrado músico que regresara a Novgorod y esperara pacientemente a que le llamaran de nuevo los mercaderes.

Entonces, una vez entre ellos, debía asegurar for­malmente que en el lago Illmen había peces con aletas de oro. Y apostar con los que se negaran a creerlo todo cuanto quisiera, pues el gigante le aseguraba que ga­narí a.

  • No tengas miedo y haz lo que te digo —término diciéndole.

A los pocos días se cumplieron las predicciones del dios del lago. Sadko fue llamado por unos mercaderes para que les distrajera con su música. Al final del ban­quete, Sadko comprendió que era el momento propicio y dijo:

  • Señores, ustedes, que han visitado tantos países, ¿han visto alguna vez peces con las aletas de oro?

Todos se echaron a reír, haciendo muecas de burla al músico al oírle pronunciar semejante cosa.

—No hay peces de esos —respondió uno—. ¿Los has visto tú, acaso?

—SI —contestó Sadko—. Muy cerca de aquí. En el lago Illmen.

Y como viera que todos tomaban a broma sus pala­bras, acalló con un gesto el vocerío general y agregó:

  • ¿No lo queréis creer? Entonces me apuesto tres cargamentos de pieles de Astrakán a que en ese lago hay peces con las aletas de oro.

Algo alegres por las copiosas libaciones, algunos mercaderes aceptaron la apuesta, no sin que uno, más rece­loso, dijera a Sadko:

—Y si pierdes, ¿de dónde sacaras tú las pieles? —Eso es cosa mía —respondió el juglar.

A la mañana siguiente todos los de la víspera fueron a la orilla del lago dispuestos a ganar la partida. Se embarcaron junto con Sadko en una barca y este no tardó en echar las redes al agua… Y ante el asombro de los mercaderes las sacó cargadas de pececillos de oro.

Entre los peces y los cargamentos de pieles, Sadko ganó mucho dinero. Y como luego se metió de lleno en negocios, no tardó en amasar una considerable fortuna.

Justo es decir, sin embargo, que seguía cultivando su maravillosa habilidad musical, pues no había día en que no tañera su guzla.

Un día, cuando regresaba con una nave cargada de riquezas y diversas mercancías, cruzando el Illmen, al llegar la noche se acomodó en la proa y comenzó a tocar su instrumento.

Repentinamente, las aguas del lago comenzaron a agitarse de manera extraña. Las olas eran tan altas y peligrosas que amenazaban con hundir la embarcación. Los marineros corrían asustados por la cubierta dando gritos, sin comprender lo que estaba sucediendo.

Sadko fue el único que adivino de que se trataba. Y estimando que pudiera estar irritado el dios del lago, por no haberle hecho partícipe de sus inmensas ganan­cias, ordenó a sus hombres:

—Echad inmediatamente al agua un tonel lleno de oro.

Pero la tempestad no amainó por eso. Ni tampoco cuando le arrojaron otros varios toneles más llenos de riquezas. Todo fue en vano.

—Quizá el dios exija una víctima humana —sugirió un marinero.

Entonces eligieron a suerte el que debía ser sacrifi­cado y fue el propio Sadko el elegido. Pero como quiera que él era el jefe de la expedición y el dueño de la nave, sortearon de nuevo, pero volvió a salir el mismo resul­tado. Y así sucedió cuantas veces lo hicieron.

—Eso es que el dios desea que sea yo —dijo Sadko.

Y convencido de que con esta repetida elección se manifestaba la voluntad del gigante del lago, dispuso sus cosas y se arrojó al agua con la guzla bajo el brazo.

—Quería que bajaras tú —le dijo el dios al verle aparecer en el fondo del lago—. Necesito tu música.

Sadko vivió durante varios meses en el palacio del dios, un maravilloso edificio hecho de corales y algas, en el que oficiaban de servidores los peces de las más diversas especies.

—Tu quehacer solo consistirá en tocar la guzla —dijo el dios a Sadko.

Y tan pronto como este hacía sonar su dulce música, el gigante se ponía a danzar frenéticamente. Parecía co­mo si el sonido de la guzla hiciese entrar al dios del lago en un raro paroxismo, haciéndole danzar loca­mente de manera infatigable.

Cierto día al dios le dio uno de estos arrebatos. Durante horas y horas estuvo danzando con frenesí, con agilidad increíble. Ya llevaba tres días así, bailando sin cansancio, cuando se apareció a Sadko un venerable y bondadoso anciano, que le dijo:

—Hijo mío, si amas a tu prójimo, haz el favor de dejar de tocar tu guzla. ¿No sabes lo que está ocurrien­do desde hace tres días? Cientos de personas mueren por tu culpa. Y todo ello se debe a que la danza del gigante agita peligrosamente las aguas del lago y casi todas las naves se hunden, ya que no pueden resistir unas olas tan desusadas y violentas.

—Así que por mi culpa… —le interrumpió Sadko. —Si hijo —repuso el anciano—, por causa de tu música se suceden a diario las desgracias.

Sadko recordó entonces el repentino encrespamiento de las aguas cuando tocaba a la orilla del lago. Y, sin pensarlo más, rompió las cuerdas de su guzla.

—Se me han roto sin querer —alegó después ante el dios.

Y como sin cuerdas mal podía deleitarle con su música, prosiguió suplicante:

—Señor, permitidme regresar a mi tierra.

Y el gigante, aunque triste y desencantado, se avino a hacerlo tal como se le pedía y condujo a Sadko hasta la orilla del lago, donde solía ponerse a tocar su mara­villoso instrumento.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Hace mucho tiempo hubo en Cornualles un rey lla­mado Marco, que tenía una hermosa hermana llamada Blancaflor, a la que casó con el rey de Leonis como recompensa por los grandes auxilios que de él había recibido en una guerra.

Quiso la mala suerte, sin embargo, que mientras él se hallaba en plena luna de miel en la apartada corte de Marco, un eterno enemigo suyo se aprovechara de su ausencia para entrar a sangre y fuego en sus propias tierras. Tuvo, pues, que embarcarse precipitadamente para su país y llevarse consigo a Blancaflor, que dejo al cuidado de un hombre de toda su confianza en un castillo que considere seguro, mientras iba a combatir al frente de sus leales súbditos.

Pasó el tiempo y Blancaflor, que estaba a punto de darle sucesión al rey de Leonis, recibió la fatal noticia de que su esposo había sido asesinado a traición por su mortal enemigo.

Fue tan honda la pena de la joven viuda que no sintió más que el deseo de dejarse morir ella también. Y cuando a los pocos días dio a luz un hermoso niño, dijo:

—Como ha venido al mundo entre tristezas se llama­ra Tristán.

Dicho esto besó a su hijo y cayó muerta.

Poco después, el castillo, que parecía tan seguro, fue asaltado, y el hombre de confianza del difunto rey tuvo que rendir vasallaje al usurpador triunfante, y para salvar la vida del recién nacido Tristán lo hizo pasar por hijo suyo.

Así se crió el niño hasta los siete años, y entonces fue confiado al escudero Gorvelán para que hiciera de él un perfecto caballero, apto para superar a los demás en lo físico y lo espiritual. Por desgracia, tanto llamaba la atención con sólo verlo tan hermoso, apuesto y arro­gante, que fue robado por unos mercaderes noruegos, que pensaron poder venderlo a buen precio, y que se lo llevaron en su barco.

Pero no contaban aquellos ladrones con que una horrible tempestad se desencadenaría amenazando aca­bar con su nave. Y, como buenos supersticiosos, creyeron que el robo de aquel muchacho había atraído la des­gracia sobre ellos.

—En cuanto podamos lo abandonaremos en una pla­ya desierta —dijeron.

Pero nada más verse en tierra, Tristán huyó, internándose en un espeso bosque donde se encontró con unos cazadores que perseguían un ciervo. Y en recom­pensa de un servicio que les presto, enseñándoles, a pe­sar de su corta edad, algo cinegético que ellos ignora­ban, lo llevaron a la corte del rey Marco coma una maravilla de habilidad y saber.

Y allí lo adopte, casi paternalmente, el rey de Cor­nualles, que no tardó en averiguar que aquel gallardo y valiente mozo, convertido en uno de sus mejores gue­rreros, era su sobrino. A él quedó después ligada toda su vida.

A Tristán le distinguía la donosura, su maestría en tañer, cantar, danzar y todo arte exquisito del espíritu, la habilidad en juegos y pruebas de ingenio. Y, final­mente, de manera especial, su destreza en el manejo de la espada, lanza, jabalina, maza y hacha o ballesta, así fuera de la guerra, como en cacería o torneos.

Poco tiempo después acaeció que el rey de Irlanda reclamó el pago, que hacía muchos años se le debía, de un tributo de trescientos mancebos y trescientas doncellas elegidos por sorteo entre las familias de Cor­nualles.

El encargado de cobrar esta odiosa comisión era el gigante Morholt, cuya sola figure ponía horror en los corazones. Acompañado de varios caballeros irlandeses se presentó ante la corte del rey Marco reclamando el inmediato pago de la deuda.

  • Pero en el caso de que alguno de los presentes —dijo Morholt— no lo crea justo, saldrá a pelearse conmigo en singular combate, y si queda vivo, lo que pongo en duda, podrá enorgullecerse de haber librado a su patria, a partir de ese momento, de tal acto de

Ni uno solo de los nobles de la corte se atrevió a moverse, pero el joven y pundonoroso Tristán, que esta­ba presente, ante el asombro de todos, arrodillóse a los pies del monarca y le suplicó:

  • Señor, concededme el don de aceptar ese desafío.

Aunque el rey lo sintiese, acabó por concedérselo, y Tristán, después de una terrible y desproporcionada lucha, salió victorioso. Tan valerosamente se porta que su espada le abrió el cráneo al gigante y tan fuerte fue el golpe que la hoja quedó mellada y la mella profun­damente adherida a la caja ósea.

Cuando el cadáver del gigante Morholt fue llevado a Irlanda para enterrarlo en Weisefort, la rubia Iseo o Isolda, sobrina del difunto, logró arrancar el acerado fragmento del arma y lo guardó como una reliquia en un cofrecillo de marfil. Y desde entonces, aun sin cono­cerlo, aprendió a odiar el nombre de Tristán de Leonis.

Sin embargo, llegó un día en que la joven que tanto lo odiaba le salvó la vida sin saber quién era.

En efecto, Tristán había quedado malherido en su lucha con el gigante. Las heridas habían sido hechas con arma emponzoñada, produciéndole pústulas que no se cerraban jamás. Los médicos le aplicaban cuantos remedios sabían, pero el pobre Tristán no se recupera­ba. Y como sus heridas despedían tal olor que nadie era capaz de soportarlo, al fin solo el rey y dos íntimos amigos, Gorvelán y Dimas de Lidán, tenían la caridad de llegarse a él para limpiarle las llagas. Pero hasta estos se cansaron un día.

—Lo mejor será —le aconsejaron— que vayas a vi­vir a una choza junto al mar, lejos de tierra habitada.

Tras unos meses de estar allí, esperando su muerte, Tristán decidió probar fortuna a la desesperada. Y embarcándose en una pequeña nave completamente solo, navegó al garete días y días. Al fin, le recogieron unos pescadores irlandeses que le llevaron a la población marinera de Weisefort, donde estaba enterrado el cadáver del gigante Morholt. El señor de aquellas tierras era el monarca que había venido cobrando los tributos de Cornualles.

Tristán se hizo pasar por un mercader que, navegando con rumbo a España, había sido asaltado y herido por unos piratas. Su mentira fue creída y los pescado­res le hablaron de que la hermosa rubia Isolda podría seguramente curarle, pues era sabia en materia de ungüentos y elixires de raras virtudes.

La rubia Isolda, hija del rey de Irlanda, se apiadó de Tristán y en cuarenta días le curó con sus casi divi­nas manos, únicas que podrían ya curarle en sus más desgraciados accidentes, porque así lo quería el des­tino.

Una vez curado, y de nuevo en la corte de Cornua­lles, Tristán fue acogido por su tío Marco con grandes muestras de afecto, lo que provoco la envidia de los barones Ganelón, Andret, Denoallen y Godoino, al te­mer que el héroe fuese nombrado heredero del trono.

Como el rey Marco era soltero, anunció, ante tanta insidia, que elegiría esposa, aunque no la deseaba, por intentar tener un hijo que heredara el trono. Pero, ante las muchas novias que le proponían, puso como condición:

—Solo me casare —dijo— con la mujer de quien sean unos rizos de oro que ha llevado hasta mi habitación una golondrina en el pico.

Tristán se ofreció para traerla a Cornualles, pues pensó que dicha mujer no podía ser otra que Isolda, la rubia hija del rey de Irlanda, su mayor enemigo desde la muerte del gigante Morholt.

Audaz como siempre, se dirigió a Irlanda, desafiando todos los peligros. Pero al llegar a aquella corte, se halló con una población aterrorizada, porque una monstruosa fiera iba todos los días a una de las puertas de la ciudad y no dejaba entrar ni salir a nadie, si no se le entregaba una doncella, que devoraba en pocos ins­tantes a la vista del horrorizado pueblo.

Tenía aquel monstruo, de horrible voz y espeluznan­te aspecto, la cabeza de oso, los ojos como dos encen­didas brasas, dos cuernos en la frente, largas y peludas las orejas, garras de león, cola de serpiente y el cuerpo cubierto de escamas. El monarca había hecho prego­nar:

“Al que mate esa fiera le daré en premio como esposa a mi hija Isolda, la de los cabellos color de oro.”

Veinte caballeros habían intentado ya realizar la pe­ligrosa empresa; pero a todos los había devorado el monstruo.

Tristán no se arredró por eso. Cuando vio avanzar a la fiera, fue contra ella y empezó una lucha descomu­nal. De nada servían los furiosos golpes que le asestaba con sus armas; ni siquiera hacían mella en sus esca­mas.

De pronto, el monstruo lanzó por sus narices dos chorros de venenosas llamas que, alcanzando al caballo del héroe, lo mataron. Pero Tristán, a pie y a pesar de tener destrozado el escudo, hundió su espada en las fauces de la fiera con tal fuerza y acierto que le partió el corazón, dejándola muerta.

Le cortó entonces la lengua y la guardó como prueba innegable de que la horrible fiera había sido muerta por él. Pero su proeza le dejo tan rendido y maltrecho que, sin poder dar un paso, cayó tendido en tierra, en­tre unos cañaverales.

A todo esto, el senescal del rey, que deseaba a Isolda como esposa, pero era incapaz de enfrentarse con el monstruo para obtenerla, cuando vio terminada la lucha y caer a Tristán se acercó y cortó la cabeza de la fiera. Al presentarla en palacio dijo:

—Yo le he dado muerte.

La rubia Isolda, al oírlo, prorrumpió primero en una gran carcajada y luego en llanto, al ver que sería dada al más vil y cobarde de los nobles del país. Sin embargo, sospechando la falacia del senescal, se encaminó al Lu­gar de la lucha con su paje Perinis y su doncella Bran­gania.

En efecto, allí estaba el monstruo con la cabeza cor­tada, pero había también cerca de allí un caballero des­conocido, de bruces sobre un charco de sangre. Los fieles servidores de Isolda lo llevaron en un caballo se­cretamente hacia las habitaciones destinadas a las mu­jeres en el palacio.

Isolda curó las heridas de Tristán durante varios días, pero no le reconoció, tan desfigurado había llegado a ella la primera vez. Sin embargo, sentíase vivamente interesada por él.

Un día, curioseando en sus armas, Isolda descubrió que el filo de la espada del herido estaba mellada. En­tonces se le ocurrió que acaso fuera aquella la misma que mató al gigante Morholt. Corrió a comprobarlo con el fragmento que guardaba, y ya cerciorada, se lanzó sobre Tristán empuñando la espada.

  • ¡Tú eres Tristan de Leonis, el que math a Morholt!

Pero aquel hombre tan apuesto e indefenso la con­venció con serenidad de que todo había ocurrido en no­ble lid. Y tan convencida quedó la hermosa princesa que, enamorada sin saberlo, tiró la espada y como signo de paz dio un beso en los labios al vencedor del monstruo.

En realidad pudo más en Isolda la atracción del héroe que la fuerza de la sangre. Además, era mil veces preferible Tristán que el odioso senescal.

Por cierto que cuando éste se presentó al rey pidiendo la mano de Isolda, Tristán dejó que mostrara la ca­beza como prueba y que se envaneciera en su pretendida proeza, para luego salir él enseñando la lengua del mons­truo, dejándole así completamente en ridículo.

Tristán conquistó por derecho a la rubia Isolda, pero no sin dificultad logró que el rey de Irlanda se la concediera al saber quién era. Lo que allanó el camino fue que Tristán dijo al monarca:

—Juro solemnemente que no me llevo a Isolda para mí, sino para el rey de Comualles, que hará de ella su legitima esposa, con lo cual la paz reinara siempre entre Irlanda y el reino de Marco, del cual soy emba­jador.

Isolda fue presa de la mayor desesperación al oír aquello. Pese a todo no tuvo más remedio quo partir con los extranjeros.

Pero la previsora madre de Isolda, hábil en preparar sortilegios y filtros mágicos, confeccionó uno por el cual los dos futuros esposos se habrían de amar eternamente si lo bebían. Esperaba así la reina vencer la aprensión previa de su hija hacia su futuro marido. Con gran secreto lo confió a la doncella Brangania, que era la pre­dilecta de Isolda, ordenándole que se lo diera a beber a los esposos en la noche de bodas.

La sirvienta juró que cumpliría con el mayor celo el encargo, del que nadie se enteraría. Pero un solo descuido que tuvo fue fatal. Durante la travesía, Isolda se mostraba melancólica e irritada por creerse desdeñada por el que ella creyó que la había conquistado para sí y no para otro que no conocía.

Y ocurrió que en un día de extremo calor, y con la mar en una calma expectante, en ausencia de la doncella, primero Isolda, luego Tristán, sintiendo que les aho­gaba la sed, bebieron del filtro amoroso creyendo que era un líquido refrescante.

Inmediatamente ambos sintieron los efectos de aquella bebida, y cuando Brangania entró donde Isolda y Tristán estaban, los encontró mirándose tan extraña y apasionadamente junto al frasco vacío, que exclamó consternada:

— ¡Acabáis de beber con esto el amor y la muerte! Y cogiendo el frasco vacío lo arrojó furiosamente al mar.

A partir de entonces el odio de Isolda hacia su acompañante se trocó en un amor desenfrenado, al que Tristán correspondía con no menos pasión, aunque se despreciaba a sí mismo en su conciencia porque tenía que confesarse reo de la mayor deslealtad cometida contra su rey. Aquel amor no podía confesarse, pero ¿cómo ahogarlo, si parecía incontrastable?

Fue Isolda la que, al fin, roto el freno del pudor, pronunció el franco y brutal, ¡te amo!, que unió a los dos amantes en un beso y un abrazo y los tendió en un mismo lecho, mientras la nave volvía a emprender su ruta hacia Cornualles para llevarle al rey su futura esposa.

La boda se verificó con gran pompa, y con ella em­pezó para Tristán e Isolda una nueva vida, mezcla con­tinua de lealtad y doblez lindado con el crimen, de suspicacias y arrepentimientos por parte del viejo Mar­co, que unas veces quería matar a los dos amantes y otras los perdonaba.

Al principio, la doncella Brangania ideó el ardid, de acuerdo con su señora, de suplantarla en el tálamo nupcial, mientras Isolda corría a buscar a Tristán, que dormía a pocos pasos del lecho real.

Naturalmente, el rey no tardó en enterarse de lo que ocurría, y aunque no descubrió juntos a los dos aman­tes, gracias a la fiel Brangania, decidió expulsar a Tristán de la corte. Antes de partir, Isolda, triste y llorosa, le dio un anillo de esmeraldas diciéndole:

—Siempre que me hagas saber un deseo tuyo, con esta joya lo cumpliré sin pensarlo.

Deseando vencer al destino, Tristán fue al destierro, yendo a parar a Bretaña. Allí encontró otra Isolda, lla­mada la de las Blancas Manos, y se casó con ella procu­rando olvidar a la otra, aunque sin conseguirlo.

Este casamiento sería causa de la muerte de Tristán. Poco después su cuñado Kaherdín combatió con un fuerte enemigo y él le ayudó en la contienda. Lo malo fue que en ella recibió una herida de lanza emponzoñada.

—Necesito a Isolda, la rubia —dijo el héroe–. Ella me curará como otras veces.

Kaherdín se ofreció a ir a Cornualles para traerla. Llevo consigo el anillo de esmeraldas que Isolda diera a Tristán. Los dos cuñados habían quedado en que, al regresar Kaherdín, si traía consigo a Isolda, la rubia, izaría una vela blanca en la nave; si no, una negra.

Pero la otra Isolda, la de las Blancas Manos, oyó la conversación sostenida entre su esposo y su herma­no, y llevada por los celos, se trocó en odio hacia Tristán lo que poco antes fuera amor.

Entretanto, el héroe yacía en el lecho, incapaz de moverse. Solo vivía para la espera.

Un día, su esposa Isolda se acercó a él y le dijo: —Regresa Kaherdín. Su embarcación se ve a lo le­jos.

— ¿De qué color es la vela? —preguntó ansioso Tristán.

  • Es completamente negra —mintió la de las Blancas Maros.

Entonces Tristán volvióse bruscamente contra la pa­red mientras su corazón latía locamente. Deja oír tres grandes suspiros, y tras pronunciar el nombre de Isolda, expiró.

Un momento después una nave de vela muy blanca arribó al puerto. De ella descendió Kaherdín con la her­mosa y rubia Isolda.

  • Ha muerto Tristán, la prez de los caballeros —les

Cuando la tan esperada amante llegó a la habitación donde yacía el cadáver de su amado, apartó a la otra Isolda autoritariamente, diciéndole:

  • ¡Apartaos de ahí! ¡Yo he amado a Tristán más que nadie!

Y tendiéndose junto al muerto, abrazó el cuerpo exánime del héroe, le besó con afán en los labios y, como si en ellos sorbiera la muerte, entregó su alma a la misericordia de Dios.

Y cuéntase que cuando el rey Marco se enteró de la muerte de los dos amantes que tantos malos ratos y disgustos le dieron, cruzó el mar, se presentó en Bretaña, donde se había desarrollado la tragedia, e hizo construir dos ricos sepulcros, uno de azul calcedonia para Isolda y otro de verde berilo para Tristán. Y puestos en ellos los dos cuerpos, siempre amados, se los
llevól a su tierra de Cornualles y los hizo colocar a derecha e izquierda del ábside de una capilla.

Al día siguiente, los fieles vieron con estupor que, aquella misma noche, había brotado en la tumba de Tristán un rosal silvestre cubierto ya de abundantes hojas, fuertes ramas y olorosas y carmíneas rosas, que fue a hundir su tallo en la tumba de Isolda.

Por tres veces cortaron el rosal los campesinos y siempre renacía tan frondoso y perfumado como antes y con la misma inclinación. Maravillados, fueron a contárselo al rey, y este ordenó:

—Que nadie lo corte, puesto que desean estar unidos hasta después de muertos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

El enano Alberico había muerto con el dolor de no poder recuperar el anillo de oro. Pero esta obsesión del anillo de los Nibelungos se conservaba intacta en su hijo Hagen que era, si cabe, más cruel que su padre.

El ambicioso Hagen tenía dispuesto un plan diabólico para hacerse con la ansiada joya. Para ello se servía de dos hermanos que vivían con él: Gunther y Cri­milda.

Hacía tiempo que en un castillo del Rhin habitaba el joven y apuesto Gunther, rey de los Burgundios, con su hermosa hermana Crimilda, la de las largas trenzas doradas, a los que servía como consejero el pérfido Hagen.

Los súbditos de Gunther le instaban en vano a que tomara esposa para que les diera un heredero. Pero el monarca no se decidía por ninguna. Había oído hablar de la walkiria Brunilda, encerrada en un cinturón de llamas y, aun sin verla, se había enamorado locamente de ella, hasta el punto de desear hacerla su esposa.

—O Brunilda o ninguna —solía decir—. Pero, ¿cómo puede conquistarse una esposa encerrada en un círculo de fuego?

—Yo sé quién podría traerte a Brunilda —le dijo un día su consejero Hagen—. Es Sigfrido, el hombre que ha matado el dragón y que es ahora dueño absoluto del tesoro de los Nibelungos.

Seguidamente, el malvado Hagen expuso a Gunther el plan que había elaborado para conseguir que Sigfrido le entregase a la mujer que tanto amada.

Mientras tanto, Sigfrido y Brunilda gozaban juntos de las delicias de un amor verdadero y correspondido. Pero llegó un momento en que la hermosa walkiria com­prendió que no debía retener a su amado en la ociosi­dad de una vida vulgar.

—Anda, ve a emprender las hazañas a que estás desti­nado —dijo a Sigfrido.

Entonces, el héroe le entregó el anillo mágico en prue­ba de amor y partió llevándose el caballo, el escudo y el yelmo que le hacía invisible.

No tardó en hallar a Guther y Hagen, que le salie­ron al paso y se le mostraron como amigos. Tanto con­geniaron Sigfrido y Gunther, que llegaron incluso a ce­lebrar el Pacto de la Sangre, consistente en jurarse fidelidad y amistad sellada con mezcla de la sangre de ambos.

Y así sucedió. Apenas el héroe bebió el filtro de amor que la misma Crimilda le ofreció, olvidó a Brunilda, la fidelidad que le había jurado y todo lo demás: y ya no tuvo ojos más que para Crimilda; se sintió fascinado por ella y deseó hacerla su esposa inmediatamente.

—¡Oh Gunther! —le dijo—. Te ruego me concedas a tu hermosa y dulce hermana Crimilda por esposa.

El rey de los Burgundios calló pero el pérfido Hagen habló por él en estos términos:

—Para obtener la mano de Crimilda, es preciso que traigas al rey Gunther la walkiria Brunilda.

A Sigfrido el nombre de Brunilda le pareció desconocido. El nuevo amor le había quitado la memoria y no se acordaba de nada. ¡Así era el filtro de poderoso!
Luego Hagen hizo que Gunther le dijera a Sigfrido que estaba enamorado de Brunilda Y el héroe no solo no se ofendió, sino que se ofreció para ir en persona a obtenerla para traérsela a su amigo. Se valdría de un truco consistente en adoptar la figura de Gunther me­diante el yelmo mágico.

Tomado, pues, el aspecto de Gunther, Sigfrido se presentó ante su antigua amada, la tomó por la fuerza y la condujo al castillo del rey. Brunilda llevaba el anillo que la fortalecía con el recuerdo de Sigfrido, pero la llegada de aquel extranjero con el yelmo de su amado, la desconcertó en extremo.

Cuando Brunilda descubrió la atroz superchería de que el propio Sigfrido fingía ser Gunther, su primera reacción fue clamar a los dioses pidiendo justicia. Pero cuando vio que Sigfrido obraba sin entender nada, ju­rando con la mayor tranquilidad que jamás traiciono a nadie, la walkiria comprendió qua algo misterioso y profundo se encerraba en todo aquello.

Entretanto, la conspiración del malvado Hagen avan­zaba hacia un desenlace fatal.

Las bodas de Gunther y Brunilda se celebraron al mismo tiempo que las de Sigfrido y Crimilda. Todos eran felices, menos Brunilda: la infeliz walkiria no solo no deseaba casarse con el rey, sino qua tenía que ver cómo su amado Sigfrido se casaba con Crimilda.

¡Pobre Brunilda! No había paz para ella; se hallaba en palacio, ofendida y humillada, y apenas terminó la fiesta nupcial se retiró, a sus habitaciones y lloró deses­perada, meditando su venganza. Desde aquel momento no dejó un segundo tranquilo a su esposo. Todos los días le incitaba contra Sigfrido. Y tanto dijo e hizo, que al fin el rey, para complacerla y por seguir también los pérfidos consejos de Hagen, prometió desembarazarla de la odiosa presencia del héroe.

Para ello escogió un día de caza. Sigfrido había ma­tado ya dos jabalíes y un oso, pero, sintiéndose cansa­do, se retiró, a descansar a la orilla de un riachuelo. El traidor Hagen, que no le abandonaba ni un segundo, le siguió hasta allí. Se había enterado de que el héroe era invulnerable en todo el cuerpo excepto por la espalda, y solo buscaba la ocasión propicia para apuñalarle a traición.

De pronto, mientras Sigfrido, sediento, se inclinaba para beber en la corriente, Hagen le hundió, rápidamente la punta de su lanza en la espalda, en el único punto de su cuerpo en que era vulnerable.

Sorprendido así a traición, Sigfrido no pudo defen­derse: fulminado, cayó al suelo y murió. Gunther se precipitó sobre el cadáver, lo que le permitió oír la última palabra de su amigo: ¡Brunilda!

El traidor Hagen se abalanzó entonces sobre el muerto para apoderarse del anillo mágico que llevaba en uno de sus dedos, pero Gunther le cortó el paso para impedírselo. Pelearon un instante, hasta que vieron llegar a caballo a Brunilda. Esta fue solamente hacia Sigfrido y, llorando desconsolada y presa de vivo remordi­miento, contemplo largamente a su amado.

–Que hagan una pira —ordenó.

Cuando la pira estuvo preparada, colocó sobre ella el cadáver de su amado y le prendió fuego. Después, tan pronto como las llamas se remontaban hasta el cielo, la propia Brunilda, valientemente, se arrojó entre ellas reuniéndose así con el héroe que debió ser su esposo en vida.

Poco a poco, el fuego creció de manera desmesurada y una negrísima nube de humo se elevó hacia lo alto. Arriba, en el mundo de los dioses, Loge rodeaba con sus brazos de fuego el Walhalla.

Y mientras abajo, en la tierra, Sigfrido y Brunilda se quemaban en la misma pira, arriba también los dio­ses ardían en el mismo fuego que los dos amantes. Instantes después, hasta las cópulas doradas, enormes, del Walhalla, se agrietaron y se disgregaron como polvo.

Era el crepúsculo de los dioses.

Del anillo mágico no quedaba nada. Sólo un momen­to se vio un vivo fulgor, que desapareció rápidamente como una estrella fugaz. Luego, el agua del Rhin, venida de no se sabe dónde, fue cubriendo lentamente todas las cenizas y se llevó consigo el oro que nunca se le debió quitar.

Cuando Crimilda supo la muerte de Sigfrido se mostró inconsolable, y ya no pensó en otra cosa que en vengar a su esposo.

Años más tarde, se casó con Atila, rey de los Hunos. Y desde el día de su boda, Crimilda no hizo ya sino azuzar a su marido contra su hermano Gunther y su malvado consejero Hagen, a los que culpaba de la muerte de Sigfrido.

Cierto día, cuando todo parecía olvidado, Crimilda organizó una fiesta a la que invitó a Gunther, a Hagen y a los principales jefes y guerreros de los Burgundios. Nadie sospechaba nada y todos, por tanto, aceptaron gozosos el convite. Pero apenas los invitados se senta­ron a la mesa en la gran sala del banquete, los guerre­ros hunos, apostados por Crimilda, surgieron por todas partes y con sus espadas desenvainadas mataron a todos los desprevenidos invitados.

Un guerrero burgundio, antes de morir, mató de una puñalada a la desgraciada Crimilda. Y se cuenta que de aquella terrible matanza solo escapó con vida el joven Teodorico, que más tarde fue rey de los Amalos y de Italia.

Así quedo cumplida la maldición del enano Alberico: el tesoro de los Nibelungos no dio al mundo más que destrucción y muerte, hasta quedar otra vez sepultado en el fondo del Rhin.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En tiempos remotísimos el Señor del Cielo ofreció al Día el don maravilloso del sol.

—Te concédo la bendición —dijo— de la luz alegre. Así colmarás de esperanza el corazón de los hombres, presidirás sus trabajos y los harás leves con tu luz.

La Noche, en cambio, quedó humillada en su triste mundo de tinieblas, envidiando la luminosidad radiante del Día.

Y ocurrió que el gigante Ti-Nu quiso consolarla, com­padecido de su tristeza. Entonces, con sus enormes manos, insensibles a la violencia destructora del fuego, ahondó en el cuerpo tórrido del sol y arrancó una parte del mismo. Después corrió con su carga hacia el oscuro reino de la Noche.

Pero el perrazo Pao se lanzó en su persecución. Ti-Nu corría velozmente. Sin darse cuenta había envuelto la porción de sol en un gran saco de nubes que tenía más agujeros y roturas que un viejo colador. Por esta razón la materia luminosa caía en los campos de la Noche, formando trizas de fuego, cual florecillas incan­descentes.

Sin embargo, el gigante Ti-Nu, preocupado por su fuga, no se daba cuenta de nada. No vio siquiera el gran balde en el cual Pa-Me, la mujer de la inmensidad, había vertido la leche argentina de la cabra Siol, la protegida de los dioses.

Ti-Nu tropezó, pues en aquel balde y la última porción de sol cayó dentro de la leche, quedó desleída, perdió el intenso resplandor y se convirtió en una forma redonda de discreta luminosidad.

Entonces el gigante, decepcionado, la arrojó en el seno de la Noche y siguió corriendo perseguido por el perrazo.

Lo que Ti-Nu no supo era que había creado el firma­mento, con las refulgentes estrellas y la pálida luna, protectora de los sueños y las ilusiones de los enamo­rados.

Poco después el padre de los dioses creó la tierra. Y en ella puso las plantas, los animales y el hombre. A este le dotó de todas las virtudes. Le dio la belleza, la inteligencia, la fuerza y la sensibilidad.

Pero en el momento en que el Señor del Cielo estaba otorgando tan esplendidos dones a su criatura, el espíritu de la sombra se presentó ante el para formularle una importantísima petición.

Por esta causa el padre de los dioses se olvidó de concederle al hombre el último don, el valor.

Y soplando sobre él le envió, tal como estaba, a la tierra.

El hombre era feliz entonces. Sonreía a las plantas, a las flores, a los pájaros, y se miraba complacido en el agua quieta y límpida de los lagos.

Pero cuando del espesor de un zarzal salió el cuerpo ondulante y viscoso de una enorme serpiente y los ver­des ojos enigmáticos del reptil le miraron con fijeza, aquel hombre, que no tenía entre las cualidades divinas, la del valor, sintióse morir de miedo, sin que pudiera dar ni un paso, ni lanzar un grito en demanda de auxilio.

Entretanto miraba desesperado y hechizado la cabeza del reptil que se le acercaba implacablemente y en la que brillaban como dos esmeraldas sus fríos ojos ver­des.

Kin, el espíritu del aire, corrió en su ayuda. Y logro salvarle. Pero ya la serpiente había soplado sobre el hombre su hálito emponzoñado y maligno.

Así fue como en el ánimo del hombre entraron entonces el egoísmo, la traición, la crueldad, la sospecha y la envidia. Y estos venenos trastornaron también su belleza. Por ello el hijo del sublime Señor de los Cielos es, desde tantos siglos, infeliz y desgraciado.

Y lo seguirá siendo mientras no logre liberarse del peso del mal que oprime su espíritu.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.