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La Semana Santa comienza con la celebración el domingo anterior al Viernes Santo de la Entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén o Domingo de Ramos.

La Semana Santa es la conmemoración anual cristiana de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret. Por eso, es un período de intensa actividad litúrgica dentro de las diversas confesiones cristianas. Da comienzo con el Domingo de Ramos y finaliza el Domingo de Resurrección, aunque su celebración suele iniciarse en varios lugares el viernes anterior (Viernes de Dolores). La fecha de la celebración es variable (entre marzo y abril según el año) ya que depende del calendario lunar. La Semana Santa va precedida por la Cuaresma, que finaliza en la Semana de Pasión donde se celebra la eucaristía en el Jueves Santo, se conmemora la Crucifixión de Jesús el Viernes Santo y la Resurrección en la Vigilia Pascual durante la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección. Durante la Semana Santa tienen lugar numerosas muestras de religiosidad popular a lo largo de todo el mundo, destacando las procesiones y las representaciones de la Pasión.

Por tratarse de una semana muy importante al nivel espiritual para los católicos, también para ellos representan mucho peligro ya que las fuerzas oscuras también atacan.

Esto ha desarrollado en muchas leyendas o historias, donde muchas personas aseguran que por faltarle el respeto a estos días de ayuno y reflexión, han sufrido la apariciones de fantasmas, criaturas aterradoras o inclusive el mismo diablo.

Existen muchas leyendas de lo que te puede pasar si en lugar de rezar y reflexionar te puede pasar, pero la más curiosa y muy utilizada anteriormente en nuestro estado, es la que narra que si en estos días te vas a nadar a un lago, rio o al mar, te puedes convertir en pez o en sirena.

Las sirenas son criaturas marinas mitológicas pertenecientes a las leyendas y al folclore Originalmente, en la Antigüedad clásica, se las representaba como seres híbridos con rostro o torso de mujer y cuerpo de ave (similares al Ba de la mitología egipcia) que habitaban en una isla rocosa; a partir de la Edad Media adquirieron apariencia pisciforme: hermosas mujeres con cola de pez en lugar de piernas que moraban en las profundidades. En ambos casos se les atribuía una irresistible voz melodiosa con la que atraían fatalmente a los marineros.

En Baja california el mito de las sirenas no es exlcusivo de semana santa ya que muchos registros avisan de su “supuesto” avistamiento.

El primer avistamiento de una criatura tipo sirena fue el reportado por Hernando Grijalva, explorador español quien describió en su viaje por la península de Baja California, a un ‘hombre marino’, el cual se regocijaba de la misma manera que un mono, zambulléndose y bañándose con las manos, y mirando a la gente como si tuviera sentido.

De regreso volvió a ver a la criatura y no solo anoto en su bitácora la experiencia y dibujo la criatura.

«De igual forma, «El Pez Mujer», curioso espécimen encontrado por el jesuita padre Ignacio Tirsh en la antigua llamada Bahía de Palmas, en el año 1764. Cabe señalar que este personaje fue un curioso observador de la naturaleza y criaturas en Baja California; actualmente, sus dibujos se encuentran en un museo en Checoslovaquia, de ahí su importancia»

El padre Victoriano Arnés también contribuyó al mito al realizar la descripción de acuerdo con un espécimen seco encontrado por él, la descripción que transcribe de Miguel del Barco es la siguiente: «El Pez Mulier (mujer) tenía la figura de una mujer de medio cuerpo para arriba, y de pescado común de medio para abajo. Como lo hayamos seco y aplastado como un bacalao, no se pudo hacer mucha anatomía. No obstante, parecía una cara, un cuello y hombros y pecho blanco como si llevara una costilla, y tuviera descubiertos los pechos, aunque no recuerdo si se distinguían pezones. Lo demás estaba cubierto de escamas, y remataba en cola como otros peces. Su grandor sería de dos palmos, y de a proporción de ancho, a semejanza de un bacalao; no se descubrían brazos ni cabellos. Lo hallamos en la playa en el diámetro opuesto a mi misión de Santa María, en el mar del sur, en una ensenada que se forma al fin del arroyo llamado catabiña»

Compartida por: Gilberto Ortega Aviles

Más que una leyenda de fantasmas es una historia real, relatada en el libro “Mar Roxo de Cortés, Biografía de un Golfo” por Fernando Jordan.

Su nombre era Wilhem Winkle, originario de Alemania, estudio ingeniería en minas y después de nacionalizarse estadounidense, se vino a la Isla San José a trabajar.

Después de terminar con sus labores mineras, todos los trabajadores se fueron en un barco enviado por los jefes (cien obreros y familia.). Todos menos Winkle.

Los habitantes de la isla aseguran que Winkle estaba cuerdo cuando sus compañeros dejaron la isla, que incluso después del último pago que se hizo les dio ánimos y se miraba sonriente.

Fueron inútiles los esfuerzos de sus amigos para convencerlo que se fuera con ellos, y fueron los primeros en llamarlo “loco”, como ya habían levantado el campamento, se quedaría solo en la isla desértica, sin hogar, sin ropa y sin víveres. Winkle solo alzo los hombros y dijo: “Me quedo.”

Los pescadores que tenían su campamento cerca, solo lo observaban de lejos, y vigilaban sus movimientos, como cuando se quedaba fijamente mirando la cumbre de la montaña, cuando se quedaba sentado en la playa. O cuando deambulaba por las orillas.

Los pescadores llegaron asegurar que no dormía ni comía nada, que solo se la pasaba mirando al horizonte como si nada más importara.

Por las noches observaban como desde la cueva que vivía, encendía una fogata, la cual alimentaba los temores de los pescadores que desde lejos, lo observaban, ellos jamás le dirigieron la palabra ya que estaban demasiado sugestionados por las historias que se contaba respecto a él.

Otros pescadores aseguraban que se la pasaba recorriendo la isla buscando pepitas de oro y madre perla. Pero esto no lo pudieron comprobar porque jamás le hablaron.

Tiempo después los pescadores encuentran el cuerpo, el cual llevaba muerto varios días, y había comenzado a ser comido por la fauna local.

Fue enterrado por los pescadores, y la leyenda comenzó a crecer más porque ahora decían que se aparecía el fantasma del loco y que incluso en las noches se miraba el fuego encendido desde el interior de la cueva donde vivió Winkle.

Wilhem no dejo nada que pudiera dejar pistas de sus acciones, solo una intrigante frase grabada en la pared de la cueva, en su idioma natal “ Freihiet durch Einsamkeit” que en  español significaba “la soledad como vía a la libertad”

Compartida por: Gilberto Ortega Aviles

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Afrodita es la diosa de Amor, la reina del deseo, la belleza, la dulzura y la alegría femenina. Esta diosa de la hermosura y de la gracia ocupaba en el Olimpo griego un lugar principal.

Toda la magia de la pasión se hallaba en su cintura, que Hera le pidió prestada para reconquistar a su caprichoso marido. Afrodita sola perturbaba la sociedad de los dioses por sus amores con Ares, engañando a su esposo. Hefaitsos y entregándose también a los mortales que le agradaban, como por ejemplo, a Anquises.

Existen versiones sobre el nacimiento de este encanto de diosa. La primera dice que Afrodita era hija de Zeus y de Diones. La segunda, referida por Hesiodo, afirma que cuando Cronos, después de mutilar a su padre con afilada guadaña, lanzó los despojos de la virilidad de Uranos al mar, en torno a estos restos que flotaron sobre las olas mucho tiempo “se amontonó una gran cantidad de blanca espuma en cuyo albo y blando regazo nació y creció como una perla maravillosa, una virgen hermosísima: Afrodita”.

A partir de entonces esta virgen iba a ser la diosa del amor y de la belleza, de la amistad amorosa y de todos los placeres y pasiones que tienen su origen en el amor.

Afrodita no tardó en llegar a la costa de Chipre, recostada sobre el suavísimo e irisado nácar de una concha marina que servía a la vez de cuna, lecho y nave. Allí fue recibida por la Horas, que quedaron maravilladas y absortas al ver aquel perfecto cuerpo formado de marfil, seda alabastro, luz y pétalos de rosa.

Inmediatamente las Horas pusieron en torno al cuello de nieve de la hermosa Afrodita un collar resplandeciente y una corona sobre su cabeza, proclamándola con ello soberana total de la hermosura, y la condujeron inmediatamente al Olimpo, el palacio de los dioses.

Envuelta en el resplandor incomparable de su propia belleza, adornada, mejor que con las más ricas galas, con su virginal, noble y perfecta desnudez, Afrodita se presentó sonriente a los dioses inmortales que, al verla, quedaron estupefactos y maravillados ante el espectáculo incomparable de su divina hermosura.

Como la diosa iba sembrando amor a su paso, todos los dioses se enamoraron de ella. Incluso su padre, Júpiter, quedó hechizado por la joven. Pero viendo que su hija no le correspondía, la esposó, como castigo, con su horroroso hijo Hefaisto o Vulcano.

Así fue como el dios más feo tuvo por mujer a la diosa más bella del Olimpo.

Sin embargo, Afrodita no quería por marido sino a Ares o Marte, pero como ya estaba casada no tuvo más remedio que tener al dios de la guerra por amante.

El feo Hefaisto le tenía prohibido que hablase con el apuesto Marte. Pero advertido por el Sol de que era engañado, preparó una habilísima celada a los amantes. Esta consistió en que, mientras estaban en plena pasión, los encerró en una sutil red de hierro que había elaborado en su fragua y, tras inmovilizarlos, los expuso a la burla y regocijo de los demás dioses.

Después de convencer a Zeus de la desobediencia de su mujer, Vulcano regresó cojeando a su fragua y quedó divorciado de la caprichosa Afrodita.

Acto seguido la hermosa Venus se casó con Ares, del que tuvo dos hijos. Cupido, también llamado Eros, que es el dios del Amor, y Anteros que es el dios de la correspondencia, o amor que corresponde al primero.

Afrodita tuvo después otros amantes, tales como Poseidón o Neptuno, señor y dueño del mar, Hermes o Mercurio, dios simpático y servicial con el que tuvo un hijo llamado Hermafroditos, que era hermosísimo y más tarde llegó a estar dotado de los dos sexos.

Afrodita, al igual que los demás dioses, tuvo también algunas aventuras amorosas con mortales. Un día, Cronos inspiró a la bella diosa el irresistible deseo de unirse con el pastor Anquises.

Uno de los himnos homéricos cuenta que Anquises, “que era hermosísimo, apacentaba vacas en las alturas de Ida, tan abundante en manantiales; y apenas los vio Afrodita, sintió que un vehemente e irreprimible deseo se apoderaba de su albedrio y se enamoró de él.”

De estos amores, que el himno describe primorosamente, nació Eneas, el héroe de Vrigilio.

Un tanto avergonzada, Afrodita aconsejó a su amante Anquises que no revelase ni se alabase ante nadie de haber sido amado por una diosa pues, de lo contrario, Zeus le castigaría. Y así ocurrió. Un día de fiesta, habiendo bebido en exceso, Anquinses habló. Por lo que Zeus le dejó cojo (ciego, según otra versión) con un rayo.

Sin embargo, el bello Adonis fue la grande, la verdadera pasión de Afrodita o Venus. El poeta Ovidio narra así estos amores:

Fruto de casamiento del Pigmalión con su estatua viviente, por favor especial de Venus, fueron dos hijos: el segundo, Ciniras, fue rey de Chipre y casó con Ceneris, los cuales fueron padres de la hermosa Mirra.

Al ser requerida de amores la joven Mirra rechazaba a los pretendientes, porque se había enamorado de su padre Ciniras, con fuerte pasión que le infundió Afrodita. La muchacha resolvió ahogarse con un dogal, pero le impidió su aya, que pérfidamente logró saber el secreto de Mirra.

Poco después comenzaron las fiestas de Ceres, uno a cuyos solemnes ritos era la separación de los matrimonios durante nueve noches. Mientras Ceneris estaba en las fiestas y Ciniras se hallaba trastornado por el vino, el aya criminal, verdadera Celestina, pero llamada Hippolite, aprovechó la oscuridad de la noche y arrastró a Mirra al incestuoso lecho de su padre Ciniras.

Doce noches se repitió este hecho; la última, el hombre ordenó que le trajesen luz, deseoso de ver a la desconocida. Pero al darse cuenta del engaño, loco de furor desenvainó la espada para matar a su hija Mirra, que, aterrada huyó del palacio, protegida por los dioses, siempre clementes con los enamorados.

La desdichada joven anduvo errante varios meses, y tristemente apenada, pidió castigo a los dioses, deseando ser transformada y arrojada al reino tenebroso.

Y fue atendida en su ruego. Inmediatamente empezó la tierra a cubrir sus pies, convertidos en retorcidas raíces, sus huesos formaron un tronco, la sangre se convirtió en savia, la piel en corteza, los brazos y los dedos se trocaron en ramas y la cabeza quedó también sepultaba en el tronco. De la joven soló quedo el llanto.

Las cálidas gotas que el tronco destilaba y corrían como lágrimas se espesaban formando la perfumada resina del árbol llamado mirra.

Mientras, el feto crecía debajo del árbol. Este gemía y se encorvaba, y aquél buscaba salida. Pasados los meses necesarios, la corteza del árbol, que había ido hinchándose poco a poco, estaba a punto de estallar.

Entonces la diosa Lucinia, que se montaba propicia, aplicó sus manos al tronco y pronunció las palabras que facilitan los partos. En el acto abrióse el árbol y salió un precioso niño, que empezó a llorar.

Las Náyades lo pusieron sobre la hierba mullida lo ungieron y bañaron con la olorosa goma que la mirra destilaba, dándole el nombre de Adonis, y que parecía otro Cupido.

Al ver la hermosura singular de aquel niño, Afrodita lo recogió conmovida, lo encerró en un estuche adecuado y se lo confió a Perséfone, mujer de Haides, señor de la región tenebrosa, creyendo que con ello estaría a salvo en las profundidades del mar.

Atraída Perséfone por la curiosidad, abrió el misterioso cofre para ver que contenía. Y seducida también por aquel hermoso niño, se negó a devolvérselo a Afrodita cuando ésta se lo reclamó.

Como en tantas otras ocasiones, Zeus, padre, señor y Juez de las contiendas divinas, tuvo que intervenir en el litigio. Su sentencia fue muy hábil: Adonis pasaría un tercio del año con Afrodita, otro tercio con Perséfone, y el tercero donde quisiera, incluso en el Olimpo si ese era su deseo.

Naturalmente, Adonis pasaba la mayoría del tiempo con Afrodita, mientras se convertía paulatinamente en un hermoso mancebo.

Pero Afrodita o Venus debía expiar el incestuoso amor que inspiró a la desgracia Mirra. Un día, al acercarse Cupido a su madre para besarla, le clavó en el pecho una punta de sus flechas. La diosa, sintiéndose herida, apartó malhumorada a su hijo Cupido; pero la herida había encendido un amor apasionado, arrebatador para el hermoso Adonis, que entonces ya era un noble cazador.

Sintiendo una irresistible atracción por el joven, de cuyo lado no quería apartarse, Afrodita de frecuentar sus regiones habituales y se ausentó finalmente del Olimpo. Y si antes gustaba de las delicias de la sombra y de los adornos encantadores ahora, descalza, alto el vestido, trepaba por los collados, salvaba peñas, azuzaba a los perros y perseguía con su amante a las veloces liebres, los ciervos y otros venados.

En cambio, rehuía la cacería de los jabalíes, de los hambrientos lobos, de los de los osos de fuertes uñas, de los leones que devoraban ganados. Y siempre advertía a su amado Adonis:

Querido, teme el ímpetu de todas esas fieras.

¿Por qué temes tanto a esos animales? – le pregunto Adonis

Entonces Venus le invitó a descansar a la fresca sombre de un álamo blanco, sobre la hierba de la pradera, y amorosamente le refirió la historia de Hipómenes y Atalanta.

El nieto de Neptuno o Poseidón, habiendo ganado la carrera a la nunca vencida princesa, mediante las tres manzanas de oro que Afrodita le dio y que distrajeron a Atalanta en su velocidad, obtuvo la mano de la hermosa doncella. Pero, ingrato o desmemoriado, no hizo sacrificios en honor a la diosa Venus, la cual, irritada, juró vengarse de los vengarse de los esposos.

Efectivamente, descansado éstos un día al abrigo de un templo de Cibeles, Afrodita les infundió el deseo de amarse allí mismo y, ante aquel sacrilegio, Cibeles ordenó inmediatamente el castigo de los esposos: que se convirtieran en leones.

Y de esta forma fue como Hipomenes y Atalanta pasaron a ser dóciles leones para el carro de la diosa Cibeles.

Cuando Venus terminó el relato, repitió su consejo a Adonis de que evitase el encuentro de aquellos animales. Después, se despidió del mancebo amado y se elevó por los aires en un carro de oro tirado por blancos cisnes.

Adonis siguió cazando con sus perros, que dieron con el rastro de un gran jabalí en el bosque. Herido el animal por un dardo del cazador, se dirigió acometedor hacia el hermoso y afortunado doncel, el cual huyó apresurado buscando refugio.

Mas antes de que Adonis llegase al mismo, el jabalí le clavó los colmillos en las ingles y lo arrojó al suelo, moribundo.

Al parecer, este jabalí fue enviado por Artemisa, la virgen y feroz enemiga de Afrodita, a la que, como era lógico, envidiaba sus amores con el hermoso doncel.

Venus, que no había llegado aún a la isla de Chipre, oyó los quejidos de su amante, llevados por Céfiro, y retrocedió ligera y vivamente alarmada. Entonces vio a Adonis desmayado y teñido de sangre, recogió su último aliento y, dominada por el dolor, se rasgó los vestidos, se arrancó los cabellos, se golpeó el pecho e inconsolable se lamentó amargamente de los hados.

Recordando después lo que hizo Proserpina con la ninfa Menta, que era querida de Plutón, y que aquélla, celosa de su rival, la convirtió en “hierbabuena”, roció con néctar oloroso la sangre de Adonis, formándose de ella gotas transparentes y brotando una flor colorada, semejante a la de la granada.

Y la diosa Afrodita entristecida, en memoria de la muerte de su querido y bello Adonis, decretó la celebración de una fiesta anual en la que representaría su llanto y dolor.

Gracias a su indescriptible belleza, Afrodita reinaba como dueña absoluta en los corazones. Y podía, a su antojo, apartarlos de la pasión amorosa o, por el contrario, precipitarlos en ella, fuesen cuales fueren las consecuencias.

Tal le ocurrió a Helena de Troya, a Eos, a Medea, a Pasifae, a Fedra, a las mujeres de Lemnos y a muchas otras heroínas, víctimas de las pasiones insensatas que Afrodita o Venus supo inspirarlas.

Pero no solamente extraviaba los corazones de las mujeres que le ofendían sino también los de los hombres. Así se vengó del Sol, de Diomedes, de Hippólitos, de Tindáreos…

Como diosa de la fecundidad de la Naturaleza, no es de extrañar que Afrodita tuviera una numerosa descendencia. Sin embargo, de sus hijos, los más conocidos eran Eros o Cupido y Aineias.

Finalmente, justo es reconocer que uno de los episodios más celebres e interesantes en que Afrodita aparece mezclada es el relativo al llamada “Juicio de Paris”, cuando la bella diosa se le presentó en unión de Hera y de Atenea, para que el hijo de Priamo decidiese cuál de las tres era más hermosa.

Venus, la diosa del amor entre los latinos, era una divinidad muy antigua. Al principio, Venus no estaba entre las grandes romanas. Fue posteriormente, a partir del siglo II antes de nuestra Era, al confundirse los dioses romanos con los griegos, cuando Venus y Afrodita no fueron sino una sola divinidad con el carácter y funciones de la diosa griega.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

Comunidades indígenas creen en la existencia de personas que pueden convertirse en animales.

Las campanas de la pequeña iglesia del pueblo empezaron a repicar temprano, a las 5.30 de la mañana de aquel frío domingo. El Lago de Atitlán no se podía ver por la espesa neblina que lo cubría. Las callecitas sololatecas estaban desoladas.

Doña Catalina, una mujer muy católica, de tez morena, ojos pequeños y de mirada profunda, apenas había conciliado el sueño la noche anterior, pues había escuchado ruidos extraños en el patio. Lo único que hizo fue agarrar su rosario y cubrirse con un grueso poncho, como si así se pusiera a salvo.

Poco antes del repique, ya con un poco de claridad, salió a inspeccionar el lugar. En efecto, su corral estaba entreabierto. Le robaron una gallina. “¡Maldito ladrón!”, gritó, apresurándose a medio componer el humilde lugar.

Al poco tiempo entró a su casa de lámina y madera. “¡Patojo! ¡Levantate, hoy tenés catequesis!”, avisó a su hijo de 8 años. “Oí, ya suenan las campanas”.

Una abominación

En el pueblo, desde hacía un mes, se había escuchado de alguien que salía por las noches para robar aves de corral.

Surgieron también los rumores de que era un characotel, como le dicen los tzutujiles a esas personas que tienen la habilidad de transformarse en un animal. Los xinkas les llama winaq, los mames, wiin. En los municipios sololatecos de San Pedro La Laguna y San Lucas Tolimán son conocidos comok’isom o ‘isom.

Son seres tenebrosos. En Santa Lucía Utatlán corre la leyenda de que si un niño nace con un velo que le cubre la cabeza hasta el cuello, puede ser un characotel. Si la comadrona se lo quita hacia atrás y lo quema junto a la placenta, elimina tal abominación; sin embargo, si lo quita hacia adelante, el recién nacido, de grande, desarrollará ese poder y causará pánico a sus enemigos.

Varias son las versiones que corren, sobre en el Occidente del país. Pese a ello, todas esas creencias comparten características en común. Dicen que son entes que pueden elegir entre tres opciones. La primera es la de asustar a los demás y, de esa forma, llevar enfermedad. La segunda es la de poder transformarse en un animal para entrar fácilmente a las casas y robar. La tercera, y quizás la más temida, es que opten por meterse en las camas de las jovencitas de 15 a 18 años, o bien, con las señoras que viven solas y así aprovechar para hacer sus mañoserías.

Pero hay algunos pobladores que afirman que un characotel también puede atacar aún si el marido de una doñita está en la cama, ya que tiene el poder de adormecer a quien se atraviese en su camino.

En la aldea Sibaná, El Asintal, Retalhuleu, hubo un caso de un wiin que dejó embarazada a una muchacha y que por eso tuvo que abortar. Su familia hasta dice que le rasguñó el vientre y que la dejó morada.

En Samayac, Suchitepéquez, conocida por ser “tierra de brujos”, aseguran que hace unos dos años le dieron caza a un ave que, de ala a ala, medía tres metros. Creen que era un wiin, porque la gente le roció gasolina, le prendió fuego, pero que el animal no se quemaba. Por eso, envuelto en un costal, lo enterraron a la orilla de un río, pero al siguiente día, cuando quisieron ver qué era, ya no estaba.

Estos characoteles, asimismo, pueden ser muy versátiles, ya que tienen la habilidad de convertirse no solo en ave, sino también en perro, gato, jaguar, cabra, culebra, cerdo, coyote, cabro, comadreja, tacuazín, vaca, caballo o burro, según lo que quieran lograr.

La catequesis

Apurada llegó a la iglesia doña Catalina con su hijito, Marcos, a quien pasó dejando primero a la clase de catequesis para luego irse a la misa.

—¡Buenos Días! —dijo el chiquillo a Pedro Chapín, el catequista de la comunidad desde hacía solo seis meses.

Don Pedro era oriundo de Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango. Había llegado con su esposa a aquel pequeño pueblo con bellas vistas al esplendoroso Lago de Atitlán. “Hemos querido cambiar de rutina”, solía responder el menudo señor ante la pregunta. Algunos, sin embargo, creían que se había metido en problemas  y que por eso había decidido migrar.

“Hoy vamos a seguir aprendiendo los 10 mandamientos”, anunció a los chiquillos. En la clase anterior ya había repasado los primeros cinco. “El sexto dice no matar; el séptimo, no cometer adulterio; luego, no robar; el noveno, no mentir…”.

—¡Mirá, tenés unos tus rasguños en los brazos!, —gritó Marcos, interrumpiendo a su maestro.

—Ah, sí, —titubeó Pedro Chapín. “Ayer me caí en un partido de futbol”, respondió.

El pacto

Para ser characotel, hay que pactar con el maligno y tal convenio no se puede romper. Eso dice la gente. Otra versión indica que se debe hacer un sacrificio de nueve días para que un ser malvado conceda a alguien el deseo de convertirse en animal.

Tales hechizos se hacen en los cementerios, por las noches. De hecho, en Chiquimula comentan que si alguien quiere ser wiin, debe desenterrar un cadáver y morder uno por uno todos sus huesos, hasta escuchar que una voz le indique cuál es el hueso con el que debe trabajar.

Mucha gente también afirma que hay un libro mágico, el cual “se lee al revés”. Lo curioso es que todos saben de su existencia, pero nadie lo ha visto, excepto alguien que, cierta vez, dio un título: Devocional de espíritus.

Asimismo, se cree que saben oraciones secretas y que “se cambian como humo en un animal”. Además, el cincho o faja que lleven les sirve de cola.

En San Pedro La Laguna se piensa que estos seres, en su forma humana, suelen caminar pegados a las paredes de las calles y que se esconden en la penumbra. Por eso, los pobladores caminan al centro de las callejuelas. Piensan, asimismo, que los characoteles se conocen entre sí o que pertenecen a alguna organización diabólica.

—Ay mire, la vez pasada vi que un señor, a lo lejos, dio un brinquito y se transformó en un gato, —le susurró Gertrudis a su vecina, doña Catalina, luego de que esta le narrara su experiencia de la noche anterior, de que le habían robado y de que creía que había sido un characotel, porque había visto la silueta de un felino tan grande como la de un jaguar. “Hay otros que dan tres vueltas para adelante y tres para atrás, me han contado”, siguió Gertrudis.

—¡Arrepentiros, hermanos!, —gritó en ese instante el sacerdote de la parroquia, mientras continuaba con la misa.

Extraños

Según las creencias indígenas, los wiines suelen transformarse en gatos, porque así se les facilita trepar árboles, caminar por los techos o pasar entre barrotes o corrales. Si se transfiguran en perros, suelen entrar por la puerta principal. Si son lechuzas, revolotean por las siembras de maíz.

Si una mujer se convierte en characotel, dicen que va y retuerce los testículos de los hombres que las molestan.

Otro caso fregado es cuando adquieren la forma de perro, gato, cerdo o tacuazín, porque si le corren a alguien entre las piernas, quiere decir que este se enfermará y morirá en un lapso de tres o cuatro días.

Pero, ¿cómo sabe la gente que se trata de un ser malvado y no de un animal cualquiera? Para eso hay que fijarse en su comportamiento, el cual es “extraño”. Por ejemplo, si hay más perros a su lado que están ladrando, excepto él, o bien, si se ve a un gato que no maúlla o que sus pasos sean tan pesados como para doblar la lámina de un techo. Y si es chompipe, que esté en posición de ataque.

Salado

Al salir de la misa y de la clase de catequesis, el pequeño Marcos debía asistir a un partido de futbol.

—Mamá, ya no quiero ir a jugar —dijo.

—¿Por qué? —preguntó, extrañada.

—Porque don Pedro está todo raspado de los brazos, porque dice que lo botaron en un juego.

Cerca de ahí, Pedro Chapín se estaba despidiendo de las madres de sus otros aprendices. Ahí, doña Catalina se percató de que los golpes que tenía en la piel no eran de una caída, sino eran más como rayones, como si se hubiera lastimado con púas, como esas que tiene el alambre que protege su corral.

“Este ha de ser el ladrón; este ha de ser characotel”, pensó.

Ese domingo, Marcos no fue a la chamusca.

Al anochecer, doña Catalina se preparó por si acaso tenía la oportunidad de enfrentarse al misterioso ladrón.

Sobre la mesa dejó la Biblia abierta en el salmo 91. En su cama, debajo de la almohada, escondió una libra de sal, pues, durante la misa, la vecina le dijo que ese mineral quema a los wiines. “Si le logra echar sal en la cara, va a ver que al otro día amanece con el rostro quemado”, le comentó.

En efecto, las comunidades indígenas afirman que la sal es detestable y dañina para los characoteles. “Mire, esta gente, para convertirse en animal, se tiene que quitar la ropa, la cual dejan en un lugar secreto. Si puede, échele sal en la ropa para que, cuando se la ponga, se queme y debilite hasta causarle la muerte”, le aconsejó otra señora, allá en la iglesia.

En otros sitios se piensa que si el nahual del wiin es el perro, se le debe atrapar y hacerle una cortada en cruz y rociarle sal en la herida. Solo así puede morir.

Pero, en cualquier caso, hay que estar bien concentrado, ya que cuando elcharacotel se siente amenazado, empieza una plegaria secreta para producir lástima a su atacante. De esa cuenta, se escucha su meliflua voz para que no lo lesionen y tener oportunidad de escapar.

Aquella medianoche, entre el silencio de la montaña, doña Catalina oyó los mismos ruidos extraños cerca del corral. Abrió la puerta sigilosamente, armada con su libra de sal y, envalentonada, salió corriendo hacia el sitio donde estaba un animalón negro y peludo. Agarró un buen puñado y se lo lanzó.

El felino, que en efecto estaba tratando de abrir el corral de las gallinas, empezó a retorcerse del dolor. “¡Andate maldito!”, gritó la señora. “¡Andate de aquí, Pedro Chapín!”.

El characotel

A eso de las 10 de la mañana siguiente, doña Catalina fue a la iglesia a preguntar al sacerdote si había visto al oriundo de Todos Santos Cuchumatán.

—Fíjese que hoy, más temprano, me lo encontré por el mercado. Iba con un montón de maletas, con su esposa. Venía con la cara quemada. Solo dijo que no quería saber más de este pueblo —le contestó el religioso.

—Mmm… Ahora sí estoy segura. Ese Pedro Chapín se robó una mi gallina.

—¿Cómo dice?

—Nada. Que hasta el que imparte la catequesis puede ser wiin —musitó.

*La historia toma como base las creencias indígenas y testimonios reales de pobladores de distintos lugares del país.

Por: Roberto Vilallobos Viato

http://www.prensalibre.com/revista-d/los-misteriosos-y-temidos-characoteles

Fuentes: Bibliografía del Centro de Estudios Folklóricos, de la Universidad de San Carlos de Guatemala, a través de las publicaciones de la Revista Tradiciones de Guatemala, y de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala: Leyenda tradicional, el caso del wiin en la aldea Sibaná, El Asintal, Retalhuleu (2014) y Wiin, casos de tradición oral en Xab, Retalhuleu (2013), ambos de Érick García Alvarado. / La posición de los characoteles en el mundo espiritual de los nativos de San Pedro La Laguna (1975), de Juan José Hurtado Vega. / Tres cuentos de characoteles (1975), de Luis Raymundo Batz Solís. / Creencias, supersticiones y costumbres de los indígenas guatemaltecos en el siglo XX, de Francisco Rodríguez Rouanet / La Gaceta: Activa acción de la Policía Nacional contra los embaucadores en sus actividades de brujos, adivinos, curanderos, zahorines y cartomancianas. Año XV.

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Apolo sigue a Zeus en orden de importancia en el Olimpo, y es uno de los dioses más complejos y brillan­tes del panteón griego.

Su origen es muy incierto. Unos dicen que fue hijo de Zeus y de Leto, otros de Vulcano, y no pocos asegu­ran que de Titán Coeo.

Al hallarse encinta su madre Leto o Latona, fue cruelmente perseguida por los celos implacables de Hera o Juno, de manera que no encontraba dónde gua­recerse para dar a luz, pues en todas partes era temi­da la cólera de la gran diosa, esposa de Zeus.

Tan desesperada estaba la pobre Leto que, al fin, compadecido Neptuno o Poseidón de ella, hizo surgir del fondo del mar una isla flotante y estéril, a la que se llama Ortigia o Delos. Y allí, al pie del único árbol quo había en ella, una palmera, Leto tuvo dos mellizos, que fueron Artemisa o Diana, y luego y ayudada por ésta, a Apolo.

Sin embargo este parto fue muy laborioso, ya que durante nueve días y nueve noches Leto fue víctima de los crueles dolores del alumbramiento, sin conseguir dar a luz.

Todo ello fue debido a que la diosa Hera, siempre vengativa, retenía a su hija Eileitiia, la diosa de los partos. Pero habiendo decidido las apuradas y compa­decidas diosas que rodeaban a Leto, especialmente Ate­na, ver de acabar a todo trance con sus dolores, envia­ron al Olimpo a Iris, la mensajera celestial, con este encargo:

—Procura burlar como puedas la vigilancia de Hera, ponerte de acuerdo con Eileitiia y traértela contigo en seguida.

Y, en efecto, mediante el ofrecimiento de un collar de oro y ámbar de nueve codas de espesor, la diosa de los partos consintió en ir junto a la parturienta.

Apolo fue dios del Sol y de la Luz, por lo que tam­bién se llamó Febo. Apenas nacido, los cisnes de Lidia o Maionia dieron siete veces la vuelta a la isla cele­brando y cantando el parto de Leto. El dios Zeus, por su parte, le entregó una mitra de otro, una lira y un carro tirado por blancos cisnes y le ordenó que fue­se a Delfos.

A los tres días de nacer del seno de su madre, Apolo mató a Pitón, terrible serpiente que habitaba junto a Delfos, al pie de una fuente, y que era el terror de hom­bres y ganado.

Este monstruo perseguía a Leto por orden de Hera la que sabía, por habérselo predicho un oráculo, que Pitón moriría a manos de un hijo de Leto. En Delfos instaló luego Apolo un oráculo suyo, pero antes tuvo que luchar encanizadamente contra Herakles.

Apolo era muy hermoso, atractivo y viril. A pesar de ello no consiguió hacerse amar de Dafne, ninfa profética del Parnasos, hija e intérprete del oráculo de Gaia.

La casta y bella Dafne huyó al ser requerida amo­rosamente por Apolo. Pero al verse perseguida por el apuesto dios y al ir este a alcanzarla, lanzó un grito al tiempo que se encomendaba a su madre. Y entonces, en lugar de la desaparecida Dafne, brotó un verde laurel.

Más suerte tuvo Apolo con Coronis o Kirene, la ninfa tesalia que guardaba en el Pindo los rebaños de su padre Flegias, rey de los lápitas.

Cierto día la valerosa joven atacó, sin otras armas que sus manos, a un león, al que consiguió dominar. Al contemplar casualmente Apolo tal hazaña, se enamoró de ella. Y sin más, la cogió con fuerza para que no se le escapase como Dafne, la metió en su carro de oro y se la llevó, cruzando el mar, hasta Libia.

Coronis y Apolo tuvieron un hijo, llamado Asklepios o Esculapio, que fue tan gran médico, que mereció ser dios de la Medicina. No solo sanaba a los enfermos, sino que también resucitaba a los muertos, por lo cual Plutón, que era el dios del mundo subterráneo, se quejó a Zeus, diciéndole que ya nadie aparecía por allí. Entonces Zeus, para complacer a su hermano, mató a Esculapio con uno de sus rayos.

Apolo, lleno de ira y dolor por la muerte de su hijo, y no pudiendo vengarse de Júpiter, por ser dios y por ser su padre, mató a flechazos a todos los Ciclopes, for­midables gigantes con un solo ojo en la frente, y que eran los herreros de la fragua de Vulcano.

Enojado Zeus con Apolo por haber matado a los Cíclopes, le desterró del Olimpo. A partir de este momento empieza una era muy difícil para el famoso y varonil dios del Sol, de las Artes y de la Poesía.

Empezó por guardar los ganados de Admeto, rey de Tesalia. Y aunque se preciaba de su belleza, ninguna ninfa quiso corresponder a su amor, como le pasó con Dafne. Por entonces también labró con Neptuno las mu­rallas de Troya e inventó la lira. Pero habiendo preferido Pan, dios de los pastores, la flauta, que él había inventado, eligieron a Midas, rey de Frigia, juez de la contienda.

Incomprensiblemente el ridículo Midas se declaró en favor de Pan, e indignado Apolo por su mal gusto, hizo que le nacieran unas enormes orejas de burro.

Por último, Zeus se dio por satisfecho, le perdonó y Apolo se volvi6 a encargar de esparcir la luz, por lo cual se le representa, regularmente, como un hermoso joven coronado de laurel con la lira en la mano y con­duciendo por el cielo el carro del Sol, tirado por cua­tro hermosos caballos blancos y rodeado de las Horas, que eran hijas de Zeus y de Temis.

También con las Musas tuvo Apolo sus devaneos. Al principio solo hubo tres: Melete, que representa la Meditación o Reflexión, Mneme, la Memoria, y Aedé, el Canto o relación de los hechos. Más adelante fueron nueve, que representan las artes liberales y son: Calio­po, que preside la Poesía épica, Elocuencia y Retorica; Clío, la Historia; Erato, la Poesía Amorosa; Talía, la Comedia; Melpómene, la Tragedia; Terpsícore, el Baile; Euterpe la Música; Polimnia, la armonía, pantomima y elocuencia, y Urania, que preside a la Astronomía.

Las Musas habitaban, por lo regular, en la cumbre del Parnaso, que es la montaña de la Fócida.

Se dice que Apolo junto con Talía fue el padre de los Koribantes, y que con Ourania engendró a Linos y a Orfeo, músicos consumados ambos. La leyenda le atribuye al dios de la belleza gran número de hijos.

Pero Apolo no solamente gustaba de las mujeres, sino que, como buen griego, no desdeñaba tampoco a los bellos efebos. Jacinto y Kiparissos fueron los más célebres de sus amados.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

La leyenda siguiente quizá quede como un relato más, en el medio guatemalteco, pero para un viejo chofer de ambulancias, no fue eso, es algo más profundo, una rara experiencia que mientras viva jamás olvidara.

Hacía pocos días que había pasado la revolución de Oc­tubre del año 1944 y una destartalada oficina, el casi centenario teléfono, sonaba con poca fuerza, con un Riiiiinnnnn, Rlllllnnnnn, aburrido y monótono. Con desgano lo tomó el guardián y con el clásico —Aló—, se inició una breve charla que daría complementos a una leyenda, que para una persona es la más pura rea­lidad. El grito del guardián sonó fuerte e impotente, despertando de su profundo sueño al piloto que cabezeaba sobre el timón de una vieja ambulancia, en un patio grande tan grande, como las deudas y las penas de nuestro personaje.

— ¿Qué pasa?, dijo el hombre que dormía dentro del arma­toste —yo me siento muy mal y con temperatura—, el hombrón habría la bocona desperezándose, estiraba los brazos y como muerto en agonía, enfatizó: —Allí esta don Tulio, él puede hacer la campaña, y además, está de turno.

Para colmo de males, la lluvia de Octubre, hacia estragos con su temporalito que se quitaba y volvía a aparecer con más fuerza. El guardián tomó un pedazo de hule viejo y echándoselo sobre la espalda, se internó hacia el viejo edificio en busca de quien nunca decía «No» a una emergencia.

Hay que recoger a un baleado, en la Villa de Guadalupe, dijo el guardián desde la puerta del garage. Don Tulio tomó su capona negra y sin esperar más tiempo salió disparado rumbo al sitio indicado corriendo como un demonio y con la sirena a todo volu­men, por las solitarias avenidas de la capital.

Cuando la llanta trasera se metía en un charco, don Tulio, picarescamente, miraba por el espejo hasta donde saltaba el agua con lodo, iba recordando su niñez, porque en esos tiempos de hambre, nunca jugó con una entretención, todo había sido solo «Lazo y Sebo», y de vez en cuando, hacia alguna travesura, aun­que ruborizándose porque ya era un hombre maduro.

El ulular de la sirena, se fue haciendo más notorio al pasar por el relleno de la 12 avenida, rumbo al Barrio de San Pedrito, aquella sirena daba la impresión que era la llorona, viajando por el espacio en busca de su hijo, Juan de la Cruz. La noche era negra, y el viento se dispersaba sobre los techos de las cobachas, queriendo desclavar las láminas oxidadas.

Cuando pasó por la Guardia de Honor, el soldado de turno le dijo adiós, y el contestó el saludo con un apagón de las luces delanteras, que al empapado indígena le parecieron caídas de-ojos de una sirvienta mofletuda de Cobán. La ambulancia siguió su camino con grito fúnebre, pidiendo vía libre en las mojadas calles; allí los charcos eran más grandes y los saltos igual; los escasos cha­lets fueron quedando atrás, uno tras otro, uno tras otro, con todo y sus árboles y predios baldíos, llenos de matas de higuerillo, flores de muerto y guías de güisquil.

Ya había llegado, mejor dicho, estaba entrando al lejano barrio de La Villa, y efectivamente, allí estaba un grupo de curio­sos, haciendo rueda a un hombre caído, lo peor del caso fue que, cuando el bajo de la ambulancia, del grupo aquel no había ni un alma, únicamente el hombre con un uniforme militar, tirado en el suelo, quejándose de una herida en el estómago.

Don Tulio abrió rápidamente la puerta trasera de la ambu­lancia, y cargándolo en peso, lo subió, colocándolo cuidadosa­mente en la camilla, sujetándolo con unos cinchos especiales.

—Por favor, rápido, que me estoy muriendo —dijo el militar al humilde servidor que hubiera querido tener alas para volar y trasladarlo al hospital más cercano.

El viejo vehículo marcaba 100 Km. por hora, ya no daba más, pero don Tulio, parecía ir despacio porque palpablemente miraba que el hombre desangraba más y más, a cada instante; a pesar del ruido del motor, escuchaba sus quejidos claramente.

El aparato parecía que iba a cobrar más fuerza, cuando don Tulio pisaba el acelerador, ahora tomando por la Calle Real de la Villa, para salir al Obelisco, y la Avenida de la Reforma, por fin el motor de mil batallas respondía y allí iba nuevamente como un bólido dejando su estela de humo y sus gotitas de aceite quemado, que en el agua, daban colores al charco, que iba quedando atrás, lejos muy lejos.

De pronto y cuando ya cruzaba por la Calle Mariscal Cruz y 7a. Avenida, noto que los quejidos se fueron eliminando. Don Tulio pensó en un desenlace fatal. Echó un vistazo, y vio el cuerpo inerte que, únicamente lo movía el sangoloteo del vehículo. A los Locos momentos principió nuevamente, el hombre a quejarse, y esto hizo pensar a nuestro hombre que el paciente aún vivía.

Cuando pasó por la esquina de la 18 Calle y 7a. Avenida, tuvo que dar un giro violento, porque un borrachín se le atravezó imprudentemente, pero don Tulio, se jactaba de ser muy buen piloto, tener buen timón, y la emergencia fue salvada con pericia inteligencia.

Cuando llego al crucero de la 10a. calle y 7a. Avenida, un muchacho de la Guardia Cívica, le dio la vía, señalándole con el fusil en la mano, que podía pasar, sin ninguna pena, las llantas chirriaron en el suelo y caminando cuesta arriba en poco tiempo llego a la emergencia del Hospital, donde solicitó ayuda para bajar al herido, pero primero pensó en abrir la portezuela trasera, y después llamar al enfermero de turno. Casi se va de espaldas, cuando vio con sus ojos grandes, que no había nadie, únicamente la camilla, como él la había dejado, atada con fuerza, y en el sitio donde originalmente estaba.

— ¿Qué pasó?, dijo el enfermero, tan flaco y cadavérico, que hizo saltar a don Tulio, que no salía de su asombro, pero que reponiéndose le contesto:

—No es nada, mi querido amigo; chispas del oficio que suelen suceder.

Sin comprender aquellas palabras el enfermero se retiró del lugar, y don Tulio hizo lo mismo con su ambulancia, perdiéndose en las céntricas calles de la capital.

Cuando llegó a la oficina, su jefe superior le esperaba, con una cara de no muy buenos amigos, increpándole su manera de proceder al abandonar sin previo aviso y sin mediar motivo, su trabajo, con todo y la ambulancia.

Don Tulio vio al guardián de pies a cabeza y con mirada in inquisidora, casi temblando de rabia, le dijo:

  • ¡Acaso no fue usted, el que me dijo que recogiera un herido en la Villa de Guadalupe!

Ante las facciones de don Tulio, todos se quedaron espantados, y creyeron lo que el hombre decía. De una de las ambulancias aparcadas en el patio, salió un anciano chofer, que callando a todos les dijo:

  • Aquí nadie tiene la culpa, no es la primera vez que sucede, el llamado a don Tulio por parte del guardián, no fue más que una alucinación, y lo que vio más tarde es el desenlace de algo que nunca olvidara mientras viva, a mí me sucedió hace una semana y me quede callado, ahora le ha tocado a don Tulio, quizá mañana le toque a otro chofer de ambulancia, porque el espíritu ha quedado allí, eternamente.

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Odín o Wotan, creador del Universo, padre de los dioses y de los hombres, cuyo brillante ojo era el sol, cuando no cabalgaba sobre las nubes a través del espacio residía en el Walhalla (cielo empíreo). Y allí, aposentado en elevado trono, veía todo lo que hacían los dioses y los hombres.

De Odín, el Padre Universal, nació Thor, dios del rayo y del trueno, que no se producían más que cuando daba, con fuerza superior a la de los otros dioses, terribles golpes con el enorme martillo que siempre empuñaba.

Todo lo que Odín tenia de amable, inteligente y bueno, tan espiritual que no necesitaba comer y solo se alimentaba de vino, tenía Thor de brutal, hosco, torpe y gran comedor y bebedor, del que a cada momento se estaba burlando Loki, otro dios, que siempre estaba de broma.

El Walhalla era un recinto cercado como una fortaleza inexpugnable. Walgrind, la cerca de los muertos, cuya artística cerradura ningún mortal podía abrir, conducía a la mansión del dios Odín. Y a través de la selva Glasir, cuyos árboles brillaban con el resplandor del oro, se llegaba a la sala del Padre Universal.

El lobo y el águila —los animales del campo de batalla escandinavo– adornaban su frontispicio. El decorado interior tenía también un aspecto bélico: lanzas por vigas y el tejado formado de rodelas y adargas.

Siempre vigilado, para que no se apagara, en medio de la sala ardía el fuego sagrado. Durante el día, la sala estaba desierta y abandonada; pero muy de mañana venían los einherios (guerreros) y luchaban entre si hasta vencer o morir, como si peleasen en la tierra.

Al llegar la hora de la comida, retirábanse los vencidos y todos iban al Walhalla; allí tomaba asiento Odín en el trono que tenía dispuesto, y a su lado los lobos Geri y Fenris o Freki. Los einherios se sentaban también y comían la carne del jabalí Saehrimnir, que se mataba y consumía diariamente.

Para beber tomaban el embriagador met que manaba de las inagotables ubres de la cabra Heidrun. Sólo Odín bebía vino, y este le bastaba para saciar su hambre y su sed; con la carne del jabalí que se le ponía delante cebaba a sus lobos.

Durante la comida, las hermosas walkirias servían a los héroes, escanciaban el met a los einherios y alargaban a Odín el cuerno repleto de vino.

De ver en cuando, el ejército de los espíritus, acaudillado por el dios Odín, recorría los aires y su ruido parecía ser el de una caza salvaje. Por eso en el Norte, cuando sopla de noche el huracán, dice la gente del campo que en el cielo están los dioses de caza.

Además de los dioses y diosas había unos seres intermedios entre aquellos y los hombres, o sea los gigantes, que eran los arquitectos de las construcciones colosales de los palacios en donde habitaban los dioses; los enanos, hábiles forjadores de armas divinas, cuyo jefe era Wieland; las walkirias, mensajeras celestes que, en los campos de batalla, cuidaban de recoger a los muertos y de llevarlos al Walhalla.

En categoría inferior a estos seres, existían también una multitud de espíritus o genios elfos y trolls—que jugueteaban con los míseros mortales, unas veces ayudándolos, otras burlándose y aun perjudicándolos.

El divino Odín siempre iba armado con un casco de oro y una brillante coraza y empuñaba en la diestra la lanza llamada Guguir, forjada por los enanos y a la que nadie ni nada podía detener.

Sleipnir era el más ágil y el mejor de todos los caballos, pues tenía ocho patas y no existía obstáculo que no pudiera franquear. Montado en él le gustaba a Odín salir a sus cacerías salvajes.

El Walhalla era inmenso. Tenía quinientas cuarenta puertas, cada una de las cuales podía permitir la entrada de ochocientos combatientes en línea de frente. Y aquí, en este grandioso y magnifico palacio, los héroes pasaban el tiempo en medio de juegos guerreros y de festines, presidiendo siempre Odín.

Para saber todo cuanto ocurría en sus dominios, Odín tenía sobre sus hombros dos cuervos llamados Munin y Hujin, o sea, «la memoria» y «el pensamiento», quienes le contaban al oído todo lo que habían visto y escuchado, pues cada mañana el dios los enviaba a lo lejos, para que recorrieran todos los países e interrogaran a los vivos y a los muertos.

En cierta ocasión, hiriéndose a si mismo con su lanza y colgándose del árbol del mundo, Odín llevó a cabo un rito mágico que le debía rejuvenecer.

En efecto, durante los nueve días y nueve noches que duró el voluntario sacrificio de permanecer suspendido de un árbol, agitado por el viento, el dios esperó que alguien le llevara un poco de comida o un poco de bebida, pero nadie llego. Entonces, observando la existencia de tierras cerca de sus pies pudo atraerlas hacia sí y, encaramándose sobre ellas, se vio librado rápidamente por una fuerza mágica.

Inmediatamente Mimir le hizo beber un poco de hidromiel, y Odín, después de realizarse su resurrección, empezó a mostrarse sabio en palabras y fecundo en obras

Después de crear a Aské, el primer hombre, y a Embla, la primera mujer, Odín compartió el reino celestial junto a su esposa Friga, la Tierra, y con su hijo Thor, que desataba el trueno. Alrededor de ellos actuaban los ases, gobernadores del mundo, que estaban alojados en suntuosas moradas.

Para comunicar el Cielo con la Tierra, Odín ordenó construir un puente multicolor, que fue el Arco Iris. Sin embargo, para que no pudieran entrar en él los gigantes malvados, coloco un centinela, Heimdal, el dios del diente de oro, símbolo del día, el cual «tenía un oído tan sumamente fino que oía crecer la hierba en el suelo y la lana en el lomo de las ovejas, aparte de que su vista era tan extraordinaria que veía todo lo que sucedía a mil leguas a la redonda».

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En el principio de los tiempos, los dioses del pueblo germánico vivían en un refugio de paz y dicha llamado Walhalla. Allí vivían también las walkirias, las inmortales vírgenes hijas de Wotan, doncellas bellísimas e indomables que, cabalgando en sus corceles blancos, to­maban parte en la guerra, y recogían del campo de batalla a los héroes que caían combatiendo para trasladarlos al Walhalla, donde recibían el premio a su va­lor de manos del padre de los dioses.

También Wotan había dado el ser a dos mortales: Sigmundo y Siglinda, a quienes separaron de pequeños.

Sigmundo fue desterrado, pero su hermana Siglinda fue dada en matrimonio a Hunding, un guerrero de costumbres bárbaras y maneras brutales, el cual la llevó a vivir a una cabaña rústica en medio del bosque. Dicha cabaña estaba construida alrededor de un colosal fresno, cuyas inmensas raíces se perdían en la tierra.

Durante la fiesta de bodas de Hunding y Siglinda, ocurrió un hecho extraño. De repente, los invitados vieron entrar en la sala del banquete, a un viejo mendigo, envuelto en un oscuro manto y con el rostro escondido bajo un sombrero de anchas alas. Solo sus ojos claros y refulgentes como piedras preciosas revelaban a la divinidad.

Mientras todos le miraban estupefactos, se acercó a Siglinda y la alentó y le dio consuelo. Luego, sacó, del manto una enorme espada y la hundió con fuerza, hasta el puño, en el tronco del fresno.

—Quien logre sacarla de allí tendrá la espada más fuerte del mundo —dijo.

Y una vez pronunciadas estas palabras desapareció: era el dios Wotan.

Inmediatamente, uno tras otro, todos los presentes intentaron sacar la espada del tronco, pero ninguno pudo lograrlo, por lo que allí quedó clavada.

Cierto día, Sigmundo, nombre que significa “boca de la victoria”, tras largos años de luchas y dolores, llegó casualmente a la choza de su hermana Siglinda. Al pronto no se reconocieron, pero algo veía ella en el joven que le atraía como un imán.

Cuando al fin Siglinda reconoció a su hermano, ya no pudo resistir por más tiempo la compañía de su esposo Hunding. Entonces, después de haber estado ya en los Brazos de Sigmundo, le incitó a arrancar la espada del árbol.

—Así quedaré libre de mi esposo para seguirte —le dijo.

Sin responder, Sigmundo se acercó lentamente al árbol. Luego se situó encima de una de las raíces del fresno y puso su mano sobre la empuñadura de la espada. Entonces notó que una gran fuerza venía en ayuda de su brazo. Tiró bruscamente y arrancó la espada del árbol.

—Esta es la espada de los Welsa, Siglinda, la espala de nuestro padre —dijo.

Alzó el arma y su filo brillo radiante.

—Gongner es su nombre –agregó—. También le llaman Dolor.

Dejó la espada junto al fresno y se aproximó a Si­glinda. Y mientras la acariciaba amorosamente, ella exclamó:

—Sigmundo, yo soy tu hermana y también tu esposa. Surja, pues, de nosotros la sangre de los Welsa.

Y, dando un grito, se arrojó en sus Brazos.

Aquella misma noche salieron cautelosamente los dos amantes de la cabaña y huyeron juntos a compartir sus trabajos y peligros. Pero al despertar, Hunding salió en persecución de la esposa infiel y del hombre que se la había robado.

Un año después, Sigmundo y Siglinda tuvieron la alegría del nacimiento de un precioso niño al que die­ron el nombre de Sigfrido.

La felicidad del matrimonio parecía que debía ser eterna y sin la menor nube. Sin embargo, ocurrió que un mal día, Sigmundo tuvo que luchar con el bárbaro Hunding, a quien el dios Wotan había concedido su protección. Por ello, el infeliz Sigmundo, tan joven y valeroso, debía ser derrotado y morir a manos de su celoso adversario.

Y todo ello se debió a que a esta pelea no era en ab­soluto indiferente el Walhalla, pues se relacionaba con la suerte del anillo. Al principio, Wotan deseaba la vic­toria de Sigmundo. Pero su mujer Friga estaba contra la separación ilícita de la bella Siglinda, y a toda costa quería el castigo del hermano y esposo de ésta. Y tanto y tanto insistió que, al final el dios de los dioses accedió a castigar a Sigmundo.

–Cuenta con mi juramento –dijo a su mujer.

Pero iniciado el feroz combate, una de las walkirias, la bella Brunilda, se compadeció de Sigmundo, y sin hacer caso de las órdenes de su padre Wotan, socorrió piadosamente al joven durante el desafío librándolo por dos veces de la muerte

En aquel momento un resplandor rojizo iluminó las nubes y sobre la montaña apareció el padre de los dioses, a cuya mirada nada se ocultaba. Y, al advertir la ayuda que su hija Brunilda prestaba al que debía ser vencido, intervino rápidamente para restablecer el designio de su voluntad divina.

Alejó a Brunilda y, al asalto siguiente, la espada de Sigmundo se rompió en dos pedazos contra la lanza de Hunding. Entonces, éste se lanzó sobre el joven y le atravesó el pecho.

Antes de morir, Sigmundo llamó a su lado a Siglin­da que, temblorosa, había asistido al duelo y con un hilo de voz, le dijo:

—No llores mi muerte, amada esposa: es el destino de todos los hombres. Conserva mi espada aunque esté rota y cuando nuestro hijo Sigfrido sea un hombre, dásela: con ella vengará mi muerte y realizará prodigiosas gestas.

Entretanto, la desobediente Brunilda se vio perdida, ya que al no acatar las órdenes de su padre debía ser castigada. Y así fue, pues en medio de un resplandor como de fuego se apareció el dios Wotan, que decretó inflexible:

—Ya no eres mi mensajera. Has perdido tu inmortalidad de walkiria al tener piedad de un hombre. Aquí te destierro, en esta montaña; te sujeto a un sueño del que sólo te despertará el primero que pase y te haga suya.

Los gritos desesperados de las demás walkirias nada pudieron ante la inquebrantable decisión del padre de los dioses.

—Wotan –exclamó entonces Brunilda—, si has de someterme a un hombre que me domine, haz al menos que sea un ser digno el que me posea.

—El que logre despertarte será tu esposo —replicó el dios.

—Sí, pero que sea, al menos, un héroe digno de mí estirpe —insistió Brunilda.

—Conforme —accedió finalmente Wotan—, pero quedarás dormida dentro de un círculo de llamas, en un hechizo de fuego. Y solo el héroe que logre vencer la barrera incendiada podrá despertarte y hacerte suya. No puedo decirte más.

Y, tras decir esto Wotan, con lágrimas en los ojos —pues amaba a esta hija más que a ninguna—, la condujo con sus propios brazos a la tuna de un monte altísimo y la depositó cuidadosamente sobre un blando lecho de plumas. Luego le ciño el casco, y cubrió su cuerpo con el escudo.

Inmediatamente invocó la ayuda de Loge, dios del fuego, que súbitamente hizo surgir alrededor de Bru­nilda una muralla de rojas llamas, mientras la joven y hermosa walkiria se adormecía plácidamente en es­pera de que llegara su heroico salvador.

Mientras esto ocurría, en lo alto de la montaña, la bella Siglinda, quebrantada por el dolor y los padecimientos y corroída por un mal oculto, yacía en tierra apretando a su hijo Sigfrido contra su pecho.

En aquel mismo instante, en el límite del bosque donde había tenido lugar el duelo mortal entre Sigmun­do y Hunding, apareció Mime, el herrero que habitaba en una cabaña cercana. El enano hizo todo lo posible para reanimar a la pobre mujer moribunda, pero su destino estaba ya trazado y ninguna ayuda humana podía evitárselo.

Apenas tuvo tiempo la infeliz de confiar al cuidado del enano Mime a su hijito y los dos trozos de espada, diciéndole:

—Prométeme que entregarás esta espada a mi hijo Sigfrido cuando tenga fuerzas para manejarla.

El enano Mime prometió cuanto Siglinda quiso, tanto más cuanto que esta promesa era útil a sus planes.

Efectivamente, el ambicioso nibelungo educó a Sig­frido para hacer de él un héroe y utilizar sus brazos para matar al dragón y apoderarse del tesoro que tan celosamente custodiaba en la gruta del bosque.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

— ¡Arre muuuula…! …¡Arre muuuula…!

El patacho de bestias procedentes de Palencia iba llegando lentamente con su carga de leña hasta las inmediaciones del viejo amate…

El sol sofocante con sus rayos directos ponía más bronceada la piel de los arrieros que sudorosos, sucios y mal humorados ca­minaban a la par de los animales, prestos a descargarla en cualquie­ra de las tiendas de mala muerte que por el rumbo había.

— ¡Hoooo!, dijo el principal de los arrieros frenando con su ronca voz el tren de mulitas; unas blancas, otras cenizas y una ne­gra, de la antigua panadería de don Simón cae, una señora mu­lata que servía en la casa desde hacía muchos

—Buenos días don Cirilo.

—Mejor las tenga Ud., contestó el arriero, colocándose un puro de tabaco ordinario en la boca y encendiéndolo rápidamente. La leña la principiaron a colocar en promontorios pequeños; que conforme bajaban, iban creciendo.

El trabajo era agotador, siempre lo mismo; cada ocho días se preparaba la leña en el monte y después cargarla para venderla en la ciudad al mejor postor, en alguna panadería o tienda grande.

Uno de los sitios preferidos por los arrieros de Palencia era la fonda «La Trampa», que estaba ubicada a inmediaciones del Cerrito del Carmen. El olor a fermento salía hasta la calle y se confundía con el olor a tierra mojada que se elevaba en transpa­rente vapor. Eran los doce meridianos y de las puertas salían señoras con sus guacales de agua a regar el preciado líquido, y con la oración a flor de labio recorrían el frente de sus domicilios.

El «Talán, Talán» de la mulita que venía adelante delató at patacho que comandaba don Ceferino Escobar, palenciano de origen y de oficio arriero. La leña se había quedado en «El Guarda del Golfo» y después de la tarea cansada y tediosa, bien caía un trago de aguardiente.

Ceferino llegaba acompañado de otros mozos que él tenía bajo su dirección, ataron a las bestias en el poste que allí había y posteriormente entraron uno tras de otro colocándose en el mos­trador.

Piérdanme el respeto indios babosos, dijo don Ceferino a sus mozos al momento de tomarse el trago y hacer una cara más fea de la que tenía. Los otros lo imitaron y el más bajito de todos en un descuido lanzó por el suelo el líquido, nadie se dió cuenta y después hizo el ademán como que se lo había tornado.

¡Sólo otro y a escupir a la calle! Todos lo imitaron nueva­mente, pero el mozo que solo hacia el ademán de tomar, fue des­cubierto cuando intentaba repetir la operación. Ceferino lo vio con ojos de criminal y le reclamó su actitud, ya que le despreciaba un trago.

No es eso don Ceferino —dijo el campesino recalcando—. Lo que pasa es que yo cuando me tomo mis tragos miro al cadejo y no quiero sufrir esa visión que me dejó hasta con calenturas.

Todos los presentes soltaron una sonora carcajada cuando Tiburcio terminó de hablar, don Ceferino lo vio con un poco de desprecio diciéndole que le extrañaba que un palenciano fuera tan miedoso.

Tiburcio se sonrojó cuando escuchó lo que el patrón le decía y lanzándole un reto muy campesino le dijo:

¡Veya don Ceferino, yo siempre lo he respetado, pero hoy nos vamos a hartar de guaro hasta quedarnos botados y a ver quién es más hombre de los dos, pero le aseguro patrón que Ud. a la primera de cambio se raja!

La libación entre el grupo fue grande y cuando en la cente­naria iglesia del Cerrito del Carmen llamaban a la oración, los campesinos fueron saliendo de la cantina «La Trampa» de la Ave­nida Juan Chapín.

Bartolo, Esteban, Hermelindo y los otros mozos dejaron que don Ceferino y el atarantado del Tiburcio tomaran distinto camino, rumbo al Potrero de Corona, donde dormirían una pequeña siesta, pero no llegaron muy lejos; iban tan borrachos que únicamente les dio tiempo llegar hasta la medianía del Cerrito y al famoso potrero. El tañer de la vieja campana sonaba Iúgubre y solitaria en la pequeña ciudad, nuestros dos amigos se habían que­dado tendidos cuan largos eran bajo una Palma, la noche fue pro­gresando en oscuridad, avanzaba lentamente y las calles adya­centes iban quedando desiertas, tan desiertas que los pasos lejanos de personas presurosas se escuchaban claramente, después todo se fue quedando en silencio…, silencio.

Don Ceferino roncaba como en su cama y Tiburcio le hacía segunda, aquello era un concierto poco recomendable para oídos finos.

Un insecto pequeño y molesto fue el que interrumpió aquel sueño profundo de Tiburcio, era tanta la molestia que lo despertó, y por más que intentó, no logró conciliar el sueño. Tiburcio aún sufría los efectos de la gran borrachera y rápidamente recordó la apuesta con don Ceferino (su patrón) quien lucía tendido roncan­do como un bendito en el fresco y verde césped del Cerrito del Carmen.

Tiburcio, afinó el oído y escuchó a lo lejos el peculiar so­nido de los pasos de un perro, ese chocar de las unas en las Piedras de la calle que cada momento se acercaba más y más a lo lejos divisó, dos lucitas que poco a poco se fueron haciendo más grandes como el tamaño de dos bolitas de fuego.

—Parecen dos chencas de cigarro, dijo tembloroso Tiburcio, que ya conocía al mentado espanto, quizo mover con brusquedad a don Ceferino, pero este dormía profundamente y no hacía caso a los requerimientos del empleado.

Los pequeños casquitos seguían sonando, más y más cerca. Tiburcio seguía moviendo a su patrón con más insistencia, la luna era grande y cuando una nube pasó de largo, su luz se esparció por todo el cerrito iluminándolo totalmente.

Clac, Clac, Clac, sonaban finamente los casquitos en las Piedras. Finalmente, allí frente a Tiburcio, estaba aquel animal que parecía un perro con los ojos como brazas y en posición de ataque.
Tiburcio ya no supo más, todo le dio vueltas y cayó desmayado, junto donde dormía plácidamente don Ceferino, sentía el pobre campesino que iba caminando en el espacio después que todo fue quedando tranquilo, tranquilo; y un sueño profundo se
apodero de su cerebro. Cuando los dos hombres volvieron a sus cabales, estaban durmiendo al pie del amate del «Guarda del Golfo»; el primero que despertó fue don Ceferino que no sabía como había llegado hasta aquel sitio, inmediatamente despertó a Tiburcio y le suplico le dijera como diablos habían llegado hasta ese lugar donde todos los conocían, especialmente los pequeños comer­ciantes que de madrugada abren sus tiendas y panaderías.

Los patachos de mulas iban pasando nuevamente por el Guarda, y algunos arrieros saludaban a don Ceferino, este tomaba chicha junto con sus mozos para quitarse la goma.

— Vos Tiburcio, no me vayas a decir que fue el mentado Cadejo, el que nos trajo arrastrando anoche —preguntó el patrón.

— Pues, quien sabe don Ceferino, pero yo le juro por la Santa Cruz, que yo vide al Cadejo con mis propios ojos, pero después me quedé como bruto tirado, y Ud. sabe lo demás…

— Don Ceferino no entraba al aro y por lógica no alcanzaba a comprender la actitud del Cadejo; vio sus ropas hechas trizas, y lo que no le pasaba, era que una de sus mejores camisas, la que había estrenado con motivo de la fiesta de Palencia, la tenía hecha pedazos.

Dicen que el Cadejo defiende a los bolos y yo no comprendo porque a nosotros nos atacó, se preguntaba una y otra vez, recorda­ba la burla que le hicieron un día antes a Tiburcio y no dejó de sentirse mal cuando la voz de la conciencia le repetía: » ¡No hay que burlarse jamás de las creencias de los hombres y de los perseguidos por los espantos!

Cuando contaron las mulitas, hacía falta una; la negrita, que con su cencerro hacía un ruido especial, porque tenía dos péndulos.

— ¿Y la mula prieta qué diablos se hizo? ¡Tiburcio!, regre­semos al Cerrito del Carmen a buscar a esa condenada porque si no, sale más caro el caldo que los frijoles —manifestó don Ce­ferino tomando un lazo y emprendiendo la marcha. Cuando llegaron, al Cerrito no habían ni señas del animal, preguntando de casa en casa, le dijeron que tal vez por el potrero de Corona le daban razón.

Los muchachos tomaron por un lado y don Ceferino por otro para capturar al semoviente en forma rápida. El potrero estaba cercano y no tardo en llegar, divisando a lo lejos a la extraviada, suspiro profundo y esbozo una sonrisa de satisfacción al verla pastar en compañía de otros animales.

Ya la traía atada del lazo cuando alguien le dijo:

—Siquiera deme las gracias, porque yo fui el que la encontró cerca del Martinico, la pobre andaba asustada, anoche un loco escapó del manicomio y con machete en mano estuvo a punto de matar a varias personas, con decirle que unos arrieros que estaban durmiendo en las faldas del Cerrito, de no ser por su perro, los acaban a puro machetazo.

Inmediatamente don Ceferino recordó lo que Tiburcio le había contado relacionado con el Cadejo, a lo lejos aparecieron los mozos con el resto de las mulas y don Ceferino les hizo una señal, jamás volvió a dudar de lo que sus mozos y campesinos le contaban, recordando con cariño, al Cadejo se reunió con el grupo y regresaron a Palencia para contar la aventura.

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Aquella tarde soleada del mes de marzo de 1912, quedaría en la mente de Alfonso Guzmán grabada para siempre. Jamás la podría olvidar, ya que como el decía lo habían espantado «por ay por la Reforma». Alfonso era un cochero de los buenos y con clientela de lo más granado de la sociedad chapina, siempre le buscaban para sus servicios de transporte y no digamos los señoritos o chancles capitalinos que le contrataban cuando de echar una cana al aire se trataba los fines de semana por la noche. Alfonsito conocía todos los sitios habidos y por haber.

Aquél grupo de muchachos inquiría por el paradero del cochero; ¿dónde está Alfonso? ¡Donde «La Zopilota» le encon­trás!, era la respuesta cortante que siempre se recibía.

Y allí estaba aquél hombre, ni joven ni viejo, siempre con la sonrisa a flor de labio discutiendo con otros cocheros el asunto del pésimo estado de las calles, especialmente las del Guarda Viejo, que en invierno rompían los ejes de los carruajes y en verano el polvo los ahogaba.

Siempre había discusión en aquella reunión de aurigas, unos viejos otros jóvenes, los primeros contando sus aventuras de antaño y resobando la frase de que tiempos viejos fueron mejo­res

Las sombras de la tarde iban cayendo poco a poco por las empedradas calles de Guatemala de La Asunción, las horas iban pasando y los minutos también con la rapidez que los cocheros se tomaban sus cuartitas de guaro blanco, haciendo bocas con tiras y revolcado.

Afuera tres indígenas discutían en lengua algo que tenía carácter económico, porque la cuenta de la «leña» no les salía, mientras las mulitas quizá aburridas de algo que no entendían ni entenderán nunca, se espantaban las moscas con la cola.

La puerta de la fonda de «La Zopilota» se vio de pronto invadida por un muchacho moreno bien plantado, hijo de cono­cido licenciado y político de mucho peso en el ambiente. Aquella voz casi retumbo en el pequeño estanco de licores:

— ¡Alfonso!

El auriga volvió a ver poco a poco porque ya los tragos le hacían efecto, había llegado a la cantina a las 2 de la tarde y cada tanda era copiosa y abundante.

— ¡Qué manda niño Julián?, dijo el cochero , sosteniéndose como pudo de la orilla del mostrador.

Pues, quiero que me hagás el viaje, te he buscado por todos lados y me dijeron que aquí te encontraría.

El muchacho abordó el viejo carruaje y al latigazo de Alfonso, los flacos caballos principiaron a caminar rumbo a la PIaza de Armas. El cochero ya sabía de memoria los lugares a recorrer el viernes por la tarde, las viejas casonas de la Calle de Mercaderes iban pasando en caravana aburrida ante los ojos de ambos, que poco o nada platicaban en el trayecto.

Perdone don Julián, ¿siempre lo llevaré donde mismo?…

Aquel hombre serio y con la vista perdida en el horizonte no contestaba a las preguntas que el cochero le hacía, al poco rato, le contestó con un poco de desgano y sin dejar de ver por la puerta del carruaje…

Hoy vamos a cambiar nuestra ruta, quiero dar una vuelta por La Reforma, tengo tan gratos recuerdos de allí, que hoy los quiero evocar en el lugar de los hechos…

Cuando pasaban por El Sagrario y sufriendo la inclemencias, del sol de marzo cayendo en el horizonte, quemante y penetrante uno de los «Turcos» discutía a grandes voces con uno de los más famosos pordioseros de la ciudad, al que llamaban «Pata Hueca», quien le había dicho una lanada a una de sus sobrinas, y como ya es costumbre tradicional, la policía brillaba por su ausencia, mientras que el hombre deforme y cojo se perdía entre los transeúntes del mercado central.

Todo aquél escenario de cosas y hechos ya era conocido por los dos hombres que iban en el carruaje, eran de la ciudad y todo esto en ella era corriente y común.

Las pocas luces de «La Calle Real» principiaban a encen‑
derse, mejor dicho los candiles o carbones que colocaban en las
farolas de las esquinas. . . El carruaje iba llegando a la altura de
La Concordia, cuando el cochero rompió el silencio una vez más:

—Niño Julián, ¿no cree que sea muy tarde ya, para dar la vuelta por La Reforma?

—¡No!

Aquella contestación seca y negativa hizo que Alfonso diera más rienda a las bestias y que éstas tomaran un trotesito rápido. El cochero saludó a unos amigos del mismo oficio que tomaban café por El Calvario, el clac, clac de los cascos de los cabal los se hizo más sonoro al pasar por la Penitenciaria.

— ¡Más rápido Alfonso!, dijo don Julián al cochero.

Cuando el cochero se dio cuenta, ya el puente había quedado a varios metros de distancia y el follaje de La Avenida de La Reforma principiaba a notarse con su canto de pájaros. Alfonso principió a ver muy raro al «niño Julián», ya que procedía no como siempre lo hacía.

—Más rápido Poncho, gritaba el apuesto joven desde el asiento trasero del viejo carruaje, que parecía partirse en dos por la velocidad que iba tomando. «Más rápido Alfonso» —repetía— y las bestias corriendo como almas que se lleva el diablo, echaban espuma por la boca y sudaban copiosamente, los enormes cipresales pasaban con rapidez en lado contrario, por momentos Alfonso pensaba en el chapinísimo chiste de don Chebo, que para regresar más pronto, mejor se subiría a un árbol. «Más rápido por favor», resonaba aquella voz. . . Alfonso ya no podía sacar más a sus animales, los ejes rechinaban como zapatos nuevos de soldado y por horas pensaba que todo terminaría en un momento.

Aquello tomó proporciones alarmantes, los cabal los habíanse desbocado y ahora ni la rienda y los gritos del cochero dete­nían a las bestias que a gran velocidad tomaban el camino que paralelo corre con los arcos.

El auriga clamaba con todos los cantos del cielo y una vez más suplicaba que las bestias se pararan. Finalmente fueron pa­rando poco a poco, hasta que todo quedó en calma, solo una nube de polvo empaño el ambiente, era como una invitada que llegaba de ultimo.

El cochero saltó del carruaje para verificar alguna falla, pero todo estaba en buenas condiciones. A los flacos animales, ya les había pasado el susto, aquel susto que quien sabe como se inició.

–¿Y el niño Julián? —se preguntó el cochero—, abriendo la puerta del carruaje, pero no aparecía por ningún lado; pensó para sus adentros: ¿Se quedaría botado en la carrera? Al pobre Al­fonso le daba vueltas la cabeza y no podía imaginar que un ac­cidente serio se hubiera podido suscitar a su pasajero.

Emprendió el regreso y buscó en todo el camino, y por la Avenida de La Reforma, pero ni señas había del tal niño Julián, regreso nuevamente y aquel hombre como que si la tierra se lo hubiera tragado. ¡No aparecía por ningún lado! «Él tuvo la culpa, diciéndome que corriera más de la cuenta» —se decía el cochero como queriendo justificar aquello que le acusaba.»

La noche estaba obscura y para colmo de males no encon­traba el fosforito para encender el viejo farol que los carruajes usaban en el lado derecho, por fin lo encontró en una de las bolsas secretas del chaleco y encendió el farolito rojo que en la amplia y silenciosa avenida identificaba at viejo carruaje.

Por razones inexplicables el auriga sintió un frio intenso que le corrió por todo el espinazo, pero continuo su camino; los arbolones iban quedando atrás y en la imaginación de Alfon­so parecían fantasmas gigantes que con las manos querían tomar las nubes negras de la noche de Marzo.

Cuando vio las covachitas del «Cielito» suspiró profundo y como un demente dijo —Menos mal que ya todo pasó y ahora a buscar at niño Julián, que con alguna entretención estará por allí.

Cuando pasó por la estación alguien le llama para un viaje al Callejón del Judío, rápidamente frenó el viejo armatoste y un venerable matrimonio de ancianos honorables con su hija subieron at carruaje.

Una vez más las casas de la 9a. Avenida principiaron a pasar ante los ojos de Alfonso, como algo aburrido y tedioso y como complemento los efectos de la «goma» principiaban a hacer estragos en su humanidad, y la plática del matrimonio de ancianos la escuchaba sin querer, pero de pronto se dio cuenta que habla­ban del «Niño Julián», y lo hacían en una forma muy especial, paró las orejas para escuchar mejor y siguió el hilo de la conversación.

—Tan buen muchacho y decente que era, dijo la anciana, y terció el señor confirmando; «Lo que es la vida si hoy por la mañana lo vi y me saludo tan cortésmente como siempre lo hacía”…

El cochero empezó a sentirse mal, no aguantó más y pre­gunto:

—Perdone don Antonio que me meta donde no me llaman, ¿pero qué fue lo que le sucedió al Niño Julián?

— ¡Ay Alfonso! —Contestó el viejo, ¿no sabes que se pegó un tiro hoy al medio día?

  • ¡Pero, como es posible!, se preguntaba el cochero.

El viejo carruaje siguió su ruta rumbo al Callejón del Judío y su conductor iba con la vista fija en el horizonte repitiéndose la misma f rase, » no puede ser, es materialmente imposible».

Cuando llegaron a la esquina del Teatro Colon, Alfonso vio más gente de luto y aquella noticia se confirmaba, los amigos del «Niño Julián» marchaban en grupos, él los conocía, porque en diferentes ocasiones los había llevado en su viejo carruaje a muchos sitios.

El cochero no quedo en paz, hasta que no vio el cadáver del «Niño Julián», tendido en la casona del Callejón del Judío en donde vivía, las palabras las repetía casi como un demente: «No puede ser, es materialmente imposible, pero si yo lo lleve en el carruaje y se me desapareció cuando las bestias se des­bocaron. No, no puede ser, que haya sido su espíritu. Bueno; quizá se despidió de mí en esa forma, pero lo veo tendido y no lo creo».

Alfonso, el cochero, querido de los muchachos estudiantes salió riendo a grandes carcajadas de aquel velorio, repitiendo las mismas palabras: «No puede ser, es materialmente imposible».

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala