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Thor tenía un martillo mágico llamado “Mjolnir” y utilizaba esta arma predilecta tanto de maza como de arma arrojadiza. Era un proyectil que, además de no errar jamás el golpe, cual maravilloso bomerang, volvía, después de matar, a sus manos. Además, si era ne­cesario, se hacía tan pequeño que podía disimularlo en cualquier parte.

Pero aparte de este magnífico martillo-maza, el dios Thor, tipo ideal del guerrero germánico, poseía dos ta­lismanes de gran valor: un cinturón qua multiplicaba la fuerza de sus miembros, y unos guantes de hierro que le permitían empuñar como era debido el tremen­do y celebre martillo.

Asimismo tenia, como los demás dioses, su palacio propio en Asgard (la mansión de los ases). Esta sober­bia morada, llamada Bilskirnir, era la más amplia que se conocía: no tenía menos de 540 salas.

Cuando Thor salía de su palacio, se complacía en re­correr el mundo montado en su carro del que tiraban machos cabríos. Y si durante el viaje tenía hambre, mataba a sus cabalgaduras y las asaba. Después le bas­taba poner su martillo sobre las pieles para que los cornudos animales adquiriesen nueva vida.

Con su bella esposa Sif, personificación de la fide­lidad conyugal, de hermosos cabellos de oro, Thor había tenido varios hijos, que se distinguían, como él, por su fuerza maravillosa. Dos de ellos, Magni (la fuerza) y Modi (la cólera), heredarían un día su martillo, aquel martillo mágico que servía no solamente como arma, sino para toda clase de contratos y tratados, muy es­pecialmente los que se hacían con motivo de los matri­monios.

Pero un día, al despertar, Thor reparó en que su mar­tillo había desaparecido. ¿Dónde estaba? Consternado, fue a decírselo a Loki, cuya astuta malicia siempre ha­llaba solución para todo.

—Lo ha debido de robar algún gigante —dijo.

Y para convencerle, pidió a la diosa Friga su traje mágico de plumas, se lo puso, y voló al país lejano de los gigantes, donde no tardó en saber por el propio gi­gante Thrym que, en efecto, él lo había robado.

—Pero no estoy dispuesto a devolverlo —agregó— si no me dan como mujer a la propia Friga.

El astuto Loki volvió y explicó lo que ocurría a los ases. Naturalmente, entonces éstos se lo hicieron saber a la diosa, que, al conocer la pretensión del gigante, se indignó de tal modo que el collar de oro que llevaba al cuello estalló por efecto de la hinchazón de las venas, cuyo volumen duplicó la cólera.

—¡Que se ha creído ese sinvergüenza…! —exclamó Friga.

Pero Loki, como siempre, idea una estratagema para salir del apuro. Nada menos que vestir a Thor con el traje y el collar de Friga, ponerle un velo de desposa­da y llevarle junto a Thrym.

—Yo to acompañare vestido de sirviente —dijo Loki a Thor, al verlo un tanto receloso.

Todo se hizo tal como lo pensaron, siendo muy bien recibidos por los gigantes. Pero cuando ya estaba todo preparado para la boda, en el banquete que le precedió ocurrieron cosas extraordinarias. En efecto, la novia, o sea, el disfrazado Thor, demostró tener un apetito vo­raz que dejo a todos asombrados. Pues se engulló en un santiamén todo lo que había preparado para el festín.

—Es que la pobre novia —explicó Loki— no ha con­sentido en probar bocado durante ocho días, de tantas ganas como tenía de conocer a su novio.

Y el gigante Thrym, que era un sentimental a pesar de su aspecto rudo, todo emocionado al oír aquello, se apresuró a abrazar a su prometida. Pero al levantar­le el velo, se echó espantado hacia atrás al ver sorpren­dido el extraño fulgor de aquellos ojos que creía tan dulces y amorosos.

—Es que la pobrecilla —volvió a explicar Loki— ha estado durante ocho noches sin pegar los ojos, lloran­do sin cesar de tantas ganas como tenia de ver a su amado.

Entonces Thrym, impaciente y sin poder aguantar más el deseo de que la bella fuese suya, ordenó traer el martillo de Thor para consagrar debidamente la boda poniéndolo, como era costumbre, sobre las rodillas de la desposada.

El final puede adivinarse. Tan pronto como Thor tuvo el martillo en sus manos, mató al enamorado Thrym y a todos los demás gigantes invitados. Y ya tranquilo y satisfecho regresó a su palacio.

Sin embargo, tantas eran las picardías y maldades del dios Loki, que al final acabó por predisponer contra él a los demás dioses.

En cierta ocasión, por ejemplo, hizo víctima de su perversidad a Sif, la bella esposa de Thor, a la que, mientras estaba durmiendo, le corto taimadamente su hermosa y rubia cabellera.

Cuando Sif se despertó, su desesperación no tuvo li­mites, ya que los cabellos eran una de las cosas que más orgullo le producía. También a su marido le agra­daba mucho su cabellera de oro. Y por eso ahora temía que el dios no la encontrara tan bella como de costum­bre.

Al saber Thor lo ocurrido, agarro a Loki entre sus robustas manos dispuesto a destrozarlo. Y no lo hizo porque el audaz ladrón le prometió:

—Te juro, Thor, que obligare a los enanos a que Ka­gan brotar en la cabeza de tu esposa Sif otra cabellera de oro puro.

Entonces Loki se dirigió al país de los enanos sin perder un instante. Y no solamente obtuvo lo que se proponía, sino que otros hijos de Ivaldir le construye­ron una poderosa espada llamada Gungnor o Gungnir y un navío famoso, el Skidbladnir, que una vez ten­didas las velas iba derecho allí donde era preciso que fuese.

Con estos tesoros regreso Loki al Asgard, hablando, orgulloso, de las cosas tan maravillosas que sabían ha­cer los hijos de Ivaldir.

—Trabajando el metal —agregó– no hay quien les iguale. Comparados con ellos, todos los demás ena­nos herreros son unas nulidades.

Estas palabras fueron oídas por Brok, cuyo herma­no Sindre era considerado por muchos como el más diestro trabajador de metales. Pero como a Loki no le parecía así, aposto con Brok a que ni él ni su hermano eran capaces de hacer tres cosas de tanto valor como el cabello de oro, la espada y el barco que le habían hecho los otros enanos.

—Me juego la cabeza a que no las hacéis —agregó Loki.

Decididos a ganar la apuesta, Brok y Sindre se pu­sieron a trabajar sin pérdida de tiempo. Lo malo era que casi no adelantaban en su tarea porque el taimado Loki, temiendo que resultasen victoriosos, se transformó en tábano y empezó a importunarlos para que, de­sesperados y rabiosos, no pudiesen triunfar.

A pesar de ello, ambos hermanos hicieron un res­plandeciente anillo, un jabalí dorado y un poderoso y terrible martillo,

Inmediatamente partió Brok con sus objetos al As­gard, donde los dioses aguardaban, ansiosos por ver como terminaba la apuesta. Tomaron asiento en sus respectivos tronos, y Odín, Freya y Thor fueron los en­cargados de juzgar cuales eran los más valiosos regalos.

El astuto Loki se acercó a los jueces y, con zalamera sonrisa, entrego a Odín la espada Gungnor, que jamás erraba el blanco. A Freya le dio el barco. Podía navegar por todos los mares y con todos los vientos, obede­ciendo el simple deseo de su dueño. También tenía la virtud de plegarse en muchas dobleces para poderlo llevar en el bolsillo.

A Thor le entregó el dorado cabello, que éste colocó en seguida sobre la cabeza calva de su esposa Sif. La cabellera era larga, hermosa y resplandeciente, haciendo a la diosa tanto más bella que antaño, por lo que Thor la miraba embelesado.

Loki rió desdeñosamente, y le dijo a Brok:

—Ahora, muestra tú lo que traes, y veamos si pueden competir tus regalos con los que yo he traído.

El enano se acercó con sus tesoros.

—Este anillo —dijo, entregándoselo a Odín— tiene la virtud de disipar las tinieblas.

Luego puso el martillo en las manos de Thor, di­ciendo:

—Jamás to hará fracasar. Podrás pegar con el cuan­tos golpes quieras. Y, aunque lo arrojes muy lejos, siempre volverá a tus manos. También puedes reducir­lo de tamaño y esconderlo en tu pecho.

Thor lo alzó, y lo hizo girar alrededor de su ca­beza en remolino. Estallaron relámpagos llameantes por todo el Asgard y retumbaron profundos truenos, mien­tras poderosas masas de nubes comenzaban a concen­trarse a su alrededor.

Los dioses se acercaron todos a su lado y el martillo empezó a pasar de mano en mano. Coincidieron unánimemente en que era el arma más poderosa que tenían para defenderse contra sus enemigos los gigantes. Con ello, los enanos Brok y Sindre ganaron la apuesta.

La cabeza de Loki les pertenecía. Pero este, enfure­cido por la derrota, no tenía la menor intención de per­mitir que el vencedor cobrara la deuda.

—Te daré lo que quieras —dijo a Brok—, a cambio de mi cabeza.

  • No, quiero tu cabeza, que es lo que he ganado —re­puso el enano—. No aceptaré ninguna otra cosa en su
  • Entonces, ven per ella —le respondió Loki.

Y antes de que pudieran echarle la mano encima desapareció. Y es que poseía ciertos zapatos que podían transportarle en un instante al otro lado de tierras y mares.

Entonces el enano Brok le pidió a Thor que le ayu­dase a encontrarle, y solicitó que se le obligara al es­curridizo Loki a cumplir lo prometido. Thor, compren­diendo que el enano tenía razón, salió inmediatamente en persecución del desaparecido, no tardando en regre­sar con él.

En cuanto lo vio Brok, quiso cortarle la cabeza en seguida, temiendo que, si aguardaba un poco, el otro le gastaría una nueva treta. Pero Loki lo contuvo diciendo:

  • ¡Alto! Mi cabeza puedes cercenarla cuando quieras. .. ¡ay de ti si llegas a tocarme el cuello!

Nada se había hablado de cuellos, en efecto. Y, como la cabeza no se podía cortar sin tocar el cuello, Brok y su hermano tuvieron que darse per vencidos.

Y al marcharse los burlados enanos, se oyó retumbar en los espacios, durante mucho tiempo, la carcaja­da burlona del desvergonzado Loki.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

Cierto día, los guerreros de Odín consiguieron apri­sionar al feroz lobo Fenris, pero no podían retenerlo porque todas las cadenas no bastaban para dominar su fuerza, por lo que tuvieron que recurrir a la indus­tria de los genios enanos y malhechores, aunque obre­ros muy hábiles.

“Con el paso de un gato, la barba de una mujer, la raíz de una peña, el suspiro de un oso y el alma de un pez”, formaron una cuerda que ni el mismo Fenris pudo romperla. Se necesitaba, sin embargo, mucha astucia para poderla enganchar al lobo, ya que este desconfia­ba, por lo que Odín decidió:

—Mi hijo Thor arriesgará un brazo como prenda en las fauces de la fiera.

Tras semejante convenio, lograron los ases amarrar al lobo pasando la cuerda a través de una roca horadada, haciéndola llegar hasta las entrañas de la Tierra. Al darse cuenta Fenris de que había sido apresado, destrozó el brazo de Thor, y de los sanguinolentos es­pumarajos de rabia que salieron de su boca se forma el rio Wam, o de los Vicios.

Al ver morir a su amado lobo, el dios Loki, desespe­rado, decidió vengarse. Para ello no pensó sino en matar a Balder, el segundo hijo de Odín y de Friga. Bal­der, dios de la luz, era un joven inteligente y apuesto, muy estimado por los dioses. Su hermosura era tal, que su presencia llenaba todo de claridad. Bastaba ver­lo y oírlo para amarlo.

La vida del alegre dios transcurría feliz, sintiéndose amado y amando a la vez, hasta que, de pronto, empezó a ser víctima del presentimiento de que podría mo­rir de un golpe. Para calmarle, su madre, Friga, hizo prometer a todos los seres de la tierra que ninguno atentaría jamás contra él.

Vuelto a causa de ello invulnerable, los dioses, para acabar de calmar al joven dios, un día que estaban todos reunidos y de fiesta empezaron a lanzar contra el cuanto hallaron a mano: piedras, dardos, hasta sus ar­mas, sin conseguir herirlo ni hacerle daño siquiera.

Pero el envidioso y perverso Loki, fingiéndose muy contento, pregunto a la diosa Friga si verdaderamente había convencido a todos los seres del universo de que no perjudicasen a su hijo.

—A todos, excepto al débil muérdago —respondió incautamente la madre—. Me pareció incapaz de hacer ningún daño.

Loki no perdió el tiempo. Cortó esta planta y con su tallo construyó una varita. Al regresar al Walhalla, donde todos se hallaban jugando, le dio la varita al ciego Hoder y le dijo:

—Anda, lánzala en la dirección que yo to indicare. Hoder lo hizo sin desconfianza, y la leve flecha, al menos en apariencia, fue a alcanzar a Balder en el corazón, atravesándoselo y dejándolo sin vida. Entre las divinidades cundió gran pesar. La esposa de Balder, la hermosa Nanna, murió de pena y fue enterrada junto a su marido.

Entretanto, los ases no se consolaban por la muerte de Balder, por lo que la atribulada madre Friga les pre­gunto:

— ¿Hay entre vosotros alguno que consienta en des­cender al reino de Hel (el reino de los muertos), para rescatar a mi hijo Balder?

Inmediatamente, el valiente Hermodo, uno de los hijos de Odín, salto sobre Sleipmir, el caballo de su pa­dre, y se puso en camino. Hel accedió a libertar a Bal­der, pero puso esta condición:

—Lo dejaré salir de mi reino si todos los seres del mundo, sin exceptuar ninguno, están conformes con ello y vierten alguna lágrima.

Satisfecho y alegre Hermodo, al ver quo esto era muy fácil, regresó a la Tierra, pero se encontró con que en la caverna de una montaña una giganta llamada Thonk se negó a verter ni una lágrima, pese a las sú­plicas de todos los dioses.

—Ni durante su vida ni después de su muerte —respondió la giganta—, he recibido de él servicio alguno; que Hel conserve lo que tiene.

Como es fácil suponer, la vieja y malvada giganta era el dios Loki disfrazado. Y así Balder, al no poder ser rescatado, tuvo que permanecer para siempre en el rei­no de los muertos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.