Tag: marino

0

Hace muchos arios, vivía en Bagdad un viejo y rico mercader llamado Simbad el Marino. Muchos eran los que envidiaban sus riquezas. Y como en cierta ocasión oyera las críticas de que era objeto por parte de un pobre criado, le hizo entrar en el palacio y, tras darle de comer en abundancia, le dijo:

—Tú me envidias y críticas porque no sabes con cuanta penalidad y sufrimiento he amasado la fortuna de que disfruto ahora y que mi vida no se ha desenvuel­to, según crees, entre placeres, sino que ha sido pródiga en duros trabajos.

Y a continuación le relató su azarosa vida con estas palabras:

“De joven gocé de una posición desahogada gracias a la herencia de mi padre. Pero al disiparla pronto en placeres propios de la edad, me vi obligado a preparar­me de nuevo una posición sólida por mi propio es­fuerzo.

“Embarqué en una nave que iba hacia Oriente y, después de varios días de navegación, desembarcamos en una pequeña isla. Pero al encender fuego para calen­tar unos alimentos, vimos horrorizados que lo que habíamos creído tierra firme era la espalda de una gran­diosa ballena, la cual, cuando sintió sobre su piel la quemazón de la leña encendida, se sumergió rápidamente. Todos los que estaban allí perecieron, menos yo, que me salve de milagro.

“Nadando fui a parar en una tierra de gentes extrañas que me acogieron con cortesía. Allí estuve durante algún tiempo hasta que Hegel un buque procedente de mi país. Y con las mercancías que pude recoger hice un saneado negocio…

“Al poco tiempo hice un segundo viaje por mar. Y mientras estaba en una isla descansando a la sombra de un árbol, el barco en que hacía la travesía levó an­clas y me dejó abandonado.

“Como la isla no ofrecía nada con que alimentarme y aterrorizado ante la idea de morir allí de hambre me dispuse a salir a nado aunque ello supusiera sin duda mi muerte. Entonces descubrí casualmente un enorme huevo blanco. Pero, cuando asombrado lo es­taba contemplando, de pronto vi venir hacia mí un ave gigantesca. Voló planeando hacia el huevo que segura­mente era de su cría, se aproximó a él, y, sin reparar en mí, lo cogió con sus enormes garras y remontó el vuelo.

“Instintiva y repentinamente yo me abrace al huevo, para que el ave me trasladara con él a algún lugar en el que me fuera posible entrar en contacto con los hombres. En efecto, el ave me llevó por los aires a una descomunal altura, pero con tan mal resultado que aquella tierra en que me dejó era aun más desolada que la anterior. Y para colmo, estaba llena de grandes ser­pientes. En cambio, brillaba toda ella de manera cega­dora ya que la cubrían miles de diamantes.

“Solo de milagro y gracias al refugio de una cueva, pude escapar a la voracidad de las serpientes. Nunca hubiera podido salir de aquel lugar, cerrado por todos lados de altísimas montañas inescapables, a no ser por una extraña circunstancia: un día comenzaron a caer grandes pedazos de carne como venidos del cielo. Com­prendí en seguida que alguien los tiraba desde las ci­mas de las montañas. Esto me hizo recordar que los buscadores de diamantes utilizaban este procedimiento para que las áiguilas vayan a buscar la carne, la dejen en sus nidos para alimento de sus crías y, con ella, los diamantes que se le adhieren.

Entonces se me ocurrió algo parecido a lo que había hecho con el huevo. Después de llenarme los bolsillos de diamantes, me agarré fuertemente a uno de los más grandes pedazos de carne y con él fui llevado hasta la cima de las montañas por un águila. Así pude entrar en contacto con los buscadores de diamantes, vender los que yo había llevado conmigo y regresar, más rico que nunca, a mi patria.

“Aunque hubiera podido quedarme en mi casa a dis­frutar de mis bienes por toda la vida, me había acostumbrado tanto a los azares y aventuras, que un buen día partí de nuevo en busca de emociones.

“Me hice a la mar con un buque cargado de mercancías. Pocos días después, una fuerte tempestad llevó la nave hacia una costa desconocida. Nada más amainar el temporal, aparecieron miles de pequeñas embarcaciones llenas de hombres diminutos, que empezaron a trepar ágilmente por los costados de mi barco. Después de obligarnos a descender a tierra, nos condujeron a un palacio de enormes dimensiones, y nos encerraron en una habitación. Al cabo de varias horas apareció un gi­gante de horrible figura que tenía un solo ojo en mitad de la frente. Nos miró de manera alarmante, uno a uno, y, cogiendo al capitán por la cintura, se lo llevó a la boca y lo empezó a devorar ante nuestros ojos.

“En los días siguientes se fue comiendo a otros de los nuestros. Y ante el temor de no salir ninguno con vida, le preparamos al gigante unas hierbas somníferas y se las ofrecimos encomiándolas por sus virtudes di­gestivas. El monstruo las comió y quedó profundamente dormido. Inmediatamente cogimos una Barra de hierro puntiaguda y, poniéndola al rojo vivo en una hoguera que hicimos, la clavamos con fuerza en el único ojo del monstruo. Como al despertar ya no podía dar con nosotros, corrimos hacia la playa y, tras embarcarnos en unas lanchas que habíamos construido con maderas de los árboles, pudimos llegar sin novedad a alta mar.

“Poco después logramos arribar a una costa que creíamos era un buen refugio, pero pronto vimos que era casi tan peligrosa como la tierra de los enanos y del gigante. En efecto, había en ella una enorme ser­piente que rápidamente engulló a uno de los nuestros. De noche nos dejaba tranquilos pero de día, implaca­blemente hacia desaparecer a alguno, como hiciera la primera vez.

“Al final no quede más que yo solo. Mi muerte era ya segura. Y ya estaba a punto de arrojarme al mar antes que ser devorado como mis compañeros, cuando casualmente apareció en lontananza una nave. Le hice señas con mi largo turbante y afortunadamente fui visto y auxiliado.

“Cuando subí al barco, quede sorprendido al ver que era precisamente el mismo en que había navegado du­rante el segundo viaje, aquel que por descuido me había dejado abandonado en la Isla del huevo del gigantesco pájaro roc. Como aún estaban allí mis mercancías pude realizar un buen negocio en los puertos que fuimos tocando en la travesía, y así pude regresar a casa con incontables riquezas…

“Lo natural era que después de la experiencia de los tres viajes anteriores hubiera sentado la cabeza, pero como la sangre me hervía continuamente en las venas, sentí de nuevo la tentación del lucro y la quemazón de la aventura. Así, pues, me embarque otra vez rumbo a tierras extrañas. También en esta ocasión una tempes­tad nos llevó forzosamente a una Isla desconocida, donde había unos salvajes muy corteses que nos invitaron a comer una hierba.

—Es muy buena y tiene excelentes virtudes —nos dijeron.

“Solo yo me abstuve de comer, llevado de un presen­timiento que resultó cierto, ya que, a poco de haberla comido, todos mis compañeros se volvieron locos.

“A duras penas logre escapar de aquellos salvajes y fui a caer en una tierra poblada por hombres blancos que sentían la pasión de los caballos, pero que desconocían la montura y las riendas. Yo les enseñe a montar y les hice unas riendas, por lo que fui nombrado consejero del rey y todo el mundo me trataba con gran consideración.

“Para honrarme más, el monarca me dio por esposa a una de las más bellas, nobles y ricas mujeres de su corte. Viví feliz con ella durante algún tiempo. Pero un día supe que era costumbre en el país enterrar a la mujer junto al marido cuando moría este, y a la inver­sa, es decir, que el marido debía seguir también a la esposa en caso de muerte.

“Tentado estaba de abandonar aquel reino con mi mujer para irnos a vivir a otra parte donde no hubiera tal costumbre, cuando he aquí que murió mi esposa. Naturalmente, fui enterrado en una gruta junto a ella. Solo la fe en Alá me salvó del suicidio, pues era prefe­rible morir antes que respirar el olor de los cadáveres en descomposición y ver cómo los gusanos iban consu­miendo los cuerpos corruptos.

“Dispuesto a resistir al máximo viví primero de la comida que habían dejado, según la costumbre. Luego, cuando ya empezaba a pasar hambre, un día abrieron la tumba y vi que enterraban a alguien junto con su esposa. Al principio me alegre al pensar que iba a tener a alguien con quien compartir la desdicha, pero el hambre y un feroz instinto de conservación acallaron bien pronto estas primeras impresiones.

“No pensé mucho. Presa de un furor desconocido, como enajenado, cogí uno de los huesos más grandes que hallé a mano y, tras matar de unos golpes en la cabeza a la recién llegada, cogí los panes y la comida que había en su ataúd y sacie el hambre que me devo­raba.

“Pasaron varios días más. Y ya volvía a padecer un hambre feroz, cuando vi junto a un cadáver un enorme cuervo que estaba hartándose de carroña. ¿Por donde había entrado aquel pájaro? Lleno de esperanza le asus­te batiendo palmas, y así que el cuervo emprendió el vuelo por los recovecos de la gruta, le fui siguiendo hasta llegar a un hueco de la roca desde donde ya se veía luz. Aquella hendidura daba justamente a la orilla del mar.

“Golpeando con unas piedras logré, tras horas de tra­bajo, salir a la luz del día. Pero entonces tuve una idea. Y en lugar de echar a correr huyendo de aquella apes­tosa gruta, como hubieran hecho todos, regrese nueva­mente a ella y despoje a todos los cadáveres de las ri­quezas con que habían sido enterrados.

“Hecho esto, permanecí vigilante en la costa hasta que una nave que pasaba a lo lejos me recogió al aper­cibirse de mis señales. Y después de haber vendido todo lo robado en la gruta a los comerciantes de los puertos donde fuimos tocando, pude regresar a casa con una considerable fortuna en monedas de oro y plata…

Como las veces anteriores, la afición a las aventu­ras y la ambición de hacer aún más dinero, me llevaron a emprender un nuevo viaje por mar.

“Todo iba perfectamente, cuando apareció en el ho­rizonte un enorme roc y uno de los tripulantes tuvo la desdichada idea de dispararle y matarlo. En seguida aparecieron otros pájaros de su especie que venían a vengar a su compañero. Y lo consiguieron con tan mala fortuna para nosotros, que con una enorme roca tirada sobre nuestra nave desde lo alto, en vuelo, lograron hundirla.

“Alcancé la costa como pude. Y estaba descansando en la arena cuando apareció un anciano decrepito, el cual me pidió que le ayudara a trasponer un rio que había allí cerca. Accedí gustoso a su demanda, pero cuando lo hubimos cruzado, el viejo estrecho con fuerza sus piernas alrededor de mi cuello y me dijo:

—No pienso apearme, pues necesito tus piernas y no quiero prescindir de ellas.

“Por todos los medios intente deshacerme de aquel viejo, pero todo fue inútil, pues me tenía cogido con una fuerza extraordinaria. Esta situación duró varios días y ni aun por las noches el repugnante anciano disminuía la fuerza con que me tenía aprisionado.

“Ya comenzaba a ser presa de la desesperación, cuando se me ocurrió la estratagema de recoger muchas uvas y después de chafarlas dejé que fermentaran en una gran calabaza. Pasados unos días bebí un poco de su contenido, mostrando gran placer al hacerlo. El viejo, tentado al verme beber con tanto deleite, empinó con tanta afición, que el mosto se le subió a la cabeza hasta quedar completamente embriagado. Solo entonces, al perder aquel hombre el dominio de sí mismo, pude es­capar del odioso anciano.

“Rápidamente corrí a la playa, donde casualmente estaba a punto de zarpar un buque que había anclado para recoger agua potable. Me embarque en la nave, recogí luego muchos cocos en una isla, los cambie en otra por áloe, vendí éste en una ciudad y regrese a mi casa cargado de monedas de oro..

Tras una larga pausa, Simbad el Marino continúo diciendo a su interlocutor:

—No creas que con tan larga experiencia se terminó mi afán de aventuras. Todavía una sexta vez probé fortuna con éxito.

“Tambien en esta ocasión el buque en que iba em­barcado chocó con un acantilado y, a nado, hubimos de ganar la costa de una tierra de la que nos dijeron que nunca podríamos salir, pues carecía de comunicación con toda otra. Después de muchas calamidades, fueron muriendo todos mis compañeros uno a uno hasta que­darme completamente solo. Y ya estaba a punto de morir yo también, cuando encontré una enorme gruta por cuyo interior corría un río caudaloso.

“Inmediatamente construí con unos troncos una lan­cha rudimentaria y me lance por la corriente subterráneas. Al cabo de varios días se me acabaron las provisiones y caí en un sopor invencible. Desperté en un país risueño, a plena luz. Varios negros que estaban aparejando unas barcas varadas en la orilla, me vieron y con gran cordialidad me auxiliaron. Me llevaron luego a su ciudad, Serendibe, y el rey me acogió con gran afecto, facilitándome después una nave y tripulantes para que regresara a mi patria.

“Y como además me obsequió con muchas joyas, ricas telas y metales preciosos, volví a mi hogar más rico que otras veces.

»Cuando ya rayaba en la vejez, hice un séptimo viaje; pero en esta ocasión no fue por mi propia voluntad, sino porque el Califa de Bagdad, sabedor de las mara­villas del reino de Serendibe, me ordenó:

—Simbad, vuelve allí y procura entrar en relación con aquel monarca.

“Fui muy bien recibido en Serendibe y me honraron con varios festejos debidos quizá a la representación que me llevaban allí. Sin embargo, el viaje de regreso también estuvo marcado por la fatalidad. A poco de iniciado el retorno fuimos atacados por unos corsarios, que nos vendieron a todos en la primera isla que encon­traron. Yo caí en manos de un opulento mercader, que me dedicó a matar elefantes para extraerles los col­millos.

“Coseche mucho marfil. Y me disponía a dar muerte a un nuevo animal, cuando de pronto vi aparecer mu­chos elefantes que venían hacia el árbol en que yo esta­ba encaramado. Creí llegada mi última hora, pero me equivoque. Con gran estupor por mi parte observe que uno de los animales, cogiéndome suavemente con su trompa, me montó sobre su lomo. Y así me llevó hasta una gran explanada, en la que había miles y miles de colmillos y huesos de elefante, tantos como pudiera desear el mercader más ambicioso.

“Comprendí en seguida que los animales me habían llevado al lugar donde todos iban a morir para que me hartase de colmillos, dejando de dar muerte a más ele­fantes.

“Tanto alegró al mercader mi descubrimiento que, en señal de gratitud, decidió darme la libertad. Y gra­cias a ello puedo ahora contarte todas estas cocas, para que te des cuenta de que los hombres que parecen más dichosos y ricos, a veces ocultan un pasado lleno de trabajos y penalidades.”

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.