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Dabale a Juan Mayén –caporal de la hacienda “El Caimito” y, según el decir “tres piedras” de todos los contornos desde Escuintla a Chiquimulilla- las últimas órdenes relativas a las faenas del día, cuando una mariposa negra, grande, de una dimensión aproximada a los veinte centímetros, pasó tan cerca de mí que rozó el ala gacha, como se usa en esas tierras, de mi sombrero tejano. Como un avión que llega al término de su viaje, la mariposa se introdujo a su hangar improvisado, que vino a ser el cuarto de mi abuelo Chema que estaba situado, precisamente, a espaldas mías, en el corredor en que me hallaba.

No di importancia alguna a incidente tan vulgar en nuestras tierras costeñas y seguí dando mis órdenes:

-Vos, Juan Mayén, te vas con tu cuadrilla a la quebrada del Tigrillo y me la hacés trabajar “macizo”, como me gusta a mí, hasta que quede bien limpia. Ya sabés que los trabajos me los hacen aprisa…

No pude continuar, pues al dirigir mi vista a Juan Mayén, observé, con sorpresa, que tiritaba como si fuera presa de los intensos calofríos que preceden siempre la llegada de las calenturas.

-¿Qué te pasa a vos, Juan Mayén? –le dije-. ¿A vos, Juan Mayén, que no temblás ni cuando montás por primera vez a las potrancas cerreras, que ahora estás temblando con sólo haber visto una mariposa negra? ¡Te estás poniendo viejo, Juan Mayén!. ¡Tené cuidado de seguir así, pues te la va  ganar el Pedro Cansinos! ¡Y vaya que le lleva ganas a ganártela…!

-Si nu’es miedo lo que tengo, patrón, es una simple corazonada: quí va’haber dijunto. Cuando la mariposa negra llega, hay dijunto, patrón. La mesma mariposa negra, como la boca del coyote, pasó por aquí cuando pa’las lluvias de otubre murió la segunda mujer del patrón grande, de su abuelito. .,. La mesma, ansina de grande –con sus manos renegridas por el trabajo y por el sol calcinante de los trópicos, me diseñaba las dimensiones-, llegó al rancho de la Tomasa hace ocho’días, y ya ve que en la quebrada de los Tempsiqués le venadearon ese mesmo día al Efraín, su hombre. No son cuentos ni chiles, patrón, es la pura y santa verdad: cuando la mariposa negra llega, hay dijunto… No vo’asaberio yo qui’hacen treinta años vivo en la costa amansando potrancas y potros cimarrones. .,.

-No seás papo, Juan Mayén. Esas son puras sonseras. A ustedes siempre se los engatusan las viejas con sus chiles. Andáte ligero a trabajar hasta que me dejen limpio el potrero grande, y no pensés más en mariposas negras…

Di media vuelta; lancé una estentórea carcajada. Lo dejé con el estribillo en la boca de “aquí v’haber dijunto”, y grité:

-Vos, Lupe –tal el nombre de mi mozo de confianza-, ensilláme a la “Sapuyula” con la silla mexicana; preparáme el bastimento en las alforjas y prepárate vos también para salir, porque vamos a pasar todo el día en los potreros del Zanjón…

Tres breves momentos de espera, salí , jinete en mi yegua “Sapuyula”, en cuyos sudados ijares hincaba con sádica saña mis espuelas de pura plata de Carrera, corriendo como alma que se lleva el diablo, con dirección a los potreros del Zanjón, y en donde me esperaban un día de rudo trabajo y la cuadrilla que me iba a acompañar en éste.

Todo el día lo pasé gritando:

-¡Para acá me van a arrear las vacas paridas! ¡En aquel potrero van a echar a los toretes…! ¡A este cerco hay que cortarle los chiriviscos. .,..! ¡Al potrero de allá, en el que están las bateas de la sal, hay que echar a los novillos que se van a castrar a fin de la semana…!

¡Oh, alegría sublime de sentirse dueño y señor de la inmensa sabana que compone el llano guatemalteco, verde y prolífero! ¡Verde como el verde de mis montañas; verde como el verde de las plumas del Quetzal; verde como la mancha verde que en el cielo ponen las bandadas de loros que hablando un lenguaje sin sentido pasaban sobre mi; verde como las hojas de la milpa…! ¡Y prolífico como los hombres, y como las mujeres, y como las bestias de estas tierras calientes e mi tierra guatemalteca…! ¡Dueño y señor de este llanto que, palmo a palmo, hasta convertirse en las ciento cincuenta caballerías que hoy forman la finca, fue haciendo suyo la constancia y la recia voluntad de mi abuelo don José María Alarcón y Pirir –raro engendro de un castellano aventurero y de una india nata-, que desde niños nos predicaba el evangelio del trabajo, de la honradez y de la bondad con los semejantes!

Un ramalazo de dominio, una sed de posesión, recorrió todo mi ser y, como un centauro de los trópicos, piqué espuelas a mi bestia y recorrí, perdido entre los verdes zacatonales, ¡quién sabe cuanta extensión de los exuberantes potreros de nuestra hacienda! ¡El llano de la costa guatemalteca embruja a los que viven en íntimo contacto con él!

Fatigado, rendido de tanto trabajar, y con el rostro bañado en esa pasta achocolatada que se forma por la mezcla de sudor con nuestra tierra morena, volvía a la casa de la Hacienda, cumplidas ya todas las labores del día. .,. La tarde caía lentamente, en tanto que yo anudaba horizontes y pensaba. .,. (los hombres del campo también solemos pensar). ¿En qué? ¿Pensaba en que iba a llegar a mi patria? ¿A mi patria? Si, a mi patria, Para nosotros, los costeños, nuestra patria es el campo y su capital es la casa de la Hacienda… ¿Qué nos importa a nosotros la otra patria, la de donde están los gobernantes, si nosotros tampoco les importamos a ellos. .,.? ¡Nuestra patria es la casa de la finca en donde están nuestros hombres, los que nos ayudan en las diarias faenas, y donde tenemos nuestras leyes que son las del trabajo y las de una verdadera confraternidad, que sólo la da la constante lucha, uno al lado del otro, por domeñar a nuestra bravía y enfurecida naturaleza…!

Entonando una canción criolla –como siempre lo hacía- y haciendo  caracolear a mi bestia, hice mi entrada triunfal a los patios de la finca. Siempre que llegaba a ellos encontraba la impresión exquisita de sentir la algarabía peculiar de los campos chapines, entre la cual se confunden los cantos de los vaqueros con el mugido de la vacada… ¡Esta vez había en él un silencio espectacular…! ¡Ni siquiera el mastín de mis afectos salió a recibirme y a lamer el polvo de mis polainas…!

Una inquietud muy grande se apoderó de mí. Salté de la bestia y corrí hacia la casa… De un solo tranco subí los escalones que conducen al corredor e iba ya a dar un grito preguntando a qué se debía este inusitado silencia, cuando la Juana, nuestra vieja ama de llaves, me ahorró la pregunta, diciéndome, con frases entrecortadas y llorosas:

-¡Qué gran desgracia niño Guicho! ¡Al patrón grande, a mi señor don Chema, lo han traído muerto en unas parihuelas…! ¡Los mesmos hijos de don Chilo López, el dueño de la “Sabana”, lo encontraron tirado en el camino de Brito, muerto, y lo trajeron p’acá…! ¡Dicen que a ellos se les afiguraba que la bestia se le encabritó, tumbándolo al suelo, y que con la cáida se debe haber descoyuntado y muerto…! Tan bueno qu’era el patrón! ¡Dios lo’haya perdonado y lo tenga en su santa gloria…! ¡Yo tanto le decía que a sus años ya no debía salir solo; pero como él se créiba patojo, hasta que se quedó con la suya de que le pasara algo…!

Intensamente agitado por la noticia llegué hasta el cuarto de mi abuelo. Allí, tendido en su “catre de tijeras”, que no quiso abandonar nunca, estaba el cuerpo largo y macizo de don José María Alarcón y Pirir, cuya cerviz no se agachó jamás ante nadie, y a quien la muerte, por una terrible ironía, o encontró de bruces.

El gimotear de varias rancheras, y cuatro velas de cera, que como ellas también derramaban lágrimas, eran toda su compañía. Una sábana blanca, tan blanca como la nieve sobre alta cumbre, cubría su cuerpo, y sobre ella se posaba, tranquila, como un emblema bordado ex profeso, el escudo de la muerte, la Mariposa Negra.

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa