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Un día de mayo del año 1433 en la época de Concilio Basilea, un grupo de eclesiásticos fue a pasear por un bosque cercano de la ciudad. Formaban aquél prelados, doctores, monjes de toda clase, y y discutían acerca de puntos difíciles teológicos, poniendo distingos, argumentando, acalorándose acerca de las annatas, las expectativas y las restricciones, empeñándose en averiguar si Santo Tomas de Aquino había sido mayor filósofo que San Buenaventura…¡qué sé yo! De pronto, en medio de sus discusiones dogmáticas y abstractas, calláronse, quedando como si hubieran echado raíces bajo un tilo florido en el cual se escondía un ruiseñor que daba al aire sus más melodiosos, sus más suaves, dulces y enamorados trinos. Todos aquellos sapientísimos varones sintiéronse maravillosamente emocionados, sus escolásticos corazones abriéronse a aquellas cálidas emanaciones de la primavera; despertaron de la abstracción glacial en que se hallaban sumidos; se miraron con sorpresa y arrobamiento, hasta que, al fin, uno de ellos hizo observar sutilmente que todo aquello no le parecía muy canónico, que aquel ruiseñor podía ser muy bien un demonio, y que ese demonio había venido a interrumpir y desviar su conversación cristiana por medio de sus seductores cantos, que les arrastraban a la voluptuosidad y al pecado. Entonces uso contra él el exorcismo que se acostumbraba…dícese que el ave contestó al conjuro: “sí, yo soy un espíritu maligno”, y tendió el vuelo sonriendo. En cuanto a los que le habían oído cantar, aquel mismo día enfermaron, no tardaron mucho en morir.

Bibliografía

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A.

Yo amo a la noche con pasión. La amo como se ama a la patria o a una mujer: con un amor instintivo, profundo, invisible. La amo con todos mis sentidos: con mis ojos, que la ven; con mi olfato, que la percibe; con mis oídos, que escuchan su silencio; con toda mi carne, que las tinieblas acarician. Los pájaros cantan bajo el sol, bajo el aire azul, bajo el aire ligero, bajo el aire cálido de las madrugadas claras. El búho huye en la noche, negra mancha que cruza el espacio negro y, alegre, ebrio de negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me enoja. Es brutal y ruidoso. Me levanto con pena, me visto con lasitud y salgo a la calle con sentimiento. Cada paso, cada palabra, todos los gestos, cualquier pensamiento, me fatigan como si transportase una pesada carga.

Pero cuando el sol se pone me invade una alegría confusa, una alegría en todo mi cuerpo. Entonces me despierto, me animo y, a medida que la oscuridad crece, me voy sintiendo otro, más joven, más fuerte, más alerta, más feliz. Contemplo cómo se extiende la dulce oscuridad venida del cielo, cómo va invadiendo la ciudad cual ola inaprehensible e impenetrable. La oscuridad oculta, borra, destruye los colores y las formas y envuelve las casas, los seres y los monumentos en su imperceptible abrazo.

Entonces siento la necesidad de gritar de placer, como los mochuelos, y de correr sobre los tejados, como los gatos. Y un impetuoso, un invencible deseo de amar se apodera de mí, arde en mis venas.

Ando, me paseo, a veces por las avenidas sombrías, otras por los bosques vecinos a París, donde escucho los leves anclares de mis hermanas las alimañas y mis hermanos los cazadores furtivos.

Aquello que amamos con violencia acaba siempre por destruirnos. Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo contarlo para hacerme comprender? No lo sé, no sé nada; sólo sé que es así. Helo aquí:

Ayer – ¿fue ayer?, Sí, sin duda; a no ser que fuera antes, otro día, otro mes, otro año… no lo sé. Debió ser ayer, sin embargo, puesto que no ha amanecido, puesto que el sol no ha vuelto a salir. Pero ¿cuánto tiempo lleva durando esta noche? ¿Cuándo?… ¿Quién puede decirlo? ¿Quién llegará a saberlo jamás?

Ayer, pues, salí, como todas las noches, después de cenar. El tiempo era magnífico, dulce, cálido. Mientras descendía hacia los bulevares, contemplaba sobre mi cabeza el río negro y pletórico de estrellas, dibujado contra el cielo por los tejados de la calle, que torcía y hacía ondular, como un verdadero río, el mundo siempre cambiante de los astros.

Todo brillaba bajo el aire suave, desde los planetas hasta los faroles de gas. Tanto fuego había en las alturas y en la ciudad que las tinieblas parecían luminosas. Las noches rutilantes son más alegres que los grandes días de sol.

Los cafés del bulevar resplandecían; la gente reía, se paseaba, bebía. Entré en un teatro, ¿en cuál? No lo sé. Es el corazón ensombrecido por el choque brutal de la luz, por el centelleo de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por toda la melancolía de aquella claridad falsa y cruda.

Fui a los Campos Elíseos, donde los cafés-concierto parecían focos de incendios entre el follaje. Los castaños, aureolados de luz amarilla, parecían fosforescentes. Los globos eléctricos, semejantes a lunas brillantes y pálidas, a huevos de luna, caídos del cielo, a monstruosas perlas vivientes, hacían palidecer bajo su claridad nacarina, misteriosa y regia, los hilillos del gas, del gas sucio y vil, y las guirnaldas de cristales de colores.

Me paré bajo el Arco de Triunfo para contemplar la avenida, la larga avenida estrellada, dirigiéndose hacia París entre dos líneas de fuego, bajo los astros. Los astros allá en la altura, los astros desconocidos, abandonados al azar en la inmensidad, donde dibujan esas figuras extrañas que nos hacen soñar, que nos obligan a reflexionar.

Entré en el bosque de Boulogne y permanecí allí largo, largo tiempo. Sentí un extraño estremecimiento, una emoción imprevista y poderosa, una exaltación tal del pensamiento que se aproximaba a la locura.

Anduve durante mucho, mucho rato. Después volví.

¿Qué hora sería cuando pasé de nuevo bajo el Arco de Triunfo? No lo sé. La ciudad dormitaba y las nubes, unas nubes grandes y negras, se extendían lentamente por el cielo.

Por primera vez comprendí que iba a ocurrir algo inusitado, distinto. Me pareció que hacía frío, que el aire se tornaba más denso, que la noche, mi amada noche, pesaba sobre mi corazón. La avenida estaba desierta, sólo dos gendarmes se paseaban cerca de la parada de los coches de punto y una larga fila de carros de verduras se dirigía al Mercado Central por la calzada apenas iluminada por los mortecinos faroles de gas. Avanzaban lentamente, cargados de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles; los caballos avanzaban paso a paso, siguiendo al carro anterior, sin hacer ruido en el pavimento. Al pasar bajo las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban en rojo, los nabos en blanco y las coles en verde; unos detrás de otro avanzaban los carros, rojos de un rojo de fuego, blancos de un blanco de plata, verdes de verde esmeralda. Los seguí un rato y luego volví por la calle Real y llegué a los bulevares. Ni un café iluminado, ni una alma, sólo unos pocos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto París tan muerto, tan desierto. Miré mi reloj: eran las dos.

Sentí la necesidad imperiosa de andar. Llegué hasta la Bastilla, allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, ya que apenas podía distinguir la columna de Juillet, cuyo Genio de oro desaparecía en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, tan espesa como la inmensidad, velaba las estrellas y parecía irse a abatir sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos, no había nadie en torno mío. En la plaza del Chateau-d’Eau, sin embargo, un borracho tropezó conmigo y luego desapareció; durante un rato oí sus pasos, desiguales y sonoros. A la altura de la avenida Montmartre un coche de punto me pasó de largo. Le llamé, pero el cochero no respondió. Una mujer andaba sin rumbo fijo, cerca de la calle Drouot: “Escúcheme, señor” apresuré el paso para evitar su mano tendida. Luego, nada más. Delante de la Zarzuela, un trapero escarbaba en el arroyo, su linterna se balanceaba a ras del suelo; le pregunté:

– ¿Qué hora es?

– ¡Y yo que sé! -contestó-. No tengo reloj.

De pronto me di cuenta de que los faroles estaban apagados. Sé que en esta época del año los apagan de madrugada, antes de que amanezca, por economía; pero el día estaba todavía, ¡tan lejos!

“Vamos al Mercado, me dije, allí por lo menos encontraré algo de vida”.

Me puse en camino, pero no veía ni lo suficiente para poderme orientar. Anduve con lentitud, como se hace en un bosque, reconociendo las calles y contándolas, una a una.

Delante del Crédito Lionés ladró un perro. Torel por la calle de Gramot y me perdí; anduve errante y por fin reconocí la Bolsa por las cadenas de hierro que la rodean. París entero dormía con un sueño profundo, espantable. A lo lejos, no obstante, se veía un coche de punto, un solo coche de punto, tal vez el mismo que me adelantara antes. Traté de llegar hasta él dirigiéndome hacía donde sonaban sus ruedas, a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Volví a perderme. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar el gas tan pronto! Ni un paseante, ni un vagabundo, ni un rezagado, ni siquiera el mullido de un gato amoroso. Nada.

¿Dónde estaban los gendarmes? Me dije: “Si grito, vendrán”. Grité, pero nadie respondió.

Grité más fuerte. Mi voz voló en el aire, sin eco, débil, ahogada, rota por la noche, por aquella noche impenetrable.

Gemí: “¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!”

Mi llamada desesperada quedó sin respuesta. ¿Qué hora sería? Saqué mi reloj pero no tenia cerillas. Escuché el suave tic-tac con una alegría incontenible. Mi reloj estaba vivo, ya no me sentía tan solo. ¡Qué misterio”

Seguí andando, como un ciego, tanteando las paredes con mi bastón, los ojos vueltos hacia el cielo, esperando la llegada del día; pero el espacio estaba negro completamente, aún más negro que la ciudad.

¿Qué hora debía ser? Me pareció que llevaba andando un tiempo infinito, porque mis piernas flaqueaban, mi pecho jadeaba y sentí un hambre atroz.

Me decidí a llamar a la primera puerta. Apreté el botón de cobre y el timbre sonó en el interior, vibrante, pero su sonido fue extraño, como si su vibración fuese el único habitante de la casa.

Esperé, pero nadie respondió ni se abrió la puerta. Llamé de nuevo, volví a esperar. Nada.

¡Sentí miedo! Corrí a la casa siguiente y llamé veinte veces seguidas al timbre del pasillo oscuro donde debía dormir el portero: pero no se despertó. Fui más allá, llamé con todas mis fuerzas, pegando con los pies, con el bastón, con las manos, en las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto me di cuenta de que había llegado al Mercado Central. El Mercado estaba desierto, sin ruido, sin movimiento, sin un coche; ni una persona, ni un solo cesto de verduras o de flores.

¡Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto!

El espanto se apoderó de mí. Aquello era horrible. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¡Oh, Dios mío! ¿Qué ocurría?

Hui. Pero ¿y la hora? ¿La hora? ¿Quién podría decirme la hora? Los relojes de los monumentos y los campanarios permanecían mudos. Me dije: “Abriré el cristal de mi reloj para tantear la aguja”. Saqué el reloj… ya no latía… se había parado. No había nada, nada. No quedaba ni un solo estremecimiento en toda la ciudad, ni un destello, ni un soplo de viento en el aire. ¡Nada! ¡Nada en absoluto!, ni siquiera el rodar lejano del coche de punto…, ¡nada!

Me hallaba en los muelles. Del río subía un frío glacial.

¿El Sena seguía aún corriendo?

Quise saberlo, bajé la escalera… no se oía el ruido gorgoteante de la corriente, bajo los arcos del puente… Aún quedaban dos escalones… después la arena… el cieno… después el agua… metí el brazo… el agua corría… corría… fría… fría… fría… casi helada…. casi aterida… casi muerta…

Comprendí que nunca tendría fuerza de volver a subir… y que iba a morir allí… yo también. De hambre, de cansancio, de frío.

Bibliografía

Narraciones Terroríficas, Antología de cuentos de misterio. Barcelona: Ediciones Acervo, 1968.

Autor: Guy De Maupassant

Pasadizo antiguo, ¿un castillo?, ¿una casa?, ¿una bodega?…se observa la tempestad a través de las ventanas, suenan los truenos, una luz en cegadora de un rayo sustrae la tranquilidad dentro de mi corazón, te veo frente a mí, vestido blanco suelto, transparente, te rodean tres demonios, tu mirada no se fija que estoy frente a ti, más grande es el gozo y satisfacción que sientes al ser violada por ellos, en pleno éxtasis… sientes mi presencia… me volteas a ver y… te burlas de mí… me observas fijamente y una lagrima negra cae en tu mejilla… siento un gran temor, tiemblo y siento cómo pierdo mi vida, cómo esa lagrima absorbe mi ser… caigo de rodillas… no puedo respirar… la mano de un niño me ayuda a levantarme y dice:

– ¿Papi?

Me despierto de un salto, veo al niño frente a mi cama y repite:

– Adiós…

Mas el que muere soy yo…

Compartida por: Mr. J

Sabanas de la costa baja, calor aletargan­te, olor en el ambiente que conjuga la pu­janza de las tierras prodigiosas con el sudor de sus habitantes. En el horizonte reverbera el aire y el silencio del mediodía hace que todo se tome pastoso, sus moradores se cu­bren con una tenue y persistente pereza que también abarca a los animales.

A lo lejos el murmullo de un río se hace interminable a cada momento y solo vuelan, de vez en cuando, despaciosos zopilotes, cu­yos cuerpos enlutados y nefastos se balancean llevados por las corrientes de aire en tétricos planeos. El vuelo de estos rapaces parece un lúgubre reconocimiento aéreo; semejan sus alas al vistazo de la muerte para llevarse a prisa a los seres moribundos.

El cuerpo de los habitantes de estas zonas es magro, sus brazos languidecen en ade­manes lentos, abarcando remotas esperanzas. Únicamente su vientre voluminoso denotaría que están satisfechos por una copiosa comida, pero desgraciadamente no es así; en esos vientres hinchados, con ombligos saltones, se abri­gan millares de parásitos.

Cierta vez que pregunte quien asistía a los enfermos, o a las mujeres en trance de ser madres, un campesino me contestó: «Aquí no hay nada de eso, estos lugares están olvi­dados de la mano de Dios…».

Yo solo mascullé: vaya si no hay Dios, en estos parajes es donde más pura se manifiesta la voluntad de Dios, pues solo así se explica cómo sobreviven esos macilentos campesinos que a veces nacen, crecen y, sobre todo, mueren…

Bien, nos encontrábamos en esas intrinca­das lejanías por razones de negocios ganade­ros de mi padre; como yo estaba de vacacio­nes, le acompañaba; forzado por una parte, por mi padre quien se empeñaba en que co­nociera las artes de la vaquería. Por otra parte, mi propia curiosidad.

Ese día habíamos madrugado para poder ver unas reses que formaban parte del ne­gocio. Los dueños nos habían dado un capo­ral y las señas del camino, pues era más su pereza que el interés del negocio. Desgracia­damente el caporal perdió el sendero y se desorientó. Pasadas algunas horas creímos que sería fácil desandar el camino y volver a donde habíamos partido, pero no fue así.

Al principio no tomamos en serio nuestra condición de perdidos, nos dedicamos a ca­minar y caminar creyendo que retornábamos… En esas caminatas inútiles se nos pasó la mañana.

Bajo la sombra de un palojiote hicimos un alto para comer lo que llevábamos de al­muerzo. Gotas de sudor nos corrían por la frente y a veces al alzar la mirada entre las cejas se divisaba el horizonte. En silencio nos comimos las tortillas con huevos duros y frijoles volteados, esto repuso en parte nues­tra fuerza perdida. El calor y los vapores de la tierra a la hora del mediodía hacían que nuestra humanidad nos pesara aún más. En esos instantes el saber que estábamos perdi­dos nos produjo terror.

La situación era más o menos desesperante, pues con el rumbo perdido corríamos el ries­go de llegar al mar, si bien nos iba, o bien, quedarnos en uno de esos pantanos que cu­biertos de vegetación son trampas arteras para jinetes y cabalgaduras.

El refrigerio y el calor aumentaron nuestra modorra, apenas si cabeceamos un sueñito, cuando mi padre dijo que había que seguir y así se hizo.

De vuelta a los caballos, el monótono son acompasado del trote, nos aletargaba a cada instante, hasta tornarnos casi insensibles.

Las zarzas saludaban nuestro paso, a veces arrancando jirones de camisa, otras, hiriendo telegráficamente nuestra piel. Algo teníamos que dejar en pago por la acción de profanar las feraces tierras que forman las sabanas costeñas.

No podría decir cuantas horas trotamos, ni relatar las veces que creímos haber encon­trado el camino. Pero si podría asegurar que varias veces pasamos por el mismo lugar y que nadie dijo nada en voz alta por no des­corazonar a sus compañeros.

Poco a poco el sol fue poniéndose naranja y haciéndose más grande. Tímidamente aso­maron unos celajes rojizos por el lado del mar. Los aires se hicieron más pronunciados y simulaban que de afligidos se dedicaban a soplar el sendero de nuestro paso. Otras ve­ces, las hojas secas burlonamente jugaban rondas detrás de nosotros, como si se alegra­ran de vernos perdidos.

—Yo creo patrón, que luego va a caer la noche —dijo el caporal con una voz que era el anuncio de un chillido mal contenido. Mi padre se limitó a dar un pujido que no supe cómo interpretar. Por mi parte, la sola idea de la noche me produjo más miedo del que ya tenía.

Y fue así como el cielo, de un color na­ranja se tornó violáceo y poco a poco se fue poniendo gris. El día no quería morirse y aun en agonía se esforzaba en persistir. Una suave brisa vino a refrescar los cuerpos su­dados de las cabalgaduras, cuya traspiración dejaba marcas de espuma salobre. Sobre la piel de los jinetes el sudor dejaba surcos mu­grosos.

El olor de la tierra fecunda, su humus pro­digioso, venia hacia nuestro olfato con recie­dumbre. Era el olor de la hembra infecunda que busca consuelo para su libido. Así son las tierras de Guatemala: están desde hace siglos devanando su pasión por producir, es­perando que manos viriles las hagan dar toda la fuerza de su poder germinativo, pero ellas son solo el refugio de campesinos paliduchos que languidecen enfermizos y olvidados.

Por fin, es una de las tantas vueltas de aquel camino interminable, cuando la colum­na encabezada por mi padre y que remataba yo, así, al filito de la noche, se apareció la figura de un hombre que al principio fue bo­rrosa, delineándose poco a poco, hasta ha­cerse francamente visible.

El encuentro con el personaje produjo dis­tintas emociones: a mi padre le causó alegría encontrarse en tan amargo trance con un vie­jo amigo. A mí me produjo alegría, pues era la seguridad de salir del entrevero y lle­gar esa noche a dormir y comer bajo techo.

Al caporal el encuentro le produjo una mal disimulada carraspera y a veces tos…

Mi padre saludó al recién llegado con muestras de gran camaradería; igual cosa hizo éste y después de darse la mano, tomándose las puntitas de los dedos, como hacen los campesinos, se hicieron mutuos hallazgos en sus respectivas humanidades: «Que bien esta don fulano, lo veo más gordo».

«Y usted don mengano, no se diga, por su cara no pasan los años».

Después de preguntarse por las familias se acercaron al grano con una sola pregun­ta: ¿Qué anda haciendo por estos andurria­les?», dijo mi padre; y el otro contesto: «Yo por acá nomasito tengo mi rancho». A todo esto, el caporal tosía y la necia carras­pera llegaba a hacerlo impertinente…

Mi padre no esperó más y dijo al encon­tradizo que estábamos perdidos, este, sin de­cir palabra, tomó por la gamarra el caballo que montaba mi padre y se dispuso a enseñamos el camino. La tos del caporal demos­traba que quería hacerse notorio, pero no lo lograba.

Caminamos por espacio de una hora. La noche cerró su cúpula negra y profunda. Sus crespones de luto nos envolvían por completo y los arboles del camino tomaban formas fantasmagóricas y a veces parecían retorcerse en cómicos devaneos. De todos modos era de noche y nosotros éramos conducidos al cami­no real por un ser bondadoso que intempes­tivamente se apareció a nuestro paso. Cuan­do a lo lejos se oyó el latir de unos perros, el encontradizo paró, dijo que estábamos en terrenos conocidos y que siguiendo recto llegaríamos hasta unas casuchas. Dio a mi pa­dre la mano y muchos recuerdos para su familia, a mí me pareció que en vez de es­trecharme la mano me puso algo frio entre los dedos a guisa de despedida. Al caporal simplemente lo ignoró.

Desapareció entre las sombras de la noche y no tardó en confundirse con los pliegues de la oscuridad. A todo esto, el caporal adelanto atropelladamente su cabalgadura y en un tro­te desordenado alcanzó a mi padre, el pobre hombre tartamudeaba; sus palabras se agol­paban en sus labios propugnando por salírse­ en bloque, a duras penas se hizo entender y casi de un tiro dijo: «Dios santo, Dios fuerte… ¡Ay! patrón, por Dios, esa alma no es de esta vida, pertenece al reino de los difuntos… hace dos meses que se murió y lo enterraron en la aldea…».

Mi padre le dijo que se callara, pues lo había visto tan vivo como a cualquiera de noso­tros, pero cortó su respuesta, pues en ese mo­mento llegábamos a los ranchos y la bulla de los perros llenaba la escena. A la luz de unos candiles notamos que el caporal estaba pálido y que sus labios tenían un ligero tem­blor que delataba su miedo.

Cansados como estábamos, mordisqueamos unos tamales remojados con caldo de frijo­les y calmamos nuestra sed con café endul­zado con rapadura, después, caímos como fardos sobre los petates.

No sé cuántas horas dormiríamos, pero al clarear el día, con la diana de los gallos y los pájaros, mi padre me dijo en voz baja. «Vamos a pasar por el cementerio. …”.

El trote de los caballos hacía retumbar le­vemente la tierra: pasamos un cerco de sil­vinias que demarcaba los mojones del ce­menterio; después de caminar entre cruces tostadas por el sol y entre sepulcros semide­rruidos, mi padre se detuvo frente a una cruz recién pintada. Con voz a medio tono leímos la inscripción con el nombre del muerto y la fecha reciente que había sido la última en su vida… era el mismo del guía que nos había sacado la noche anterior de nuestro labe­rinto de zarzas… maleza y calor.

 

Bibliografía

Sieckavizza, A. L. (1966). Leyendas de Tierra Adentro. Guatemala: Editorial, José de Pineda Ibarra.

—Trastos que componer, tapamos goteras. .. Trastos que componer…

Aquel grito se perdía por las polvorientas calles que desembocan en La Castellana, era un grito que más parecía de angustia que de servicio al vecindario y efectivamente era de angustia, porque ya eran las 3 de la tarde y no había desayunado, mucho menos un traguito de aguardiente había pasado por su qarganta.

—Trastos que componer. .. Era más la desesperación porque las gentes sencillas del barrio ni caso le hacían; por un momento pensó en pedir unos centavos a un señor bien plantado que estaba recostado en la pared de una casa, pero se arrepintió.

Cuando pasó por el rastro de ganado menor, solo de ver a los cerdos se le fueron los ojos, y para sus adentros los imaginó doraditos con su preparación adecuada y un buen trago como complemento, pero todo era eso, imaginación; su intuición le llevo por la Calle «Marconi» pregonando siempre sus servicios al vecindario, que con la hora tan pesada más parecían dormir la siesta.

— ¡Trastos que componer!, seguía el grito desesperado por el hambre. Una señora regaba con una manguera el preciado líquido para evitar el polvo, y don Tachito le suplicó que le obsequiara un poco, ella le ofreció la manguera y él se prendió como un desesperado. Iba llegando a la esquina cuando de una casa antigua de dos pisos alguien le llamó. Efectivamente, era una anciana de aspecto aristocrático y finos modales que hacia su aparición en un balcón con enredaderas y colas de Quetzal verdes, como los ojos de la anciana señora.

Don Tacho se fue directamente a la puerta grande la que al momento se abrió; aquello en su interior era de novedad y lujo, las escaleras y cortinajes eran de un tocado fino y gusto exigente, el busto de Napoleón asustó a don Tachito, ya que ignoraba quien era el personaje.

—Mande Usté, señora, dijo el soldador medio avergonzado por poner sus zapatos sucios en aquel piso que parecía un espejo.

—Quiero —dijo la señora—, la soldadura de un canal que en tiempo de lluvias me molesta enormemente.

Don Tachito no hallaba donde poner su viejo bote con sus soldadores porque todo aquello irradiaba limpieza; no tuvo más que salir al patio que en lujo no se quedaba atrás, pero allí en un clarito de la grama sacó su barrita de estaño y principió a hacer los arreglos para el trabajo que le dejaría unos centavitos. Colocó una escalera y subió hasta donde efectivamente estaba el canal averiado y con el agujero que producía la gotera de invierno. El trabajo fue fácil y rápido pero que el prolongó más de la cuenta para justificar los cincuenta centavos por el servicio prestado. La señora se miraba con proporciones y había que aprovechar, ya que de haber sido allá por el callejón de San Gaspar, lo más que le hubieran dado habrían sido unos quince centavos.

Cobró el pequeño emolumento y salió radiante de la vieja casona rumbo al mercadito del Calvario, donde comería de lo bueno complementando la sobremesa con un delicioso cigarrillo «Payaso». Anastasio Rodríguez, el viejo soldador de la Avenida de la Castellana parecía que iba a reventar de la gran comida que se recetó en el comedor «El DuIce Nombre» de fama nacional por sus platos regionales, los pasos le llevaron a tomarse un traguito con unos amigos a una pequeña cantina del Callejón del Castillo y posteriormente a un lugarcito para dormir en las gradas del extinto Calvario.

En esas gradas legendarias y ya desaparecidas por la acción de la piocha y moderna urbanización, meditaba don Tacho fumando su cigarrillo, allí con el techo de las estrellas y el cantar lejano de los gallos pensaba en un mañana mejor que quizá nunca llegaría. Siempre registraba sus instrumentos de trabajo para hacer el recuento y prepararse para el trabajo; pero noto que la barrita de estaño no le aparecía por ningún lado y haciendo cerebro recordó rápidamente que la había dejado en el canal de la casona vieja de la Calle Marconi.

Apenas pegó los ojos don Tacho y ya había amanecido, quizá por la vejez padecía de insomnio y había noches que se las pasaba en vela …

El batón del policía lo sintió en las costillas y era señal inequívoca que había que abandonar el lugar; los carruajes con movimiento acostumbrado iban de un lado a otro y unos cocheros enganchaban las bestias muy cerca de allí en el callejón de «Los fotógrafos».

Matías, el barbero, sacudía su manta blanca abriendo muy temprano su salón para los clientes madrugadores. Cada sacudida que daba soltaba olor a brillantina y talcos perfumados.

Don Tacho bajaba pausadamente las gradas del viejo Calvario con la vista fija rumbo a la 6a. Avenida, cada paso que daba le pesaba como su existencia, se sentía viejo y cansado y los trabajitos poco o nada daban para vivir. ¡Cómo envidiaba a don Luis Del Río, que ya regresaba en su pequeño «Lando», de dar el paseo matinal.

  • Y pensar que fuimos compañeros de escuela y la «Nana» vendía cholojos en el mercado junto con mi tía —decía don Tacho entre dientes al verlo desde arriba— Con un ademán; ambos se saludaron; el humilde soldador lo hizo con desgano y el opulento señor con manifiesta diplomacia y extravagante estilo. Cuando don Tachito se metió la mano al bolsillo, no le había amanecido ni para los cigarrillos de tuza, y como Dios le ayudó, tomó camino rumbo a «La Calle Marconi» para recoger la barrita de estaño y emprender la lucha una vez más, por esas calles desiertas de la Guatemala antañona.
  • Perdone señor, ¿no hay nadie en casa?, preguntó con timidez don Tachito a un hombre tosco y fornido que abrió el gran portón de la casa a donde él se dirigía. Le expuso el motivo de su visita y por contestación tuvo una frase que por poco lo hecha de espaldas porque fue peor que una bofetada:
  • Maistrito, yo creo que Ud. anda perdido y ya tomó más de la cuenta, porque esta casona hace más de 10 años que está abandonada desde que murió su dueña; por fin los hijos arreglaron el testamento y ahora la derriban para construir un aserradero, porque su construcción está muy vieja…

Sacando fuerzas de flaqueza, don Tachito empujo la hoja que el aire cerraba débilmente y el gran portón se abrió de par en par al momento que crujía por la resequedad de sus bisagras, aquellas escaleras que un día antes, el vio lustrosas, hoy aparecían a su vista como si nunca las hubieran limpiado y en el suelo lleno de telarañas, el busto que le asustó pocas horas antes, parecía nuevo. Se fue internando en la casona y cuando llegó al jardín, todo era pasto crecido, polvo y vidrios rotos, allí estaba la escalera que un día antes había usado. Con miedo miró hacia arriba, allí estaba el canal reparado, colocó la escalera y subió pausadamente, su sorpresa fue grande cuando vió la barrita de estaño y el agujero tapado.

Don Tachito perdió la vergüenza y del puro miedo le pidió para el trago al hombre que cuidaba la casa, salió disparado y no parando, hasta quedar exhausto en un asiento del viejo parque Navidad. Allí lo levantaron muerto.

Unos se hacían la conjetura que había muerto de goma Yo sé que murió del susto.

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

Aquella tarde soleada del mes de marzo de 1912, quedaría en la mente de Alfonso Guzmán grabada para siempre. Jamás la podría olvidar, ya que como el decía lo habían espantado «por ay por la Reforma». Alfonso era un cochero de los buenos y con clientela de lo más granado de la sociedad chapina, siempre le buscaban para sus servicios de transporte y no digamos los señoritos o chancles capitalinos que le contrataban cuando de echar una cana al aire se trataba los fines de semana por la noche. Alfonsito conocía todos los sitios habidos y por haber.

Aquél grupo de muchachos inquiría por el paradero del cochero; ¿dónde está Alfonso? ¡Donde «La Zopilota» le encon­trás!, era la respuesta cortante que siempre se recibía.

Y allí estaba aquél hombre, ni joven ni viejo, siempre con la sonrisa a flor de labio discutiendo con otros cocheros el asunto del pésimo estado de las calles, especialmente las del Guarda Viejo, que en invierno rompían los ejes de los carruajes y en verano el polvo los ahogaba.

Siempre había discusión en aquella reunión de aurigas, unos viejos otros jóvenes, los primeros contando sus aventuras de antaño y resobando la frase de que tiempos viejos fueron mejo­res

Las sombras de la tarde iban cayendo poco a poco por las empedradas calles de Guatemala de La Asunción, las horas iban pasando y los minutos también con la rapidez que los cocheros se tomaban sus cuartitas de guaro blanco, haciendo bocas con tiras y revolcado.

Afuera tres indígenas discutían en lengua algo que tenía carácter económico, porque la cuenta de la «leña» no les salía, mientras las mulitas quizá aburridas de algo que no entendían ni entenderán nunca, se espantaban las moscas con la cola.

La puerta de la fonda de «La Zopilota» se vio de pronto invadida por un muchacho moreno bien plantado, hijo de cono­cido licenciado y político de mucho peso en el ambiente. Aquella voz casi retumbo en el pequeño estanco de licores:

— ¡Alfonso!

El auriga volvió a ver poco a poco porque ya los tragos le hacían efecto, había llegado a la cantina a las 2 de la tarde y cada tanda era copiosa y abundante.

— ¡Qué manda niño Julián?, dijo el cochero , sosteniéndose como pudo de la orilla del mostrador.

Pues, quiero que me hagás el viaje, te he buscado por todos lados y me dijeron que aquí te encontraría.

El muchacho abordó el viejo carruaje y al latigazo de Alfonso, los flacos caballos principiaron a caminar rumbo a la PIaza de Armas. El cochero ya sabía de memoria los lugares a recorrer el viernes por la tarde, las viejas casonas de la Calle de Mercaderes iban pasando en caravana aburrida ante los ojos de ambos, que poco o nada platicaban en el trayecto.

Perdone don Julián, ¿siempre lo llevaré donde mismo?…

Aquel hombre serio y con la vista perdida en el horizonte no contestaba a las preguntas que el cochero le hacía, al poco rato, le contestó con un poco de desgano y sin dejar de ver por la puerta del carruaje…

Hoy vamos a cambiar nuestra ruta, quiero dar una vuelta por La Reforma, tengo tan gratos recuerdos de allí, que hoy los quiero evocar en el lugar de los hechos…

Cuando pasaban por El Sagrario y sufriendo la inclemencias, del sol de marzo cayendo en el horizonte, quemante y penetrante uno de los «Turcos» discutía a grandes voces con uno de los más famosos pordioseros de la ciudad, al que llamaban «Pata Hueca», quien le había dicho una lanada a una de sus sobrinas, y como ya es costumbre tradicional, la policía brillaba por su ausencia, mientras que el hombre deforme y cojo se perdía entre los transeúntes del mercado central.

Todo aquél escenario de cosas y hechos ya era conocido por los dos hombres que iban en el carruaje, eran de la ciudad y todo esto en ella era corriente y común.

Las pocas luces de «La Calle Real» principiaban a encen‑
derse, mejor dicho los candiles o carbones que colocaban en las
farolas de las esquinas. . . El carruaje iba llegando a la altura de
La Concordia, cuando el cochero rompió el silencio una vez más:

—Niño Julián, ¿no cree que sea muy tarde ya, para dar la vuelta por La Reforma?

—¡No!

Aquella contestación seca y negativa hizo que Alfonso diera más rienda a las bestias y que éstas tomaran un trotesito rápido. El cochero saludó a unos amigos del mismo oficio que tomaban café por El Calvario, el clac, clac de los cascos de los cabal los se hizo más sonoro al pasar por la Penitenciaria.

— ¡Más rápido Alfonso!, dijo don Julián al cochero.

Cuando el cochero se dio cuenta, ya el puente había quedado a varios metros de distancia y el follaje de La Avenida de La Reforma principiaba a notarse con su canto de pájaros. Alfonso principió a ver muy raro al «niño Julián», ya que procedía no como siempre lo hacía.

—Más rápido Poncho, gritaba el apuesto joven desde el asiento trasero del viejo carruaje, que parecía partirse en dos por la velocidad que iba tomando. «Más rápido Alfonso» —repetía— y las bestias corriendo como almas que se lleva el diablo, echaban espuma por la boca y sudaban copiosamente, los enormes cipresales pasaban con rapidez en lado contrario, por momentos Alfonso pensaba en el chapinísimo chiste de don Chebo, que para regresar más pronto, mejor se subiría a un árbol. «Más rápido por favor», resonaba aquella voz. . . Alfonso ya no podía sacar más a sus animales, los ejes rechinaban como zapatos nuevos de soldado y por horas pensaba que todo terminaría en un momento.

Aquello tomó proporciones alarmantes, los cabal los habíanse desbocado y ahora ni la rienda y los gritos del cochero dete­nían a las bestias que a gran velocidad tomaban el camino que paralelo corre con los arcos.

El auriga clamaba con todos los cantos del cielo y una vez más suplicaba que las bestias se pararan. Finalmente fueron pa­rando poco a poco, hasta que todo quedó en calma, solo una nube de polvo empaño el ambiente, era como una invitada que llegaba de ultimo.

El cochero saltó del carruaje para verificar alguna falla, pero todo estaba en buenas condiciones. A los flacos animales, ya les había pasado el susto, aquel susto que quien sabe como se inició.

–¿Y el niño Julián? —se preguntó el cochero—, abriendo la puerta del carruaje, pero no aparecía por ningún lado; pensó para sus adentros: ¿Se quedaría botado en la carrera? Al pobre Al­fonso le daba vueltas la cabeza y no podía imaginar que un ac­cidente serio se hubiera podido suscitar a su pasajero.

Emprendió el regreso y buscó en todo el camino, y por la Avenida de La Reforma, pero ni señas había del tal niño Julián, regreso nuevamente y aquel hombre como que si la tierra se lo hubiera tragado. ¡No aparecía por ningún lado! «Él tuvo la culpa, diciéndome que corriera más de la cuenta» —se decía el cochero como queriendo justificar aquello que le acusaba.»

La noche estaba obscura y para colmo de males no encon­traba el fosforito para encender el viejo farol que los carruajes usaban en el lado derecho, por fin lo encontró en una de las bolsas secretas del chaleco y encendió el farolito rojo que en la amplia y silenciosa avenida identificaba at viejo carruaje.

Por razones inexplicables el auriga sintió un frio intenso que le corrió por todo el espinazo, pero continuo su camino; los arbolones iban quedando atrás y en la imaginación de Alfon­so parecían fantasmas gigantes que con las manos querían tomar las nubes negras de la noche de Marzo.

Cuando vio las covachitas del «Cielito» suspiró profundo y como un demente dijo —Menos mal que ya todo pasó y ahora a buscar at niño Julián, que con alguna entretención estará por allí.

Cuando pasó por la estación alguien le llama para un viaje al Callejón del Judío, rápidamente frenó el viejo armatoste y un venerable matrimonio de ancianos honorables con su hija subieron at carruaje.

Una vez más las casas de la 9a. Avenida principiaron a pasar ante los ojos de Alfonso, como algo aburrido y tedioso y como complemento los efectos de la «goma» principiaban a hacer estragos en su humanidad, y la plática del matrimonio de ancianos la escuchaba sin querer, pero de pronto se dio cuenta que habla­ban del «Niño Julián», y lo hacían en una forma muy especial, paró las orejas para escuchar mejor y siguió el hilo de la conversación.

—Tan buen muchacho y decente que era, dijo la anciana, y terció el señor confirmando; «Lo que es la vida si hoy por la mañana lo vi y me saludo tan cortésmente como siempre lo hacía”…

El cochero empezó a sentirse mal, no aguantó más y pre­gunto:

—Perdone don Antonio que me meta donde no me llaman, ¿pero qué fue lo que le sucedió al Niño Julián?

— ¡Ay Alfonso! —Contestó el viejo, ¿no sabes que se pegó un tiro hoy al medio día?

  • ¡Pero, como es posible!, se preguntaba el cochero.

El viejo carruaje siguió su ruta rumbo al Callejón del Judío y su conductor iba con la vista fija en el horizonte repitiéndose la misma f rase, » no puede ser, es materialmente imposible».

Cuando llegaron a la esquina del Teatro Colon, Alfonso vio más gente de luto y aquella noticia se confirmaba, los amigos del «Niño Julián» marchaban en grupos, él los conocía, porque en diferentes ocasiones los había llevado en su viejo carruaje a muchos sitios.

El cochero no quedo en paz, hasta que no vio el cadáver del «Niño Julián», tendido en la casona del Callejón del Judío en donde vivía, las palabras las repetía casi como un demente: «No puede ser, es materialmente imposible, pero si yo lo lleve en el carruaje y se me desapareció cuando las bestias se des­bocaron. No, no puede ser, que haya sido su espíritu. Bueno; quizá se despidió de mí en esa forma, pero lo veo tendido y no lo creo».

Alfonso, el cochero, querido de los muchachos estudiantes salió riendo a grandes carcajadas de aquel velorio, repitiendo las mismas palabras: «No puede ser, es materialmente imposible».

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

 

Doña Josefa Barrientos, era una de las tantas lavanderas de antaño que dejaban los cuellos, puños y camisas tan blancos que no se podía pedir más.

Aquella humilde sirvienta era como de la familia, había visto crecer al señor de la casa, y ahora, le tocaba apreciar las travesuras de los retoños.

Don Francisco Salazar, se la había llevado a trabajar a la casona de la 8a. Avenida, desde que Josefa había cumplido 14 años, y tan acostumbrada estaba a los ruidos que los ratones hacían, que ya no les hacía caso. Siempre recordaba con cariño a don Francisco, padre de don Paquito, quien había quedado al mando de la casona desde el día de su fallecimiento; los niños se iban al colegio y llegaban hasta las cuatro de la tarde. La casa era grande y aunque ella sabía que allí espantaban, no daba crédito a las habladurías.

—Tenga cuidado porque en esa casa espantan —le decían las otras sirvientas en voz baja, cuando se miraban en la carnicería, ella no sabía si lo hacían por envidia o por aconsejarla, y alertarla de cualquier espíritu maligno.

Cuando Josefa cumplió 45 años, los señores le dieron una pequeña recepción y le regalaron un corte barato, fue un día sábado. Por la tarde le dieron permiso para salir a dar una vuelta por la plaza de armas. Al otro día muy temprano, con el canto de los canarios se levantó, preparó la comida de los señores en unas canastas, ya que ellos salían de viaje.

Casi nunca se había quedado solitaria en la casona de la 8a. Avenida, y ahora llegaban a su mente los comentarios que había escuchado en labios de sus compañeras de trabajo.

El enorme reloj marco las 9 de la mañana, que asusto a la pobre Josefa que en el corredor remendaba unos delantales…

—Condenado reloj, dijo maldiciendo el aparato entre dien­tes por el susto que le había dado. A los pocos momentos at aldabón colonial de la puerta de calle, sonó tres veces en forma insistente…

—Gracias a Dios, por lo menos hay quien me haga compañía porque ya me estaba dando miedo —dijo la Josefa casi en voz alta.

Cuando llegó a la puerta, esta para colmo de males no se abría ni con la fuerza de un hombre. Daba la impresión que se había atorado el gancho de la enorme llave antigua. Entró nuevamente al cuarto contiguo y al espiar por la ventana no había nadie; la calle estaba desierta a pesar de ser domingo por la mañana. Llegó una vez más al portón con el intento de abrirlo, pero fracazó en su intento. La Josefa solicitó auxilio hacia la vecin­dad pero nadie escuchó su voz. Posteriormente guardó paciente­mente en la ventana y a lo lejos diviso la figura de un caballero circunspecto que daba la impresión de dar un paseo matinal por la legendaria 8a. avenida. El hombre impecablemente vestido caminaba por el lado opuesto de la acera.

—Ahora sí, en cuanto pase le hablo para que me ayude con el portón, —dijo Josefa. El hombre se fue acercando con paso firme y seguro. Cuando llegó frente a la puerta de la casona, el caballero clavó sus ojos firmes y profundos. Allí quedó parado como apreciando la vieja casona de aquel barrio que sin duda le traería algún recuerdo. Josefa aprovechó el momento y le llamó casi en forma desesperada: —Señor. . Señor! El caballero atravezó la calle colocándose frente al viejo y romántico balcón.

  • ¿En qué puedo servirle? fue la frase que sailó de sus labios delgados y poblados en la parte superior por un recortado mostacho en «U», que le daba un aire de gran señor.
  • Que me he quedado atrapada porque el portón se atoró, -dijo la Josefa suplicante ante el caballero. El hombre esbozó una sonrisa amable y encaminando sus pasos hacia el cercano portón, sacó una llave de su bolsillo y abrió sin ningún proble­ma de fuerza. El sol quemaba en aquella mañana, como agrade­cimiento Josefa le ofreció al señor un fresco batidor de limonada. Los pasos del desconocido retumbaron en el zaguán de la casa. Cuando pasaba por el corredor el hombre daba la impresión que reconocía aquella casona, lo hacía como alguien que tiene mucho tiempo de no llegar a un sitio donde ya ha estado anteriormente.
  • ¿Ya conocía la casa?— preguntó tímidamente Josefa.
  • No, contestó el hombre burlonamente, pero después agregó:

Para que voy a mentirte ya conocía la casa y es poco lo que ha cambiado, me trae tantos recuerdos y hoy que miro as pilares del corredor y la vieja cochera, me remonto a otra época.

Fue una época, la más florida para quien te habla, pero lamentablemente todo tiene un fin y todo terminó…

La Josefa se le quedaba viendo con la boca abierta, y con el batidor de limonada en la mano.

—Entonces, ¿Ud. vivió aquí?

—Sí, yo viví aquí por mucho tiempo, con mi hijo y mi esposa. Ella falleció en esta casa, pero como te repito, todo tiene un final y el nuestro llegó inevitablemente.

Josefa suplicó al señor que tomara asiento en una mece­dera que estaba en el corredor, el hombre miro fijamente el piso del corredor y le dijo:

—Gozaba mucho cuando regaban con agua fresca estos ladrillos, y su aroma penetraba en mis pulmones, ¡qué olor más agradable!

La Josefa sonrió y le sirvió la limonada, el hombre apuró el vaso can sed notoria, y al final, la felicitó por lo delicioso del refresco. Aquella mujer sencilla le colmó de atenciones en agra­decimiento a que le ayudó con el problema de la puerta, le llevó por todos los rincones de la casona, por la cochera y el segundo patio para que recordara con más lentitud lo que él había poseído un día.

Cuando llegaron al patio, el extraño personaje dijo a Josefa:

-Aquí murió mi esposa, víctima de una rara enfermedad; lamentablemente yo no pude hacer absolutamente nada por sal­varla. Siguieron caminando y al pasar cerca de la antigua cochera donde guardaban enseres servibles, la vio fijamente a los ojos y con seriedad absoluta le dijo: » ¿Ves aquel rincón?, bien, cuando algún día tengas una necesidad o dispongas abandonar esta casa, un día que te quedes sola como hoy, a media vara de profun­didad hay algo que solo tú lo podrás disfrutar».

Cuando aquel hombre terminó de pronunciar la última pa­labra, Josefa escuchó que tocaban la puerta y le suplico lo dispen­sara, pero que pronto volvería. Corrió velozmente por el corredor después de haber atravezado el enorme patio, llegando a puerta donde alguien tocaba insistentemente…

— ¡Ya voy, ya voy!, dijo la Josefa, al momento que abría con suma facilidad la puerta grande del zaguán. La que llegaba en aquellos momentos era nada menos que la tía de don Paquito, anciana muy querida en la casa y que siempre los domingos lle­gaba a almorzar con ellos.

La Josefa le narró en pocas palabras lo que había aconte­cido hacia unos momentos, cuando la puerta se le trabó y no la pudo abrir, y tuvo que acudir a la ayuda de un señor que anteriormente había sido propietario de la casa y que justamente estaba adentro…

—Pero Josefa, qué diablos estas diciendo, si el último dueño de esta casona murió hace más de 100 años, no hablés tonterías, vamos enséñame dónde esta ese señor.

La Josefa principio a sentir miedo y recordó lo del espanto, al llegar al segundo patio donde ella había dejado al des­conocido, este no estaba, lo buscaron por todos lados, y nada …

—Vos estas soñando o estás bola, lo muy menos repitió la encopetada anciana, acusando de mentirosa a la sirvienta.

—Le juro por Dios doña Julia, que yo misma lo vi con estos ojos que algún día se comerán los gusanos. Además lo atendí.

Josefa, inmediatamente recordó la limonada, y como el hombre se la había tomado, regresaron a donde estaba el bati­dor, siendo la decepción más grande aún. Allí estaba el recipiente con todo y el líquido, nadie había tomado nada. La mujer sintió volverse loca por un momento, y recordando lo que le dijo en la cochera, invitó a doña Julia para que fueran a escarbar.

A los quince minutos, ya habían dado con algo duro, que poco a poco fueron sacando. Efectivamente, eran dos recipien­tes grandes de barro que pesaban mucho, el sol caía verticalmente sobre la casona de la 8a. Avenida y en ese momento comprobaba doña Julia, que la Josefa, no le mentía, ataron un lazo a uno de los recipientes y con la ayuda de un mozo que llamaron, lo fueron subiendo poco a poco, cuando lo quebraron, solo carbones habían adentro, y tierra con olor a humedad. Las dos mujeres y el hombre humilde se miraron como preguntándose ¿qué significa todo esto?

Doña Julia hizo memoria, y recordó que su abuela, le había contado que en esa casa había vivido por muchos años el legendario bandolero PIE DE LANA…

—Ve mija, le dijo a la Josefa, fuiste muy babosa, la suerte era para vos, y como nos contaste ésto, la suerte se to fue…

A pesar de tener más de veinte años de laborar en aquella casona, la Josefa, se fue de allí para nunca más volver…

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

País: Guatemala

 

Cualquiera a tenido en sus manos un pequeño aparatito para sacar fotografías, hasta un niño ha manipulado el mencionado artefacto, pero algunas veces una cámara puede ser la perdición de un hombre, como en el caso siguiente que alguien me contó y yo lo narro a Uds., tal como sucedió.

Jaime era uno de esos muchacho que siempre están a la moda y las camaritas de cajón eran la novedad en Guatemala, quién sabe como hizo, pero la realidad fue que, de la noche a la mañana, resultó con la presunción de que tenía una cámara de sacar fotografías, los muchachos del barrio, siempre embelequeros, le suplicaban mostrara el aparato.

Jaime era tan presumido que en su pequeño cerebro imaginaba que, una película filmaba cuando de sacar una simple fotografía se trataba; los escenarios que escogía eran siempre los sitios más visitados dominicalmente, por los capitalinos: El Cerrito del Carmen, El Parque Central, El Hipódromo o La Aurora.

Allá iba con la cantidad de amigos que con el interés de sa­lir en una amarillenta y borrosa fotografía, le seguían con sus mejores galas para posar ante la cámara del amigo. Y como todo es novedad en nuestro medio, el simple hecho de poseer una cámara fotográfica le daba ciertos privilegios al presumido del Jaime, por ejemplo: le invitaban a días de campo, a reuniones familiares, con tal que tomara una foto para recuerdo.

Se fue haciendo de alguna fama de barriada, que pronto cundió la noticia que él tomaba las mejores fotografías de cajón en los cuatro puntos cardinales de la pequeña capital guatemalteca.

—Mejor poné un tu estudio —le decía su madrecita—, noble, anciana que vivía del lavado de ropa ajena o haciendo servicios por día en casas grandes. Estas embelequeras patojas, ya no dejan en paz a mi muchacho —decía doña Encarnación—, siempre que saludaban a Jaime las señoritas del barrio.

Lo que a ella no le gustaba realmente, era que una «Pezpita» le andaba cusquiando al muchacho y este ya no cabía de orgullo. Pero todo era pasajero, el hijo de doña Encarnación estaba enamorado pero de otra que según los «decires», vivía por el Callejón Delfino.

Al muchacho se le vio muy cambiado en los últimos días ya que evadía al grupo y su preferencia era una patoja que él mencionaba mucho, pero que realmente nadie de los del barrio conocía.

  • ¿A dónde vas tan temprano Jaime?, ésta era La pregunta de La anciana madre, que al marcharse su hijo quedaba con pena y con un buen porcentaje de celos, ya que realmente aquel muchacho era lo único que ella tenía en el mundo.

Los domingos, muy temprano, después del baño, se asicalaba bien, tomaba el desayuno y marchaba rumbo al extinto Callejón Delfino, en una esquina esperaba a la guapa muchacha, fumando desesperadamente hasta que la divisaba a lo lejos, y levantando la mano la saludaba cortésmente.

Nunca supo realmente Jaime, de qué casa salía su novia; aquella mujer que había sido la causa de que dejara al grupo d muchachos del barrio y se entregara en cuerpo y alma a sus caprichos.

Por espacio de largos 15 días, el muchacho reunió una regular cantidad de dinero para que un domingo cualquiera fuera al Lago de Amatitlán a dar un paseo y como asunto ya tradicional tomar algunas fotografías. Doña Encarnación le pidió una noche de tantas, que quería conocer a la patoja porque ella por su edad y conocimiento, sabría decirle si le convenla o no.

—Primero se la voy a traer en fotografía, le decía tentati­vamente Jaime, pensando que para la autora de sus días, nin­guna muchacha por buena y honrada que fuera, siempre le encon­traría algún defecto.

Los días fueron pasando, y finalmente, llegó el ansiado domingo que fue iluminando las húmedas calles de Guatemala con un tibio sol que penetraba por las ventanas y callejones.

Jaime como de costumbre se levantó temprano y tomó su cámara para revisarla minuciosamente; el rollo únicamente tenla dos fotografías las cuales usaría en el ansiado viaje a Amatitlán.

El rollo era caro, y no podía darse el lujo de comprar otro pues el que ten la dentro de la cámara, contenía otras fotografías de la chica, tomadas en diferentes sitios donde habían asistido en calidad de paseo.

El clásico jaloneo del viejo bus emprendió la marcha dejando atrás el entronque de las «Cinco Calles». La Avenida Bolívar fue quedando lejos, y las majadas ofrecían su polvoriento camino al destartalado aparato que repleto de turistas buscaba la soledad del lago, el embrujo de la naturaleza; aburridos quizá, del «bullicio de la ciudad».

Cuando el chofer sonaba la bocina en cada recodo del camino, parecía graznido de pato. Como a la media hora fueron pasando por Villa Nueva y al frenazo brusco de la camioneta, un enjambre de vendedoras invadieron las ventanas del vehículo, para ofrecer sus mosquiados y polvorientos alimentos…

Había de todo; huevos duros con tortilla y chirmol, pan con frijoles, tostadas, y hasta elotes cocidos; lo único que hacía falta para engullir tanta comida, era el bendito pisto, que no iba numeroso, que digamos, en las bolsas de aquellos «felices turistas».

Cuando llegaron al Lago de Amatitlán, Jaime y su novia, fueron los primeros en salir y desentumecerse las piernas, después del largo viaje, desde la capital de la República. Nuevamente los grupos de vendedoras, ahora de pepitoria y dulces regionales les asaltaron, con el fin de que probaran la «Chancaca» que acababa salir.

Era muy temprano. La pareja alquiló una lancha y se internó lago adentro, con el objeto de estar más cerca de la natu­raleza, y disfrutar plenamente de aquel inolvidable domingo.

Estuvieron en varios sitios, fueron al Castillo. El pobre mu­chacho, sacando fuerzas de flaqueza, la llevó a dar un paseo por el «Relleno»; por la tarde dispusieron, después de un suculento al­muerzo, tenderse cuan largos eran, en una grama tan verde, que contrastaba con el blanco vestido de María Ledesma.

—Quédate allí como estás, le dijo Jaime— no te muevas, quiero sacar la mejor fotografía para mostrársela a mi madre—. La patoja sonrió picarescamente y el clásico «Clic» de la cámara, sonó calladamente perdiéndose en las quietas aguas del Lago de Amatitlán.

  • Ahora te paras cerca de la orilla, le dijo Jaime nuevamente, ordenando una pose artística para sacar la última exposición.

La fotografía fue tomada y todo se agasajó con una sonora carcajada; como dos chiquillos corretearon por la grama verde; cansado y sudoroso, Jaime quedó tendido, y ella con sus manos finas, llegó junto a él para acariciarlo y hacerle cosquillas con la punta de sus dedos largos y puntudos.

Jaime se fue quedando profundamente dormido, sólo el viento tibio le levantaba un riso que coquetamente usaba en la frente, pero a los pocos momentos, aquel tibio aire se tornó en frio, y cuando despertó, todo era soledad y silencio. La tarde ha­bía caído y las sombras de la noche iban cubriendo el pequeño valle.

— ¡María, María!, gritó por todos lados Jaime sin encontrar respuesta a sus gritos, dispuso finalmente emprender el regreso y a duras penas, tomó la última camioneta que regresaba a la capital.

El muchacho buscaba entre los pasajeros a María, pero en vano, sus ojos no encontraban al ser querido, y con un poco de cólera y pena a la vez, pensaba mil cosas ¿se metería al lago y se ahogó?, ¿o se regresó burlándose de mí, dejándome dormido? Muchas eran las preguntas que Jaime se hacía, mortificándose con las mismas.

Finalmente, llegó a su casa, donde la madrecita le esperaba con la cena caliente y el beso de las buenas noches. Doña Encarnación, le preguntaba por la desconocida, pero el muchacho no contestaba; pasaron los días y las semanas y por más vueltas que Jaime dio por el Callejón Delfino, no encontró a la mentada patoja. Por último dispuso desarrollar el rollo, que fue a dejar a uno de sus amigos, que laboraba en tales menesteres.

—Hoy si vas a conocer a la traidora que tengo, le dijo al en­tregarle el rollito.

Como a los tres días, Vicente buscaba afanosamente a Jaime para entregarle las fotografías y felicitarle por lo bueno que esta­ban.

Con las manos temblorosas Jaime tomó el paquetito y ex­trajo las fotografías, pero sus facciones empezaron a palidecer cuando vio que, efectivamente, las fotografías del lago, estaban con toda su belleza y paisaje, pero el objeto principal, ¡María Ledesma!, no aparecía en ninguna de ellas.

El tiempo pasó. Un día de tantos, en un periódico capita­lino salía la esquela luctuosa, donde invitaba conocida familia a misa de réquiem por el eterno descanso del alma de quien en vida fuera su hija: MARIA LEDESMA, fallecida trágicamente, y por cumplirse el 7o. aniversario de su deceso. Jaime para corro­borar lo leído, fue a la misa que se celebraba en Santo Domingo, y, allí platicó con un pariente de la finada, quien le narró, que ella había muerto ahogada en Amatitlán hacía siete años.

—Le comprendo, joven, dijo el pariente y prosiguió —No es Ud. el primero que sufre de esta alucinación, a varios a llevado, quién sabe con qué intenciones, la finada al Lago de Amatitlán. Jaime no espero más, con las manos entre la bolsa y con la vista

la banqueta, se marchó del sitio, con el pensamiento puesto en la mujer más bella que jamás había conocido.

 

Bibliografía

Gaitán, H. (1981). La Calle donde tú vives. Guatemala: Editorial Artemis y Edinter, S.A.

Compartida por: Anónimo

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En Agosto de 1971 tuvo lugar un curioso fenómeno en una casa de Bélmez, pueblo de la provincia andaluza de Córdoba, donde vivía Juan Pereira con su mujer y sus dos hijos. Fue algo sin precedentes en la historia del lugar, que no tardó en hacerse del conocimiento general, en toda España e incluso en el extranjero.

Los rostros surgidos del más allá

María Gómez, esposa de Juan Pereira, limpiaba la cocina de su casa, la mañana del día. 23, cuando apareció ante sus ojos, dibujado en el suelo, un rostro de tamaño natural, de nariz afilada, boca entreabierta y expresión atormentada. A pesar de que sus hijos eran ya unos mozos de veintitantos años, María su­puso que se habían divertido haciendo dibujitos en el piso, solo para fastidiarla con sus bromas.

Se propuso la mujer borrar el rostro frotándolo con un trapo. Nada consi­guió. Y cuando llegó el marido a la hora de comer la encontró contemplando fi­jamente el rostro. Los vecinos poco tar­daron en enterarse de lo sucedido y acudieron a ver el dibujo surgido de la nada. Como a Juan no le agradase ser molestado por tanto gentío, cogió un martillo y rompió a golpes las baldosas. Llamó a un albañil para que cubriera el hueco con cemento.

Nada sucedió en los siguientes días, pero el 8 de septiembre apareció un segundo rostro, cerca de donde estuvo el otro, con expresión igualmente ator­mentada. Pereira acudió a la alcaldía, para consultar con el alcalde Manuel Rodríguez Rivas. Tal vez podría darle un buen consejo. Resultó de la entrevis­ta que el albañil volvió a presentarse en el 5 de la calle Rodríguez Acosta. Abrió un pozo en la cocina, y al alcanzar los tres metros de profundidad, encontró unos huesos. El secretario del Ayun­tamiento hurgó en viejos archivos y descubrió que en el lugar hubo dos siglos atrás un cementerio. Los vecinos atribuyeron entonces la aparición de los rostros a la intervención de los espíritus de quienes murieron en pecado mortal, que de esta manera se mani­festaban. Se rellenó el pozo el 4 de noviembre.

Tres días más tarde, el rostro des­prendido del piso, que el albañil había pegado en la pared, había cambiado de expresión. Era ahora de verdadero te­rror. El día 20 apareció otro a un costado. ¿Era el albañil responsable de la broma? De ser así, Pereira estaba dis­puesto a ajustarle las cuentas. Le pro­hibió volver a entrar en su casa. Pero el 2 de diciembre apareció un rostro más. Era ahora femenino, de facciones deli­cadas, deformado por una mueca de terror. Y junto a él surgieron unos ros­tros infantiles.

La noticia llega a todas partes

Llegaron a ver el fenómeno varios científicos y aficionados a la parapsicología, siguiendo muy de cerca a los periodistas y a los camarógrafos de la televisión. El 9 de abril del siguiente año, la cocina de la familia Pereira estaba llena de gente, sin que el buen hombre pudiera impedirlo. El señor alcalde le había ordenado aguantarse, porque era un bien de la ciencia. Y también del tu­rismo.

Algunos testigos tuvieron ocasión de presenciar la aparición, muy lenta­mente, de un nuevo rostro provisto de una larga barba blanca y ojos rasgados, que se fue tan misteriosamente como vino. Los periodistas opinaron que si alguien se estaba divirtiendo a expen­sas de los ingenuos presentes, lo estaba haciendo con envidiable maestría. Tal vez si llegaba al Lugar un experto de verdad en aquellas cosas misteriosas sería posible aclarar el enigma de los rostros.

Este experto iba a ser el Dr. Germán Argumosa, especialista en fenómenos psíquicos, quien declaró al instante cómo se llamaba aquel que estaba con­templando. Lo primero, dar un nombre a las cosas. Recibía el nombre de teleplastia y también ideoplastia. Pero no supo explicar por medio de qué corn­plicado mecanismo se produce. Enton­ces, para estar seguro de que nadie llegaría a la cocina a hacer más dibuji­tos, a espaldas suyas, Argumosa cubrió el piso de la cocina con un plástico, que selló en sus extremos. Deseaba probar ante todos que no intervenían factores humanos en aquello que los lugareños consideraban un milagro enviado por quien sabe que santo. Abandonó el es­pecialista la casa, cerró con llave su única puerta, la entrego al señor alcal­de y se dispuso a esperar.

Regresó al cabo de una semana, acompañado por el alcalde y dos testi­gos escogidos al azar. En el piso había un nuevo rostro. Ahora si podía afir­mar Argumosa que no hubo truco. Quiso escuchar entonces la opinión de varios vecinos y no vaciló en pedírsela también al señor cura. Desechó el santo varón la intervención del demonio, lo cual probaba que era un sacerdote inteligente, y quiso dedicar mayor atención a cada uno de los miembros de la familia.

Descubrió el parapsicólogo que María Gómez, mujer de inteligencia infe­rior a la media, tenía antecedentes de histeria que hacían de ella una verda­dera médium. Declaró que, cuando una persona ha sufrido un ataque de histe­ria, crea un campo magnético intenso que actúa de manera inconsciente so­bre los objetos que la rodean. En el caso de María, debió leer en su infancia un libro que la impresionó —lo mismo que pudo suceder con el caso de Juana de Arco, — al grado de grabarse más tarde en las baldosas los recuerdos conservados en su mente.

Se tuvo así la certeza de que había sido la mujer de Juan Pereira quien había producido, de manera incons­ciente, los dibujos de Bélmez. Pese a ello, quienes esto creían tuvieron que rectificar años más tarde, cuando se dio a conocer una inquietante noticia, que referiremos de inmediato, en beneficio de las personas que jamás tuvieron ocasión de conocerla.

En un artículo publicado por el periódico norteamericano National Enquirer, que se dedica lo mismo a inventar intrigas que a echar por tierra las historias que no le agradan —tal vez porque no sucedieron en tierras del tío Sam—. Edward B. Camlín afirmaba que el caso Bélmez fue un fraude y que las caras fueron pintadas por un joven de veinticinco años, de nombre Jesús Rodríguez, amigo de la familia. Había echado mano de unos trucos fotográficos Para divertirse al contemplar la expresión de desconcierto que pondrían sus vecinos. Los dibujos habían sido copiados de un libro y trasladados al suelo utilizando ciertos productos químicos y una lámpara de rayos ultravioletas. Añadió el joven bromista que solo al cabo de varios días serian visibles los rostros, gracias al trata­miento especial que les dio.

Tal vez más difícil de explicar sea lo sucedido la noche del 25 de mayo de 1973 en casa del señor Everett Foster, que vivía en Cedar Hill, en el estado de Texas. Se había acostado, cuando le pareció ver unos rostros en la pared de enfrente. Despertó a su mujer, que dormía apaciblemente desde hacía rato, una vez terminó la película del HBO, para que viera lo mismo que él.

Coincidieron ambos en que había dos rostros femeninos de cabellos oscu­ros, a ambos lados de la cabeza de un hombre, además de un perro y de un mapache que se transformó de repente en cerdo. Ala izquierda del grupo vio el matrimonio un coche de carreras, con todo y su conductor, y a la derecha nada menos que una nave espacial. A esto habría que añadir un extraño texto que ninguno de los dos cónyuges fue capaz de descifrar. Se ignora si Jesús Rodríguez viajó hasta Texas en aquellos días.

Las figuras parecieron moverse y la nave espacial se desvaneció lentamen­te, dejando una estela de humo. Los Foster contemplaron la aparición du­rante casi una Nora, como si estuviesen viendo una película de aventuras, sin sentir el menor temor. Solo curiosidad. Finalmente, se desvanecieron las figu­ras y no regresaron nunca más. El día siguiente, informaron a la prensa de lo sucedido, y la prensa fue tan amable de no decir si la inteligencia del señor Foster era inferior a in media, como le había sucedido a María Gómez.

¿Tú que crees?…

 

Bibliografía

Doreste, T. (1991). Grandes Enigmas, El Fascinante Mundo de lo Oculto. España: Ediciones Océano, S.A.