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Pleione, hija del Océano, casó con Atlas, hijo de Uranos, que fue rey de Mauritana y gran astrónomo. Inventó la esfera, por lo cual se le representaba llevando el globo sobre los hombros y agobiado bajo su peso.

Otros dicen, en cambio, que fue un castigo que Zeus impuso a Atlas por haber ayudado a los Titanes en la guerra que emprendieron contra él.

El matrimonio Pleione-Atlas tuvo siete hijas, que se llamaron Pléyades, y son las estrellas que forman la constelación de este nombre, menos una de ellas, Electra, que se ausentó para no ver la destrucción de Troya, que había fundado su hijo Dárdano.

Desde aquel entonces Electra no volvió a parecer entre sus hermanas como un cometa pasajero.

Una de estas Pléyades, llamada Maia, había de hacerse más famosa que sus hermanas, porque embarazada por Zeus daría a luz un hijo llamado Hermes, que significa «mensajero». En efecto, su augusto padre le hizo mensajero de los dioses. Para ello, le puso alas a los pies y en su tocado, que es una especie de gorro, con el que se le ve siempre representado.

Además, su padre le hizo también dios de la elocuencia, del comercio y de los ladrones.

Hermes nació en la Arkadia, siendo concebido en un gruta del monte Killene, hoy llamado Ziria, pues su madre, la hermosa Maia, «no gustaba del trato de los bienaventurados dioses». Por eso Zeus iba a reunirse con ella a medianoche, «mientras el sueño envolvía a su esposa Hera, la de los níveos brazos».

Hermes nació extraordinariamente precoz e incomparablemente audaz, cualidades que sin duda heredó de su astuto padre. El himno lo representa de esta forma: «Un hijo de multiforme ingenio, sagaz, astuto, ladrón, cuatrero de bueyes, príncipe de los sueños, espía nocturno, vigía y guardián de todas las puertas y que muy pronto había de hacer alarde de gloriosas hazañas ante los inmortales dioses».

Efectivamente, «nacido al alba, a mediodía pulsaba la cítara y por la tarde robaba las vacas del flechador Apolo; y todo esto ocurría el día cuarto del mes, en el cual le había dado a luz la venerada Maia».

Sorprende realmente la sagacidad y la precocidad admirables de Hermes, ya que el mismo día de su nacimiento hizo dos cosas verdaderamente extraordinarias: inventar y construir una cítara, y robar un rebaño de vacas; y esto, nada menos que a Apolo.

A poco de nacer, Hermes salió de la cuna, salió de la gruta y se encontró con una tortuga «que pacía la jugosa hierba delante de la morada». Dichoso al verla, le saludó contento con estas palabras:

«Salve, criatura naturalmente amable, reguladora de la danza, compañera del festín, en feliz momento te has aparecido gratamente… Tú serás, mientras vivas, quien preserva de los dañinos sortilegios; y luego, cuando hayas muerto, cantarás dulcemente».

Y para que la pobre tortuga pudiera hacer todo cuanto el recién nacido Hermes le decía, éste la cogió, entró con ella en la gruta, la vació «con un buril de blanquecino acero», cortó cañas, cogió una tripa seca, cuerdas hechas asimismo de tripas y cuanto era necesario, y fabricó la primera cítara.

Entonces – dice el himno a Hermes -, cogiendo el amable juguete que acababa de construir, ensayó cada nota con el arco, y bajo sus manos sonó un sorprendente sonido.

Despues de haber ensayado la cítara, la dejo en la cuna, y «ávido de carne» corrió hacia las montañas de Pieria, adonde llegó «cuando el sol se hundía con su carro y sus corceles debajo de la tierra», dispuesto a robar parte del rebaño de los dioses.

Seguidamente robó cincuenta vacas y las llevó de un sitio a otro, protegido por las sombras de la noche. Y para confundir sus huellas se valió de toda suerte de tretas. Por ejemplo, «haciendo que las pezuñas de delante marchasen hacia atrás y las de atrás hacia adelante y andando él mismo, al guiarlas, de espaldas», ademas de ponerles ramas en las colas para hacer las huellas más confusas.

Cuando clareaba el día llegó al borde del Alfeios, el mayor de los ríos Peloponeso, inventó el fuego, inmoló dos vacas en honor de los dioses, escondió luego los animales en una caverna, hizo desaparecer los rastros del sacrificio, tiró sus sandalias al río y escapó a todo correr hacia la cueva donde había nacido pocas horas antes.

Amanecía cuando llegó al monte Killene y se metió en su gruta por el ojo de la cerradura «empequeñeciéndose cual hubiera podido hacerlo la neblina o el aura otoñal», llegó a la cuna sin hacer ruido, se coló en ella, se fajó «y se puso a juguetear, como un niño, con el lienzo que le envolvía, pero asiendo a su amada tortuga con la mano izquierda».

Como era de esperar, Apolo no tardó en presentarse, pues su arte y pericia en adivinar le hizo descubrir rápidamente dónde se escondía el ladrón.

– Devuélveme las vacas. ¿Dónde están? – dijo Apolo. Pero Hermes negó con la mayor audacia, por lo que acabaron recurriendo a Zeus, quien pese a mostrarse muy satisfecho de la precocidad y astucia de su nuevo hijo, le obligó a devolver lo robado. Mejor dicho lo sustraído, ya que los fuertes no roban: conquistan o sustraen.

– Faltan dos vacas – se quejó Apolo.

Eran las que Hermes había sacrificado a los dioses. Mas para calmar la cólera de su hermano, el ladronzuelo hizo sonar la lira «tocando con el plectro todas y cada una de las cuerdas. Y al vibrar éstas armoniosamente, llenóse de gozo Apolo, pues su grato sonido le embelesó y le hizo sentir al punto vivísimo el deseo de apoderarse de ella».

Viendo Hermes que su hermoso hermano, el dios músico, el que dirigía el coro de las Musas, envidiaba su nuevo instrumento, se lo regaló en el acto.

Sintiéndose feliz Apolo y olvidando sus rencores le dio a cambio su látigo de vaquero hecho de un rayo de sol y hasta le instó:

– Ocúpate de ahora en adelante de las vacas.

Y así fue como hecha la paz y sellada con promesas solemnes de no perjudicarse mutuamente, en lo sucesivo su amistad fue imperecedera.

Apolo sería el dios de la lira y Hermes el divino protector de los rebaños.

No debe extrañar que un dios tan particularmente sagaz, útil y astuto, fuera muy afortunado en amores. Con Afrodita tuvo a Hermafroditos; con Antianeira, otros dos hijos, gemelos: Eritos y Echión, que figuraron entre los Argonautas. Otro vástago de Hermes fue Abderos, joven que fue amado por Herakles y muerto por las yeguas de Diomedes.

La leyenda atribuye también a Hermes la paternidad de Autólicos, el más desvergonzado de los ladrones mitológicos, y asimismo el más afortunado de ellos, puesto que su padre le había concedido el don de no ser sorprendido jamás. Igualmente se dice que Kefalos era hijo de Hermes, habido con Herse, una de las hijas de Kekrops. Y, por último, hay algunos que aseguran que Hermes se unió a la fiel Penélope, la mujer de Ulises, con la que tuvo el dios Pan.

Cierto día, Hermes encontró dos serpientes peleando y las separó con la varita o látigo que le dio Apolo, alrededor de la cual se encroscaron. Este es el Caduceo, que tiene el poder de acabar con todas las disensiones.

De las preciosas cualidades del inquieto y veloz Hermes o Mercurio se aprovechó su padre Zeus o Júpiter para encomendarle toda clase de comisiones, desde las nobles hasta las innobles, que desempeñaba con gran rapidez y solicitud.

Pero no solamente era el «correveidile» de los dioses, como se le ha llamado, sino también el dios de la elocuencia, por sus dotes de persuasión; el de la prudencia, la astucia y aun las raterías; el protector de los viajeros y caminantes; el que difundía los grandes inventos; el que protegía toda clase de trabajos y ejercicios físicos, especialmente aquellos en los que se empleaba la fuerza y la agilidad.

Y finalmente, y ésta es de todas sus representaciones la que ha triunfado modernamente, casi como única: era el dios del comercio y de la suerte, incluso en el juego.

Ocurrió un día que Zeus, al que como es sabido le entusiasmaban las aventuras amorosas, pretendió a Yuturna, hija de Dáceno, que era muy hermosa. Pero como a la joven no le agradaba el casquivano dios, huyó y se tiró al río Tíber, suplicando a sus Náyades que la ocultasen, a lo que éstas accedieron gustosamente.

Una de ellas, sin embargo, llamada Lara, indignada, participó a la diosa Juno lo que pasaba y ésta, celosa como siempre, convirtió a la bella Yuturna en fuente. Pero Júpiter, irritado contra la chismosa Lara, le ordenó que se cortara la lengua y dijo a Hermes o Mercurio:

– Anda, llévala al infierno, donde yo no la vea.

Pero Mercurio, conmovido por su desgracia y seducido por su belleza, se casó con ella. Tuvieron por hijos a los dioses Lares, genios buenos de las casas y custodios de las familias, como lo eran también los Penates.

Otra versión latina dice que los Lares descendían de Vulcano y de la diosa Maia, encarnación de la Tierra Madre.

Como es sabido, Mercurio era la divinidad romana que en la época clásica se identificó con el Hermes griego.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A

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En Novgorod la Grande, ciudad de la Santa Rusia, había un hombre llamado Sadko que era muy hábil en el manejo de la guzla. Todo el mundo apreciaba a Sad­ko porque decían que les alegraba el corazón con su música o conseguía, por lo menos, que sus lágrimas fue­ran como un bálsamo.

Esto le permitía al músico ganar buenas monedas de oro y plata, que le proporcionaban los mercaderes deseosos de procurarse el placer de escuchar sus canciones.

Pero como ya se sabe que los hombres somos tor­nadizos e ingratos, un buen día llegaron otros juglares, y aunque eran menos valiosos que Sadko, éste se que­dó sin nadie que quisiera oírle tañer su guzla, por lo que regresaba a su hogar un día y otro con la bolsa vacía.

Cada vez más triste y melancólico, Sadko acabó por no ir al lugar donde se reunían los mercaderes y con su instrumento bajo el brazo se iba hasta el lago Illmen. Y allí, sin más testigo que las tranquilas aguas, el Corazón se le desbordaba en sones que jamás había alcan­zado no sólo ningún jugar, sino ni él mismo.

—Tengo la impresión —se decía Sadko— de que mi música alcanza cimas nunca logradas.

Un día, cuando ya había ido cuatro o cinco veces al lago y el juglar estaba más entusiasmado tocando su instrumento, las aguas comenzaron a agitarse de mane­ra furiosa. En unos segundos, aquel lago tranquilo se convirtió en un mar embravecido con olas que remon­taban los más altos arboles de la ribera.

–¿Qué ocurre aquí? —dijo Sadko, huyendo despavo­rido.

Y aunque estuvo varios días sin aparecer por el lago, al fin lo hizo nuevamente llevado por una extraña atracción. Mira receloso las aguas y vio que estas se halla­ban en calma. Todo parecía normal. Entonces Sadko, ya tranquilo, sentóse en la roca de siempre y comenzó a tocar la guzla lo mejor que sabía.

Pero no bien sonaron los primeros acordes, cuando las aguas se agitaron nuevamente y unas olas gigantes se alzaron en la superficie del lago. Sadko salió corrien­do para internarse en el bosque cercano, pero una voz potente que procedía del lago le gritó:

— ¡Detente, Sadko, no temas! Mira, las aguas ya se han calmado.

El aterrado músico volvió la cabeza y vio estupefacto asomar sobre las aguas medio cuerpo de un enorme gigante. Era como un hombre extraordinariamente alto, tanto como la torre de una catedral.

—Ven, Sadko —le dijo—, acércate sin miedo. ¿No me conoces, verdad? Soy el dios de estas aguas y habito en el fondo de este lago. Desde allí he oído uno y otro día la música divina de tu guzla. Y como tañes tan bien, te has ganado mi afecto y, por tanto, quiero favore­certe.

— ¿Cómo me ayudaras? —se atrevió a preguntar Sadko.

—Mira, ya sé que ahora eres muy pobre —dijo el gigante—, pero yo te daré la solución para que remedies tu pobreza.

Y a continuación ordenó al asombrado músico que regresara a Novgorod y esperara pacientemente a que le llamaran de nuevo los mercaderes.

Entonces, una vez entre ellos, debía asegurar for­malmente que en el lago Illmen había peces con aletas de oro. Y apostar con los que se negaran a creerlo todo cuanto quisiera, pues el gigante le aseguraba que ga­narí a.

  • No tengas miedo y haz lo que te digo —término diciéndole.

A los pocos días se cumplieron las predicciones del dios del lago. Sadko fue llamado por unos mercaderes para que les distrajera con su música. Al final del ban­quete, Sadko comprendió que era el momento propicio y dijo:

  • Señores, ustedes, que han visitado tantos países, ¿han visto alguna vez peces con las aletas de oro?

Todos se echaron a reír, haciendo muecas de burla al músico al oírle pronunciar semejante cosa.

—No hay peces de esos —respondió uno—. ¿Los has visto tú, acaso?

—SI —contestó Sadko—. Muy cerca de aquí. En el lago Illmen.

Y como viera que todos tomaban a broma sus pala­bras, acalló con un gesto el vocerío general y agregó:

  • ¿No lo queréis creer? Entonces me apuesto tres cargamentos de pieles de Astrakán a que en ese lago hay peces con las aletas de oro.

Algo alegres por las copiosas libaciones, algunos mercaderes aceptaron la apuesta, no sin que uno, más rece­loso, dijera a Sadko:

—Y si pierdes, ¿de dónde sacaras tú las pieles? —Eso es cosa mía —respondió el juglar.

A la mañana siguiente todos los de la víspera fueron a la orilla del lago dispuestos a ganar la partida. Se embarcaron junto con Sadko en una barca y este no tardó en echar las redes al agua… Y ante el asombro de los mercaderes las sacó cargadas de pececillos de oro.

Entre los peces y los cargamentos de pieles, Sadko ganó mucho dinero. Y como luego se metió de lleno en negocios, no tardó en amasar una considerable fortuna.

Justo es decir, sin embargo, que seguía cultivando su maravillosa habilidad musical, pues no había día en que no tañera su guzla.

Un día, cuando regresaba con una nave cargada de riquezas y diversas mercancías, cruzando el Illmen, al llegar la noche se acomodó en la proa y comenzó a tocar su instrumento.

Repentinamente, las aguas del lago comenzaron a agitarse de manera extraña. Las olas eran tan altas y peligrosas que amenazaban con hundir la embarcación. Los marineros corrían asustados por la cubierta dando gritos, sin comprender lo que estaba sucediendo.

Sadko fue el único que adivino de que se trataba. Y estimando que pudiera estar irritado el dios del lago, por no haberle hecho partícipe de sus inmensas ganan­cias, ordenó a sus hombres:

—Echad inmediatamente al agua un tonel lleno de oro.

Pero la tempestad no amainó por eso. Ni tampoco cuando le arrojaron otros varios toneles más llenos de riquezas. Todo fue en vano.

—Quizá el dios exija una víctima humana —sugirió un marinero.

Entonces eligieron a suerte el que debía ser sacrifi­cado y fue el propio Sadko el elegido. Pero como quiera que él era el jefe de la expedición y el dueño de la nave, sortearon de nuevo, pero volvió a salir el mismo resul­tado. Y así sucedió cuantas veces lo hicieron.

—Eso es que el dios desea que sea yo —dijo Sadko.

Y convencido de que con esta repetida elección se manifestaba la voluntad del gigante del lago, dispuso sus cosas y se arrojó al agua con la guzla bajo el brazo.

—Quería que bajaras tú —le dijo el dios al verle aparecer en el fondo del lago—. Necesito tu música.

Sadko vivió durante varios meses en el palacio del dios, un maravilloso edificio hecho de corales y algas, en el que oficiaban de servidores los peces de las más diversas especies.

—Tu quehacer solo consistirá en tocar la guzla —dijo el dios a Sadko.

Y tan pronto como este hacía sonar su dulce música, el gigante se ponía a danzar frenéticamente. Parecía co­mo si el sonido de la guzla hiciese entrar al dios del lago en un raro paroxismo, haciéndole danzar loca­mente de manera infatigable.

Cierto día al dios le dio uno de estos arrebatos. Durante horas y horas estuvo danzando con frenesí, con agilidad increíble. Ya llevaba tres días así, bailando sin cansancio, cuando se apareció a Sadko un venerable y bondadoso anciano, que le dijo:

—Hijo mío, si amas a tu prójimo, haz el favor de dejar de tocar tu guzla. ¿No sabes lo que está ocurrien­do desde hace tres días? Cientos de personas mueren por tu culpa. Y todo ello se debe a que la danza del gigante agita peligrosamente las aguas del lago y casi todas las naves se hunden, ya que no pueden resistir unas olas tan desusadas y violentas.

—Así que por mi culpa… —le interrumpió Sadko. —Si hijo —repuso el anciano—, por causa de tu música se suceden a diario las desgracias.

Sadko recordó entonces el repentino encrespamiento de las aguas cuando tocaba a la orilla del lago. Y, sin pensarlo más, rompió las cuerdas de su guzla.

—Se me han roto sin querer —alegó después ante el dios.

Y como sin cuerdas mal podía deleitarle con su música, prosiguió suplicante:

—Señor, permitidme regresar a mi tierra.

Y el gigante, aunque triste y desencantado, se avino a hacerlo tal como se le pedía y condujo a Sadko hasta la orilla del lago, donde solía ponerse a tocar su mara­villoso instrumento.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Hace mucho tiempo hubo en Cornualles un rey lla­mado Marco, que tenía una hermosa hermana llamada Blancaflor, a la que casó con el rey de Leonis como recompensa por los grandes auxilios que de él había recibido en una guerra.

Quiso la mala suerte, sin embargo, que mientras él se hallaba en plena luna de miel en la apartada corte de Marco, un eterno enemigo suyo se aprovechara de su ausencia para entrar a sangre y fuego en sus propias tierras. Tuvo, pues, que embarcarse precipitadamente para su país y llevarse consigo a Blancaflor, que dejo al cuidado de un hombre de toda su confianza en un castillo que considere seguro, mientras iba a combatir al frente de sus leales súbditos.

Pasó el tiempo y Blancaflor, que estaba a punto de darle sucesión al rey de Leonis, recibió la fatal noticia de que su esposo había sido asesinado a traición por su mortal enemigo.

Fue tan honda la pena de la joven viuda que no sintió más que el deseo de dejarse morir ella también. Y cuando a los pocos días dio a luz un hermoso niño, dijo:

—Como ha venido al mundo entre tristezas se llama­ra Tristán.

Dicho esto besó a su hijo y cayó muerta.

Poco después, el castillo, que parecía tan seguro, fue asaltado, y el hombre de confianza del difunto rey tuvo que rendir vasallaje al usurpador triunfante, y para salvar la vida del recién nacido Tristán lo hizo pasar por hijo suyo.

Así se crió el niño hasta los siete años, y entonces fue confiado al escudero Gorvelán para que hiciera de él un perfecto caballero, apto para superar a los demás en lo físico y lo espiritual. Por desgracia, tanto llamaba la atención con sólo verlo tan hermoso, apuesto y arro­gante, que fue robado por unos mercaderes noruegos, que pensaron poder venderlo a buen precio, y que se lo llevaron en su barco.

Pero no contaban aquellos ladrones con que una horrible tempestad se desencadenaría amenazando aca­bar con su nave. Y, como buenos supersticiosos, creyeron que el robo de aquel muchacho había atraído la des­gracia sobre ellos.

—En cuanto podamos lo abandonaremos en una pla­ya desierta —dijeron.

Pero nada más verse en tierra, Tristán huyó, internándose en un espeso bosque donde se encontró con unos cazadores que perseguían un ciervo. Y en recom­pensa de un servicio que les presto, enseñándoles, a pe­sar de su corta edad, algo cinegético que ellos ignora­ban, lo llevaron a la corte del rey Marco coma una maravilla de habilidad y saber.

Y allí lo adopte, casi paternalmente, el rey de Cor­nualles, que no tardó en averiguar que aquel gallardo y valiente mozo, convertido en uno de sus mejores gue­rreros, era su sobrino. A él quedó después ligada toda su vida.

A Tristán le distinguía la donosura, su maestría en tañer, cantar, danzar y todo arte exquisito del espíritu, la habilidad en juegos y pruebas de ingenio. Y, final­mente, de manera especial, su destreza en el manejo de la espada, lanza, jabalina, maza y hacha o ballesta, así fuera de la guerra, como en cacería o torneos.

Poco tiempo después acaeció que el rey de Irlanda reclamó el pago, que hacía muchos años se le debía, de un tributo de trescientos mancebos y trescientas doncellas elegidos por sorteo entre las familias de Cor­nualles.

El encargado de cobrar esta odiosa comisión era el gigante Morholt, cuya sola figure ponía horror en los corazones. Acompañado de varios caballeros irlandeses se presentó ante la corte del rey Marco reclamando el inmediato pago de la deuda.

  • Pero en el caso de que alguno de los presentes —dijo Morholt— no lo crea justo, saldrá a pelearse conmigo en singular combate, y si queda vivo, lo que pongo en duda, podrá enorgullecerse de haber librado a su patria, a partir de ese momento, de tal acto de

Ni uno solo de los nobles de la corte se atrevió a moverse, pero el joven y pundonoroso Tristán, que esta­ba presente, ante el asombro de todos, arrodillóse a los pies del monarca y le suplicó:

  • Señor, concededme el don de aceptar ese desafío.

Aunque el rey lo sintiese, acabó por concedérselo, y Tristán, después de una terrible y desproporcionada lucha, salió victorioso. Tan valerosamente se porta que su espada le abrió el cráneo al gigante y tan fuerte fue el golpe que la hoja quedó mellada y la mella profun­damente adherida a la caja ósea.

Cuando el cadáver del gigante Morholt fue llevado a Irlanda para enterrarlo en Weisefort, la rubia Iseo o Isolda, sobrina del difunto, logró arrancar el acerado fragmento del arma y lo guardó como una reliquia en un cofrecillo de marfil. Y desde entonces, aun sin cono­cerlo, aprendió a odiar el nombre de Tristán de Leonis.

Sin embargo, llegó un día en que la joven que tanto lo odiaba le salvó la vida sin saber quién era.

En efecto, Tristán había quedado malherido en su lucha con el gigante. Las heridas habían sido hechas con arma emponzoñada, produciéndole pústulas que no se cerraban jamás. Los médicos le aplicaban cuantos remedios sabían, pero el pobre Tristán no se recupera­ba. Y como sus heridas despedían tal olor que nadie era capaz de soportarlo, al fin solo el rey y dos íntimos amigos, Gorvelán y Dimas de Lidán, tenían la caridad de llegarse a él para limpiarle las llagas. Pero hasta estos se cansaron un día.

—Lo mejor será —le aconsejaron— que vayas a vi­vir a una choza junto al mar, lejos de tierra habitada.

Tras unos meses de estar allí, esperando su muerte, Tristán decidió probar fortuna a la desesperada. Y embarcándose en una pequeña nave completamente solo, navegó al garete días y días. Al fin, le recogieron unos pescadores irlandeses que le llevaron a la población marinera de Weisefort, donde estaba enterrado el cadáver del gigante Morholt. El señor de aquellas tierras era el monarca que había venido cobrando los tributos de Cornualles.

Tristán se hizo pasar por un mercader que, navegando con rumbo a España, había sido asaltado y herido por unos piratas. Su mentira fue creída y los pescado­res le hablaron de que la hermosa rubia Isolda podría seguramente curarle, pues era sabia en materia de ungüentos y elixires de raras virtudes.

La rubia Isolda, hija del rey de Irlanda, se apiadó de Tristán y en cuarenta días le curó con sus casi divi­nas manos, únicas que podrían ya curarle en sus más desgraciados accidentes, porque así lo quería el des­tino.

Una vez curado, y de nuevo en la corte de Cornua­lles, Tristán fue acogido por su tío Marco con grandes muestras de afecto, lo que provoco la envidia de los barones Ganelón, Andret, Denoallen y Godoino, al te­mer que el héroe fuese nombrado heredero del trono.

Como el rey Marco era soltero, anunció, ante tanta insidia, que elegiría esposa, aunque no la deseaba, por intentar tener un hijo que heredara el trono. Pero, ante las muchas novias que le proponían, puso como condición:

—Solo me casare —dijo— con la mujer de quien sean unos rizos de oro que ha llevado hasta mi habitación una golondrina en el pico.

Tristán se ofreció para traerla a Cornualles, pues pensó que dicha mujer no podía ser otra que Isolda, la rubia hija del rey de Irlanda, su mayor enemigo desde la muerte del gigante Morholt.

Audaz como siempre, se dirigió a Irlanda, desafiando todos los peligros. Pero al llegar a aquella corte, se halló con una población aterrorizada, porque una monstruosa fiera iba todos los días a una de las puertas de la ciudad y no dejaba entrar ni salir a nadie, si no se le entregaba una doncella, que devoraba en pocos ins­tantes a la vista del horrorizado pueblo.

Tenía aquel monstruo, de horrible voz y espeluznan­te aspecto, la cabeza de oso, los ojos como dos encen­didas brasas, dos cuernos en la frente, largas y peludas las orejas, garras de león, cola de serpiente y el cuerpo cubierto de escamas. El monarca había hecho prego­nar:

“Al que mate esa fiera le daré en premio como esposa a mi hija Isolda, la de los cabellos color de oro.”

Veinte caballeros habían intentado ya realizar la pe­ligrosa empresa; pero a todos los había devorado el monstruo.

Tristán no se arredró por eso. Cuando vio avanzar a la fiera, fue contra ella y empezó una lucha descomu­nal. De nada servían los furiosos golpes que le asestaba con sus armas; ni siquiera hacían mella en sus esca­mas.

De pronto, el monstruo lanzó por sus narices dos chorros de venenosas llamas que, alcanzando al caballo del héroe, lo mataron. Pero Tristán, a pie y a pesar de tener destrozado el escudo, hundió su espada en las fauces de la fiera con tal fuerza y acierto que le partió el corazón, dejándola muerta.

Le cortó entonces la lengua y la guardó como prueba innegable de que la horrible fiera había sido muerta por él. Pero su proeza le dejo tan rendido y maltrecho que, sin poder dar un paso, cayó tendido en tierra, en­tre unos cañaverales.

A todo esto, el senescal del rey, que deseaba a Isolda como esposa, pero era incapaz de enfrentarse con el monstruo para obtenerla, cuando vio terminada la lucha y caer a Tristán se acercó y cortó la cabeza de la fiera. Al presentarla en palacio dijo:

—Yo le he dado muerte.

La rubia Isolda, al oírlo, prorrumpió primero en una gran carcajada y luego en llanto, al ver que sería dada al más vil y cobarde de los nobles del país. Sin embargo, sospechando la falacia del senescal, se encaminó al Lu­gar de la lucha con su paje Perinis y su doncella Bran­gania.

En efecto, allí estaba el monstruo con la cabeza cor­tada, pero había también cerca de allí un caballero des­conocido, de bruces sobre un charco de sangre. Los fieles servidores de Isolda lo llevaron en un caballo se­cretamente hacia las habitaciones destinadas a las mu­jeres en el palacio.

Isolda curó las heridas de Tristán durante varios días, pero no le reconoció, tan desfigurado había llegado a ella la primera vez. Sin embargo, sentíase vivamente interesada por él.

Un día, curioseando en sus armas, Isolda descubrió que el filo de la espada del herido estaba mellada. En­tonces se le ocurrió que acaso fuera aquella la misma que mató al gigante Morholt. Corrió a comprobarlo con el fragmento que guardaba, y ya cerciorada, se lanzó sobre Tristán empuñando la espada.

  • ¡Tú eres Tristan de Leonis, el que math a Morholt!

Pero aquel hombre tan apuesto e indefenso la con­venció con serenidad de que todo había ocurrido en no­ble lid. Y tan convencida quedó la hermosa princesa que, enamorada sin saberlo, tiró la espada y como signo de paz dio un beso en los labios al vencedor del monstruo.

En realidad pudo más en Isolda la atracción del héroe que la fuerza de la sangre. Además, era mil veces preferible Tristán que el odioso senescal.

Por cierto que cuando éste se presentó al rey pidiendo la mano de Isolda, Tristán dejó que mostrara la ca­beza como prueba y que se envaneciera en su pretendida proeza, para luego salir él enseñando la lengua del mons­truo, dejándole así completamente en ridículo.

Tristán conquistó por derecho a la rubia Isolda, pero no sin dificultad logró que el rey de Irlanda se la concediera al saber quién era. Lo que allanó el camino fue que Tristán dijo al monarca:

—Juro solemnemente que no me llevo a Isolda para mí, sino para el rey de Comualles, que hará de ella su legitima esposa, con lo cual la paz reinara siempre entre Irlanda y el reino de Marco, del cual soy emba­jador.

Isolda fue presa de la mayor desesperación al oír aquello. Pese a todo no tuvo más remedio quo partir con los extranjeros.

Pero la previsora madre de Isolda, hábil en preparar sortilegios y filtros mágicos, confeccionó uno por el cual los dos futuros esposos se habrían de amar eternamente si lo bebían. Esperaba así la reina vencer la aprensión previa de su hija hacia su futuro marido. Con gran secreto lo confió a la doncella Brangania, que era la pre­dilecta de Isolda, ordenándole que se lo diera a beber a los esposos en la noche de bodas.

La sirvienta juró que cumpliría con el mayor celo el encargo, del que nadie se enteraría. Pero un solo descuido que tuvo fue fatal. Durante la travesía, Isolda se mostraba melancólica e irritada por creerse desdeñada por el que ella creyó que la había conquistado para sí y no para otro que no conocía.

Y ocurrió que en un día de extremo calor, y con la mar en una calma expectante, en ausencia de la doncella, primero Isolda, luego Tristán, sintiendo que les aho­gaba la sed, bebieron del filtro amoroso creyendo que era un líquido refrescante.

Inmediatamente ambos sintieron los efectos de aquella bebida, y cuando Brangania entró donde Isolda y Tristán estaban, los encontró mirándose tan extraña y apasionadamente junto al frasco vacío, que exclamó consternada:

— ¡Acabáis de beber con esto el amor y la muerte! Y cogiendo el frasco vacío lo arrojó furiosamente al mar.

A partir de entonces el odio de Isolda hacia su acompañante se trocó en un amor desenfrenado, al que Tristán correspondía con no menos pasión, aunque se despreciaba a sí mismo en su conciencia porque tenía que confesarse reo de la mayor deslealtad cometida contra su rey. Aquel amor no podía confesarse, pero ¿cómo ahogarlo, si parecía incontrastable?

Fue Isolda la que, al fin, roto el freno del pudor, pronunció el franco y brutal, ¡te amo!, que unió a los dos amantes en un beso y un abrazo y los tendió en un mismo lecho, mientras la nave volvía a emprender su ruta hacia Cornualles para llevarle al rey su futura esposa.

La boda se verificó con gran pompa, y con ella em­pezó para Tristán e Isolda una nueva vida, mezcla con­tinua de lealtad y doblez lindado con el crimen, de suspicacias y arrepentimientos por parte del viejo Mar­co, que unas veces quería matar a los dos amantes y otras los perdonaba.

Al principio, la doncella Brangania ideó el ardid, de acuerdo con su señora, de suplantarla en el tálamo nupcial, mientras Isolda corría a buscar a Tristán, que dormía a pocos pasos del lecho real.

Naturalmente, el rey no tardó en enterarse de lo que ocurría, y aunque no descubrió juntos a los dos aman­tes, gracias a la fiel Brangania, decidió expulsar a Tristán de la corte. Antes de partir, Isolda, triste y llorosa, le dio un anillo de esmeraldas diciéndole:

—Siempre que me hagas saber un deseo tuyo, con esta joya lo cumpliré sin pensarlo.

Deseando vencer al destino, Tristán fue al destierro, yendo a parar a Bretaña. Allí encontró otra Isolda, lla­mada la de las Blancas Manos, y se casó con ella procu­rando olvidar a la otra, aunque sin conseguirlo.

Este casamiento sería causa de la muerte de Tristán. Poco después su cuñado Kaherdín combatió con un fuerte enemigo y él le ayudó en la contienda. Lo malo fue que en ella recibió una herida de lanza emponzoñada.

—Necesito a Isolda, la rubia —dijo el héroe–. Ella me curará como otras veces.

Kaherdín se ofreció a ir a Cornualles para traerla. Llevo consigo el anillo de esmeraldas que Isolda diera a Tristán. Los dos cuñados habían quedado en que, al regresar Kaherdín, si traía consigo a Isolda, la rubia, izaría una vela blanca en la nave; si no, una negra.

Pero la otra Isolda, la de las Blancas Manos, oyó la conversación sostenida entre su esposo y su herma­no, y llevada por los celos, se trocó en odio hacia Tristán lo que poco antes fuera amor.

Entretanto, el héroe yacía en el lecho, incapaz de moverse. Solo vivía para la espera.

Un día, su esposa Isolda se acercó a él y le dijo: —Regresa Kaherdín. Su embarcación se ve a lo le­jos.

— ¿De qué color es la vela? —preguntó ansioso Tristán.

  • Es completamente negra —mintió la de las Blancas Maros.

Entonces Tristán volvióse bruscamente contra la pa­red mientras su corazón latía locamente. Deja oír tres grandes suspiros, y tras pronunciar el nombre de Isolda, expiró.

Un momento después una nave de vela muy blanca arribó al puerto. De ella descendió Kaherdín con la her­mosa y rubia Isolda.

  • Ha muerto Tristán, la prez de los caballeros —les

Cuando la tan esperada amante llegó a la habitación donde yacía el cadáver de su amado, apartó a la otra Isolda autoritariamente, diciéndole:

  • ¡Apartaos de ahí! ¡Yo he amado a Tristán más que nadie!

Y tendiéndose junto al muerto, abrazó el cuerpo exánime del héroe, le besó con afán en los labios y, como si en ellos sorbiera la muerte, entregó su alma a la misericordia de Dios.

Y cuéntase que cuando el rey Marco se enteró de la muerte de los dos amantes que tantos malos ratos y disgustos le dieron, cruzó el mar, se presentó en Bretaña, donde se había desarrollado la tragedia, e hizo construir dos ricos sepulcros, uno de azul calcedonia para Isolda y otro de verde berilo para Tristán. Y puestos en ellos los dos cuerpos, siempre amados, se los
llevól a su tierra de Cornualles y los hizo colocar a derecha e izquierda del ábside de una capilla.

Al día siguiente, los fieles vieron con estupor que, aquella misma noche, había brotado en la tumba de Tristán un rosal silvestre cubierto ya de abundantes hojas, fuertes ramas y olorosas y carmíneas rosas, que fue a hundir su tallo en la tumba de Isolda.

Por tres veces cortaron el rosal los campesinos y siempre renacía tan frondoso y perfumado como antes y con la misma inclinación. Maravillados, fueron a contárselo al rey, y este ordenó:

—Que nadie lo corte, puesto que desean estar unidos hasta después de muertos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

Cierto día, los guerreros de Odín consiguieron apri­sionar al feroz lobo Fenris, pero no podían retenerlo porque todas las cadenas no bastaban para dominar su fuerza, por lo que tuvieron que recurrir a la indus­tria de los genios enanos y malhechores, aunque obre­ros muy hábiles.

“Con el paso de un gato, la barba de una mujer, la raíz de una peña, el suspiro de un oso y el alma de un pez”, formaron una cuerda que ni el mismo Fenris pudo romperla. Se necesitaba, sin embargo, mucha astucia para poderla enganchar al lobo, ya que este desconfia­ba, por lo que Odín decidió:

—Mi hijo Thor arriesgará un brazo como prenda en las fauces de la fiera.

Tras semejante convenio, lograron los ases amarrar al lobo pasando la cuerda a través de una roca horadada, haciéndola llegar hasta las entrañas de la Tierra. Al darse cuenta Fenris de que había sido apresado, destrozó el brazo de Thor, y de los sanguinolentos es­pumarajos de rabia que salieron de su boca se forma el rio Wam, o de los Vicios.

Al ver morir a su amado lobo, el dios Loki, desespe­rado, decidió vengarse. Para ello no pensó sino en matar a Balder, el segundo hijo de Odín y de Friga. Bal­der, dios de la luz, era un joven inteligente y apuesto, muy estimado por los dioses. Su hermosura era tal, que su presencia llenaba todo de claridad. Bastaba ver­lo y oírlo para amarlo.

La vida del alegre dios transcurría feliz, sintiéndose amado y amando a la vez, hasta que, de pronto, empezó a ser víctima del presentimiento de que podría mo­rir de un golpe. Para calmarle, su madre, Friga, hizo prometer a todos los seres de la tierra que ninguno atentaría jamás contra él.

Vuelto a causa de ello invulnerable, los dioses, para acabar de calmar al joven dios, un día que estaban todos reunidos y de fiesta empezaron a lanzar contra el cuanto hallaron a mano: piedras, dardos, hasta sus ar­mas, sin conseguir herirlo ni hacerle daño siquiera.

Pero el envidioso y perverso Loki, fingiéndose muy contento, pregunto a la diosa Friga si verdaderamente había convencido a todos los seres del universo de que no perjudicasen a su hijo.

—A todos, excepto al débil muérdago —respondió incautamente la madre—. Me pareció incapaz de hacer ningún daño.

Loki no perdió el tiempo. Cortó esta planta y con su tallo construyó una varita. Al regresar al Walhalla, donde todos se hallaban jugando, le dio la varita al ciego Hoder y le dijo:

—Anda, lánzala en la dirección que yo to indicare. Hoder lo hizo sin desconfianza, y la leve flecha, al menos en apariencia, fue a alcanzar a Balder en el corazón, atravesándoselo y dejándolo sin vida. Entre las divinidades cundió gran pesar. La esposa de Balder, la hermosa Nanna, murió de pena y fue enterrada junto a su marido.

Entretanto, los ases no se consolaban por la muerte de Balder, por lo que la atribulada madre Friga les pre­gunto:

— ¿Hay entre vosotros alguno que consienta en des­cender al reino de Hel (el reino de los muertos), para rescatar a mi hijo Balder?

Inmediatamente, el valiente Hermodo, uno de los hijos de Odín, salto sobre Sleipmir, el caballo de su pa­dre, y se puso en camino. Hel accedió a libertar a Bal­der, pero puso esta condición:

—Lo dejaré salir de mi reino si todos los seres del mundo, sin exceptuar ninguno, están conformes con ello y vierten alguna lágrima.

Satisfecho y alegre Hermodo, al ver quo esto era muy fácil, regresó a la Tierra, pero se encontró con que en la caverna de una montaña una giganta llamada Thonk se negó a verter ni una lágrima, pese a las sú­plicas de todos los dioses.

—Ni durante su vida ni después de su muerte —respondió la giganta—, he recibido de él servicio alguno; que Hel conserve lo que tiene.

Como es fácil suponer, la vieja y malvada giganta era el dios Loki disfrazado. Y así Balder, al no poder ser rescatado, tuvo que permanecer para siempre en el rei­no de los muertos.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Cuéntase que Susanoo, el dios de las Tempestades y del Valor, expulsado del cielo por su agresividad y mal comportamiento, se quedó en la tierra en lugar de tras­ladarse al mar, lugar al que había sido destinado. Y para no aburrirse se puso a viajar de un sitio a otro, observando las cosas y estudiando a los hombres y a las mujeres.

Cierto día, hacia la puesta del sol, llegó junto al rio Ki, en cuya ribera vio una alquería que atrajo su atención, por lo que, decidido a pedir hospitalidad por aquella noche, se encaminó resueltamente hacia la entrada.
Pero cuando ya se hallaba a corta distancia de la misma, hirieron sus oídos unas voces lamentables, interrumpidas de vez en cuando por sollozos y suspiros.
Susanoo detúvose perplejo en el umbral y echo una rápida ojeada al interior de la casa. En el centro de una estancia desnuda y con el hogar sin fuego, se hallaban tres personas: un anciano, una anciana y una muchacha de rara belleza, de larga cabellera, negra como la noche, y hermosos ojos brillantes como estrellas. Los tres se lamentaban, llorando y golpeándose el pecho en señal de desesperación.

  • ¿Qué os sucede? —preguntó Susanoo—. ¿A qué se debe tanto dolor?

El anciano alzó el rostro lleno de arrugas y húmedo de lágrimas hacia aquel desconocido y respondió:

—Soy Asizanuci, esta es mi mujer Tenazuci y la mu­chacha que aquí veis llorando es mi hija Kunisada, a quien dentro de poco el dragón de las ocho cabezas vendrá a buscar para llevársela a su guarida y devo­rarla.

  • ¿Qué monstruo es ese? —preguntó intrigado el dios Susanoo.

— ¡0h! Es un monstruo enorme, que con su mole ocupa ocho valles y ocho colinas; tiene ocho cabezas y ocho colas. Sus ojos son de fuego, su vientre lanza chispas y su cuerpo está cubierto de un espeso bosque de cedros gigantescos. Este monstruo se ha llevado todas mis riquezas; ha devorado uno tras otro todos los animales que había en mi establo y todos los siervos y criados que poblaban mi hacienda. Y ahora que me ha despojado de todo, viene a quitarme la única alegría de mi vida, esta hija adorada, en la que había puesto todas mis esperanzas.

Conmovido por aquel relato, dijo Susanoo:

—Si Kunisada quiere ser mi esposa, os prometo que la salvare del dragón.

Y para darse a conocer, abrió la capa de peregrine que lo cubría, y al instante apareció a los ojos de los presentes en toda su prestancia y majestad divinas. Los afligidos padres accedieron gustosos a la propuesta de Susanoo, y también la bella Kunisada se acercó al joven dios, confiada, ofreciéndole su blanca mano, que este apretó entre las suyas con ternura.

En aquel preciso momento, la tierra tembló terrible­mente y un terrible aullido resonó en la noche. El dragón se acercaba a la alquería. Ya se divisaban las dieciséis llamas de sus encendidos ojos, que desgarraban las tinieblas con lívidos resplandores, en tanto que su cuer­po inmenso, semejante a una gran montaña, se iba aproximando, arrasándolo todo a su paso.

Susanne desenvainó decidido su refulgente espada, que le había regalado el dios de la Guerra, y ordenó a los dos ancianos y a la muchacha, qua rezaban temblorosos en un rincón de la estancia:

—Llenad en seguida ocho odres de aguardiente «sake» y ponedlos frente a la entrada de la alquería.

Mientras tanto, el fiero dragón avanzaba, veloz como el pensamiento, a pesar de su gigantesca mole. Pero al llegar cerca de la casa se detuvo: había sentido los efluvios del «saké», del que era muy aficionado. Luego, sin vacilar, metió las ocho cabezas en los ocho odres y se puso a beber con avidez.

El monstruo bebió y bebió hasta que, embriagándose por completo, se durmió profundamente lanzando tremendos y aterradores ronquidos.

Susanoo se acercó entonces al dormido dragón y re­sueltamente hundió infinitas veces la hoja de su espada en el cuerpo inmóvil. Poco después miles de chorros de sangre negruzca y pestilente manaban de las heridas come cascadas, formando a lo lejos un agitado río de sangrientas olas.

Aunque sin duda el dragón estaba ya muerto, para mayor seguridad, el valeroso Susanoo hundió una vez más su afilada arma junto al corazón del monstruo.

Entonces se escuchó un ruido metálico, y al instante la espada divina saltó hecha pedazos.

–¿Qué ha ocurrido? —pregunto extrañado Susanoo.

Y deseando averiguarlo, el dios descuartizó el cuerpo del dragón. Pero su asombro no tuvo límites al descubrir en sus entrañas un sable diamantino de rara belleza.

—Este hermoso sable —dijo Susanoo, mientras lo sacaba de su original vaina— lo regalare a mi hermana Amaterasu para obtener su perdón.

Instantes después, tomó de la mano a la bella Kuni­sada y la condujo a su maravilloso palacio, ceñido de nubes plateadas, donde vivió feliz con su esposa el resto de sus días.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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En tiempos remotísimos el Señor del Cielo ofreció al Día el don maravilloso del sol.

—Te concédo la bendición —dijo— de la luz alegre. Así colmarás de esperanza el corazón de los hombres, presidirás sus trabajos y los harás leves con tu luz.

La Noche, en cambio, quedó humillada en su triste mundo de tinieblas, envidiando la luminosidad radiante del Día.

Y ocurrió que el gigante Ti-Nu quiso consolarla, com­padecido de su tristeza. Entonces, con sus enormes manos, insensibles a la violencia destructora del fuego, ahondó en el cuerpo tórrido del sol y arrancó una parte del mismo. Después corrió con su carga hacia el oscuro reino de la Noche.

Pero el perrazo Pao se lanzó en su persecución. Ti-Nu corría velozmente. Sin darse cuenta había envuelto la porción de sol en un gran saco de nubes que tenía más agujeros y roturas que un viejo colador. Por esta razón la materia luminosa caía en los campos de la Noche, formando trizas de fuego, cual florecillas incan­descentes.

Sin embargo, el gigante Ti-Nu, preocupado por su fuga, no se daba cuenta de nada. No vio siquiera el gran balde en el cual Pa-Me, la mujer de la inmensidad, había vertido la leche argentina de la cabra Siol, la protegida de los dioses.

Ti-Nu tropezó, pues en aquel balde y la última porción de sol cayó dentro de la leche, quedó desleída, perdió el intenso resplandor y se convirtió en una forma redonda de discreta luminosidad.

Entonces el gigante, decepcionado, la arrojó en el seno de la Noche y siguió corriendo perseguido por el perrazo.

Lo que Ti-Nu no supo era que había creado el firma­mento, con las refulgentes estrellas y la pálida luna, protectora de los sueños y las ilusiones de los enamo­rados.

Poco después el padre de los dioses creó la tierra. Y en ella puso las plantas, los animales y el hombre. A este le dotó de todas las virtudes. Le dio la belleza, la inteligencia, la fuerza y la sensibilidad.

Pero en el momento en que el Señor del Cielo estaba otorgando tan esplendidos dones a su criatura, el espíritu de la sombra se presentó ante el para formularle una importantísima petición.

Por esta causa el padre de los dioses se olvidó de concederle al hombre el último don, el valor.

Y soplando sobre él le envió, tal como estaba, a la tierra.

El hombre era feliz entonces. Sonreía a las plantas, a las flores, a los pájaros, y se miraba complacido en el agua quieta y límpida de los lagos.

Pero cuando del espesor de un zarzal salió el cuerpo ondulante y viscoso de una enorme serpiente y los ver­des ojos enigmáticos del reptil le miraron con fijeza, aquel hombre, que no tenía entre las cualidades divinas, la del valor, sintióse morir de miedo, sin que pudiera dar ni un paso, ni lanzar un grito en demanda de auxilio.

Entretanto miraba desesperado y hechizado la cabeza del reptil que se le acercaba implacablemente y en la que brillaban como dos esmeraldas sus fríos ojos ver­des.

Kin, el espíritu del aire, corrió en su ayuda. Y logro salvarle. Pero ya la serpiente había soplado sobre el hombre su hálito emponzoñado y maligno.

Así fue como en el ánimo del hombre entraron entonces el egoísmo, la traición, la crueldad, la sospecha y la envidia. Y estos venenos trastornaron también su belleza. Por ello el hijo del sublime Señor de los Cielos es, desde tantos siglos, infeliz y desgraciado.

Y lo seguirá siendo mientras no logre liberarse del peso del mal que oprime su espíritu.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Los primeros hombres que habitaron la tierra eran inmortales. Pero pronto llegaron a ser tan numerosos que el mundo no tuvo fuerzas para poderlos soportar. Y cuando estaba a punto de ahogarse en las profundas aguas que debían tragarlo, lanzó al infinito un desga­rrador grito de auxilio.

El rey de los dioses, el Augusto de Jade, lo oyó y al ver que lo que había creado estaba por desaparecer, fue presa de una terrible ira. Entonces de su cuerpo se desprendió un fuego que empezó a devorar el cielo, la tierra, el espacio y el universo con todos los seres que contenía.

Desde su palacio de oro los demás dioses vieron el devastador incendio, y lanzando un grito de terror y de compasión se echaron a los pies del Señor del Cielo, y pidieron gracia.

El Augusto de Jade se dejó convencer, apagó el fuego de su ira y con un solo gesto creo la cabeza de una nueva diosa. Vestida con un traje negro y rojo, con los ojos oscuros y brillantes, la cabeza recubierta de ador­nos divinos, la joven diosa permaneció allí, esperando ante su creador.

—Te llamarás Muerte —le dijo el Señor del Cielo — y serás dueña de la vida de todos los seres vivos. Tú los destruirás cuando quieras, sean listos o tontos, pobres o ricos.

La diosa fue presa de gran desesperación al oir esas órdenes. Se echó a los pies del Augusto de Jade, y se puso a llorar desconsoladamente.

—Señor —dijo entre sollozos—, ¿deberé sembrar el terror en el corazón de todos los seres? ¿Solo me has creado para este terrible cometido? ¿Habré de ser el objeto de todas sus maldiciones?

Mientras tanto, sus lágrimas corrían, abundantes, por sus pálidas mejillas y llegaban hasta el suelo, formando un río. El dios, conmovido, se inclinó sobre ella y le dijo, dulcemente:

—No llores, divina joven, no llores. Obedece mis órdenes, destruye los seres vivos; no tendrás ninguna culpa por ello. Las lágrimas que derramaron tus magníficos ojos y que ahora, reunidas en un río, corren a mis pies, se transformaran en numerosas enfermedades que, al cabo de cierto tiempo, truncaran la vida de los hombres. La culpa de su muerte será de esas enfermedades, y no tuya. Ve, pues, y cumple con tu deber, hija mía.

Tras oír estas palabras, la Muerte se secó los ojos y sonrió a su padre. Después, bajo a la Tierra.

El caos ya había finalizado por entonces. El Augusto de Jade, padre de los dioses, había acabado de organizar su celeste imperio. Reinaba sentado en un trono de zafiros; a su diestra se sentaba la Estrella del Sur, Nam Tao, que llevaba el registro de nacimientos, mien­tras que a su izquierda estaba la Estrella Polar, Bac Dan, encargada del registro de las muertes.

De vez en cuando el Señor del Cielo adoptaba el as­pecto de Pájaro de Fuego quo tenía antes de la creación, y acompañado por el Genio de la Tierra, Tho Dia, bajaba a visitar el globo.

Mas al verlo tan triste y desolado, semejante a una pelota de arcilla amarilla, no hacía más que cavilar pensando que podría hacer. Por fin, un día dijo a uno de sus oficiales, el viejo Kim Kuang:

—He decidido crear hombres y animales sobre la tierra. Y tú, Kim Kuang, iras a echar esta haz de hier­bas, cada una por separado, y estos dos enormes granos de arroz.

Después de inclinarse respetuosamente ante el Señor del Cielo, Kim Kuang montó en el arco iris para cumplir la misión que le habían confiado. Y cuando estuvo cerca de la tierra arrojo el manojo de hierbas.

Pero sea por negligencia, o por incapacidad del oficial, el hecho es que la hierba cayó en manojo y no por separado, como le había ordenado el padre de los dioses.

Kim Kuang vio que la mancha crecía rápidamente, y que muy pronto la hierba cubría todo el espacio que no estaba sumergido par las aguas.

Al ver aquello, miró los dos granos de arroz, y se dijo:

—Si cada grano se multiplica como la hierba, no quedara en la tierra lugar para los hombres y los ani­males.

Y, por eso, solo echó un grano; el otro se lo comió.

Poco después, cuando el padre de los dioses creó los hombres y los animales, observó sorprendido que en la tierra había más hierba que espigas de arroz. Indig­nado, llamó a su presencia a Kim Kuang.

—Has estropeado lo que debía ser mi obra más hermosa —le dijo—. Ahora la tierra es una enorme pelota de hierba, y a los hombres y a ciertos animales les costara mucho hallar alimento. Por eso voy a crear otro animal: el búfalo. Tendrá tu cara y tu cerebro obtuso, y tú mismo serás el que baje a la tierra bajo esa forma. Te condeno a comer toda esa hierba hasta que logres librar de ella a la tierra.

De nada sirvieron las protestas del infeliz Kim Kuang, al ver que se iba convirtiendo en un animal de cuatro patas.

Y desde entonces, el búfalo come hierba sin cesar con la esperanza de acabar con toda la que hay en la tierra.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Esta narración egipcia, que se remonta a más de tres mil años antes de Jesucristo, refiere las aventuras de un príncipe que regresaba de un viaje a Nubia.

Dicho príncipe iba poco satisfecho de sí mismo, de­bido a que, navegando por el Nilo, había pasado más allá de la isla en que pensaba desembarcar. Y ya se proponía terminar el viaje a pie, de cualquier modo, a través del desierto, sin gloria alguna, hasta llegar a su querido Egipto y dar cuenta del fracaso de su mi­sión al rey, cuando uno de los que formaban parte de su séquito, al verle tan alicaído, se aventuró a narrar­le, para levantar su ánimo, lo que a él le ocurrió en un viaje semejante, que se inició con un naufragio, pero que acabó muy felizmente, proporcionándole honra y provecho.

Empezó por citarle las jubilosas palabras de un ex­perto capitán:

— ¡Alégrese tu corazón, señor mío, porque, ved, ya hemos llegado a casa!

Y lo que sigue revela el entusiasmo de un hombre tan buen marino como buen patriota. Pero que era ante todo glorificador de la vida marinera y del orgullo del piloto que llega a puerto sano y salvo, sin haber Per­dido ni uno solo de los tripulantes.

El relato cuenta que, habiendo partido el viajero para trabajar en unas minas que el rey poseía en la península del Sinaí, naufrago la nave en que iba, y de los ciento cincuenta expertos navegantes que constituían la expedición, solo uno quedo vivo, el narrador, a quien una ola del mar Rojo arrojó a una playa desierta.

Allí pasó tres días,  “sin más compañía —dice— que la de su propio corazón”, y durmiendo, al llegar la noche, en un sitio que halló cubierto de césped, “donde no podía abrazar más que a su propia sombra”.

Empezó a divagar por aquellas tierras en busca de alimento, y descubrió higos, uvas, nueces, pájaros, pe­ces, y en holocausto a los dioses encendió un fuego. En­tonces oyó una voz horrenda que hizo temblar hasta los árboles y la tierra, y se encontró ante un enorme dragón recubierto de oro. A pesar de su tremendo as­pecto, el dragón era un dios bondadoso, que le pre­gunto con insistencia:

–¿Cómo tú, tan pequeño, has podido llegar a esta isla desierta?

Y el narrador le contó lo que le había ocurrido con la nave y que una ola le había arrojado allí.

Compadecido de su desgracia, y para darle ánimos, el dragón le refirió que a él también le afligió una vez la desgracia, pues una estrella que cayó del cielo había dado muerte a los setenta y cuatro hijos que tenía. Y, sin embargo, resistió con ánimo firme el dolor de aquella desdicha.

—Esto ha de servirte de ejemplo —añadió el dragón— para que hagas lo mismo, hasta que puedas re­gresar a tu tierra, abrazar a tu esposa y a tus hijos y ver de nuevo tu casa, la mejor del mundo.

Además le predijo que no estaría en aquella isla más de cuatro meses, transcurridos los cuales volvería a par­tir en una nave egipcia y sería feliz, yendo al palacio del rey para informarle de su viaje.

El náufrago, agradecidísimo, le prometió toda clase de presentes cuando llegase a su país e implantar en él su culto; pero el dragón se rió y le dijo que él tenia de todo en abundancia, y que cuando él se marchara, la isla desaparecería tragada por el mar.

Transcurridos los cuatro meses, apareció la nave egip­cia anunciada por el maravilloso dragón. Embarcóse el náufrago, considerándose ya feliz y, al partir, quien le colmó de presentes fue el dragón, que llenó el barco de mirra, aceites, nardos, perfumes, ungüentos, resinas, y, además, jirafas, elefantes, lebreles, monos, etc.

Todo esto fue ofrecido por el náufrago al faraón, dos meses después, que es lo que duro la travesía. Y en pago de ello el rey le otorgo el nombramiento de capitán y le regalo esclavos que estuvieron a su servicio.

Y aquí añade el narrador dirigiéndose al príncipe a quien quiere animar:

—Sírvante de ejemplo todos los trabajos que yo pasé y atiende a mi buen consejo, porque éstos deben ser siempre atendidos por los hombres. Pero no quie­ro cansarte con ellos.

La respuesta del príncipe fue tan pesimista como pintoresca.

—No to preocupes, querido amigo —dijo–, porque ¿quién se entretiene en dar de beber al ganso que ha de ser sacrificado en el acto?

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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La ciudad de Uruk o Erech estaba regida por Dumuzi, de origen divino, cuya esposa era la casquivana dio­sa Istar.

El amado Dumuzi pereció trágicamente, y su esposa, que recogió el cetro de la Caldea, no pudo contener la invasión de los enemigos elamitas.

La ciudad sufría bajo los tiranos invasores, pero en ella vivía el héroe Gish-Dubarra o Izdubar, más cono­cido por Gilgamesh, al que los hebreos llamaron Nem­rod, «masa de fuego…, fuerte y valeroso cazador», des­cendiente directo del último rey antediluviano, Hasisa­dra, Xisuthros o también Utnapishtim, «que fue como el Noé del diluvio mosaico».

Gilgamesh o Izdubar, que recorría la tierra, tenía sus monteros, a las órdenes de su fiel servidor Zaidu o Said, al que encargo que matase al monstruo marino que obligaba a los habitantes del país a entregarle her­mosas jóvenes que devoraba.

Cierto día, Gilgamesh tuvo el extraño sueño de que le caían encima las estrellas y un monstruo con garras de león, que lo arrojó al suelo y lo llenó de miedo. El valeroso cazador, preocupado, llamó a los más famosos adivinos y les ofreció grandes recompensas si descifra­ban su sueño. Ninguno lo consiguió.

Entonces supo Gilgamesh que existía un sabio ex­traordinario, llamado Ea-bani, «a la criatura de Ea», que vivía alejado de los hombres en una cueva, como una fiera, que tenía el cuerpo inferior de toro y dos cuernos en la cabeza, y que, ajeno a toda ambición, no quería abandonar su retiro, aunque conocía hasta las cosas más ocultas.

Gilgamesh envió a su servidor Zaidu para que lo trajera; pero Zaidu sintió un miedo terrible al acercar­se a la cueva del sabio hombre-toro, y regresó sin él. Gilgamesh envió entonces a Shamatu, «la gracia», y a Harintu, «la persuasión», dos servidoras de Isthar, es­coltadas por Zaidu, La segunda consiguió convencer a Ea-bani.

—Iré —dijo este— con la condición de llevar un Ieón del desierto para que Gilgamesh pruebe su valor matándolo.

Cuando el sabio hombre-toro llego a la ciudad fue recibido con grandes honores. Poco después, el valien­te Gilgamesh luchó con el león y lo mató, con lo que consiguió la estimación de Ea-bani o Enkidú, haciéndose amigos inseparables.

Los nuevos amigos marcharon inmediatamente con­tra el tirano elamita Kumbaba o Combabus, al que ma­taron, dejando su cuerpo abandonado a las aves de rapiña, y saquearon su palacio, que se alzaba en un mon­te oscurecido por cedros y cipreses.

Al regresar Gilgamesh a la libertada Erech fue pro­clamado rey, según predijera Ea-bani. Tras su victoria y para purificarse, Gilgamesh se desnudó totalmente para cambiar la ropa que había llevado durante el com­bate por otra distinta. Entonces Isthar, que le contem­plaba admirada, al ver la hermosura del héroe le pro­puso qua fuese su amante. Y además de ofrecerle su amor le prometió grandes honores y riquezas.

Pero el amor de la inconstante diosa era mortal; sus amantes habían muerto en sus brazos, por lo que el orgulloso Gilgamesh, aunque lamentándolo profunda­mente, pues era muy apasionado con las mujeres her­mosas, rechazó el amor de Isthar y le reprochó su exis­tencia prostituida por haber querido a otros antes que a él, especialmente al divino Dumuzi, a quien aún se lloraba.

La diosa, ofendida y encolerizada, subió al Cielo y pidió a su padre Anú que enviase contra el impruden­te un animal terrible. Entonces Anú creó un monstruo­so toro alado y lo lanzó contra el héroe. Pero Ea-bani o Enkidú acudió en socorro de su amigo y sujetó al toro celeste, mientras Gilgamesh le asestaba un golpe mortal en la nuca.

Isthar, desde la muralla de Erech, rodeada de las cortesanas sagradas, maldijo a Gilgamesh y se lamentó por la muerte del animal divino. Al verle, Enkidú des­pellejo el lado derecho del monstruo que hablan ma­tado y lo arrojó a la cara de la diosa.

-¡Y si pudiese haría lo mismo contigo! —le dijo burlonamente.

Después de llevar el toro muerto en holocausto al altar de Shamash o el Sol, ambos amigos se lavaron las manos en el Eufrates y entraron en la ciudad de Erech donde, entre las aclamaciones del pueblo, cele­braron grandes fiestas.

Sin embargo, Isthar ardía en deseos de venganza, por lo que su madre Anatú la satisfizo, haciendo mo­rir a Ea-bani, víctima de una terrible enfermedad con­tra la que luchó en vano durante doce días, muriendo al decimotercero, y angustiando a Gilgamesh con su horrorosa y repugnante lepra.

El héroe, sin su mejor amigo, sufriendo grandes dolores y careciendo de consuelo, empezó a temer la muerte. Y, acosado por este terror, se decidió a consultar con su inmortal antepasado Hasisadra o Utnapish­tim, el hombre afortunado, que por haber escapado del diluvio, había recibido de los dioses el privilegio de la inmortalidad.

Utnapishtim vivía muy lejos, en el paraíso, en la desembocadura de los ríos, y para llegar hasta allí había que recorrer un camino largo y peligroso.

Gilgamesh no se arredró y se puso en marcha. Salió solo y pronto llego a tierra extranjera, alcanzando el monte Mashú, donde el Sol se refugia todas las tardes para descansar tras su carrera diurna. Allí habitaban los terribles guardianes del Sol, gigantes con el medio cuerpo inferior de alacrán. Gilgamesh les dijo quién era y ellos, después de dejarle el paso expedito, le indicaron el camino del paraíso, largo y escabroso.

Durante once dobles horas, el héroe atravesó un de­sierto de arena en medio de la más completa oscuri­dad. A la doceava, la luz brilló, al fin, y Gilgamesh se encontró en un jardín maravilloso, a orillas del mar. Ante él se levantaba el «Árbol de los dioses» cuyos magníficos frutos eran sostenidos por ramas de lapislázuli y piedras preciosas formaban el suelo.

Aquel lugar de ensueño era la morada de la diosa Siduri Sabitú, que habitaba en las extremidades del mar. La diosa, al ver al viajero lleno de lepra y ves­tido simplemente con una piel de animal, tuvo miedo y se encerró en su palacio, ordenando a sus hermosas guardianas que cerraran la puerta.

Después de vencer innumerables peligros, Gilgamesh llegó a la orilla de las aguas de la Muerte, donde contó sus desdichas y manifestó sus deseos al barquero Uru­bel, Ur-Ea o Urshanabi, que estaba al servicio de Utna­pishtim y era el único que podría guiar al héroe duran­te la arriesgada navegación que tendría que empren­der.

Cuando Gilgamesh rogó, al barquero que le llevase a la otra orilla donde moraban los muertos, bienaven­turados e inmortales, Urubel se compadeció y le dijo:

—Te llevare, pero antes debes cortar en el bosque ciento veinte pértigas de sesenta codos cada una.

Una vez hechas y colocadas en la barca, Urubel hizo entrar también en ella al héroe y durante cuarenta y cinco días ambos hombres navegaron por el océano.

Al fin, alcanzaron la tierra de los muertos bienaven­turados en la desembocadura de los ríos. Estas aguas de la Muerte rodeaban el paraíso de Utnapishtim, e impedían que se llegase hasta él. Porque, ¡ay de quien tocaba aquellas aguas malditas!

Pero gracias a la previsión del barquero Umbel, Gil­gamesh pudo evitar el contacto mortal. Y para cruzar a través de las fatales aguas se sirvió de las pértigas, arrojando una tras otra, cuando se gastaban. Al tirar la última quedó franqueado el difícil paso y, poco después, el héroe estaba en presencia de su inmortal antepasa­do Hasisadra o Utnapishtim, a quien pidió su auxilio y manifestó su deseo de alcanzar la inmortalidad que el gozaba.

—No puedo darte el secreto que deseas —le contes­to Utnapishtim—. Si yo he conseguido la inmortalidad ha sido gracias a la benevolencia de los dioses.

Y para probarle que no se podía luchar contra el Destino, le propuso que durante seis días y seis noches no se acostase.

—Huye del sueño, imagen de la muerte —añadió. Pero Gilgamesh, apenas sentado, ¡se durmió!

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

 

 

 

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Apolo sigue a Zeus en orden de importancia en el Olimpo, y es uno de los dioses más complejos y brillan­tes del panteón griego.

Su origen es muy incierto. Unos dicen que fue hijo de Zeus y de Leto, otros de Vulcano, y no pocos asegu­ran que de Titán Coeo.

Al hallarse encinta su madre Leto o Latona, fue cruelmente perseguida por los celos implacables de Hera o Juno, de manera que no encontraba dónde gua­recerse para dar a luz, pues en todas partes era temi­da la cólera de la gran diosa, esposa de Zeus.

Tan desesperada estaba la pobre Leto que, al fin, compadecido Neptuno o Poseidón de ella, hizo surgir del fondo del mar una isla flotante y estéril, a la que se llama Ortigia o Delos. Y allí, al pie del único árbol quo había en ella, una palmera, Leto tuvo dos mellizos, que fueron Artemisa o Diana, y luego y ayudada por ésta, a Apolo.

Sin embargo este parto fue muy laborioso, ya que durante nueve días y nueve noches Leto fue víctima de los crueles dolores del alumbramiento, sin conseguir dar a luz.

Todo ello fue debido a que la diosa Hera, siempre vengativa, retenía a su hija Eileitiia, la diosa de los partos. Pero habiendo decidido las apuradas y compa­decidas diosas que rodeaban a Leto, especialmente Ate­na, ver de acabar a todo trance con sus dolores, envia­ron al Olimpo a Iris, la mensajera celestial, con este encargo:

—Procura burlar como puedas la vigilancia de Hera, ponerte de acuerdo con Eileitiia y traértela contigo en seguida.

Y, en efecto, mediante el ofrecimiento de un collar de oro y ámbar de nueve codas de espesor, la diosa de los partos consintió en ir junto a la parturienta.

Apolo fue dios del Sol y de la Luz, por lo que tam­bién se llamó Febo. Apenas nacido, los cisnes de Lidia o Maionia dieron siete veces la vuelta a la isla cele­brando y cantando el parto de Leto. El dios Zeus, por su parte, le entregó una mitra de otro, una lira y un carro tirado por blancos cisnes y le ordenó que fue­se a Delfos.

A los tres días de nacer del seno de su madre, Apolo mató a Pitón, terrible serpiente que habitaba junto a Delfos, al pie de una fuente, y que era el terror de hom­bres y ganado.

Este monstruo perseguía a Leto por orden de Hera la que sabía, por habérselo predicho un oráculo, que Pitón moriría a manos de un hijo de Leto. En Delfos instaló luego Apolo un oráculo suyo, pero antes tuvo que luchar encanizadamente contra Herakles.

Apolo era muy hermoso, atractivo y viril. A pesar de ello no consiguió hacerse amar de Dafne, ninfa profética del Parnasos, hija e intérprete del oráculo de Gaia.

La casta y bella Dafne huyó al ser requerida amo­rosamente por Apolo. Pero al verse perseguida por el apuesto dios y al ir este a alcanzarla, lanzó un grito al tiempo que se encomendaba a su madre. Y entonces, en lugar de la desaparecida Dafne, brotó un verde laurel.

Más suerte tuvo Apolo con Coronis o Kirene, la ninfa tesalia que guardaba en el Pindo los rebaños de su padre Flegias, rey de los lápitas.

Cierto día la valerosa joven atacó, sin otras armas que sus manos, a un león, al que consiguió dominar. Al contemplar casualmente Apolo tal hazaña, se enamoró de ella. Y sin más, la cogió con fuerza para que no se le escapase como Dafne, la metió en su carro de oro y se la llevó, cruzando el mar, hasta Libia.

Coronis y Apolo tuvieron un hijo, llamado Asklepios o Esculapio, que fue tan gran médico, que mereció ser dios de la Medicina. No solo sanaba a los enfermos, sino que también resucitaba a los muertos, por lo cual Plutón, que era el dios del mundo subterráneo, se quejó a Zeus, diciéndole que ya nadie aparecía por allí. Entonces Zeus, para complacer a su hermano, mató a Esculapio con uno de sus rayos.

Apolo, lleno de ira y dolor por la muerte de su hijo, y no pudiendo vengarse de Júpiter, por ser dios y por ser su padre, mató a flechazos a todos los Ciclopes, for­midables gigantes con un solo ojo en la frente, y que eran los herreros de la fragua de Vulcano.

Enojado Zeus con Apolo por haber matado a los Cíclopes, le desterró del Olimpo. A partir de este momento empieza una era muy difícil para el famoso y varonil dios del Sol, de las Artes y de la Poesía.

Empezó por guardar los ganados de Admeto, rey de Tesalia. Y aunque se preciaba de su belleza, ninguna ninfa quiso corresponder a su amor, como le pasó con Dafne. Por entonces también labró con Neptuno las mu­rallas de Troya e inventó la lira. Pero habiendo preferido Pan, dios de los pastores, la flauta, que él había inventado, eligieron a Midas, rey de Frigia, juez de la contienda.

Incomprensiblemente el ridículo Midas se declaró en favor de Pan, e indignado Apolo por su mal gusto, hizo que le nacieran unas enormes orejas de burro.

Por último, Zeus se dio por satisfecho, le perdonó y Apolo se volvi6 a encargar de esparcir la luz, por lo cual se le representa, regularmente, como un hermoso joven coronado de laurel con la lira en la mano y con­duciendo por el cielo el carro del Sol, tirado por cua­tro hermosos caballos blancos y rodeado de las Horas, que eran hijas de Zeus y de Temis.

También con las Musas tuvo Apolo sus devaneos. Al principio solo hubo tres: Melete, que representa la Meditación o Reflexión, Mneme, la Memoria, y Aedé, el Canto o relación de los hechos. Más adelante fueron nueve, que representan las artes liberales y son: Calio­po, que preside la Poesía épica, Elocuencia y Retorica; Clío, la Historia; Erato, la Poesía Amorosa; Talía, la Comedia; Melpómene, la Tragedia; Terpsícore, el Baile; Euterpe la Música; Polimnia, la armonía, pantomima y elocuencia, y Urania, que preside a la Astronomía.

Las Musas habitaban, por lo regular, en la cumbre del Parnaso, que es la montaña de la Fócida.

Se dice que Apolo junto con Talía fue el padre de los Koribantes, y que con Ourania engendró a Linos y a Orfeo, músicos consumados ambos. La leyenda le atribuye al dios de la belleza gran número de hijos.

Pero Apolo no solamente gustaba de las mujeres, sino que, como buen griego, no desdeñaba tampoco a los bellos efebos. Jacinto y Kiparissos fueron los más célebres de sus amados.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.