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En la italiana ciudad de Verona no se hablaba de otra cosa que de los odios existentes entre las familias de los Capuleto y los Montesco. Su viva enemistad era una larga historia que tenía origen probablemente en alguna afrenta remota, tal vez en una muerte.

Desde entonces, todo había sido una serie inacaba­ble de riñas, peleas, duelos espada en mano, muertes…

Una noche primaveral en que el aire parecía car­gado de un especial embrujo, los Capuleto dieron una gran fiesta en su palacio. Bien pronto la enorme sala se llenó totalmente de hombres y mujeres ataviados con vistosos trajes y cubiertos con máscaras. Mientras la danza se animaba, bajo los antifaces todo eran risas, miradas intencionadas, frases insinuantes.

Cuando la fiesta estaba en su punto culminante, el joven Teobaldo se acercó a micer Capuleto, su tío, y le dijo al oído:

—Un Montesco se ha colado en la fiesta… Es Romeo, el heredero de la familia.

Como Romeo era un joven estimable, a quien se conocía por bueno y digno en la ciudad, micer Capuleto procuró calmar la irritación de su sobrino. Además, ya que estaba en su casa, el anciano Capuleto se consideraba ligado por el respeto que se debe al huésped. De afrentarle, allí hubiera deshonrado su casa…

—Esto es una provocación —decía Teobaldo–. ¿Por qué ha venido precisamente aquí?

Pero el buen Romeo no había ido a provocar a na­die. Su naturaleza sencilla y bondadosa le alejaba de las luchas con los Capuleto. Y si se coló de rondón en rasa de sus enemigos, fue siguiendo los pasos de la hermosa Rosalina, de la que esperaba obtener siquiera una sonrisa o una mirada amable…

Y ocurrido que en el ir y venir de la fiesta se encontró, sin darse cuenta, con que seguía los pasos de una jo­ven rubia, esbelta y bellísima. Inmediatamente, Rosali­na quedó olvidada.

— ¿Quién es esta mujer? —pregunto a un criado.

—No lo sé, señor.

Al quedar ella junto a una columna, Romeo se acercó a la joven hasta casi tocarla. Y coma si rezara le dijo:

—Si con mi mano, por demás indigna, profano este santo relicario…

Y mientras decía esto, su mano cogió la de aquella muchacha que tenía los dedos largos y finos, de piel suavísima. Todo fue rápido y maravilloso. Unos segun­dos bastaron para comunicarse fuego en las miradas y pasión en las palabras. Y al despedirse se dieron un beso que parecía sellar un amor de varios años.

Cuando Romeo abandonó el palacio de los Capuleto, iba absorto, con el corazón en vilo. Sus compañeros Mercurio y Benvolio, que le habían acompañado, todavía le gastaban bromas sobre Rosalina, pero el llevaba a Julieta Capuleto en la sangre. Si, a la bella hija del dueño del palacio donde se había introducido furtiva­mente poco antes.

A partir de aquel día, el jardín de los Capuleto amparó las secretas entrevistas de Romeo y Julieta. Se amaban tan intensamente que no podían pasar sin ver­se a diario. Y mientras la joven se preguntaba por qué Romeo sería un Montesco, la voz del amado surgía a menudo de entre los alhelíes, los claveles y las rosas, como un arrullo mágico de la noche, y decía:

—i Julieta, llámame  “amor mío” y seré nuevamente bautizado! ¡Desde ahora mismo dejare de ser Romeo! Mi nombre me es odioso por ser un enemigo para ti.

Cada vez eran más apasionadas las frases. Pasada la medianoche, Julieta se retiraba a su aposento. Pero no tardaba en salir otra vez, porque no acertaba a dejar la galería donde estaba su amado. Un día le dijo temblando de emoción:

—Esto no puede seguir así, querido Romeo. Por tanto, si me deseas por esposa dime dónde y a qué hora quieres que nos unamos en matrimonio. Pongo en tus manos mi suerte. Te seguiré siempre como a dueño y señor.

A los pocos días, la campana del convento replicó con alegría. Fray Lorenzo les casó en el mayor secreto. Sólo un amigo de Romeo y la dueña de Julieta tuvieron conocimiento de la boda.

Aquella misma mañana Teobaldo y algunos Capu­leto tropezaron con Mercurio y Benvolio. Se cruzaron algunas palabras e inmediatamente salieron a relucir los aceros, Romeo llegó cuando estaban en los primeros tanteos de la pelea. Se interpuso pidiendo paz y fin a la discordia.

—Teobaldo —le dijo humildemente—, tengo razones para apreciarte…

Pero ante aquella actitud de Romeo se crecía el Capuleto. Entonces, el impaciente Mercurio, sorpren­dido y humillado, saltó con la espada desenvainada. Volvió Romeo a interponerse y Teobaldo aprovechó la ocasión para herir mortalmente al infeliz Mercurio.

Sin poder contener su dolor, Romeo tuvo que ver morir por su culpa a su compañero más fiel. Pero pron­to a su pena se unió la ira y una sed de castigar al traidor y vengar a Mercurio. Alcanzo a Teobaldo quo se alejaba y de nuevo relucieron las espadas cuando el sol iba ya alto.

Momentos después la noticia corrió por toda la ciu­dad. Los chiquillos la voceaban por las calles:

  • ¡Han matado a Teobaldo! ¡Ha sido Romeo!

Cuando el cadáver llego a casa de los Capuleto, hubo allí escenas desgarradoras, gritos y llanto de las mujeres, promesas de venganza de los hombres. Julie­ta, recogida en su habitación, solo se enteró de lo ocurri­do cuando su nodriza le dijo:

—Romeo ha matado a Teobaldo y el príncipe le ha desterrado.

La infeliz Julieta quedó en un terrible desasosiego, debatiéndose en una difícil disyuntiva. Por una parte, ¿cómo podía querer al enemigo de su familia, al asesi­no de su primo? Y por otra, ¿cómo podía odiar a su esposo? No, eso no. A Romeo le amaba profundamente, con toda su alma…

Romeo tenía que abandonar Verona por orden del príncipe. Antes estuvo con fray Lorenzo, su confesor, que le conocía desde que era niño y el que le había casado en secreto con Julieta. Y esta vez, ¡una más!, fue también consuelo de su tribulación, paño de lágrimas.

—No to preocupes, Romeo —le dijo el fraile—, yo encontraré una solución.

Aquella noche, como todas las anteriores, Romeo escaló la tapia del jardín de Julieta, salvó también la baranda de la galería y fue a despedirse de su amada…

Entretanto fray Lorenzo intentaba encontrar la ma­nera de solucionar aquel enrevesado asunto. Estaba decidido a hacer saber a Capuleto y Montesco la boda de Romeo y Julieta. Creía el buen fraile que así haría regresar al desterrado marido a Verona y posiblemen­te desaparecería la eterna desavenencia entre ambas familias…

Pero las cosas se complicaron. Micer Capuleto, pa­dre de Julieta, había decidido casar a su hija con el conde Paris, que aspiraba a su mano desde hacía tiem­po. Julieta se negó, rotundamente a casarse. Y como sus padres ignoraban el vínculo que la unía a otro hombre, querían disuadirla, el padre, por la violencia y la madre por media de la persuasión.

Julieta acudió desesperada a fray Lorenzo, que también esta vez hallo un recurso, algo más complicado, es verdad, pero que sirvió a la joven de consuelo y esperanza.

Poco después llegó el día previsto para la boda de Julieta y Paris. Pero cuando todo estaba ya a punto, la nodriza dio la alarma al salir de la habitación de Julieta dando gritos desgarradores.

— ¡Está muerta! —decía llorando—. ¡Está muerta!

Acudieron todos y vieron desconsolados a Julieta tendida en la cama vestida con las galas de novia. Se acercó la madre y vio que su hija no alentaba. Su ros­tro enmarcado por el tul blanco estaba pálido, inani­mado, con una hermosura glacial, como si fuera de mármol o nácar.

El entierro se efectuó el día siguiente. La ciudad de Verona estaba consternada al ver como se acumulaban los males en casa de Capuleto… Solo fray Lorenzo sabía que en realidad Julieta no había muerto. El mismo había preparado una pócima, que la joven bebió, trémula y esperanzada, la noche de la vigilia de su boda.

Fray Lorenzo esperaba tenor a Julieta como muerta durante cuarenta y ocho horas en el panteón de los Capuleto. El tiempo justo para poder avisar a Romeo, que vendría para llevársela a Mantua.

El destino, sin embargo, vino nuevamente a desbor­dar sus proyectos. Rápidamente envió un fraile a Man­tua, donde se encontraba Romeo, con una carta en la que le explicaba su plan y la urgencia de que regresara. Pero la carta no llegó a su destino porque el mensajero fue detenido durante varias horas por sospechas de que pudiera llevar el gérmen de la paste. Al quedar libre, el fraile regresó al convento con la carta, sin haberla entregado a su destinatario.

Pero Romeo ya se había enterado de lo ocurrido gra­cias a la diligencia de uno de sus criados. Y el amante, sin pensar más que en la muerte de su amada esposa, se puso en camino hacia Verona. Era casi medianoche cuando llegó a la ciudad.

Sin pérdida de tiempo se dirigió al cementerio y entre las sombras, lápidas y cruces fue en busca del mausoleo de los Capuleto. Pero cuando se disponía a levantar la losa que tapaba la entrada del subterráneo, un hombre salió de detrás de un ciprés, gritando:

  • ! Detente, sacrílego Montesco! ¿Acaso quieres ven­garte más allá de la muerte?

Romeo, al pronto, no le reconoció. Era el conde Paris, el novio frustrado de Julieta, que desde la muerte de ésta estaba rondando como un perro el cadáver de la que debía ser su esposa.

— ¿Que vienes a hacer aquí? —preguntó.

Y como viera que Romeo quería evitar la lucha, le cortó el paso desenvainando la espada. Todo fue cosa de unos segundos. Romeo reconoció en su ocasional enemigo al conde Paris cuando ya éste se hallaba tendido en el suelo, muerto, entre un charco de sangre.

Inmediatamente, febril, presa de una obsesión invencible, Romeo levantó la losa del panteón y descendió sin vacilar. Una vaharada mefítica salía del fondo.

Con la lámpara que llevaba en la mano, el joven fue reconociendo las paredes desnudas, húmedas, el cuerpo en descomposición de Teobaldo… y a Julieta. Estaba intacta, como una figura de cera. Sollozando se abrazó a ella.

No tardó en llegar fray Lorenzo, presumiendo ya desgracias irreparables. Y no se equivocó. Tropezó primero con el cuerpo ensangrentado de Paris. Y al bajar a la cripta vio a Romeo junto a Julieta, también él sin vida. Acababa de morir envenenado.

Precisamente en aquel momento Julieta comenzaba a despertar, una vez terminados los efectos de la pócima del fraile.

  • ¿Dónde está mi Romeo? —preguntó anhelante.

El fraile intentó llevársela de allí, tratando de impedir que llegara a ver a su amado que yacía junto a ella, sin vida. Le daba prisas y hasta urdió una burda excusa, pero todo fue inútil.

Al ver el cadáver de Romeo, la infeliz Julieta se abalanzó sobre él. Pero fray Lorenzo se alarmó al ver que la joven, en lugar de reaccionar con llantos y gritos de desconsuelo, se mostraba con una serenidad desconcertante.

— ¡Vamos, Julieta, vayámonos de aquí! —le urgía el fraile.

Pero la joven no le hizo caso y continúo abrazada al cadáver de su amado Romeo.

–¡Besaré tus labios, Romeo…! —dijo—. Quizá quede en ellos un resto de ponzoña para hacerme morir.

Y sin que el fraile se apercibiera, mientras posaba sus labios en los de Romeo, calientes aún, Julieta sacó la daga del cinto de su amado, e inclinada como estaba sobre él, apretó con fuerza su punta contra el corazón…

El príncipe de Verona dispuso que se diera sepultura a los dos amantes, uno junto al otro. Y cuando al día siguiente el pueblo asistió conmovido a la ceremonia fúnebre, por primera vez Capuleto y Montesco iban juntos en paz. Ya ninguna de las dos familias pensaba en venganzas ni en odios.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.