Tag: Oceanía

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Cuéntase que cierto día, el dios Siva de Java creó una mujer que excedía a todas en hermosura. La quiso hacer su esposa y, aunque ella se resistía al principio, se vio al fin obligada a acceder más que nada por los ruegos de todos los dioses.

Sin embargo, pidió una condición a Siva.

—Quiero —le dijo– que me proporcionéis un ali­mento quo nunca llegue a cansarme.

El dios puso entonces en juego los mayores recursos para alcanzar lo que la hermosa mujer exigía. Y sin pérdida de tiempo envió emisarios a las cuatro partes del mundo con la orden de recoger los más sabrosos y exquisitos manjares.

No obstante, todo fue en vano. Por más frutos que le llevaron a la bella mujer no se daba nunca por satisfe­cha. Con el correr de los días se la vela desmejorar, quedarse demacrada y sin fuerzas.

Y tanto necesitaba el alimento imposible de hallar, que al fin murió de inanición.

El dios Siva la hizo enterrar con grandes pompas y ordenó celebrar solemnes funerales.

Pero justamente a los cuarenta días de haber sido sepultada aquella hermosa mujer, sobre la tumba surgió una linda y exótica planta que jamás nadie había visto: era el arroz.

Siva hizo sembrar su semilla y con la cosecha obte­nida de ella comieron luego todos los dioses.

—Es un alimento muy grato —comentaron las divi­nidades.

Y entonces decidieron revelarlo a los hombres. A partir de esta fecha, el arroz les fue tan eficaz, que siem­pre ya se han alimentado de él, sin cansancio, princi­palmente en Extremo Oriente y Oceanía.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Hace muchos años vivía en Moorea, la Isla vecina a Tahití, una muchacha tan reputada por su belleza como por su altivez y virtud. El rey de Tahití, muy an­terior a la dinastía de los Pomaré, envió emisarios con ricos presentes a la hermosa joven.

Mas ni el rango del egregio pretendiente ni la cali­dad de los regalos lograron conmover a la muchacha, y el monarca ultrajado juró venganza.

Y llegó un día en que Puna, la belleza de Moorea, tuvo que ir a Tahití. El rey, informado por su servicio secreto, le tendió una celada y la hizo prisionera al de­sembarcar en el sitio que todavía hoy se llama “Taa­puna”.

La justicia polinésica era en aquellos tiempos cruel y expeditiva, y la desventurada Puna fue atada a un árbol al borde de un torrente que lleva el nombre de “Punariu” (Puna ligada).

Puna fue condenada a ser quemada y el lugar donde el terrible sacrificio tuvo lugar se llamó “Puna aula”, es decir, “Puna asada”.

Poco después empezaron a reinar en Tahití los Pomaré. Y se cuenta que el primero de su dinastía, al luchar con los reyezuelos que reinaban en los distritos, sostuvo serias batallas.

Durante un asedio nocturno, mientras el silencio se extendía sobre las aguas del “lagoon”, el futuro monarca no pudo contener unos fuertes ataques de tos que le acometía. Aquella tos lo delató y fue atacado, pero ganó la batalla.

Los vencidos ignoraban el nombre del vencedor y le llamaron “Tané te pomaré”, el “hombre que tose de noche”.

Pomaré V, el Último rey de Tahití, era muy dado a la bebida y especialmente al Benedictine, del cual hacía, según parece, largo y excesivo uso.

Por eso, al morir, sus descendientes pensaron que nada podía ser más grato a los manes del difunto que perpetuar el recuerdo de su predilección. Y hoy, el mausoleo de Pomaré V ostenta, a guisa de cúpula, una mo­numental botella de Benedictine hecha de cemento y yeso.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.