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Para explicar el místico encanto que rodea esta preciosa isla chilena, poetas y soñadores han tratado de impregnar, en sus versos, lo que ellos piensan pudo ser la vida en ese terruño hace cientos de arios. Así lo explicó Métraux:»Uno se pasea por la cantera como si fuese domingo. Los obreros se han ido a la aldea; mañana volverán y los flancos de la montaña resonaran otra vez, al golpe de los martillos de piedra; se oirán las risas, las discusiones, los cantos rítmicos de los hombres que tiran de las estatuas».

La Isla de Pascua está situada en el Océano Pacífico pertenece a Chile, aunque está a 3.760 kilómetros del continente americano. Unos cuantos siglos atrás, esta isla fue hogar de una prodigiosa cultura, orgullosa de sus hazañas y sus proezas. Su gente se unió en una tremenda campaña de trabajo para sus dioses, y formó una sociedad independiente, en cuya esfera únicamente hubo lugar para ellos: era completamente autosuficientes.

Inexplicablemente, en menos de dos siglos esta sociedad tan organizada y unida se desintegro y la que otrora fuera una civilización compenetrada se convirtió en un caos total. Obras de arte, que tantos años y esfuerzo les costaron fueron destruidas brutalmente, se desataron guerras civiles y el canibalismo prevaleció. Sus cultivos fueron abandonados, su población de casi 10.000 personas pereció y, a dura penas, unos cuantos sobrevivieron. Tras construir el más grandioso complejo de estatuas religiosas (y el mas imponente) en el Pacífico, la gente de la Isla de Pascua comenzó a destruirlas y casi acabaron totalmente con su mundo.

A pesar de los muchos arqueólogos e investigadores que han estudiado el fenómeno que aquí sucedió, la Isla de Pascua sigue guardando sus secretos más caros, con todo rigor. Nadie ha logrado descubrir exactamente quienes fueron sus habitantes; aunque algunos creen que fueron polinesios, otros aseguran que eran indios suramericanos. Quienesquiera que hayan sido, no legaron a las generaciones por venir el secreto de sus estatuas. Se fueron si decirnos con que propósito las construyeron, y por qué lo hicieron en tan impresionantes tamaños; tampoco nos explicaron por qué las demolieron después. Al penetrar en el misterioso mundo de la isla chilena, nos invade una profunda curiosidad que, como el ambiente mismo que la rodea, se hace más intensa, y no nos deja tranquilo el entendimiento.

Esta isla es uno de los lugares más remotos del mundo queda a más de 3.500 kms de Chile, y a 4.750 de Tahiti. Ya que está tan remota, es, como la han descrito muchos «la isla más apartada del mundo», lo que alimenta la intriga que la rodea pues nadie se explica cómo llegó gente hasta allí o quien la descubrió. El Dr. William Mullo, inagotable investigador de la Isla, aseguró que quien haya llegado primero a esta tierra, tuvo que haber estado perdido, y no pudo ya salir de ella. De otra forma no se explica cómo alguien pudo escoger un lugar tan desolado y lejano para habitarlo.

En su apogeo, esta civilización trabajo arduamente con el fin de esculpir gigantescas esfinges para sus dioses. Estos monumentos lucen una plataforma que se cree fue un altar al aire libre, con figuras antropomórficas de sus dioses. Según algunos eruditos, estas imágenes estaban destinadas al culto de los muertos, lo que las convierte en verdaderos mausoleos.

Lo que más llama la atención en este lugar es la gran cantidad de plataformas extensas de piedra que en algunos llegaron a medir hasta 200 metros de largo y 4 ó 5 metros de altura. A estas plataformas se les llama Ahus y estaban destinadas a ser monumentos sepulcrales o plataformas funerarias, otros estaban construidos para tener Moais, las gigantescas estatuas de piedra que rodean la isla. En 1947 se hizo un «inventario» de estos tesoros arqueológicos, se encontraron en ese entonces más de 600 estatuas y 245 Ahus.

Pero los isleños que aquí habitaron no se limitaron construir altares y estatuas religiosas. A lo largo de los caminos de la población se pueden ir descubriendo ruinas prehistóricas construidas en diversas clases de roca. También hay tumbas y crematorios, torres cónicas que servían para marcar los terrenos, cuevas en las que residían, y hasta, incluso, jaulas construidas de roca, para las gallinas.

En el paisaje de la isla se destaca, a lo lejos, el volcán Rano Raraku, que como describiera el escritor Ron Fisher, parece una ballena echada en la playa, pero con una parte de su cuerpo mordisqueada. Generaciones de los antiguos habitantes de la isla, redujeron el volumen del montículo grandemente. Al oeste de él, fueron colocadas más de 55 estatuas, enterradas hasta los hombros, como fieles guardianes del misterioso volcán. Las rodea un aura fantasmal: los que las han tocado aseguran sentir un hormigueo en la mano como si una pequeña corriente eléctrica subsistiese dentro de la roca.

El primero en descubrir la isla fue el explorador holandés Jacob Roggeveen, quien llegó a ella el domingo de Pascua de 1722, y fue en honor a esa fecha que le dio nombre a la isla. Los isleños que allí encontró habitaban en chozas de paja, y a duras penas se ganaban la vida con los escasos cultivos de la tierra. El explorador cuenta que estas personas estaban llenas de tatuajes, los lóbulos de sus orejas estaban agujereados y estas estaban estiradas hasta los hombros.

Cuando un siglo más tarde otros exploradores visitaron el área, encontraron una población dispersa y escasa probablemente debido a los muchos años de anarquía y luchas internas constantes. Solo quedaban ruinas de lo que, alguna vez, fue una gran civilización, con una inolvidable cultura. Los pequeños grupos tribales vivían en constante rivalidad, muchos de los gigantescos monumentos fueron deliberadamente volcados, y los altares desmantelados. Algunos de los monumentos todavía estaban en pie a la llegada de estos exploradores; sin embargo, para el siglo. XIX ya ninguno quedaba erguido, todos habían sido volcados.

Con la llegada de los primeros exploradores, arribaron también a la isla los primeros explotadores, que llevaron cautivos a estos habitantes y los hicieron sus esclavos. Entre los prisioneros se encontraban algunos de los principales jefes de las tribus que, en tierras lejanas, perecieron, llevándose consigo el secreto de su arquitectura primitiva. Los pocos que sobrevivieron en el cautiverio (unos 100), regre­saron a la isla, pero durante el viaje murieron. Solamente 15 lograron llegar vivos, aunque con otra dificultad: habían contraído la viruela y llevaron esta epidemia a los pocos habitantes que quedaron en la isla.

Para el año 1877 la población original de la isla, de 4.000 personas, había sido drásticamente reducida a 111. Vivian en una miseria espantosa, y la grandeza de su civilización no era más que un recuerdo. Poco tiempo después, cuando los primeros chilenos llegaron a la zona y con ellos algunos misioneros, el cuadro era desolador: una generación entera que se había extinguido en menos de un siglo.

No se hizo esperar la llegada de antropólogos, científicos e historiadores que comenzaron a investigar incansablemente los misterios de la isla. Gracias a ellos muchos de los moais fueron restaurados a sus posiciones originales, los altares fueron catalogados y se rescataron muchos de estos tesoros arqueológicos. A pesar de que algunos moais han sido encontrados en varias islas polinesias, en ningún otro sitio estos tienen las dimensiones que alcanzaron los que aquí se construyeron, tampoco en cantidad tan grande.

Cuando los avances de la ciencia llegaron a la Isla de Pascua, encontraron azuelas y picos de piedra que habían sido desechados, aparentemente, de una forma apresurada. Su abandono sugiere que este minucioso trabajo paró, súbitamente. Al grupo de estatuas que fueron erigidas en el volcán Rano Raraku, se les llamó «Gigantes ciegos», porque las cuencas de sus ojos no fueron esculpidas. Algunos eruditos han asegurado que es probable que este detalle era trabajado únicamente después de que los moais fueran erigidos en los altares, «para que no vieran» el trabajo. Pero esto, como todo lo que rodea a la curiosa isla, es únicamente una suposición más.

A la llegada de los primeros exploradores les pudieron preguntar a los habitantes originales de la isla ¿cómo erigieron semejantes estructuras? Y los isleños les dieron respuestas precisas en cuanto al material, la forma de construcción, etc. Pero, cuando los interrogaron sobre el mayor de los misterios, en referencia a cómo hicieron para transportar semejantes moais, ellos simplemente contestaron: «No los transportamos. Ellos caminaron…»

En 1960 William Mulloy y su colega Gonzalo Figueroa, con la cooperación de un grupo de trabajadores, trataron de levantar siete estatuas de estas, cada una con un peso aproximado de 16 toneladas. Se tardaron mas de un mes incorporar la primera; la última, gracias a la experiencia con la que ya contaban, la pudieron levantar en casi una semana. Ellos han calculado que la transportación, construcción incorporación de Paro, uno de los cientos de moais, abarcó 23.000 dias y, quizás, igual número de hombres.

¿Qué motivó a estas personas a realizar tan arduo trabajo? ¿En dónde están las raíces de esta civilización? ¿Por qué un trabajo de gigantes (y quizás también para gigantes) se concentró en esta tierra de liliputienses? ¿Cómo hicieron para transportar semejantes esculturas? La isla chilena Pascua es uno de los misterios más maravillosos del pasado y del presente. Ante los cientos de interrogantes que se mecen en sus costas, al compas de las olas, solamente podemos especular y seguir esperando que, algún día, encontremos por lo menos un par de respuestas.

 

Bibliografía

Álvarez, M. (1991). Grandes misterios de todos los tiempos. Colombia: Editorial América, S.A.