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Según la leyenda mexicana, el mundo había existido desde tiempos tan remotos, que nadie se lo imagina. Lo que se llamó «la primera fundamentación de la Tierra», había comenzado hacía muchos siglos atrás. En conjunto ya habían existido «cuatro eras o soles», los cuales eran: el sol del agua, el sol del fuego, el sol de la tierra y el sol del aire y a muchos ha llamado la atención, pues parece una nueva simbología de los famosos cuatro elementos griegos.
Pero, todavía más sorprendente es el hecho de que, el quinto sol, también coincide con el desarrollo y evolución del pensamiento griego. Ésta es la época del sol del Movimiento. Todo comenzó así:

Para formar a los primeros hombres se recurrió a la ceniza, pero el agua casi los deshizo y terminaron convirtiéndose en peces. Los hombres del segundo sol eran demasiado inquietos; tenían una estatura enorme y constitución corpulenta. Era la raza de los gigantes, pero a pesar de sus impresionantes dimensiones eran muy débiles, y los textos antiguos de literatura indígena dicen que, una vez que caían, lo hacían para siempre. Durante el tercer sol, o Edad de Fuego, los hombres quedaron convertidos en guajalotes, y los del cuarto ciclo sobrevivieron, a pesar de haber vivido un gran cataclismo que azotó a toda la Tierra, y se fueron a vivir a las montañas donde se transformaron en «los hombres monos o tlacaozmatin».

Y, finalmente, la quinta edad o época del sol del Movimiento, que se originó en Teotihuacán. Allí surgió la grandeza tolteca, con el príncipe Quetzalcóatl. Los hombres cada una de las eras sufrieron diferentes tragedias. A un «se los llevó el agua», a otros los destruyó «el fuego». Se debía llevar a cabo la creación de un nuevo grupo hombres; se necesitaba un voluntario para realizar la restauración de los seres humanos…

Fue Quetzalcóatl, símbolo de la sabiduría del México antiguo, quien acepto la comisión, a la vez que les proveyó de comida. Según las leyendas, él tuvo que realizar un viaje a región de los muertos en busca de los huesos preciosos que servirían para la formación de los hombres. Y para eso tuvo que vencer miles de obstáculos, ganándose con su sacrificio, el derecho a existir.

Quetzalcóatl logró ir a Tonacatépetl, que significa «monte de nuestro sustento», es decir, del maíz. Allí tomó el maíz para dioses y hombres, en especial para Oxomocy y Cipactonal, antigua pareja de humanos, y se los dio para que al comerlo se fortalecieran. De acuerdo con estos textos, esos dos humanos proceden todos los demás.

Es increíble la similitud que existe con estos textos de mitología indígena y algunos de la literatura occidental. ¿Por qué tanta igualdad entre dos mundos tan lejanos y opuestos? Para ellos la humanidad se originó del mundo náhuatl, pero mientras sus documentos situaban la aparición del hombre en Teotihuacán, los manuscritos y hallazgos históricos hablan de grandes peregrinaciones procedentes de lugares muy remotos, pero nadie parece acordarse, ¿por qué?

Así, sin saber realmente de donde vinieron, existieron los toltecas, un pueblo indígena que se estableció en Tula y extendió su civilización hasta Yucatán. Lo que con certeza si podemos saber de ellos hoy día es que fueron laboriosos constructores, grandes artífices, edificadores de palacios lo mismo que de templos, industriosos agricultores, prodigiosos escultores y pintores, alfareros tan talentosos que «enseñaban a mentir al barro», artistas de tal calidad que «ponían su corazón endiosado en sus obras». Pero lo que más fama les ha traído a través de los años es el culto que rendían a su inolvidable dios Quetzalcóatl.

La cultura tolteca, que precedió a la azteca, dejó miles de legados culturales a las generaciones futuras. Por ejemplo, en Teotihuacán, se encontraron millares de figurillas de barro. Pero a pesar de su extraordinario esplendor, a mediados del siglo IX dJC, sobrevino su misteriosa y hasta ahora inexplicable ruina. Aquí nace el misterio más grande de esta civilización, ¿cómo siendo tan grande y poderosa pudo desaparecer tan súbitamente?

 

Quetzálcoatl, ¿el poder de una leyenda?

Muy ligados a su creencia en su divinidad suprema, Quetzalcóatl, se sabe que entre los toltecas hubo un sacerdote que también llevó ese nombre. Hay una gran cantidad de textos y escritos que describen los palacios de este gran sacerdote, sus creaciones y su vida sagrada, su gran inclinación a la meditación y al culto. Pero ninguno de ellos esclarece si, en realidad, este personaje llegó a existir.

La leyenda dice que su nombre original era Topiltzin, pero al estudiar para sacerdote, se convirtió en el sacerdote Quetzalcóatl y, con el tiempo, al ascender al trono tolteca tomó el nombre de su dios. Hacia el año 950 Quetzalcóatl, el hombre, cambió la capital de su imperio a Tula, y pobló parte de la ciudad con «sordomudos», que en realidad eran personas que no sabían hablar en tolteca. Algunos dicen que tal vez eran sobrevivientes del ataque chichimeca contra valle de México, otros sostienen que eran habitantes de otra parte… Lo cierto es que el sacerdote los puso a trabajar esculpiendo estatuas, haciendo finas vasijas de cerámica pintándolas, construyendo grandes templos, por lo que llegaron a alcanzar una calidad de trabajo superior incluso la de los propios nativos de la zona.

Topiltzin-Quetzalcóatl hizo de Tula una gran ciudad y enseñó a su pueblo las artes civilizadas. Su devoción y celibato eran muy admirados, pero cometió un error: quiso inculcar en el pueblo la devoción exclusiva a su dios, pero ellos ya tenían sus propios dioses. Esto motivó su destierro. Y en esta parte precisa de la fascinante historia, se han genera tantos diferentes relatos, que la realidad y el mito se confunden, dificultando la separación de ambos.

Según reza la historia, cuando Hernán Cortes y los 600 hombres que formaban su expedición, llegaron a las costas mexicanas, quedaron sorprendidos al no ser recibidos toscamente por los habitantes de aquellas tierras. Más adelante se enteraron de que, su arribo, «era el cumplimiento de la profecía». Se les explicó entonces que, muchos años atrás, un hombre blanco y de barba había llegado a México por la costa, con una embarcación igual a la de ellos. Aquel individuo era alto, bien proporcionado y tenía el pelo negro, y vestía un ropón blanco cubierto de cruces rojas y venia acompañado por otros hombres semejantes a él. Como habíamos explicado antes, al establecerse en Tula, el sacerdote transmitió a su pueblo todo lo que sabía sobre artes Industriales, agricultura, metalurgia y hasta un sistema sofisticado de dividir el tiempo en ciclos: un calendario.

Este nuevo líder religioso se ganó la simpatía de sus seguidores por abolir los sacrificios humanos y establecer, en su lugar, ofrendas de flores y frutas al único dios que veneraba; instituyó la adoración de la cruz y, gracias a él, su pueblo alcanzó una época de oro inimaginable. Pero este buen sacerdote también se ganó el odio y la rivalidad de otros hombres que no querían tener un solo dios, sino querían seguir su sistema de adoración antiguo, por lo que lo obligaron a salir del país. Según la leyenda, Quetzalcóatl huyó a su país: la isla sagrada de Hapallan. Pero, antes de su partida, prometió a sus amigos que un día regresaría.

Quizás esto explique por qué un imperio tan guerrero potente como el de los aztecas, se sometió de manera to dócil ante la conquista de los españoles. Desde el más humilde de los siervos hasta el propio Moctezuma: lo aztecas pensaron que Cortes y sus hombres eran definitivamente los enviados de Quetzalcóatl. Los indígenas lograron comprobar que los conquistadores eran hombres blancos, de barbas, como el legendario sacerdote. No había duda: la profecía se cumplía. Y, ayudados por esta leyenda, lo españoles sometieron a un pueblo, se apoderaron de sus tierras y establecieron una nueva cultura.

¿Es posible que haya llegado a México alguien de otro continente antes que los españoles? ¿Podría ser un invento de los mexicanos? Esta segunda teoría no parece factible debido a los detalles específicos que tenían sobre su líder; además es increíble la similitud que existe entre las creencias que él les habla inculcado, y algunos fundamentos de la iglesia católica que los españoles después les llevarían: adorar a un dios benévolo, amar a su prójimo y realizar en sí una religión monoteísta, ¿pura casualidad o coincidencia? ¿Por qué razón los primeros mexicanos se aferraron fielmente a esta creencia a pesar de años de invasiones, guerras, revoluciones devastadoras y la disgregación de algunas de sus razas?

¿Existió o no Quetzalcóatl? ¿Fue un misionero europeo que llegó antes que los conquistadores o un líder azteca? ¿De dónde salió la cruz de mármol que, a su llegada a México; los españoles encontraron? ¿Cuál era la verdadera identidad de Quetzal­cóatl? ¿Qué significan realmente las pirámides levantadas en su honor? ¿Por qué construcciones tan gigantescas, a un dios al que, supuestamente, bastaba honrarle con los productos de la vegetación?

Detrás de las costas mexicanas, adentro de las ciudades modernas que se situaron muy cerca de las antiguas, todavía ha quedado un gran número de vestigios de aquel imperio. Estos dan testimonio del esplendor que alcanzaron los primeros mexicanos, constituyen todo un cúmulo de testigos de aquellas proezas ¡Qué lastima que estos testigos sean de piedra! ¡Qué pena que no puedan hablar!

 

Bibliografía

Álvarez, M. (1991). Grandes misterios de todos los tiempos. Colombia: Editorial América, S.A.