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A finales de 1790 en los alrededores de la pequeña comunidad de Tarrytown, New York, existía un solitario valle, hogar de demonios y seres espectrales. Entre estos había uno que regia sobre los demás: el espíritu de un jinete decapitado que atravesaba el lugar a toda velocidad sobre un negro e imponente corcel. Hubo quienes creían que se trataba del ánima de un soldado de Hesse a quien una bala de cañón arrancó de cuajo la cabeza mientras galopaba en batalla. Desde entonces, su fantasma se dedicó a deambular por el valle de sleepy hollow en busca de su testa perdida. Su cuerpo – se pensaba – estaba enterrado en el camposanto junto a la vieja iglesia del pueblo, donde algunos valientes decían haber visto al endemoniado caballo amarrado a una de las tumbas justo antes del amanecer.

Si alguien tenia la mala suerte de estar en el bosque durante la noche, corría el riesgo de encontrarse con el jinete. Este se contentaba con dejar oír el ruido de los cascos de su bestia para provocar el pánico. Pero otras veces, si su victima iba montada, se colocaba a su par o galopaba detrás de ella, persiguiéndola en una enloquecida carrera tras la que sólo quienes eran lo suficientemente rápidos y diestros vivían para contarlo.

Uno de los cuentos populares en los que pudo inspirarse, es la llamada “Caza salvaje”. Según la versión más expandida del mito, éste es una partida de cazadores fantasmas montados a caballo que junto con sus enormes sabuesos, procedentes del infierno, se hallan inmersos en una desenfrenada carrera a través del cielo y la tierra. Algunos creen que estas ánimas se encargan de perseguir por las noches a los pecadores y a aquellos no bautizados, como se relata en una leyenda de los Países Bajos, en la que al morir, el espectro de la concubina de un cura católico es perseguido por estos seres, dejando escapar alaridos que, junto con los ladridos de los perros y el trote de los caballos fantasmales, hielan la sangre de quien los oye.

Dependiendo de la región donde la leyenda se cuente, este grupo puede ser liderado por un guerrero o señor de gran importancia, como el rey Arturo de Gran Bretaña, o una deidad, como ocurre en los países nórdicos, donde se creía que se trataba del dios Odín montando a lomos de su caballo de ocho patas Sleipnir. En una de las tantas versiones del folclor inglés, quien encabezaba la marcha era el rey Herla, monarca que luego de haber sido convidado a la montaña de los enanos fue advertido de no apearse de su caballo hasta que un perro de caza que iba en su silla de montar bajara primero. Trescientos años después se dice que tanto él como su comitiva siguen galopando.

El líder de la Caza Salvaje también podía tratarse de un personaje de la historia de cada localidad. Como en la leyenda alemana, donde un caballero tan aficionado a la caza se atrevió a continuar su pasatiempo incluso en domingo, día de asueto. En una de estas jornadas persiguió a su presa hasta los pies del altar de una iglesia en medio de la ceremonia, y ahí mismo le dio muerte. El sacerdote enojado ante la falta de respeto maldijo al cazador. Del suelo salieron varios enormes perros que tomaron al caballero entre sus dientes y lo hicieron pedazos. Desde entonces, durante las noches de tormenta se puede ver al espectro en busca de alguna presa que deberá llevar al infierno.

La comitiva que acompañaba a estos seres malditos estaba compuesta por almas perdidas que en tropel pasaban a gran velocidad presagiando catástrofes, guerras, epidemias y muerte. En algunas latitudes sólo se escuchaba el aullido terrible de los sabuesos ladrando de manera semejante al trueno. Cuando algún desafortunado llegaba a encontrarse con ellos, la única forma de salvar la vida era echarse pecho tierra y cubrir su cabeza, entonces los perros y caballos pasaban por encima sin hacerle daño. En cambio, si no lo hacía podía quedar atrapado por el sequito y ser arrastrado cientos de kilómetros lejos de su hogar, o morir atropellado. Si perecía, su destino era convertirse en un jinete más de esta terrible escuadra, que a veces vista en conjunto tenia la apariencia de un gran caballo blanco.

En las leyendas iberoamericanas existen también algunos jinetes fantasmales. En México el más conocido en el “Charro Negro”, ente que pasea en un caballo azabache por las calles de los pueblos ofreciendo un saco de monedas a quien lo vea; aquellos que aceptan serán condenados. Otra historia es la de “El sin cabeza”, este fantasma originario de Guanajuato es el alma en pena del forajido Gregorio Paredes, quien se cree ocultó un tesoro que pretendía dar a los pobres; sin embargo, murió y fue decapitado sin lograr su cometido, por lo que ahora deambula por la zona montando sobre su caballo en busca de alguien que desentierre el tesoro y lo reparta entre la gente.

Una de las historias mas antiguas en la que aparece un jinete decapitado, es el romance medieval Sir Gawain y el caballero verde, escrito a finales del siglo XIV. En él, un hombre cuya piel y ropas son de tono verde llega hasta Camelot, donde se hallan el rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda. Desafiante, los reta a pelear contra él y asestarle un golpe, el cual les promete devolver luego de un año. Sir Gawain, sobrino de Arturo y uno de sus más valientes hombres, se ofrece a luchar y, luego de un fiero combate, decapita al extraño. Mientras que todos los presentes observan la cabeza rodar por el suelo, el cuerpo del forastero verde se levanta para recogerla. Después la coloca bajo su brazo y se marcha, no sin antes recordar a Sir Gawain que el año próximo seria su turno de cortarle la cabeza. Un año después sir Gawain cumple su promesa y lo busca para sufrir el mismo destino, mostrando de este modo su honor y valor.

La visión de un hombre decapitado montado a caballo produce un miedo primigenio y cierta terrible fascinación, lo cual podría explicar porque este tipo de historias fantásticas atemorizan a chicos y grandes a pesar del tiempo.

Bibliografía

Extractos sacados de Muy Interesante (2016). Mitos y Leyendas.  Editorial GyJ Televisa S.A. DE C.V.

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Otro papiro interesantísimo para el estudio de las costumbres y creencias, y por la fecha que se le que se le atribuye, que se remonta nada menos que a cerca de diecisiete siglos antes de Jesucristo, es el que se ha titulado El rey Kheops y los magos. Desgraciadamente, no sólo faltan el principio y el final, sino que lo que conocemos casi no tiene que ver con la literatura más que por el recuerdo que suscita su forma con Las mil y una noches. En efecto, el rey Kheops (o Keops) se aburría tanto que un día que, llamando a sus cuatro hijos, les manda que cada uno de ellos le refiera algún cuento maravilloso que logre interesarle. Uno de ellos le dice entonces que va a referirle un prodigio acontecido en tiempos del monarca Nebka cuando éste iba a visitar en Menfis el templo de Ptah, y al propio tiempo el sacerdote – mago Weba – oner. Tenía este mago una esposa que le era infiel, y como el mayordomo de la casa se enterara de los muchos ratos que pasaba con un paje joven y guapo del cual se enamoró perdidamente, denuncio a su amo que había tenido ocasión de ver a los dos bañándose en el lago del jardín, y el amo le contesto: “Tráeme una cajita de ébano y oro.” En seguida, con la cera que de allí extrajo, formó un cocodrilo de siete pulgadas de largo, pronuncio sobre él una fórmula mágica y le dijo al mayordomo: “Coge a cualquiera que venga a bañarse a mi lago, pero a él, cuando lo veas meterse en el agua, échale detrás este cocodrilo.” Así lo hizo el mayordomo, y en cuanto el cocodrilo de cera tocó el agua convirtióse en un cocodrilo de verdad, de siete varas de largo que se tragó al paje. El rey fue invitado a verlo para que se convenciera del poder del mago, y no sólo aprobó el castigo, sino que mandó que la infiel mujer fuera quemada viva y las cenizas se arrojaran a un rio.

Otra de las historias que narra uno de los hijos del rey viene igualmente en apoyo del poder de los magos. Cierto antiguo faraón se aburría también, y para proporcionarle la distracción, el sumo sacerdote y mago ordena, en combinación con él, que se prepare una grande y lujosa barca y se le dé por tripulación veinte de las más hermosas muchachas del harén, que, cubiertas únicamente con finísimas redes, hagan evolucionar la nave por el lago del palacio, remando todas con remos de ébano incrustados de oro y acompañándose con alegres cantos. Así se verifica con gran contento del monarca; mas, de pronto, a una de las bellas remeras se le cae al agua el gran alfiler de malaquita que sujetaba sus trenzas, y la muchacha deja de cantar y de remar, y, lo que es peor, todas sus compañeras la imitan. El monarca se impacienta, quiere averiguar la causa de aquella desobediencia y la causante del paro dice que quiere tanto aquella alhaja que sin ella ha perdido la voz, la alegría y la fuerza para remar debidamente. Entonces el rey ordena al mago que descubra el lugar en que ha quedado el precioso alfiler sepultado en el fondo del lago, y su humildísimo servidor no se sorprende ni apura por tan poca cosa: manda con sus sortilegios que las aguas del lago se abran y una mitad se coloque sobre la otra, y en cuanto esto acontece, se ve allá en el fondo una gran tortuga y sobre su coraza el precioso alfiler de malaquita. El rey queda convencido del inmenso poder de los magos, contentísima la caprichosa muchacha, y volviendo las aguas a su acostumbrado nivel, puede ya toda la nunca vista tripulación femenina seguir remando entre cantos y continuar la fiesta para distracción del monarca.

De los demás que sigue en el papiro, para demostrar que tan buenos magos había en los antiquísimos tiempos como en los que parecían nuevos en la época en que se escribía el relato, creo que bien puedo prescindir sin que en ello pierda nada el incrédulo lector de nuestros días, que habría de ver como, por ejemplo, un ganso al que se le ha cortado la cabeza, que se lleva al lado opuesto de aquel de la sala  en que se coloca el cuerpo del animal, obedeciendo éste al conjuro de un poderoso mago, echa andar a saltitos, como los dos han logrado juntarse, encajando cada pieza en su lugar, como si fueran las de una armadura, el ganso se yergue triunfante y empieza a graznar, como si nada hubiera pasado. Y lo que se dice de un ganso, lo mismo podría decirse de un hombre, y se ve aplicado también a un toro.

 

Perés, Ramón. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. Barcelona: Editorial Ramon Sopena, S.A

Reinaba el rey Xocbitum en la hermosa tierra de Mayapán. Y era en el mes de Tzoz, cuando alegres fiestas animaban el país. A ellas afluían gentes de toda índole que las realzaban con la exhibición de sus habi­lidades; solían concluir con el cillih miatz o inspiración sagrada: el hoolpop o conjunto de baldzames (verda­deros vates) exponía sus narraciones de gran belleza y profundo sentido.

Y un baldzam que había llegado inesperadamente se adelantó a todos y con voz refirió:

Yelmal (que quiere decir «esencia») era linda y gra­ciosa; el consuelo de la aldea, el amparo de los pobres. Su padre había dado la vida por el rey, y Yelmal vivía humildemente con su madre. Noimail (obstinación) se enamoró de ella. Un día la contemplaba tímidamente. La dulce Yelmal atendía a los desgraciados que encon­traba. Se acercó a ella el joven, y apoyándose en un vie­jo roble, le declaró su amor:

-Quiéreme —le dijo- yo seré tu apoyo. Yo haré que nun­ca te falte cuanto necesites para tus pobres.

Yelma aceptó y le suplicó que fuese puro y que no se olvidase de su querida madre. Radiante de felicidad, el mancebo le aseguró que sería otro hijo para la madre de Yelmal y para ella, el más sumiso siervo.

Mas he aquí como el xibilbá (genio del mal) pue­de trocar la felicidad en dolor. Era una noche de tormenta, bajo el agua torrencial caminaba un mendigo, Se detuvo ante la casa de Yelmal y llamó. La joven se negó a abrirle, pues su madre estaba enferma; pero las súplicas del caminante y su triste aspecto la conmovie­ron, y al fin abrió la puerta. El mendigo dio muestras de apasionada gratitud, y queriendo corresponder a la bondad de Yelmal, les ofreció un líquido que asegu­ró que poseía extraordinarias cualidades. A los pocos momentos invadió a ambas mujeres profundo sopor. Al día siguiente, Yelmal refirió a Noimail su afrenta. En vano el joven renovó sus amosas protestas. La ya triste Yelmal lo rechazó, llorando, su indignidad y des­ventura. Noimail no perdía las esperanzas; continua­mente rondaba la casa de su amada. A los pocos días vio salir de ella a un hombre y acudió rápidamente. Yelmal se sumía en el sueño eterno, víctima de un ve­neno. A su lado, la madre, enloquecida de dolor, reía convulsivamente. Pero Noimail, el baldzam, conoció al traidor. Decidió matarlo, pero la guardia leal le cus­todiaba día y noche. «Esperaré al mes de Tzoz -pensó-, cuando las fiestas alegren las comarcas, ya siempre tris­tes para mí. Acudiré ante Xocbitum y pediré justicia. El santo miatz me valga».

Y al decir esto, el baldzam se quitó la careta: era Noimail, el campesino, que pedía justicia contra un no­ble de la corte. El estupor recorrió la apretada masa de gentes.

-No puede ser; eso es falso -clarnó a una voz el hool­pop.

-Registrad el palacio.

-¡imposible! ¿Aseguraras que un miembro de sangre real pudo cometer tal crimen?

-Que se presente ante mi Ozil (antojo, deseo vehemen­te), el noble príncipe, y yo le arrojare al rostro mi de­nuncia. Y si acaso ya no hay justicia en Mayapán, iré a unirme con mi dulce .Yelma en donde no me hiera la amargura de tan vergonzosa impunidad.

Mas Xocbitum era justiciero; ordenó que su hermano Ozil fuera apresado, ya poco le hizo pagar sus fechorias con la vida. Y Noimail guardó fiel, su prome­sa y cuido con mucho esmero a la desgraciada loca, mientras su recuerdo se esclavizaba eternamente a la memoria de la encantadora Yelmal.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.

El caballero Lanzarote del Lago era el brazo derecho del rey Artús o Arturo para todas sus empresas y am­bos se querían entrañablemente; pero un sino fatal hizo que el amor se sobrepusiera a la lealtad del caba­llero a su soberano y a la sincera amistad.

En efecto, un buen día, por las habladurías que había en la corte de la Gran Bretaña, llegó el rey Arturo a enterarse de que se acusaba a Lanzarote de ser el aman­te de la reina Ginebra. Y entonces, muy a su pesar, el monarca declaró la guerra al que hasta aquel día ne­fasto había tenido por el más leal amigo.

Lanzarote se defendió desesperadamente en la torre llamada de la Dolorosa Guardia, y como el rey no pu­diera vengarse del desleal caballero, pensó hacerlo, al menos, quitándole la vida a su esposa, la reina Gi­nebra.

Pero en un golpe de audacia, el enamorado Lanzarote se la robó al rey Arturo, que la tenía presa entre su ejército, y la llevó al castillo de la Dolorosa Guardia, librándola así de una muerte segura y vergonzosa.

La guerra, con la ayuda que unos nobles prestaron a Arturo y otros a Lanzarote, llegó a adquirir tales pro­porciones que sin duda iba a provocar la ruina del país.

Y de tan mala gana luchaba Lanzarote contra su mejor amigo el rey, que le envió la más curiosa embajada que podía imaginarse, y esto no por medio de sus gue­rreros, sino de una hermosa doncella que dejaba atrás en aplomo, diplomacia y oportuna energía a los me­jores hombres.

Así lo demostró cuando el entrometido, traidor y envidioso sobrino del rey, Galván, aconsejó rencorosamente a su tío, frente a ella:

—Señor, no atendáis las excusas y pruebas de res­peto y afecto que os envía el desleal Lanzarote.

Sin embargo, la agresiva, contundente réplica de la doncella al envidioso sobrino no bastó para modificar la rotunda negativa de paz con que Arturo respondió a la embajada.

Ante esta respuesta la lucha se enconó más que nunca, hasta el punto que, alarmado el arzobispo de Canterbury, anuncio:

—Serán excomulgados todos los habitantes de Lon­dres porque no piden u obligan al rey Arturo a que acepte la paz con que se le brinda, y vuelva a admitir, sin castigo, como a su esposa, a la reina Ginebra, que solo desea el perdón de su marido, al que obedecerá humildemente.

Ante esta intervención de la Iglesia, el rey se inclinó, con tanto respeto como íntimo y disimulado júbilo, porque solo combatía por la negra honrilla.

Poco después, Lanzarote le devolvió la reina Ginebra, que tenía en su poder “únicamente para salvarle la vida”, según afirmó, mintiendo. Y el rey, que seguía amándola, la admitió a su lado y la perdonó generosamente.

Artús proclamó entonces, una vez más, ante todos:
— ¡Lanzarote es el mejor de los hombres, como es también el mejor y más valeroso de los caballeros!
En realidad, había que hacer la excepción de Galaz, hijo natural del propio Lanzarote. Efectivamente, solo Galaz, el bello, el intrépido, el virtuoso, incorruptible y forzudo mancebo era capaz de partir en dos, de una sola cuchillada maestra, el escudo, el arzón delantero y el caballo que montaba el jactancioso caballero an­dante que, confiando en su experiencia, se enfrentara a su joven contrincante.

Esto le ocurrió un día a cierto caballero que, en mala hora, desafío a Galaz, obligándolo a batirse contra su voluntad. Una mitad del caballo de su contrincante cayó a la derecha y la otra a la izquierda, como si se tratara de un juguete de cartón, y el asombrado y viejo caballero hallóse a pie, espada en mano y con la mitad del escudo colgando del cuello, en la más ridícula posición.

Para la hermosa e infeliz reina Ginebra, no era lo mismo volver a estar en el palacio de su marido que dedicarle exclusivamente a Arturo el amor que había depositado, para toda la vida, en Lanzarote.

Lo malo era que la forzosa ausencia de este, empeñado en lejanas aventuras con la malvada Morgana o el desleal Meliagante, entre otras, avivaba aún más la llama de su pasión.

Desgraciadamente, dicha ausencia de Lanzarote pro­vocó también a los codiciosos reyes vecinos, que veían a Arturo privado de la compañía y apoyo de su mejor y más temible guerrero, y se lanzaron a la doble empresa de invadir sus tierras y de arrebatarle a su bella y ya famosa mujer, como intentó sin lograrlo, por la despreciativa resistencia de ella, su traidor sobrino Mor­derec.

Por cierto que el audaz Morderec hizo creer a muchos que su tío Arturo había muerto en una batalla y se proclamó el mismo rey en su lugar.

La verdad era, sin embargo, que el rey Arturo sos­tuvo la dura y compleja guerra valientemente y con varia fortuna. Pero, al fin, una terrible derrota, en la que quedó malherido, le hizo ver claro que había llegado el término de su poderío y que ya nada podía esperar más que la muerte.

Poco antes el mago Merlín había predicho:

—En la llanura de Camaló tendrá lugar la gran batalla que dejará al reino huérfano de su legítimo rey. Y así sucedió. Combatiendo contra su traidor sobrino Morderec, cayó herido de muerte, no sin antes acabar con su contrario. Rex, el único caballero de la Mesa Redonda que quedaba aún con vida, acudió presuroso junto al rey. Arturo, moribundo, apenas pudo decirle:

—Amigo Rex, condúceme, te lo ruego, a la orilla mar.

Una vez en la playa, ordenó a su caballero que le desciñera la espada que llevaba en su cintura y que la arrojase al fondo de las aguas.

—Ahora muero contento —dijo–. Anda, Rex, déjame solo. Llévale mi afectuoso saludo a la reina Ginebra y dile que me perdone.

No hizo más que partir el caballero Rex, cuando llegó a la orilla una nave Blanca y resplandeciente como si fuera de plata. Una dama bajó de ella y se dirigió hacia el moribundo monarca.

—Arturo, soy to hermana Morgana —le dijo—. Levántate y yen conmigo.

Cuando el rey hubo embarcado, la nave desplegó entonces todas sus velas al viento y se alejó rápida, desapareciendo pronto entre las brumas de la lejanía.

Casi al mismo tiempo, el mago Merlín moría igualmente, pero no en el campo de batalla, sino bajo el poder mágico de su amada y traidora Viviana, a la que el mismo había convertido en fatal hechicera.

En cuando a la reina Ginebra, también desfallecía lentamente de melancolía, por no ver a su lado al adorado Lanzarote, a quien fue siempre más fiel que a su marido Arturo. Hasta que un día acabó por recluirse en un convento donde expiró, siendo abadesa y rogando a su doncella de mayor confianza:

—Extraerás el corazón de mi cadáver y buscarás por todas partes a mi idolatrado Lanzarote, para entregárselo metido en este yelmo que él mismo ha utilizado. Sera el último recuerdo digno de mi amor, y el simbólico testimonio de que le he sido fiel hasta la muerte.

Si el terrible encargo no llegó a cumplirse, no fue por culpa de la solícita doncella, sino porque esta no pudo encontrar a Lanzarote. Parecía como si se lo hubiera tragado la tierra.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.

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Cierto rey de Persia salió un día acompañado de sus nobles a es­paciarse por el campo, y como llevara consigo sus halcones, comenzó a soltarlos dirigiéndolos contra varias aves que por aquel espacio vola­ban. Dentro de poco se divisó un airón, y quiso el rey que uno de sus halcones –que era estimado por el mejor de cuantos se conocían, a causa de su grande aliento, que subía hasta las estrellas— fuese soltado en seguimiento del airón. Se hizo de este modo, y hete al airón remon­tándose y el halcón lanzándose gallardamente tras él. Mas he aquí que en el punto que el halcón estaba pronto, después de mil giros y revuel­tas, a apoderarse del airón, compareció un águila en el horizonte. Así que la distingue el bravo animal cazador, júzgase indigno de seguir combatiendo a la tímida garza, suelta rápidamente su vuelo hacia donde el águila eleva el suyo y comienza a perseguirla con poderoso ahínco. Defiéndese el águila con no menor aliento, pero el halcón no cede de su esfuerzo, quiere aterrarla, le clava por fin el noble animal sus garras en el cuello, híncale el pico en la cabeza y cae el ave vencida y muerta, dando en tierra en medio del corro que formaban los cortesanos con el rey. No quedó entre los primeros uno solo que no se deshiciera en alabanzas del halcón, reputándole el más diestro y valeroso cazador del mundo, y cada cual se expresó en este sentido con las palabras que más propias estimó, de suerte que se produjo un coro de alabanzas que no cesó en un buen espacio. El rey callaba; ni una sola vez unió a las de admiración y lisonja que en torno suyo se repetían, antes parecía reflexionar muy metido en sí, y absorto de esta manera ni elogiaba al halcón ni lo desalababa. Era ya tarde del día, cuando el halcón dio la muerte al águila, motivo por el cual mandó el rey que volvieran todos a la ciudad.

»Al día siguiente fue a palacio un joyero llamado por el rey, re­cibiendo de éste el encargo de hacer una corona de oro de un tamaño apropiado a la cabeza del halcón, y cuando estimó el rey que era ocasión oportuna, dispuso que en medio de la plaza de la ciudad se mon­tase un catafalco cubierto de patios, tapices y otros ornamentos, como es costumbre exornar un palco real. A este tablado hizo conducir el halcón, llamando concurso de gentes a trompa tañida; allí por manda­miento del rey, un barón principal colocó la corona en la cabeza del ave, en premio de su soberbio combate con el águila. Mas no bien se concluía esta ceremonia, cuando por otro lado aparecía el verdugo, el cual, llegándose al coronado halcón, le quitó la corona y en seguida con la segur le degolló. Asombrados quedaban de tan contrarios efectos todos cuantos al espectáculo concurrían, y se promovieron en la plaza animados coloquios en comento de tal sucedido. El rey, que todo lo presenciaba desde una ventana del palacio, se asomó e impuso silencio, y de modo que pudiera de todos los asistentes ser oído, así como sigue se expresó:

»Nadie se entregue a murmurar de lo que acaba de hacerse con el halcón, puesto que todo se ajusta a perfecto derecho y equidad. Abrigo yo en mi ánimo firme convencimiento de que es misión forzosa de todo príncipe magnánimo conocer la virtud y el vicio, a fin de que pueda premiar las obras virtuosas y laudables y castigar las culpadas; de otro modo, no le corresponde el título de rey o príncipe, sino el de pérfido tirano. He aquí por qué, reconociendo yo en el degollado halcón, gran generosidad y aliento de ánimo, acompañados de una fiera bizarría, con la corona de oro he querido honrarle y galardonar su hazaña, que hazaña fue la de haber muerto tan valientemente al águila, y digna re­compensa por lo animosa y arrojada. Empero venía después el conside­rar que el halcón obró con audacia, y aun mejor con temeridad, per­siguiendo y matando a un águila, que reina es de las aves y reina, por lo tanto, del atrevido halcón, lo cual me ponía en el trance de impo­nerle justa pena correspondiente a la maldad de tal fechoría; que nunca al súbdito es lícito ensangrentar sus manos con sangre de su señor. Habiendo, pues, el halcón asesinado a la que era reina suya y de todas las otras aves, ¿quién habrá que en buena razón pueda reprocharme por haber mandado cortarle la cabeza? En mi conciencia digo que no lo espero.»

Curiosa es la simbólica tradición, marcada con el sello de la más remota antigüedad; pero lo peor es que tan viva estaba, según Bandel­lo, en la memoria de los persas y tanto significaba para ellos, que cons­tituía una especie de sapientísima ley en la cual apoyaron su severo fallo unos jueces de aquel país que condenaron a un infeliz y harto presuntuoso caballero a ser decapitado, pero después de coronarlo, por el gravísimo delito de haber querido vencer continuamente al rey Ar­tajerjes en generosidad, en liberalidad, en astucia, en talento, sin dejar de ser un buen vasallo. Tanto llegó a molestar la vanidad del rey, que se Rego al fallo de los jueces, ya citado, para darse el gusto el monarca de poder decir que solo a su generoso indulto debía la vida el caballe­ro. Pero ni aun asi logró quedar como perfecto vencedor aquel rey, en su lucha verdaderamente pueril con su vasallo, de inverosímil terque­dad: solo uniéndose a él por lazos de familia y convirtiéndolo en su consejero y ministro pudo llegar a vivir en paz remedio harto cono­cido, por otra parte, desde que hubo en el mundo quien mandara atri­buyéndose el derecho de disponer de la vida y hacienda ajenas.

La selección hecha por Felíu y Codina termina con un verdadero cuento de hadas que deja buena impresión en el lector y le lleva a imaginar que ha vivido un rato en la corte del rey don Pedro de Aragón en Sicilia.

 

Bibliografía

Perés, R. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. España: Editorial Ramon Sopena, S.A.

Tres fueron los hijos que tuvo Constancio, rey de Bretaña: Moines, Ambrosio, llamado también Uther, y Pendragón.

A la muerte del monarca le sucedió Moines en el trono; pero en lucha contra los sajones, fue derrotado y muerto por la traición de su senescal Vortingern. En­tonces subió al trono Pendragón, el cual también murió poco después derrotado por un fiero enemigo.

Empezó a reinar Uther, que añadió el nombre de su hermano al suyo para honrar su memoria. El mago Merlín, consejero áulico, influía poderosamente con su consejo en las decisiones del monarca.

Merlín era un mago bueno y muy poderoso, cuyos consejos fueron siempre preciosos al Gobierno del país. Pero no era fácil dar con él. Aparecía cuando menos se esperaba y se escondía, en cambio, cuando sabía que se le necesitaba, transformándose en lagartija, en enano, en niño o en mujer tomando, en fin, los aspectos más diversos. Con sus dotes mágicas ordenó trasladarse por el aire enormes piedras para el sepulcro del rey Pendragón, levantado en las llanuras de Salisbury.

En Carlysle estableció Merlín la famosa Tabla Re­donda, en la que se sentaba junto a los grandes nobles de su país. Todos aquellos a los que cabía el honor de ser invitados a tan alta institución juraban seguir fielmente ciertos deberes: asistirse unos a otros en todo peligro, emprender individualmente aventuras, las más peligrosas, no poder abandonar la lucha ni retroceder jamás y antes morir que dejarse vencer. Estaban obli­gados también a observar la retirada vida contemplativa y de penitencia, al igual que los monjes.

Fundada la Tabla Redonda, el rey Uther de Pendra­gón quiso celebrarla con grandes festejos, durante los cuales conoció a la bellísima Ingerme, esposa de Garlois, duque de Tentadiel. A la muerte de éste, el apasionado monarca, gracias a las dotes mágicas de Merlín, se casó con Ingerme, con la que tuvo un hijo, llamado Arturo, héroe de la leyenda.

Quince años tenía Arturo cuando murió, su padre y fue elegido rey. Algunos nobles de la Asamblea, sin embargo, no estaban de acuerdo, porque consideraban al nuevo monarca demasiado joven e inexperto para ocupar el trono.

—Arturo no sabrá dirigir el ejército ni manejar la pesada espada —dijeron.

Entonces, del castillo real de Logres, fueron enviados seis caballeros en busca del mago Merlín para pedirle consejo sobre tan importante decisión.

—Esta noche, víspera de Navidad —dijo el mago—, pensaré la forma de elegir el nuevo rey.

A la mañana siguiente apareció en medio de la plaza frente a la iglesia una enorme piedra. Tenía una espada clavada con una inscripción en la empuñadura que decía:

“Soy Scaliborn, la alta; soy el mejor tesoro de rey.”

—Deberá ser elegido rey aquel que sea capaz de arran­carla —dijo Merlín.

Inmediatamente, en presencia de todo el pueblo congregado en la plaza y bajo la presidencia del arzobispo Bruce, se presentaron, uno tras otro, todos los nobles del reino para intentar la prueba. Pero fue inútil; ninguno de ellos fue capaz ni tan siquiera de mover un centímetro la espada.

Ya estaban todos desanimados y se disponían a re­gresar a sus casas, cuando se adelantó el joven Arturo y tomando la empuñadura de la recia espada la des­prendió con la mayor facilidad.

Todos los nobles quedaron convencidos entonces por esta prueba, y entre las aclamaciones del pueblo, Artu­ro fue proclamado rey, juntándose las fiestas de la coronación con las de Pentecostés.

Una vez en el trono, el joven rey Arturo supo hacerse amar por sus súbditos debido a su gran bondad y su enorme valor. No había empresa temeraria que no in­tentase, cuando se trataba de defender la inocencia ca­lumniada. Y cuando él iniciaba una empresa, la llevaba siempre a buen fin, por difícil y peligrosa que fuera.

Arturo tuvo que vencer gran oposición por parte de los nobles. Aconsejado por Merlín, luchó con estos ca­balleros, once reyes tributarios y un duque, en el bosque de Rockingham, y después de encarnizado combate lo­gró vencerlos de forma total.

También combatió con éxito a los hasta entonces invencibles sajones. Pero Arturo empuñando su célebre espada Scaliborn y sin dejar de invocar a la Virgen, derrotó completamente a sus enemigos en Mount Ba­don.

En cierta ocasión, el rey Arturo infligió un serio cas­tigo al monarca Claudio de la Tierra Desierta, que había invadido el territorio del débil rey Leogadán, molestándole y persiguiéndole durante siete años.

Después de derrotar y matar él solo, no únicamente al invasor Claudio, sino a casi todo su ejército, el vale­roso Arturo recibió como premio a la hermosa princesa Ginebra, hija del rey Leogadán, a la que hizo su es­posa.

Poco más tarde, siempre por consejo del mago Merlín, el rey Arturo inauguró la gran a “Tabla Redonda”, que un día instituyera su padre, en torno a la cual se reunieron ciento cincuenta caballeros, la flor y nata del país.

Un solo asiento quedó vacío, siendo este destinado al Caballero Elegido, que algún día comparecería para ocu­parlo.

El mago Merlín, por su parte, envidioso de la felici­dad de su soberano, acabó casándose con la hermosa joven Viviana, a la que convirtió, a su vez, en maga, más conocida como la Dama del Lago.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.