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Hace muchos años había en Germania, en las boscosas orillas del rio Rhin, un pueblo de enanos llamados los Nibelungos. Y era sabido que el Rhin guardaba en su lecho mucho oro, aunque la verdad era que hasta entonces nadie había ido a comprobarlo.

Los Nibelungos vivían en cavernas subterráneas trabajando con maravillosa habilidad los metales y las piedras preciosas. Alberico, su rey, era el hombre más rico de la tierra, pues poseía arcas llenas de oro y cofres rebosantes de joyas y gemas rarísimas.

Sin embargo, a pesar de su riqueza, Alberico codiciaba también el oro del Rhin, Y tanta era su obsesión por aquel metal, que no cejó hasta bajar al fondo de las aguas. Allí estaba, en efecto, el oro soñado. Tres ninfas lo custodiaban. Pero sin oponer ninguna resistencia, le advirtieron:

-Quien se apodere de este oro obtendrá el poder, pero jamás será favorecido por el amor.

-Prefiero el poder -replico Alberico. Y, cargando con el oro, regresó a su cueva, donde obligó a su hermano Mime, que era un gran artífice, a que le fabricara un yelmo con el que pudiera hacerse invisible y transformarse como se le antojara. En cuanto al oro de; Rhin, lo utilizó para hacerse un anillo, que debía darle el poder y obtener con él todo cuanto quería.

Por aquellos días precisamente, los gigantes Fasolt y Fafner habían terminado en la morada de los dioses el maravilloso palacio del Walhalla, por lo cual Wotan, dios de los dioses, les habla prometido entregarles a Freya, la diosa de la inmortalidad, encargada de servir las manzanas de oro, con las cuales las divinidades se mantienen en una permanente juventud.

Cuando Wotan vio el palacio terminado, se resistió a cumplir la promesa dada a los gigantes y encomendó a Loge, dios del Fuego:

—Anda, busca alguna cosa para lograr que los dos gigantes renuncien a Freya.

Pero a poco regresó Loge diciendo:

  • He buscado mucho, pero nada se puede hallar que iguale a tan maravillosa mujer.

Fue por entonces cuando, casualmente, Wotan se enteró del robo del oro del Rhin, y ni corto ni perezoso llamo a Loge y le dijo:

  • He de obtener ese oro para dárselo a los gigantes a cambio de la diosa Freya.

Acto seguido los dos se encaminaron a la cueva del nibelungo, donde encontraron al enano Alberico acariciando sus joyas, entre las que destacaban el reluciente yelmo y el magnífico anillo. Al ver a Wotan en persona en su caverna, se sintió tan ufano y satisfecho que empezó a hablarle, excitado y vanidoso, de las virtudes que poseían tanto el yelmo como el anillo.

Wotan y Loge cruzaron una mirada de inteligencia y fingieron mostrarse incrédulos.

  • Y tú puedes, por ejemplo – le dijeron—-, ¿convertirte ahora mismo en sapo?
  • ¡Ya lo creo! —-respondió Alberico.

Y repentinamente realizó lo que le habían pedido. Pero su vanidad le perdió. Al verle convertido en el pequeño y repugnante animal, Loge le puso el pie encima para aprisionarlo. Inútilmente pidió el enano que lo soltaran. Al final no tuvo más remedio que ceder todos sus tesoros, junto con el yelmo y el anillo encantados.

Pero en el momento de entregarles todas sus riquezas, Alberico se dejó arrebatar por la cólera y lanzo una terrible maldición:

  • ¡Que ese oro traiga al mundo muerte y destrucción!

¡Y que este anillo sea maldito y traiga la desgracia a todos los que lo posean!

Sin escuchar las furiosas imprecaciones del enano, Wotan y Loge cargaron con todo y salieron corriendo hacia el Walhalla, donde seguidamente el padre de los dioses llamó a los gigantes Fasolt y Fafner y les ofreció todas las riquezas que el nibelungo había amontonado gracias al anillo.

—Os las doy todas con tal que renunciéis a Freya.

Aceptamos – respondieron los gigantes—, pero con la condición de que estas riquezas cubran a Freya totalmente de cabeza a los pies.

Empezaron a amontonar los tesoros, pero al final hubo que añadir también el yelmo y el célebre anillo para que la diosa de la inmortalidad quedase absolutamente cubierta.

Wotan vio, desolado, cómo todo el tesoro pasaba a manos de los gigantes, pero en mala hora para su bien, pues, una vez el anillo en su poder, comenzaron las muestras de que se cumplía exactamente la maldición del

nibelungo.

Efectivamente, a la hora, de repartirse el tesoro ganado a Wotan, Fasolt y Father, que hasta entonces habían ido siempre de acuerdo, empezaron a pelear tan furiosamente que el primer gigante queda sin Vida.

Aprovechándose de la lucha entre los dos gigantes. Wotan se apoderó de nuevo del mágico anillo. Pero al reflexionar, comprendiendo que iba ligado a un maleficio, dispuso que quedara en la gruta de un bosque,

guardado por Fafner, el gigante homicida al que transformo en un horrible dragón.

 

Después, olvidando Wotan todo lo ocurrido, tomó a su esposa Friga de la mano y se trasladaron al Walhalla.

 

Sin embargo, alguien había que deseaba apoderarse de todo aquel tesoro. Era alguien que había asistido a la escena, desde el momento de convertirse Alberico en sapo hasta la transformación del gigante Fafner en terrible dragón: el enano Mime, el nibelungo tan cobarde y feo como buen forjador de metales.

Cuando Mime vio ocultar en la gruta del bosque inmenso tesoro, astutos sus ojillos brillaron de codicia y ya no pensó más que en llegar a ser dueño do todas aquellas riquezas que custodiaba el dragón.

 

Bibliografía

Repollés, J. (1979). Las Mejores Leyendas Mitológicas. España: Editorial Bruguera, S.A.