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Los años anteriores a que tuviera lugar el terremoto que en el año de 1917 destruyó casi por completo la ciudad de Guatemala de la Asunción, no se dibujaba en ella ni el más ligero esbozo de vida nocturna.

Tras el toque de ánimas que lanzaban al viento las lenguas de bronce de sus cien historiadas iglesias, y del toque de queda que rasgaba los aires de los clarines de los Castillos de Matamoros y de San José —que fueron construidos durante la época colonial—, sus tranquilos y pacíficos moradores, que seguían al pie de la letra el refrán de «mejor machete estate en tu vaina», se encerraban en sus casonas coloniales, que nos hacían recordar las españolas de grandes patios y de balcones enrejados. Ellos sabían, muchos por experiencia y otros de oídas, que el salir a la calle podría costarles más de un dolor de cabeza que les haría pasar las «rondas» de don Meme, que la recorrían de un confín a otro.

Las personas mayores, entre sorbo y sorbo de delicioso chocolate, servido en india jícara, hacían vida social en los salones, pelando al prójimo o hablando del chisme del día; y a la gente menuda, tras el habitual rezo del Rosario y el recitar de las preces del «bendito» y el «ángel mío de mi guarda», nos enviaban a la cama.

Yo siempre fui un niño flaco, enfermizo, tímido y miedoso —una síntesis del niño consentido—, que me asustaba ante la contemplación de un rincón obscuro o al escuchar el crujir de una puerta mal cerrada. Sin embargo, era muy dado a que me contaran «casos» de ánimas en pena y aparecidos, que solían relatarnos las criadas indias traídas a la capital de la finca de mi abuelo. Jamás me enviaban a acostar solo; siempre me acompañaba la Andrea, mi china, una india imaginativa, buena y leal, que sabía miles de historietas, a cuales más interesantes, y que vivía al lado de mi familia desde el casamiento de mi madre. Ella había recibido la orden de no separarse de mi lado, sino hasta que estuviese profundamente dormido.

Todas las noches, a la hora precisa en que me acostaba, escuchaba pasar frente a mi cuarto, que estaba situado al lado del de mi madre, y en el ala de la casa que daba a la calle, el ruido del arrastrarse raudo de un carruaje cuyos caballos, percherones negros me lo imaginaba yo, golpeaban con sus cascos herrados los embaldosados de las calles que vieron pasar por encima de ellas a muchos capitanes generales ya esbozados caballeros españoles de la época pre independencia.

La primera vez que lo sentí pasar, apenas si le di importancia. Pero como seguí sintiendo que lo hacia todas las noches, a la misma hora, principie a inquietarme y a bordar en mi infantil y enfermiza imaginación las más extrañas conjeturas. Una noche, por fin, decidí salir de dudas y; preguntarle a la Andrea lo que hacia ese carruaje a esas horas. ¡Cómo no lo va a saber ella —pensé­ que sabe tantas cosas?

  • ¿Que qué hace ese carruaje cuyos caballos pasan todas las noches a la misma hora haciendo pelenguén… pelenguén…? —me respondió. Pues, es el de Sixto Pérez. Si me ofreces quedarte dormido y no decirle a la «señora» que te lo he contado, te relato su historia.
  • Te lo prometo, pero cuéntamela…

—Todo esto —dijo— sucedió después de la Revolución de 1871, que derrocó al gobierno de los «cachurecos», llamado de los 30 años, y cuando hacía poco que había subido a «la guayaba» el general don Justo Rufino Barrios, don Rufo, como lo llamaban todos, y quien quería mucho a los humildes y odiaba a los aristócratas. Este señor, al no más subir al poder, dispuso que salieran de Guatemala, para bien de ella, los frailes, monjas y padres que había en los conventos. Como el mismo no podía ejecutar sus órdenes, comisionó para que las llevara a cabo a Sixto Perez, a quien, por su color, llamaban Sixto Negro, personaje en quien había depositado mucha confianza. Este no solo las cumplió, sino que dicen que se excedió en ellas; pero esto no viene al caso, y sigamos con la historia.

«Un Viernes Santo, llevada en hombros por los «cucuruchos» de la Hermandad de Jesús Sepultado de Santo Domingo, salió de ese templo la procesión del Santo Entierro. Esa misma procesión que sale ahora a las tres de la tarde y que recorre media Guatemala.

«Cuando la urna del Señor, adornada de flores y zahumada de incienso, venia por la esquina de esta misma calle (nuestra casa se hallaba situada en la 11 avenida norte y quinta calle), frente al atrio de la Merced, cuyas matracas imponían majestad a la procesión, se dejó venir sobre ella, como un huracán, un carruaje tirado por dos briosos caballos negros, adentro del cual iba gritando y cantando don Sixto Negro, a quien acompañaban varias «mujeres malas» que rompían el tradicional silencio de ese día con sus risotadas y cantos.

«Los «cucuruchos», ante el inesperado atropello, dejaron caer al suelo la anda, rodando por él la imagen, que si no se hizo trizas fue por un puro milagro… Sixto y sus acompañantes se perdieron entre la polvazón que se levantó y las maldiciones y candelazos que alcanzaron a tirarles algunos «cucuruchos».

«No habían pasado dos semanas de que esto sucediera, cuando se supo en Guatemala, que Sixto había desaparecido. Lo buscaron por todas partes; y nada: en su cuarto solo encontraron un fuerte y penetrante olor a azufre. Mi nanita, que Dios la tenga en su santa gloria, contaba que se lo llevó el «Cachudo», con ropa y todo, dejando pa’recuerdo, de que había estado por allí, la jediondez en el cuarto.

«Desde entonces, m’hijo, a esta hora, qu’es la hora en que salen las ánimas a cumplir sus penitencias por el mundo, la de él sale a pasearse por las mesmas calles en que cometió su desacato; y hace en el mesmo carruaje, que va tirado por dos caballotes negros, que van echando chispas por boca y haciendo sobre los empedrados pelenguén…pelenguén… Si no me crees lo que te cuento, abre la ventana mañana a esta mesma hora y lo vas a ver…

«Mi finada nanita, que según ella jamás dijo una mentira, me contó, como yo te lo cuento a ti, este «caso», y ella me aseguraba que una noche que la mandaron a comprar un manojo de cigarros de tuza a la tienda de la esquina, alcanzó a ver cuándo el carruajón, echando chispas por todos lados, doblaba la esquina de la quinta calle».

Raudos, como el carruaje de Sixto Perez, los años han pasado por mi vida. Me hallo lejos de mi Guatemala embrujada y llena de consejas, y siempre que por las noches oigo sobre los embaldosados el pelenguén…, pelenguén…, de algún coche, llega a mi imaginación el recuerdo del carruaje de don Sixto Perez, que, entre chispas y tirado por negros percherones, tal vez esté pasando por las calles de mi barrio de la Merced…

 

Bibliografía

Gálvez, F. B. (2006). Cuentos y Leyendas de Guatemala. Guatemala: Piedra Santa.