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Desde tiempos inmemorables, la ambición por el oro ha desatado las más fuertes pasiones, incontables conquistas y guerras, sueños, fantasías…leyendas. Pero, de todas las historias que han surgido alrededor del preciado metal, una en especial ha durado tanto tiempo y ha sido transmitida con tal recelo a través de tantas generaciones que, de repente, parece fundirse de manera muy sutil con la realidad. Es la leyenda de El Dorado, una tierra fabulosa llena de oro, en donde los rayos del chocaban maravillosamente con gigantescas maquetas oro y rivalizaban con ellas en su esplendor.

Según ha quedado escrito en la historia, cuando Francisco Pizarro llegó al Perú en 1530 a conquistarlo, los incas y emperador Atahualpa, le pidieron que, por favor, no los matara. Prometieron a cambio, llenar el cuarto en el que encontraban (que medía 22 x 17 pies) de oro, y la habitación próxima, de plata. Los incas cumplieron su palabra, pero conquistadores no lo hicieron, y al poco tiempo aniquilaron al emperador inca.

Comenzó a crecer la sed por el oro en el Nuevo Mundo los aventureros que llegaban a las nuevas tierras, organizaban las más arriesgadas expediciones en búsqueda de más y más oro. Atravesaron densas junglas, cruzaron ríos profundos, se adentraron en la selva más espesa, excavaron gigantescas montañas. ¿Por qué? Porque muchos de los indios que tenían cautivos les contaban la misma historia siempre había una tierra en donde el polvo dorado era inagotable. Al preguntarles los recién llegados por las direcciones para dar con aquel lugar, a veces la respuesta era «un poco más allá arriba»; otras: «un trecho más abajo». En ocasiones a izquierda, otras hacia la derecha…

Juan Martín de Albújar fue uno de los valientes hombres que, hechizado por tantas historias, se lanzó en la busque de la tierra maravillosa, junto con otros hombres más. Regresó, al poco tiempo, como único sobreviviente de la frustrada expedición. A su vuelta contó que estuvo cautivo en capital inca secreta, donde lo llenaron con preciosos obsequios de oro. Pero, desafortunadamente, nunca mostró los supuestos regalos ya que «los perdió en el viaje de regreso, donde tuvo que afrontar mil peligros y vicisitudes».

Pero quizás uno de los primeros en escuchar la leyenda preciosa de El Dorado, fue el fundador de Quito, Sebastián de Belalcázar, quien también había estado en la conquista del Perú. Un indio le comentó que había una tierra maravillosa en la que su rey, «El Dorado» —como lo llamó Belalcázar en ese día de 1535—, rociaba su cuerpo con el polvo de oro, antes de sumergirse en el lago sagrado de la montaña. Y de aquí tomó su nombre la historia que daría lugar a cientos de leyendas más, muy similares, con un personaje que todas tienen en común: el misterioso rey llamado El Dorado.

Fue un año después de que Sebastián escuchase la sor­prendente historia, cuando Gonzalo Jiménez de Quesada decidió ser uno de los pioneros en arriesgar su vida y la de 900 hombres más, con el fin de encontrar El Dorado. La expedición comenzó su búsqueda en la costa norteña de Santa Marta, Colombia, y siguieron hacia el sur del rio Magdalena. Aquellos hombres tuvieron que vencer las incle­mencias del tiempo, así como hacerse camino entre densos follajes sin más ayuda que sus machetes. La mitad del viaje lo anduvieron a pie por estas selvas; la otra, intentando cruzar el rio. Se enfrentaron contra animales desconocidos, bestias salvajes, serpientes y lagartos… pero no hallaban el sitio anhelado. Como si fuera poco, los hombres que hasta entonces no habían muerto víctimas de los anteriores obstáculos, afrontaron un enemigo terrible: la malaria.

Al fin alcanzaron la tierra de los chibchas, quizás pensan­do que habían dado con El Dorado, pero recibiendo muy pronto una desilusión. En vez de lingotes de oro y plata, alrededor del pueblo habían cultivos de frijoles y plantas. ¡No era lo que buscaban! Más de 700 hombres habían muerto en la expedición. Pero no serían los últimos que perderían sus vidas en la búsqueda de la codiciada tierra.

A lo largo de la planicie de Cundinamarca, los chibchas habían establecido sus residencias. Tenían impresionantes cantidades de sal, no de oro. Desilusionados, los españoles no sabían que hacer. Hasta que surgió una esperanza: los indios les contaron que, la sal, era igual de preciada para ellos pues la intercambiaban por el oro de El Dorado. La expedición recobro ánimos para seguir adelante. Se dirigie­ron hacia el sur, y encontraron un poco de oro y esmeraldas, pero no en las cantidades que ellos pensaban. Así es que vol­vieron a inquirir de los indios y a preguntarles: «¿Dónde está la ciudad más rica?» Y ahora les dijeron «hacia el norte». Allí encontraron algunas gemas, pero no oro. Finalmente se dirigieron al pueblo de Sogamoso, donde hallaron un tem­plo dedicado al dios Sol. Momias de los antiguos reyes chibchas eran honradas allí, y estaban adornadas con esme­raldas y oro. Cuando se les preguntó a los indios de aquella zona de dónde habían obtenido los preciosos ornamentos respuesta fue, como siempre, ¡de la tierra de El Dorado!

Entonces supieron que esa tierra se llamaba Guatavita, y allí se celebraba una ceremonia anual para honrar a Dorado. También llegaron a conocer que los habitantes esa zona, intercambiaban con los chibchas cuentas preciosas y oro a cambio de sal. Un indio tomó la palabra y, al escucharlo con suma atención, todos enmudecieron al oír deslumbrante historia:

«En Guatavita, la tierra del oro y la riqueza, había un gobernante, era un personaje enigmático que se vestía de ornamentos de oro y rociaba todo su cuerpo con polvo del precioso metal. Un día partió con parte de su sequito desde la costa de un lago, cercano a la zona, en una balsa de oro, a la tierra de siempre jamás. Su despedida fue preciosa, hubo música y grandes honores para despedirlo. Sus amigos y los sacerdotes principales le lanzaban maravillosos ob­sequios desde la orilla. Y él, el Dorado, se durmió en las aguas, mientras éstas deshacían el polvo dorado que le cubría…»

De inmediato, aún sin salir de su asombro ante aquella historia que sonaba tan verídica, se arregló un nuevo viaje. Ahora los españoles no se aventurarían solos: se aseguraron llevando a un indio de guía. «El lago» que éste les señaló era el agua del cráter de un volcán que ya no estaba en actividad. Estaba localizado casi a 9.000 pies sobre el nivel del mar. Luego de una búsqueda inagotable, los españoles tuvieron que claudicar. ¡No habían rastros de aquel personaje! Es cierto, encontraron algunas chozas, pero de los regalos lanzados al rey, de su balsa, de su cuerpo… ¡y del oro!, no había huellas.

Merece la pena hacer notar que Gonzalo Jiménez de Quesada no era un hombre ignorante, como para dejarse deslumbrar simplemente por una leyenda. Quesada era un oficial de mucho prestigio y alto rango; un hombre reconocido por su austeridad y sensatez. Lo que es más, él no fue el único en arriesgar su vida buscando la famosa tierra dorada. Como habíamos mencionado antes, Sebastián de Belalcázar, otro hombre de mucho talento y coraje, lo había hecho de igual manera y, curiosamente, casi al mismo tiempo. Mientras Quesada exploraba la planicie de Bogotá, Sebastián salía de Quito, en Ecuador, para buscar El Dorado, recorriendo el Valle del Cauca, Pasto y Poyotán.

Mientras tanto otra tercera expedición, dirigida por el alemán Nicolaus Federman, salió de Coro, en el Golfo de Venezuela, para explorar esta región. lban 400 hombres y, por más de tres años, merodearon las montañas a lo largo del río Apure, sin encontrar nada. Pero algunas curiosas coincidencias llaman la atención: saliendo de puntos comp­letamente diferentes, luego de vagar por tantos años, las tres expediciones estuvieron a punto de convergir en la planicie de Cundinamarca en 1539. Otro dato asombroso es el siguiente: a pesar de que cada uno de los grupos había afrontado diversos tipos de problemas —siendo el de Belalcázar el más aventajado de todos—, se había enfrentado a condiciones completamente distintas y estaban constituidos por un número diferente de integrantes, en el año en que culminaron las expediciones, quedaban 166 hombres en cada una de ellas.

Después de este suceso, otras expediciones más fueron realizadas en busca de El Dorado. Entre las más memorables se puede mencionar la encabezada por el hermano del Conquistador del Perú Francisco Pizarro, cuyo nombre era Gonzalo. En 1541 partió de Quito en unión de más de 4.000 indios y 350 españoles. A su regreso, decepcionado y con las manos vacías, Gonzalo Pizarro había perdido tres cuartos de sus hombres. En Lima, cerca de veinte años después, Pedro de Ursúa preparaba otro grupo de hombres para emprender Una nueva aventura. No obstante, durante el viaje uno de los integrantes de la expedición, Lope de Aguirre, conspiró contra Ursúa, y contribuyó, directa o indirectamente, a su asesinato. También fue responsable de la muerte de más de 80 de sus compañeros.

EI incansable y empeñado Quesada, no podía olvidar aquella hermosa leyenda, así es que en 1548, con una inversión de 200.000 pesos de oro, y la compañía de 1.500 indios y 1.300 españoles, emprendió un nuevo viaje que duró tres años y no dejó, a cambio, más que la muerte de 1.236 españoles y 1.496 indios.

Por más de cuarenta años, hombres de diversas culturas varios grupos étnicos recorrieron ríos y montañas, perdieron su dinero y, lo que es peor, hasta sus vidas, detrás de mismo ideal: encontrar El Dorado. La furia que desató contagiosa leyenda fue tal que se le llego, a llamar la fiebre del Dorado. Y, ya que muchos de los que le busca murieron muy pronto o terminaron en la ruina, también se llegó a hablar de «la maldición de El Dorado». Desde montañas de los Andes, hasta las riberas del rio Amazonas del Brasil, desde la actual capital de Trinidad y Tobago hasta la actual Lima; desde el Cauca hasta Manaus… Por Colombia, Brasil, Ecuador, Trinidad y Tobago, Perú, y Venezuela hasta las mismas Guyanas, miles de hombres recorrieron los terrenos tras una huella siquiera del misterioso rey del oro. La pregunta es ¿podría solo el esplendor de una leyenda tener un poder tan arrasador?

Los siglos por venir no extinguieron la fiebre desatada por aquella leyenda y, nuevamente, famosos exploradores reco­rrieron nuevas tierras (y, otra vez, las mismas), en el afán de alcanzar su sueño.

En 1780, Alexander von Humboldt estaba interesado científicamente en el Amazonas, así que realizó un viaje hacia esas tierras. Desafortunadamente, tribus salvajes lo desvia­ron de su meta y, sin quererlo, llegó a Cundinamarca, la tierra que dio origen a la famosa leyenda. Acampó en las orillas del lago Guatavita, el cráter del volcán donde los indios habían dicho, siglos antes, que El Dorado había partido. Humboldt vio la brecha que, hacia años, había hecho Sepúlveda, pero él no tenía intenciones de vaciar aquel lago. Pero muchos otros sí, y surgió nuevamente, desde el fondo de aquellas aguas, la fiebre del oro.

Se ha dicho que cientos de indios peregrinaban cada año hasta aquel lago, por casi un siglo completo. Cada uno de ellos llevaba ofrendas de oro a aquel lugar. Cada uno ofrendo, cuando menos cinco alhajas, así es que, si fuera cierta la leyenda, más de 500.000 objetos de oro estarían en el fondo de aquellas aguas. Estas creencias llevaron a una compañía inglesa, en 1912, a invertir más de 150.000 dólares en equipo para secar el lago. Lograron parcialmente su objetivo, sin embargo el oro obtenido en esas expediciones fue tan poco que, apenas si se cubrió una mínima parte de su costo.

Muchos han llegado a la conclusión que, después de todo, El Dorado, no fue más que una majestuosa leyenda que surgió en las preciosas montañas de América del Sur. Quizás un invento de los indios para que los conquistadores los dejaran en paz. Irónicamente, después de siglos de búsqueda y tantos sacrificios, mientras dos granjeros trabajaban en una gruta cerca del Lago Siecha, en Bogotá, encontraron una extraña figura de oro: una balsa muy fina, toda trabajada en oro, al centro su viajero principal: un hombre de oro, ¡quizás El Dorado!  ¿Simple casualidad o prueba de que, en algún lugar de estas tierras, y algún día, realmente existió un hombre que rociaba su piel con polvos dorados? ¿Que inspiró esta escultura, un personaje real o mitológico? Si se contestaran estas preguntas, sabríamos si los perspicaces y valientes conquistadores, así como cientos de exploradores británicos, alemanes, holandeses, franceses, etc., arriesgaron sus vidas (y las dejaron) corriendo tras un ficticio o verdadero.

En Colombia se descubrió plata, platino y esmeraldas, en las Guyanas, oro, bauxita y manganeso; en Venezuela se halló petróleo… Pero la leyenda de El Dorado no se logró descifrar. ¿Serán estas riquezas suficiente paga para todas las vidas que por eras fronteras quedaron perdidas? ¿Serian algunos de esos tesoros a los que se refería la leyenda india?

A veces, en algún precioso amanecer de alguno de lagos o los ríos de estas deslumbrantes tierras sureñas, los reflejos del sol juegan con las nubes y, en el horizonte, unos destellos dorados hacen piruetas en las cristalinas aguas. ¿Habrán sido estas escenas las culpables, las que realmente inspiraron tan legendaria historia? Para la gran mayoría, Dorado ya no es un misterio: fue todo fantasía. Sin embargo a veces un niño en el jardín de una casita de campo, excava con una pequeña pala, jugando a ser el descubridor de tesoro. Y todavía mas de algún turista, al estar cerca alguna de estas tierras, aprovecha un momento de soledad escarba un poco la tierra con la esperanza oculta, pero vibrante, de que no haya sido fantasía, de encontrar por lo menos, ¡un par de lingotes de oro! No cabe duda que El Dorado, mito, realidad, leyenda o lo que sea, sigue despertando sueños, sigue suscitando pasiones, ¡por algo se le considerado una fiebre, por algo es una leyenda latente!

 

Bibliografía

Álvarez, M. (1991). Grandes misterios de todos los tiempos. Colombia: Editorial América, S.A.