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Desde la llegada de Quetzalcóatl, los bárbaros se habían convertido en toltecas, hombres cultos y civilizados, y unidos habían levantado la gran Tula. Él les había enseñado las ciencias más difíciles y también les dio conocimientos grandiosos, además de convertirlos en esplendidos artistas. Y aunque nunca nadie había sabido de donde procedía, algunos decían que de más allá del mar o de más allá del cielo, desde la primera vez, al verlo tan sereno, de mirada límpida y clara, de palabra fluida y sabiduría inmensa, su frente amplia y su barba rizada de oros: lo amaban, lo respetaban, atendían sus consejos. Era su guía.

Quetzalcóatl simbolizaba para todos ellos la INTELI­GENCIA, la capacidad creadora benéfica del ser huma­no, por que él, en su plenitud de bondad, no era como ellos habían sido, meros animales, simples serpientes que se arrastraban por los suelos únicamente en pos de alimento y placer. Quetzalcóatl poseía la orla de la elevación sobre la bestialidad. Lo adornaba el plumaje de la altura cósmica. Era una SERPIENTE EMPLUMADA: Era el vencedor de su naturaleza instintiva, esclavitud animal, engrandecido por su sabiduría creadora. Era el que conservaba incorrupta su mente y habla utilizado su cuerpo para vitalizar su magnitud espiritual.

Y Quetzalcóatl dictó para el pueblo que lo amaba leyes sabias y justas, como su propia vida. Y nunca impuso su autoridad ni exigía devoción ni gratitud. El amor por la humanidad desgranaba en sus vocablos dirigidos a todos los vientos y que los ecos repetían a todos los hombres. Y a cada instante crecía la admiración por quien entregaba lo mejor de sí, sin esperar más allá que el beneficio transcendiera su pequeñez animal para convertirse en un tolteca pleno.

Y los niños y los jóvenes querían ser como Quetzalcóatl, serpientes emplumadas, hombres que ascendieran de sus instintos a la categoría de seres creadores, HUMANOS.

Pero sucedió que un día, cuando el filósofo comenzaba a llegar a la vejez, procedentes de tierras lejanas, unos envidiosos hechiceros que habían escuchado hablar de su grandeza, se aproximaron hasta él, para burlarlo. Y Quetzalcóatl los recibió en su casa de la meditación creyendo que se acercaban en verdad por conocer los secretos de la sabiduría. Su bondad no sospechaba la maldad de algunos.

Como presente le obsequiaron un brebaje, que según decían ellos, le devolvería la juventud y lo conservaría vivo durante mucho tiempo más para hacer mayor beneficio a los suyos. Quetzalcóatl, inocente de vilezas, bebió un poco de aquel jugo blanco de maguey. De inmediato se dio cuenta que eso podría embriagarlo y no quiso beber más. Pero los hechiceros insistían:

-Con esto recuperarás el vigor perdido y se irán los dolores del cuerpo. ¡Bebe!, ¡bebe! ¿O nos vas a despreciar?

Quetzalcóatl; que hacía fuerza de voluntad para rechazar la invitación, vaciló y bebió nuevamente. Con esto bastó para sentirse arrastrado en un extraño torbe­llino de placeres. Era como si cayera a la tierra y cual serpiente, se enredara en sus sentidos y un huracán de labios, de cuerpos, de miradas, de caricias, devorara de voluptuosidad.

Cuando abrió los ojos, luego de haber permanecido quien sabe cuánto tiempo inconsciente, vio muy tristes a todos aquellos que lo amaban. Había sido humillado y escarnecido en la borrachera por los hechiceros. Había caído como jovenzuelo inexperto ante aquellos falaces, y se avergonzó. Quetzalcóatl sintió derrumbarse y decidió irse de Tula. Todos sufrían, muchos lloraban. No querían que se fuera. Algunos decidieron seguirlo. Había tornado el camino que conduce al mar. Y hasta allí, pocos lo alcanzaron.

-¡Quetzalcóatl! ¿Por qué abandonas a tu pueblo?

-Voy a donde abunda la tierra de colores, a Tlapalan, a donde me llama el sol.

-¡Déjanos un poco más, tan siquiera, de tu sabiduría para emplumarnos y poder elevarnos como tú!

Y Quetzalcóatl contesto al mismo tiempo que llegaba a la orilla del mar y subía a una balsa formada de culebras emplumadas.

-He aquí como llegar a la sabiduría.

Y Quetzalcóatl, al borde del luminoso océano, tomó sus aderezos y se los fue revistiendo: su atavío de plumas de quetzal, su máscara de turquesas, y cuando es­tuvo aderezado, se prendió fuego y se convirtió en un esplendor infinito. Y es fama que cuando ardía, cuando iban a alzarse sus cenizas, vinieron a contemplarlo to­das las aves preciosas de bello plumaje que conocen el cielo: la roja guacamaya, el azulejo, el tordo fino, el res­plandeciente pájaro blanco, los Toros verdes relámpago y los guacamayos de arco iris.

Cuando ya no ardían sus cenizas, el corazón de Quetzalcóatl, transformado en azules luces inmensas, se instaló en el universo.

Quetzalcóatl, el que reina en la aurora, desde enton­ces le llaman, aunque hoy, muchos le digan Venus.

 

Bibliografía

Mitos y Leyendas de México. México: Grupo Editorial Barco, S.A. de C.V.