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El cerro Tepayac no tenía historia ni importancia en 1531. Exac­tamente hasta el 9 de diciembre de 1531. ¿Qué importancia iba a tener si era un lugar desolado y estéril, de escasa altitud y a una distancia de Ia ciudad de México que, en realidad, ni estaba a las afueras ni tan lejos que se pudiera hacer una excursión a sus alrededores? Si parece que hasta en esto carecía de interés. No subían las mozas a contemplar la ciudad, ni las carrozas de los señores se paraban en sus laderas antes de entrar o salir de México.

Pero un día precisamente ese 9 de diciembre de 1531, se le ocurre cruzarlo a un indio de cansino andar, moreno el cutis de su rostro y un habla meliflua y cadenciosa, que se le escapa de los labios. No hace mucho que se ha bautizado y le llaman Juan Diego; no hace mucho que ha aprendido un nuevo idioma, en el que ahora va ha­blando solo entre la maleza del Tepayec; hablando y soñando con esas nuevas cosas recién aprendidas llega a la cima. Lo ha notado por el aire fresco y acariciante que le roza el rostro, y eso es lo que le ha hecho abrir los ojos, esos ojos menudos, penetrantes que ahora se frota con las manos. Porque claro que iba pensando en la Virgen María y hasta hablaba con ella mientras subía el altozano, pero de ahí a que la misma Madre de Dios se encuentre ante él, hay un abismo.

El indio Juan Diego debió respirar profundamente por si aquello era consecuencia de su cansancio, de esa fatiga que le hacía respirar más precipitadamente. Debía ser la fatiga y sólo eso por lo que palpitaba fuerte y vehemente el corazón. Hasta que no tuvo duda porque también le hablaba.

Al indio Juan Diego se le ha acabado el cansancio, se le han abierto desmesuradamente los ojos, le han puesto alas a sus pies menudos y baja corriendo a contar a todo el mundo lo que ha visto. Y no le creen. No le cree la dama enjoyada que sale de la capilla, ni el sacerdote que reza su breviario en el atrio de la iglesia, ni los frailes, de paso precipitado que temen llegar tarde a la colación. Ni el obispo. Ni el obispo fray Juan de Zumárraga, que le ha recibido en su palacio, sentado en su alto sillón de baqueta.

¿Qué puerta se le ha cerrado en el alma con el golpe del portón del palacio episcopal que una lágrima le resbala por las mejillas? El indio Juan Diego está triste; está triste y solo. Pasea su tristeza por las calles de México, sin rumbo, sin compañía.

12 de diciembre. Le ahoga la ciudad. Sale al campo hacia Tepeyac, con el alma deshecha. Quiere contarle al viento, a las yerbecillas i o acaso a la Virgen María! la incredulidad de la gente, las risas de los chiquillos, los gestos malintencionados de…

Está ya al pie del Tepeyac. No habla solo, no anda ligero por llegar pronto a la cumbre, no le brilla la sonrisa en el rostro. Está al pie del Tepeyac. Y allí se le aparece de nuevo la Virgen María y le dice que suba a la cumbre, que coja rosas y llene su tilma y se las lleve al obispo. ¿Bastará para creerle?

Juan Diego alegró su faz trigueña, aligeró el paso y subió el teso, rojo de rosas, abiertas al sol y al viento de diciembre. Acaso ni se sor­prendió de encontrar florecientes los rosales, pero comprendió que esto sí que era una prueba y que valdría más que su palabra, pero ¿bastaría para creerle?

Y llenó su tilma de rosas, y la cargó sobre su hombro y bajó ca­mino de México a enseñárselas al señor obispo. No le importaba que los chiquillos le fueran tirando y llevándose una a una hasta parecer que se le iban a acabar las rosas, ni que la gente le mirara extrañada, ni que el sacerdote levantara los ojos de su breviario y le siguiera con la mirada.

…Y se fue al obispo. Ante su presencia deshizo el nudo de su tilma y a sus pies cayó como una lluvia el montón de rosas perfumando el ambiente. Asombrados quedaron todos y más el indio Juan Diego cuando con palabras entrecortadas y señalando con el dedo hizo fijar los ojos de los presentes en su tilma, pendiente de su mano, arras­trada por el suelo. En la pobre tela aparecía la efigie recién hecha de la Virgen que, de entonces acá, la conocerá el mundo entero por la Virgen de Guadalupe.

Con manto de oro y protegida de cristal la tilma de Juan Diego ocupa el centro del altar mayor de la Basílica de Guadalupe en la ciudad de México.

 

Bibliografía

Perés, R. (1973). La Leyenda y el Cuento Populares. España: Editorial Ramon Sopena, S.A.

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